¿Un modelo brasileño?

luz

Hace una semana Jesús Silva-Herzog publicó un artículo sobre el sistema político brasileño, sus virtudes, y cómo podría ser una suerte de modelo frente a los problemas actuales en México en la relación partidos, legisladores y poder ejecutivo:

En Brasil se ha logrado convertir al gabinete en una auténtica plaza de acuerdos que repercute en la dinámica del Congreso. La presidencia, ensamblando coaliciones, ha aprendido a ubicarse como el centro de una alianza gobernante. Los partidos han estado dispuestos a asumir esa responsabilidad. Los presidentes entienden que, a pesar de haber ganado una elección, tienen como primera labor gubernativa, formar gobierno. El politólogo brasileño Octavio Amorim Neto [sic] ha dicho por eso que Brasil tiene un “estilo europeo de gobierno que genera un patrón de gobernabilidad tan efectivo como el de las democracias multipartidistas estables.”

En lugar de suspirar con nostalgia por la mayoría que se fue, deberíamos aprender a gestionar democráticamente nuestra diversidad. Brasil es un caso para estudiar.

El sábado pasado en El Universal, Hernán Gómez respondió al artículo de Silva-Herzog, argumentando que pese a los beneficios aparentes del sistema brasileño, no es un sistema político sin problemas propios. Distintos a los problemas mexicanos, pero al fin y al cabo problemas, que a los brasileños les causan disgusto y  ponen en duda si vale la pena erigir a Brasil como un modelo deseable .

Esta visión de la política brasileña tiene mucho de fantasía e ilusión. Tal modelo es cada vez más cuestionado por los propios brasileños. Una simple lectura de los diarios permite corroborar cómo los llamados a una reforma político-electoral están cada vez más presentes.

Brasil cuenta con más de 30 partidos; siete juegan un papel importante en el Congreso sin que ninguno llegue a controlar más de 20% de las curules. La última elección puso de manifiesto las enormes deficiencias del sistema de representación, donde un diputado en el Norte puede ser electo con menos de 30 mil votos y otro en el Sur necesita más de 300 mil.

No cabe duda que se trata de un sistema fragmentado y caótico. Silva y algunos otros analistas observan —y esto es lo que los seduce particularmente— que la gobernabilidad es posible en semejante dispersión de partidos porque los presidentes negocian la composición de sus gabinetes como lo haría un primer ministro europeo. Es verdad que de esa forma los mandatarios brasileños han podido intercambiar puestos por apoyo legislativo. De esta forma, el Ejecutivo ha logrado pasar una parte importante de sus iniciativas. Lo que pocas veces reparan estos analistas es que la negociación de puestos en el gabinete nunca ha sido suficiente para asegurar la gobernabilidad. La maquinaria que permite asegurarla ha funcionado gracias al aceite de la corrupción y se ha logrado, en gran medida, porque el Ejecutivo facilita y crea condiciones para que sus aliados usen la política como negocio.

La discusión sobre Brasil, como lo muestran los dos artículos anteriores tiene dos vertientes. Una es aquella que cuestiona el supuesto de la parálisis de los gobiernos divididos (el Presidente sin mayoría legislativa), y el segundo es aquel que reconoce la creación de un “presidencialismo de coalición” pero que advierte que uno de los costos de estas coaliciones es la generalización de lo que se conoce como “pork-barrel” o beneficios particulares (para sus distritos o regiones) que obtienen los legisladores a través del presupuesto a cambio de su voto.

Aquí ponemos dos textos que pueden ser útiles para entender mejor el caso brasileño dentro de un marco amplio de análisis institucional, y de los debates recurrentes en la ciencia política. El primero, enmarca el debate y explica lo que se ha observado en Brasil desde mediados de los años noventa, es de Timothy J. Power, “Optimism, Pessimism, and Coalitional Presidentialism: Debating the Institutional Design of Brazilian Democracy” en el que dice:

La revelación central del presidencialismo de coalición es que los presidentes se deben comportar como primer ministros europeos. Los ejecutivos deben de construir gabinetes multipartidistas, y bloques de votos en el poder legislativo. En Brasil se reconoce ampliamente que el presidencialismo de coalición se ha convertido en una “buena práctica” en la coordinación entre el ejecutivo-legislativo durante las presidencias de Fernando Henrique Cardoso y Luiz Ignacio Lula da Silva.

El segundo texto es una revisión de la literatura y un análisis empírico sobre cómo se usa la negociación presupuestal dentro del poder legislativa brasileño para solidificar la coalición que permite una mayoría presidencial. Jonathan Rodden y Marta Arretche, llega por lo menos dos conclusiones interesantes: 1) con el “pork-barrell” no se “compra” cada voto, sino que se construye una coalición estable a través del tiempo a partir de bloques estatales, 2) los efectos finales de esta distribución es regresiva en términos de la distribución del presupuesto entre estados.

Esta última conclusión puede hacer el “modelo brasileño” poco atractivo, pero en parte se explica porque la elección de diputados y senadores usa como circunscripción a los estados. Tal vez dividiendo la distribución de asientos en circunscripciones pluriestatales, el resultado sería distinto. En el mismo tenor habría que hacer una comparación medianamente consistente, sobre cómo los votos del congreso mexicano afectan la distribución presupuestal, ya sea por partidos, grupos de interés, o territorialmente.