alcoholimetro

Imagen: Joe M500

Son dos los problemas morales básicos en torno al alcoholímetro. Primero, se ha puesto en duda que el gobierno pueda limitar la libertad de tránsito de una persona e invadir su privacidad con el objetivo de determinar si ha consumido una sustancia que de hecho es legal. Podría decirse, a favor de esta postura, que sería claramente inaceptable que el gobierno instalara cafeímetros por toda la ciudad con el mismo propósito. Sin embargo, la diferencia entre la cafeína y el alcohol es clara. Si bien aquella también altera nuestro estado mental, no lo hace de la misma manera que el alcohol, y no existe ninguna evidencia de que las personas que conducen “bajo la influencia” de la cafeína se vean involucradas en más accidentes que las personas que conducen “bajo la influencia” del té de manzanilla. En cambio, cada año el número de accidentes —muchos de ellos fatales— causados por personas que conducen ebrias es altísimo. Proteger a las víctimas es mucho más importante que el interés que pueda tener un borracho irresponsable en llegar a su destino sin escalas. Los semáforos también restringen nuestra libertad de tránsito, pero son legítimos en gran medida por la misma razón que los alcoholímetros: salvan vidas. No es (sólo) una cuestión de responsabilidad personal. Cuando nuestras acciones tienen una alta probabilidad de afectar negativamente los derechos de otros, el estado tiene la facultad y la obligación de intervenir. Si los ebrios sólo chocaran contra la puerta de su garaje o entre ellos, sin duda habría que prohibir el alcoholímetro (en ese caso tal vez, en honor a Darwin, ¡habría incluso que obligar a conducir a quienes no tienen la capacidad de controlar su bebida!)

El segundo problema se refiere a la validez de comunicar a otros la ubicación de los alcoholímetros. ¿Se trata de un ejercicio legítimo de la libertad de expresión, como dicen algunos? Para contestar esta pregunta es fundamental distinguir entre dos casos. En el primero se utiliza un medio de comunicación “público” que no permite excluir a otros del mensaje, aunque exista un destinatario específico. Si utilizo un altavoz, una plana en el periódico, una manta, o Twitter para comunicarle algo a mi amigo Juan, no puedo evitar que otros escuchen lo que digo. Cualquier comunicación pública en este sentido en torno a la ubicación de un alcoholímetro es inaceptable. Sea o no nuestra intención, sabemos que permite a otros violar la ley. Gritar “ahí viene la policía” en medio de un asalto, ya sea con la intención de advertir al ladrón o con otro propósito, es inaceptable si nosotros sabemos la consecuencia: el ladrón se va a escapar. El segundo tipo de casos involucra medios de comunicación “privados.” Por las mismas razones que en el caso de los medios públicos, es inmoral advertirle a un conductor borracho sobre la ubicación de un alcoholímetro. Pero si yo sé que mi amigo no ha bebido más que té de manzanilla, legítimamente puedo sugerirle evitar una ruta donde hay un alcoholímetro. Nuestra obligación no es la de someternos ocasionalmente al alcoholímetro, sino la de conducir sobrios. Esto genera una pregunta que dejaré abierta para la discusión: un borracho que evita un alcoholímetro, ¿comete una doble falta, por conducir ebrio y evadir la autoridad, o sólo es responsable moral y legalmente por lo
primero?

Claudio López-Guerra. Profesor-Investigador del CIDE. Doctor en ciencia política por la Universidad de Columbia en Nueva York.

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