enero 30, 2017

El fin del TLCAN no es el fin del mundo

Voy directo al tema porque así está la circunstancia: directita. Ante la casi inminente imposición de límites draconianos a las importaciones mexicanas a Estados Unidos (de entrada el anuncio de la pretensión del Presidente Trump de imponer un arancel del 20 por ciento a los productos de México para pagar el muro), la posibilidad de un acuerdo bilateral EEUU-Canadá con exclusión de nuestro país, la limitación de las inversiones de las multinacionales estadounidenses en México, entre otras situaciones, el gobierno mexicano debería pensar seriamente (como seguramente lo está haciendo) en abandonar el TLCAN. Para ello se requiere, en principio, considerar asuntos como estos:

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septiembre 7, 2016

Hispanos y Republicanos: racionalidad irracional

“Dado que las creencias políticas ilusorias o delirantes son gratuitas,
el votante las consumirá hasta que llegue a su `punto de saciedad´,
creyendo aquello que le haga sentir mejor”.
Bryan Caplan, The Myth of the Rational Voter

El mito del votante racional

La premisa de la obra seminal de Bryan Caplan, The Myth of the Rational Voter: Why democracies choose bad policies (“El mito del votante racional: por qué las democracias escogen malas políticas”) es que los electores tenemos sesgos que nos llevan a votar por políticas equívocas. Esta aseveración se fundamenta en dos principios: el primero es que la gente actúa racionalmente (en interés propio) únicamente cuando hay un costo real y directo al equivocarse; Caplan afirma que al no percibirse un costo directo de equivocarse, como a la hora de votar, la gente prefiere actuar según dictan sus creencias preconcebidas que asumir el costo de razonar.

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Son dos las leyendas que circulaban en México antes de las elecciones de 2012 y que, en los hechos, contribuyeron a que el Partido Revolucionario Institucional recuperase el poder en el país después de haberlo perdido, por primera vez en 70 años, en el año 2000.

Un primer mito que alentó la victoria electoral del candidato priista, Enrique Peña Nieto, fue que el PRI sabía gobernar y que su vuelta al poder habría corregido la peligrosa ingobernabilidad que había marcado especialmente los últimos compases de la presidencia panista de Felipe Calderón. Habrá que recordar que el desafortunado lanzamiento de la guerra contra el narco por parte de Calderón había generado un cruento conflicto, con 55.000 muertos, según algunas estimaciones, y unas cifras abrumadoras de desaparecidos que hacían palidecer las del Cono Sur en la década de las dictaduras militares en los años 70. Violencia y desapariciones habían proyectado una imagen de ingobernabilidad que empujó a sectores de la sociedad hacia el partido que, por 70 años, mientras vastas partes de América Latina se encontraban sumergidas en guerras civiles, dictaduras sangrientas y polarización, había sabido garantizar niveles relativamente altos de estabilidad y gobernabilidad interna. 

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