Conforme avanza el conocimiento científico y las evidencias que aporta, se corrigen antiguos paradigmas, se derrumban creencias equivocadas y también suele evolucionar la actitud moral hacia nuestras prácticas y modos de vida. La filosofía y en particularmente la ética, no aceptan el falaz argumento ad antiquitatem, también llamado “de apelación a la tradición”, para sostener que causar dolor y lesiones deliberadamente a un ser sintiente pueda ser permisible, y menos considerado como una expresión culturalmente valiosa. Esta falacia consiste en afirmar que sólo porque algo se ha venido haciendo o creyendo desde hace mucho tiempo, entonces está bien o es verdadero aunque no lo sea. Cuando se defiende el toreo porque alguien reconocido o que tiene autoridad está a favor de dicha práctica (argumento ad verecundiam), también se incurre en una falacia.

Ilustración: David Peón

Existen suficientes evidencias científicas de que los toros, al igual que todos los mamíferos y demás vertebrados, tienen la capacidad de sentir estímulos dolorosos, poseen un sistema límbico que les permite experimentar emociones, entre ellas el miedo, la ansiedad y la frustración y se dan cuenta de lo que ocurre en su entorno y en su organismo.1, 2, 3 La ética nos dice que hay que tomar en cuenta los intereses de cualquier ser que los tenga, es decir a aquellos sujetos que tienen un sistema nervioso que les permita sentir4 y realizar acciones para salvaguardar su vida (huir, quedarse quietos o defenderse), por lo que ante un conflicto entre intereses vitales o primarios como son el conservar la vida, no ser herido ni dañado física ni emocionalmente, contra intereses secundarios o prescindibles —como sería ver una corrida de toros— que no es necesaria para mantener nuestra vida o nuestra salud, es claro que debe prevalecer el interés vital del toro frente a intereses secundarios de los humanos.5 Las corridas de toros y otros espectáculos en donde se causa daño o miedo a los animales con fines de diversión o esparcimiento para nuestra especie podrán ser defendidos por motivos económicos, estéticos, de tradición o de otros intereses particulares, pero son éticamente inaceptables;6 una postura ética es no sólo no dañar a otros, sino promover el bienestar de los seres en condición de vulnerabilidad.

Pero, ¿por qué muchos ven en el toreo arte y una expresión de tradiciones? Tradiciones que, dicho sea de paso, no son mexicanas. Hanna Arendt describe el fenómeno de “habituación al mal, o “invisibilización del mal”, a la incapacidad mental y/o emocional de un sujeto para darse cuenta del daño que provocan sus acciones, de manera que se le resta importancia al mal ocasionado justificándolo desde la creencia de que hay acciones que aunque lesionen a otros se realizan para conseguir una satisfacción o porque siempre se ha hecho así. Cuando los actos violentos se vuelven cotidianos frente a nuestros ojos, hay una especie de desensibilización, haciendo que pasen desapercibidos,7 se pierde la empatía ante el sufrimiento ajeno, aunque sea el de un animal no humano, y se vuelve tan natural, que ver matar se normaliza. Al respecto, Bauman escribió:

“El aumento de la distancia física y psíquica entre el acto y sus consecuencias, […] invalida el significado moral del acto […] los dilemas morales desaparecen de la vista, al tiempo que cada vez se hacen menos frecuentes las oportunidades para realizar un examen de conciencia…".8

Este mecanismo ha dado lugar a que algunas actitudes violentas no sólo sean permitidas, sino que se han institucionalizado como parte de la vida diaria, y en donde todos, ya sea en forma directa o indirecta, contribuimos a que siga presente.

En 1867, el presidente Benito Juárez prohibió las corridas de toros por medio del Decreto 6169, y así ocurrió durante 20 años.9 A la fecha México es uno de los ocho países del mundo en donde todavía tiene lugar esta práctica, pero con el paso de los años, conforme avanza la conciencia moral y la responsabilidad de la sociedad, cada vez son más quienes se oponen a ella. En 2009 una empresa de análisis de opinión publicó una encuesta que reveló que el 70% de la población mexicana piensa que estos espectáculos deberían estar prohibidos, y desde entonces ha habido iniciativas para ello. En varias entidades federativas de nuestro país como Sonora, Coahuila, Guerrero y Baja California ya se ha prohibido la lidia de toros. En 2017 en la capital del país se promulgó la Constitución Política de la Ciudad de México,10 que en su artículo 13 dice:

“Esta Constitución reconoce a los animales como seres sintientes y, por lo tanto, deben recibir trato digno […] En la CDMX toda persona tiene un deber ético y obligación jurídica de respetar la vida y la integridad de los animales; éstos, por su naturaleza son sujetos de consideración moral”.

También existen Declaraciones internacionales que, aunque no son vinculantes, apoyan que los animales deben ser respetados y considerados jurídicamente, sean o no sujetos de derechos; algunos de estos documentos son: la Declaración Universal de los Derechos de los Animales (UNESCO, 1978), que está basada en una ética de la no violencia y en el compromiso social y cultural contra todo tipo de discriminación y destrucción, y la Declaración Universal sobre Bienestar Animal (OIE, 2007),11 que es un acuerdo internacional que reconoce que los animales son seres capaces de sentir y sufrir, que deben ser respetados y que el maltrato hacia ellos debe terminar. No existen razones biológicas, éticas ni políticas para que los toros de lidia, así como todos los animales que son maltratados y su vida es expuesta en diversos espectáculos, queden excluidos y desprotegidos. Con fundamento en todos estos antecedentes, en octubre de 2018 se presentó en el pleno del Congreso de la Ciudad de México una iniciativa para abolir las corridas de toros, apoyada por el Partido Verde Ecologista (PVE), el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), el Partido Acción Nacional (PAN) y el de la Revolución Democrática (PRD). Esta prohibición no violentaría el acceso a la cultura, ya que, “aceptar que la tauromaquia y cualquier otro espectáculo donde se torture animales sean considerados actos culturales, equivale a reconocer que la violencia, la crueldad y la barbarie son elementos de la cultura”, como explicó una de las legisladoras al presentar dicha iniciativa.

En enero de 2019, en el Congreso de San Luis Potosí un diputado del Partido del Trabajo (PT) presentó una iniciativa para prohibir en su estado las corridas de toros y peleas entre animales, incluidas las de gallos, y expresó que una forma de demostrar que en México llegó un cambio verdadero es con las acciones diarias de todos. Dañar, torturar o matar a un animal que no puede escapar del poder que los humanos ejercen sobre él, y que por su indefensión no puede renunciar a estar en una situación que no quiere, constituye un abuso contra él.

Aunado a lo anterior, los espectáculos en los que se lastima a los animales innecesariamente y se les quita la vida por diversión o por negocio, desensibilizan a la sociedad. Desafortunadamente nuestro país se ve afectado todos los días por escenas violentas en donde muchas personas pierden la vida, no necesitamos ver más sangre y sufrimiento, y menos ensalzarlo sin una mirada crítica.

 

Beatriz Vanda Cantón
Doctora en Bioética. Es miembro del Colegio de Bioética, A.C.


1 Dantzer R. 2002. Can farm animal welfare be understood without taking into account the issues of emotion and cognition?, Journal of Animal Science. 80 Supplement, E1-E9.

2 Bekoff M. (2007). Pasiones animales y virtudes bestiales: la etología cognitiva como la ciencia unificadora para la comprensión de las vidas subjetivas emocionales, empáticas y morales de los animales [versión electrónica]. REDVET-Revista electrónica de veterinaria, 1695-7504 8(12B). 

3 Low Philip. Cambridge Declaration on Consciousness. edited by Jaak Panksepp, Diana Reiss, et al. Proclaimed in Cambridge, UK, on July 7, 2012, at the Francis Crick Memorial Conference on Consciousness in Human and non-Human Animals.

4 Singer, Peter, (1996), Liberación Animal, México, D.F.: Torres Asociados, p. 23-25.

5 Taylor, Paul. W., (1989), Respect for Nature. A theory of environmental ethics. 2nd ed., Princeton: Princeton University Press.

6 Ortiz-Millán, Gustavo. (2014). Ética para matador: Savater, los toros y la ética. Tópicos, 46: 205-236.

7 Arendt, Hanna. (1967) Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal. Barcelona: Lumen. Publicado en inglés en 1963.

8  Bauman, Zygmunt. Modernidad y holocausto. Sequitur, Madrid, 1997.

9 Vázquez, María del Carmen. “¡Toros sí!, ¡toros no! Del tiempo cuando Benito Juárez prohibió las corridas de toros”. Historia Mexicana, vol. 63, 1(249), 2013, pp. 171–203. JSTOR.

10 Gaceta Oficial de la CDMX, 5 de febrero de 2017.

11 Resolución No. XIV por el Comité Internacional de la OIE (Organización Mundial de Sanidad Animal), 24 de mayo de 2007. 75ª SG/IF – PARIS.