Una de las grandes preguntas que, durante los últimos años, se hacen tanto politólogos como opinadores en Europa, tiene que ver con las causas del auge de los partidos de ultraderecha en prácticamente todas las democracias de este continente. Se trata de un auge que se ha hecho manifiesto especialmente a partir de la última gran crisis económica global desatada hace ya un poco más de 10 años. Si bien se trata de un fenómeno que sucede dentro de este contexto, sería demasiado vago y simplista argumentar que la denominada Gran Recesión, por sí misma, ha sido la causa de que la ultraderecha vuelva a manifestarse como un ente político de peso. Diferentes países experimentaron los efectos de esta recesión mundial en sus economías de manera diferente: para algunos se trató de un año perdido, para otros de toda una década, y los hay también que aún no terminan de salir de la crisis económica a la que se vieron arrastrados por los errores cometidos y sus circunstancias particulares. En realidad, como casi todos los fenómenos de carácter social, las razones del voto a los partidos de ultraderecha son multicausales y resulta prácticamente imposible de determinar el nivel de implicación que cada causa tiene en cada país.

Y es que, con los últimos resultados del partido de ultraderecha Vox en la comunidad autónoma de Andalucía en España (y con lo que se espera de este partido en las próximas elecciones generales españolas) se ha roto el molde de muchos audaces politólogos que habrían intentado explicar numéricamente aquello que estaría detrás del aumento en la popularidad de estos prototípicos partidos. Con España como caso de control podían observarse los supuestos efectos de otras variables cuando se realizaba una comparación entre países. Pero, después de lo acontecido y de lo que seguramente seguirá aconteciendo en España, el bajo nivel de inmigración, la posición con relación al resto de Europa en términos económicos, el nivel de impacto de la Gran Recesión en la economía o el tipo de partido que hubiere de estar a cargo de la gestión del intento de recuperación económica, dejarán de ser hipótesis explicativas convincentes. Aunque claro está, con las hipótesis explicativas sucede como con las cabezas de la Hidra de Lerna: cuando una se descarta, surgen otras dos en su lugar.

Ilustración: Víctor Solís

Todavía hasta hace algunas de semanas, el prominente Iñigo Errejón, del partido Podemos, se ufanaba del hecho de que, en España y Portugal, lejos de estar infectados por el virus de los partidos de ultraderecha, eran gobernados por partidos de izquierda. Errejón, además, señalaba con amargura que el éxito de la ultraderecha europea era consecuencia directa de las políticas que habría impulsado Angela Merkel dentro de la Unión Europea como respuesta a las condiciones económicas de los países del sur (Portugal, Italia, Grecia, España), así como de las medidas de recorte de las garantías sociales que tuvo que llevar a cabo Francia bajo el liderazgo de Hollande. Sin embargo, ni las desigualdades económicas entre países imperantes en Europa, ni las medidas de austeridad y ajuste-del-gasto-público-por-encima-de-todas-las-cosas-y-pese-a-todo, que había dictaminado la deficiente troika (Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional y Comisión Europea), son explicaciones convincentes si se toma en cuenta otras circunstancias que resultan contraintuitivas. Y es que nada de esto explica el creciente éxito de estos partidos en la Europa (más) rica.

Estos países que en algún otro momento no dudaríamos en señalar como los mejores exponentes del progreso de la humanidad, estas «sociedades fuertes», hoy son, sin embargo, los mejores exponentes del desencanto. Resulta desconcertante intentar explicar las razones de por qué el desarrollo económico, tecnológico y científico no se encuentra acompañado a su vez por un desarrollo moral, o si se quiere, político. Educación, calidad de vida, seguridad social, libertad, riqueza, distribución de la riqueza, transparencia, bajos niveles de corrupción y hasta calidad de la democracia; toda una serie de aspectos relacionados con el ejercicio del poder público susceptibles de ser cuantificados y que son utilizados para hacer comparaciones entre naciones, les otorgan de manera generalizada a ciertos países del norte y centro de Europa (y a sus habitantes) una posición privilegiada. ¿Cuál es la combinación adecuada de parámetros o el nivel de desarrollo necesario para lograr llegar al punto de ver desterrada de un país toda acción popular encaminada a echar abajo aquello que el ideal ilustrado y la democracia ha construido durante décadas? Es en estas naciones en las que menos se esperaría que aconteciese un considerable crecimiento en los votos a partidos populistas con discursos que van desde el nacionalismo a la xenofobia y cuya afiliación democrática es, por decir lo menos, muy cuestionable.

Pero, volviendo a España, hay que decir que las particularidades detrás de Vox son muchas, ya en una columna Ignacio Escolar recapitularía algunas de las más visibles: las tensiones alrededor de Cataluña que supuestamente habrían despertado un discurso nacionalista reactivo que resultaría ad hoc a cualquier partido de ultraderecha, el cálculo de rédito electoral que habrían hecho los partidos en función de este creciente nuevo actor, los pecados que durante los últimos años habrían cometido cada uno de los partidos asentados a nivel nacional y que los habría vuelto poco atractivos ante la perseverancia algunos sectores población, así como las enormes deficiencias en la campaña del hasta entonces partido terrateniente, el PSOE. Sin embargo, considero que, de todas, la más relevante es la que tiene que ver con alerta que lanzara Fernando Vallespín en una columna publicada en octubre, con motivo del evento con el que de pronto habría irrumpido Vox en escena: «Algo sí está claro, y es que Vox será tanto más grande cuanto más nos escandalice. El éxito de Trump y Salvini deriva precisamente de eso, de su constante aparición en los medios y de la masoquista exorcización de los personajes, que les dotó de una proyección que jamás hubieran soñado si no nos hubiéramos plegado a la cultura de la excitación».

Como era de esperarse, tal recomendación habría caído en oídos sordos. Durante cerca de 50 días, los espacios televisivos dedicados a la opinión política (que en España son bastos) estuvieron dedicados casi sin cesar a un solo tema: el escándalo llamado Vox. Mesas y mesas de tertulia rebosantes de opinadores cuya consigna al unísono iba dirigida a la salvaguarda de las instituciones políticas y democráticas españolas solo sirvieron para labrar el camino a un partido cuya mayor aspiración siempre consistió en aterrorizar al statu quo. El eje izquierda-derecha, hasta hace apenas unos años omnipresente, una vez más se ha visto reducido a un punto de convergencia. La gran potestad que trae consigo la radicalidad es la posibilidad de relativizar las posiciones políticas de los adversarios y fundirlos a todos en una sola masa informe para a partir de ello, se trata de la creación de una nueva disyuntiva en la cual el outsider ocupa un espacio hecho a medida. En este caso la nueva disyuntiva se vuelve constitucionalistas o Vox, más de lo mismo o el escándalo. Un evento con nueve mil espectadores fue suficiente para barrer con las diferencias de los cuatro principales partidos en el congreso, colocarlos dentro de un mismo saco y dotar a un grupo de improvisados con el cargo del legítimo partido opositor.

Así pues, la verdadera pregunta en torno a Vox, como bien habría señalado Ilya Topper en un incendiario artículo de opinión al respecto, no es por qué ha surgido ahora sino por qué ha tardado tanto. Y es que lo hace algunos años parecía una tendencia europea a estas alturas ya se encuentra bastante bien asentada en América, principalmente a partir de los triunfos de Trump y Bolsonaro. Además, las circunstancias de radicalidad en torno a la irrupción de Vox y del crecimiento del resto de partidos o candidatos protofascistas tampoco tienen nada de nuevo, en realidad no son más que una recapitulación de otra disyuntiva en el plano de las ideas, una que podría decirse opone a Maquiavelo con Carl Schmitt. Y es que, mientras El príncipe puede ser leído como un compendio de máximas que es necesario tener en cuenta si lo que se quiere es retener el poder, varias obras del autor alemán pueden ser entendidas como una serie de instrucciones sobre cómo apelar a los principios más radicales de la democracia para suspender y desmantelar las propias democracias constitucionales (dirían algunos, las «democracias liberales»).

Oponer a Maquiavelo y a Schmitt podría resultar controversial por el hecho de que las obras de ambos autores históricamente se han visto defenestradas y reivindicadas de acuerdo con las diferentes posturas políticas e interpretaciones que se hagan de las mismas. Sin embargo, esta disyuntiva adquiere sentido si, precisamente al modo schmittiano, se la lleva a sus últimas consecuencias, aquellas en las que la diferencia entre decantarse por una u otra no se reduce a una cuestión relativa a las formas de la política o a dos estilos de gobierno distintos, sino a decidir entre preservar la forma actual de organización de los Estados-nación occidentales modernos o entre un completo cambio de régimen. Y es que, como es bien sabido, para Schmitt, la política misma se articula a partir de la diferenciación entre amigo y enemigo, pero solo en un sentido radical en el que el concepto de enemigo (algo que es constantemente pasado por alto) no quiere decir mero rival o contrincante, el enemigo refiere a quien amenaza el propio estilo de vida, por lo tanto no es, dice Schmitt, inimicus sino hostis. El enemigo representa en este sentido una otredad irreconciliable. Por esa misma razón la categoría de enemigo no puede ser entendida a partir de la «enemistad» que pudiera existir entre dos particulares, sino que la enemistad de la que está hablando el autor alemán está reservada para los Estados, estos serían los únicos con legitimidad como decidir quién es el enemigo y para exigir que sus ciudadanos estén dispuestos a arriesgar la propia vida, siempre y cuando esto se vuelva absolutamente necesario, es decir: cuando la disputa se dé en términos políticos y dentro del supuesto de que se encuentre en riesgo la propia existencia.

Consecuentemente, si entendemos a la política en estos términos, como «el antagonismo más intenso y extremo», las pugnas de los partidos al interior de un Estado no resultan ser más que «abstracciones» pasajeras, una caricatura de lo político. Esto es precisamente lo que se encuentra en el núcleo de los programas de los partidos de ultraderecha, el foco de la atención es movido hacia fuera, ya no se trata de diferencias ideológicas o morales, sino que se plantea casi como una cuestión de supervivencia, de una lucha por mantener el propio estilo de vida. Por lo tanto, el nuevo objetivo de estos grupos radica en designar a ese hostis que habría de amenazar a los miembros de la sociedad, pero al mismo tiempo, y quizá esto sea lo más importante, el objetivo consiste en señalar aquello que forma parte del propio estilo de vida, definiendo así, también al nosotros. Esto nos conduce a un concepto elemental dentro de la teoría schmittiana, sin el que no se puede entender por completo su concepto de lo político, se trata de la idea de que las naciones son homogéneas y deben aspirar a mantenerse de esa manera. Queda claro cuando al inicio de El concepto de lo político dice:

«Es irrelevante aquí si uno rechaza, acepta o si quizá considera como un remanso atávico de épocas primitivas el hecho de que las naciones continúen agrupándose de acuerdo a la distinción entre amigo y enemigo, o si alberga la esperanza de que algún día esta antítesis desaparezca del mundo, o si acaso le parece pedagógicamente conveniente pretender que los enemigos ya no existen. La cuestión aquí no tiene que ver con cuestiones abstractas o ideales normativos, sino con la realidad misma y con la posibilidad de que exista esta distinción. Se podrá estar de acuerdo o no con estas esperanzas o ideales pedagógicos, pero, apelando a la razón, no se puede negar que las naciones continúan agrupándose en relación a la contraposición entre amigo y enemigo, que la distinción se mantiene vigente hoy en día, y que se trata de una posibilidad siempre presente para todos los pueblos que se han configurado como esferas políticas».

El mundo tanto en los años 30, como hoy en día, a casi un siglo de distancia, continúa agrupándose a partir de la idea de un nosotros y un ellos. Los Estados mantienen y fomentan un cierto nivel de homogeneidad entre los ciudadanos que los componen, se trata de algo que es hasta cierto punto inevitable, la homogeneidad entre las personas en gran medida es consecuencia directa de una cercanía física que los lleva a experimentar circunstancias similares. Sin embargo, también es hasta cierto punto inevitable que, al mismo tiempo, suceda el fenómeno contrario: que se produzca de manera espontánea una heterogeneidad dentro de las agrupaciones sociales. Es especialmente evidente hoy en día que, como consecuencia de la globalización, se tenga dentro de la propia nación, contacto con un representante de «los otros». Por esa razón, dependiendo del nivel de otredad de esos otros con los que uno pudiera llegar a toparse, no es tan raro que, en algunas ocasiones, se llegue a considerar que, por el estilo de vida de estos, su existencia misma pone en riesgo la de nosotros. En fomentar esta paranoia consiste la estrategia más elemental de los partidos de ultraderecha, y al parecer la mejor manera de hacerlo es lanzando discursos en los que todas las cuestiones de carácter político sean entendidas desde la diferenciación schmittiana. Desde esta perspectiva ya no se trata tanto de si, por ejemplo, se aumentan o disminuyen las prestaciones sociales, sino de que estas prestaciones en todo caso sean exclusiva o preferentemente para nosotros, los verdaderos españoles, alemanes, austriacos, daneses, etc.

Sin embargo, el otro no es solamente aquél que traspasa las fronteras de la propia nación, sino que puede llegar a encontrarse desde el comienzo, dentro, como si de falsos integrantes del nosotros se tratara. Es así puesto que, desde esta lógica, cualquiera que plantee una modificación en «la forma como siempre se han hecho las cosas» respecto de ciertos asuntos clave, puede llegar a ser percibido como un agente que amenaza con desmantelar la homogeneidad que habría de imperar, amenaza la propia identidad y, sobre todo, amenaza con la creación de una nueva homogeneidad que sustituya la que hasta hoy se considera dominante, la de nosotros. Por eso no es raro que en algunos casos los movimientos feministas o quienes defienden los derechos de las minorías sean vistos como los otros, como el enemigo y se les declare la guerra tanto a ellos como a sus ideales.

Bajo estas premisas resulta entendible que los votantes del viejo grupo homogéneo, al sentir que el discurso político de estos grupos los excluye y señala, busquen alguno que hable por ellos. Cuando las diferencias internas se agudizan en una pugna por la definición del nosotros, se corre el riesgo, dice Schmitt, de desencadenar una guerra civil por proclamar la propia identidad como la única dentro del Estado. La homogeneidad constituye un elemento clave dentro de la teoría del autor alemán pues solo a partir de esta se puede justificar aquel argumento que tiene la función de estocada final: solo en una sociedad verdaderamente homogénea es posible sustituir el concepto de representación con el de identidad (similitud) entre gobernantes y gobernados. De esta manera, al ser apenas superficiales o marginales las diferencias entre los miembros de la sociedad, y al ser el gobernante idéntico a sus gobernados, ya no es necesario que exista la ficción representativa, ni que se simule que las decisiones son el resultado de argumentos y debates, si todas las personas dentro de una sociedad piensan de manera similar sobre los temas más relevantes, basta con que haya una sola persona que tome las decisiones como para que se entienda que esta decisión es, a su vez, la decisión de todos.

Al hacer estas reflexiones no pretendo insinuar que este ideario esté en la mente de quienes depositan su voto por los partidos radicales, probablemente ni siquiera se encuentre en las conciencias de los dirigentes de estos partidos (de ser el caso podríamos decir que Le Pen encarna a la perfección al rival schmittiano de Macron, consabido lector de Maquiavelo). Sirven estas reflexiones, no obstante, para aderezar la problemática y describir el tipo de incendio que el voto a estos partidos puede desatar. Con ello he eludido un poco atender la cuestión principal aquí, sobre las causas del voto a estos partidos o lo que es lo mismo: la quién es el votante pirómano. Lo que sucede es que, para ser franco, me parece poco relevante reducir el análisis a señalar que el votante medio de Vox es ese jubilado mayor de 60 años que vive lejos de la ciudad, en primer lugar, porque se trata de algo que ya nos han contado hasta el cansancio a través de la televisión con toda seriedad y apenas unos minutos después de saberse el resultado, por más que se trate del mismo sujeto que dos horas antes de la elección había fallado en su estimación del voto subestimando los resultados de este partido, al regresar cargado de nuevas gráficas y datos, nos termina quedando claro, con lujo de detalle, hasta la forma de la nariz de ese votante medio. Lo que me parece verdaderamente relevante es que, en una democracia consolidada como España, haya quien, después de escuchar los riesgos que entraña el voto a Vox, decida correr el riesgo de decantarse por un cambio radical y tire otro cerillo encendido más en la paja sobre la que está sentado para ver qué pasa.

Mucho me temo que para explicar esto último vale la pena tener en cuenta la propia obra de Schmitt, sus agudas críticas a un modelo democrático demasiado dependiente de su positivismo son cada vez más vigentes conforme las sociedades occidentales van disminuyendo su punto de ebullición, conforme los ciudadanos tienen cada vez más acceso dentro de una caótica esfera pública en la que, por si fuera poco, su voz (su vox) cada vez tiene más peso. La potenciación de las formas de participación política en lo individual a través de las redes digitales, pero también en lo colectivo a través de un creciente número de nuevas organizaciones sociales de todo tipo no se ha visto correspondido por una transformación en los gobiernos democráticos. Las sociedades ahora desbordan las vías de comunicación institucionales e informales que pueden llegar a tener con sus dirigentes, la democracia de audiencia de Manin ha visto invertidos los polos por completo, ahora son los poderes políticos los que miran a la sociedad, los que están pendientes de aquellos trending topics que determinan la agenda del día y han hecho de esta una especie de cámara de resonancia. Se trata de una versión perversa de esa democracia (más) participativa que tanto se ha idealizado: se ha dado el aumento de la participación ciudadana y que los gobernantes estén más atentos a la opinión pública, pero la comunicación entre ambos se ha mantenido ausente, o en el mejor de los casos, disfuncional. Ningún bando entiende las razones del otro, para los primeros el único output posible es binario, tiene que ver con si se satisfacen o no las demandas de la semana; mientras que, para los segundos, el output consiste en una variación dentro de las encuestas de proyección del voto del mes.

Cada vez tiene más importancia eso que Rosanvallon llama el tiempo corto de la opinión y cada vez resulta menos relevante ese tiempo intermedio de la elección en el que las democracias actuales, en su positivismo, quiere seguir depositando todo el peso de su legitimidad. Probablemente lo del votante pirómano no se encuentre muy lejos de esto, si bajo el lema de «todos los políticos son iguales» el peso de la política es llevado a las batallas campales que se hacen en Twitter, o en las calles, quién gobierne estaría pasando a un segundo plano. Sin embargo, éste es un grave error, el problema con el positivismo de las democracias actuales no se resuelve prescindiendo de los ideales ilustrados, los principios democráticos y los procedimientos constitucionales para decantarse nada más que por la cruda realidad, por lo contante y sonante. Se trata de hacer que los fundamentos de la democracia dejen de ser papel mojado y tengan una verdadera influencia sobre el día a día de las personas. Eso no se alcanza con más vox, como se decía antes, de eso parece haber ya bastante, lo que se necesita hoy en día es más oído.

 

Daniel Flores Gaucin
Estudiante de Doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid.