Compadre, tenemos que hablar #ComoHombres

En estos días he visto a tantas mujeres enojarse y marchar y demandar un cambio, tantas amigas y familiares me han hecho sentir orgullosísimo escribiendo y hablando y haciendo paro, tantas que quiero hacer algo para colaborar, pero inmediatamente detengo mi entusiasmo porque este movimiento es de mujeres, para mujeres. Su voz merece nada menos que la prioridad de sus demandas. Soy hombre y lo que tenga que decir al respecto pasa por ese hecho fundamental. Fuera de solidaridad y admiración, no tengo mucho más que agregar porque ellas han dicho y dirán lo que consideren apropiado. No escribo esto para las mujeres (pero si quieren seguir leyendo, considérense invitadas), sino para los hombres, ahora que nos tocó sentir el paro en las calles semivacías, las clases pospuestas y las oficinas casi desiertas.

Ilustración: Víctor Solís

1.

Lo político es personal y lo personal es político. Siendo así, lo mejor es que me presente. Soy Salvador, un hombre blanco y con un pie firme en la clase media chilanga (no digo lo último por presumir, sino para resaltar aún más el inmenso privilegio del que soy beneficiario). Nací, pues, con casi todos los vientos en popa, pero bajo la bandera de la masculinidad que deja un tufo de discriminación y el yugo de la violencia.

Para ser sinceros, no me cuesta ningún trabajo reconocer cuando la masculinidad es tóxica y cuando a los hombres les (nos) da por ejercer la violencia verbal, emocional o física necesaria para defender el frágil bastión de ser un hombre. No me cuesta ningún trabajo porque además de hombre, blanco y clasemediero, soy gay. Puto. Invoco esta palabrota justamente porque es la daga con la que los hombres (heterosexuales en su inmensa mayoría) atacan a cualquier cosa que amenace su masculinidad. Es la palabra que de joven aprendí a temer, luego re-aprendí a tolerar y ahora, en un buen día, a ignorar (“¿te crees mucho con tu bicicleta, pinche hipster puto?!” es algo que casi disfruto). Y también, porque es imposible no hacerlo, para invocar furibundo al control remoto.

Pero sirve la palabrota para recordarnos, a los hombres, que entre nosotros aprietan las mismas tuercas. Las mujeres son víctimas de sexismo, discriminación y violencia. Y los hombres también lo somos, aunque aprender a no ejercer esta violencia, en mi caso, es un trabajo que ha tomado media vida. Vengo a título de victimario, pues, pero también de víctima del desquiciamiento colectivo que puede ser la masculinidad.

En mi experiencia, la mitad del trabajo emocional que enseñamos a los niños a hacer alrededor de su masculinidad es el incesante patrullaje de quien está dentro y quién fuera del círculo mágico de nosotros, los hombres. Las mujeres están fuera por definición, pero quedamos los infiltrados con un pie dentro del círculo, pero otro firmemente fuera (nos gustan, pues, los hombres y luego no actuamos mucho como hombres). A juzgar por lo que uno aprende de niño (dónde poner las manos, cómo hablar, a quién desear), es lo que uno no quiere ser. Puto y sus primos maricón y joto son palabras profundamente agresivas y las repito de manera tan postraumática porque esta agresión es justamente la que mantiene la frontera libre de elementos inferiores o extraños, de maricones y de mujeres. Debajo de la homofobia que describo yace una misoginia violenta y podrida que aún (a mis 43 años, en pleno siglo XXI) puedo ver en la mirada de algunos. Los más jóvenes la blanden como arma y los mayores como escudo. No todos, no todo el tiempo. Pero crecer como hombre, bajo el yugo de la masculinidad censora, lo deja a uno algo hipervigilante. Queda una cicatriz, la desconfianza añeja por los hombres heterosexuales, sus miedos y la prontitud con que aprenden a violentar lo que tengan enfrente con tal de saciarlos.

No describo con esto mi experiencia cotidiana, tal es mi privilegio que rara vez pienso en estas cosas. Pero el potencial está ahí, siempre, porque a los hombres se nos educa así.

2.

Soy un hombre, pero no soy heterosexual -y ya imagino a cierto tipo de hombre heterosexual pensando en este momento “¿y qué tiene que enseñarme este puto de ser un hombre?”, mientras considera volver rápidamente a ESPN.com a ver cómo va la Champions. La reacción casi furibunda, algo asustada, no invalida el hecho de que ser un hombre se hace desde un cuerpo -y los supuestos que hace el mundo entero al verlo- y desde la capacidad que tiene ese cuerpo para sostener la ilusión de masculinidad. No entiendo la heterosexualidad, pero entiendo bien la vida en el cuerpo de un hombre que tiene que (literalmente) luchar por ser tratado como tal. El vicio de origen de la masculinidad, como nos la enseñan desde el momento en el que nacemos, es justamente esta recursión satánica: soy hombre porque los demás me dicen que lo soy y me conceden los privilegios de serlo o los castigos por fallar. Y las pruebas son muchas, son arduas y no terminan nunca. Y los hombres, no importa en quién pongamos los ojos, crecemos entrenados para sortearlas, darnos de frente con ellas, someter a quien se ponga en nuestro camino para lograrlo.

La objeción del cierto tipo de hombre heterosexual se mantiene, además, porque en mi cabeza no puedo simular la experiencia de que las mujeres sean mi objeto de deseo (no lo son) y potencial objeto de violencia si me da por ponerme machito (nunca, espero que jamás). La empatía requiere un reconocimiento mínimo de la comunalidad de la experiencia con otro y aquí hay una brecha difícil de saltar. Pero, como dice Martha Nussbaum, la literatura es un buen vehículo para crear esta comunalidad, para fomentarla y hacerla crecer. En estos días un libro saltó a primer lugar de mi larga lista de espera: Amateur: A True Story About What Makes a Man,” de Thomas Page McBee. Thomas es un hombre transexual y Amateur” es el relato de la exploración de la relación entre su nueva masculinidad y la violencia, del recién adquirido privilegio de ser hombre y de los costos que esto impone. Tras las inyecciones de testosterona y las intervenciones quirúrgicas, Thomas descubrió que su nuevo cuerpo masculino intimidaba a las mujeres que conocía e inspiraba respeto y miedo entre los hombres.

Y descubrió también que el mundo esperaba de él un nivel de agresión y asertividad al que logró dar forma compitiendo en un circuito amateur de boxeadores, presa del miedo de convertirse en una figura tóxica como su padrastro abusador. Thomas se topó con el corazón de la bestia, sin el condicionamiento tóxico que recibimos los demás, y su historia es la de un esfuerzo titánico (y catártico) por domarla. Es un libro extraordinario (y existe traducido ya, aunque con el algo desafortunado título de Un Hombre de Verdad”). Cierto tipo de hombre heterosexual podría argumentar que Thomas no es hombre porque no tiene ciertas cosas colgando entre las piernas. A lo que es sencillo responder que la masculinidad, ser un hombre, depende de lo que el mundo diga que significa serlo -la anatomía sólo es parte del look. Cierto tipo de hombre heterosexual podrá seguir intentando cerrar el cerco alrededor de su hombría  dejando a putos y a trans afuera. Pero hacer eso sería no aprender nada, sería una resistencia algo necia a entender que la masculinidad es un invento y que uno se aferra a él más por ganas que por obligación. Y hacer todo el daño que eso suele implicar.

3.

Ser un hombre es un performance que a veces resulta agotador. Pasé una infancia y una adolescencia intentando pasar las pruebas y fallando una y otra vez. Con las décadas dejó de importarme (o me importó menos) porque aceptarme como homosexual requirió que tomara esa armadura y la dejara como objeto de fascinación, pero no como guía de vida. El cuerpo y la mente se acostumbran, sin embargo, y los hábitos nunca mueren del todo.

Estoy seguro que un hombre heterosexual, que nunca ha tenido la necesidad de desmontarse así, seguirá cargándola, rechinando a cada paso. Tal vez con el tiempo aprendan, algunos (y más conforme más jóvenes), a no pelear tanto con ella. Pero no estoy exagerando demasiado cuando digo que los bufidos de toro acorralado no son raros. Los ataques, tampoco. En circunstancias menos felices que las mías se vuelven frecuentes y mortales. Baste la siguiente anécdota, no para trivializar sino para ilustrar la cercanía habitual con la violencia masculina. Esto me sucedió hace unas semanas, en la bici circulando por un carril especial que cruza la colonia Escandón, el lindo día en que un automóvil pequeño (escojo esta palabra con cuidado) decidió colarse en el carril hasta el siguiente cruce, para no esperar en los dos que ya tenía a su disposición.

Yo, porque soy un hombre con prisa en un carril especial obstruido, golpeé la cajuela del coche para reclamarle. Bajó entonces un tipo de treinta y tantos, algunos veinte centímetros más alto que yo, gritando como loco que qué carajos me pasaba, si me creía mucho con mi bici, puto, bufándome y casi golpeándose el pecho. Alzaba la cabeza buscando pelea, esperando no sé qué reacción de mí (miedo, sumisión), mientras yo contaba las veces que me gritaba alguna combinación de hipster y ya saben qué (siete, creo) y contenía cualquier movimiento para no desatar un puñetazo del gorila desbocado. De pronto, el tipo bajó la guardia, levantó la mano, gritó “¡Buenos días!”, subió a su auto y arrancó. Detrás de mí, otro ciclista grababa toda la escena con su celular y la transmitía por alguna red social (nunca intercambiamos contactos).

El machito desbocado, pues, huyó ante la vergüenza de verse expuesto. Pero el machito gritó, bufó y, casi, me rompió la cara porque había invadido mi carril y tuve la temeridad de reclamarle. Y estos encuentros son muy habituales. La cantidad de insultos que he gritado a los automovilistas sobre mi bici es simpáticamente enorme, especialmente porque muchas veces los gritos caen en oídos de hombres con actitud de estar armados, al menos, con ganas de romperle la cara a alguien. El potencial para la violencia de los hombres cuando sienten que pueden ejercerla sin costos es aterrador. Eso las mujeres lo saben mucho, mucho mejor que yo. Y los hombres heterosexuales también, pero luego les da por tomársela como derecho de nacimiento y como rito de pasaje.

4.

No todos los hombres son (somos) así, no todo el tiempo, al menos no en mi experiencia personal. No quiero que esto quede en un lamento culposo de un macho con pretensiones de deconstruido. Tengo una vida bella, pero el animal sigue ahí. En todos los hombres que conozco la bestia de pronto enseña los colmillos, y sin orgullo alguno me cuento ocasionalmente entre ellos. El mundo nos lleva a hacerlo, espera eso de nosotros. Cualquiera que ha fumado dos cajetillas diarias de Camels y peleado con los parches para dejar de hacerlo (tres intentos, el último exitoso) sabe que la mente y el cuerpo juegan trucos muy perversos para desviar las mejores intenciones. El apego ciego a la masculinidad, como cualquier apego ciego, fácilmente envenena todo. Esa experiencia la compartimos todos. Como fumar, unos lo hacen aún, irredentos, y otros logramos dejarlo. El primer paso es reconocer el problema.

El lunes 9 de marzo subí al CIDE, donde trabajo, para encontrarlo como el resto de la ciudad, casi absolutamente desierto de mujeres. Asistí a dos talleres organizados para los hombres que ahí andábamos. En ambos sentí un esfuerzo sincero y focalizado de los asistentes por entender la situación y por encontrar soluciones. Eso fue reparador, recordar que los hombres, al menos los que asisten a talleres de violencia y masculinidad, saben que hay un problema y quieren resolverlo. La construcción de estos espacios institucionales en los que los hombres podamos abrir estas cajas y al menos ponerle nombre a lo que encontremos dentro es un primer y necesario paso. Aquí he intentado empujar un poquito más esta conversación, agregando el argumento de que la masculinidad no sólo causa un problema grave en la relación de los hombres con las mujeres, sino que es un problema sistémico. Nos afecta a todos.

Esto es digno de recordar en estos días en los que hemos hablado tanto de los hombres y la violencia. Es imposible vivir una vida sin miedo, enojo y el deseo de controlar y dominarlo todo (y la imposibilidad material de lograrlo). Y ni hombres ni mujeres, ni heteros ni homos, escapamos de esto. Todos somos perpetradores potenciales de violencia verbal, emocional o física. Así como recuerdo reuniones con hombres heterosexuales que ignoraban todo lo que decía porque sonaba raro,” recuerdo también reuniones de trabajo donde mujeres enaltecidas me callaron a gritos cuando no tenían la razón porque tenían que quedarse con la última palabra, #ComoHombres. La violencia emocional que pueden ejercer unos homosexuales sobre otros conoce pocos límites, impulsada por una homofobia internalizada salvaje (el primo gay del machismo tóxico), #ComoHombres. Dentro de una familia, tanto los padres como las madres pueden ser extraordinariamente violentos con sus hijos e hijas, que luego van a replicarlo en la escuela, #ComoHombres. Pero noten que todos estos ejemplos, más todos los que puedan imaginar, suelen partir del uso habitual, incluso incentivado y normalizado de la violencia. El casi monopolio de esta violencia es de los hombres y tenemos más razones de las que nos damos cuenta para mantenerlo así.

Pero este argumento no puede iluminar el problema completo. La experiencia de la masculinidad es tan hermética que sólo podemos experimentarla desde dentro. Hace años, cuando estudiaba el doctorado y tenía conversaciones intensas de todo, hablaba con una amiga sobre la experiencia de la discriminación. Ella dijo, inequívoca, yo, como mujer, me siento discriminada todo el tiempo,” a lo que yo sólo pude responder que también, como hombre gay, me sentía discriminado. Ella me detuvo en seco y me dijo no, pero lo tuyo es diferente: tú eres hombre” y con eso cerró la discusión. Tal vez su opinión era demasiado radical, venida de nuestro hábito de tomarlo todo con seriedad total. Pero me ha tomado tiempo entender la razón fundamental en lo que decía. La experiencia de sentir la discriminación que enfrentan las mujeres, de sentirla en el cuerpo, entenderla del todo, estaba fuera de mi alcance. Al intentar comprender la experiencia de otro, siempre es importante reconocer los límites de lo que hemos vivido y la ignorancia que hay más allá. De lo contrario, cualquier intento de empatía termina en una charada autocomplaciente.

Unos días antes de la marcha y el paro, Frinee Pedroza me compartió un instrumento que escribió con Abigail Martinez para detonar conversaciones sobre género y violencia. El Patriarcadómetro, como lo llamaron, tiene formato de encuesta (ayudé a dárselo), pero en realidad funciona como ariete. Incomodando a quien lo responde porque las respuestas no son sencillas y la urgencia detrás de ellas es palpable. Lo respondí y resulté un macho en deconstrucción”, ni modo, no un aliado ni un santo. No fui el primero que se incomodó con los resultados y es el punto. Respondan el Patriarcadómetro y vean cuánto es lo que no saben y lo que no entienden. Y luego imaginen la ruta a seguir. Un viaje de mil millas, dice el proverbio, empieza con un paso.

 

Salvador Vázquez del Mercado.

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Publicado en: Crónica

3 comentarios en “Compadre, tenemos que hablar #ComoHombres

  1. Qué gran articulo, en lo personal me llega muy profundamente pués crecí en una familia donde se me enseño qué por ser mujer mis hermanos varones podían maltratarme . Me encanta el tema . Gracias.

  2. Soy mujer, tu texto es excelente. También pienso que la violencia la ejercemos tanto hombres como mujeres. Las mujeres la vivimos casi indiscriminadamente, me parecen muy valientes tus reflexiones. Gracias

  3. Una maravilla de texto ¡Muchas gracias! Me sentí muy comprendida y has analizado muy bien la situación

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