Los homicidios de periodistas como Javier Valdez y Miroslava Breach, o de defensoras de los derechos humanos como Míriam Rodríguez, no son consecuencia solamente de la dignidad y valor con el que defendieron sus (nuestras) causas. Las justificaciones cobardes que se escuchan en la vox populi –en redes sociales por ejemplo— como “se metieron con quien no debían” no revelan una máxima universal, un hecho de vida o una moraleja. Esta especie de pensamiento consecuencialista que celebra lo práctico por sobre toda consideración moral es más bien el síntoma de que nuestra sociedad tiene una cultura no solamente de la impunidad, sino que sufre la persistencia de un pensamiento que fácilmente puede ser identificado con lo feudal, con una estructura social de vasallos y señores. Esta forma de pensar, esta mentalidad, es la cristalización simbólica de una realidad estructural objetiva que está detrás de estos homicidios: vivimos en una sociedad estamental cuyas diferencias son tan profundas que determinan a quién se le aplica la ley del Estado o a quién se le deja morir por la ley de la selva.
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