Los resultados electorales del 1 de Julio de 2018 representaron un cisma y un terremoto para el sistema político mexicano y los partidos políticos que lo conforman. En particular, las elecciones federales constituyen un punto de inflexión para el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el gran derrotado en dichos comicios.

Por segunda vez en sus más de 80 años de historia, el PRI es derrotado en las elecciones presidenciales mientras ejerce el poder como el partido en el gobierno. Pero también la segunda ocasión que acepta su derrota, iniciando un proceso pacífico de transición. Una gesta no menor y no suficientemente reconocida para un otrora partido hegemónico.

Ilustración: Víctor Solís

Tras 70 años de ser el partido dominante en la vida política de México, la derrota del 2000 resultó una catarsis y representó un momento de crisis para el PRI. Sin embargo, la pérdida de la presidencia no significó su muerte ni aislamiento político. Con resignación, opositores y críticos vieron como “el dinosaurio seguía ahí”. Tras reorganizarse, el PRI aprendió a ser oposición, fortalecerse y competir, eventualmente reconquistando la presidencial de la república en 2012. En contraparte, la severidad de la derrota de julio de 2018 y el contexto político resultante presenta un diferente reto y escenario para el priismo, con la posibilidad real de ser un punto de quiebre para el partido, amenazando su existencia en el mediano plazo.

Los retos y perspectivas que enfrenta el PRI son de suma importancia para la estabilidad del sistema político y la democracia mexicana. A pesar de ser un partido ligado al autoritarismo, la posibilidad de un colapso e irrelevancia del PRI representaría un riesgo y fuente de inestabilidad para una democracia aún joven y en transición como la mexicana.

El PRI, ¿rumbo al colapso?

Con la apertura electoral de mediados de los años ochenta del siglo pasado, el PRI vio mermado su poder e influencia a nivel nacional. Paulatinamente perdiendo gubernaturas y espacios en congresos locales. Sin embargo, este debilitamiento fue resultado de un proceso natural en cualquier país que comienza una transición a la democracia. El proceso de desarrollo democrático está inherentemente relacionado con la aparición de nuevos partidos políticos, grupos de poder y una mayor competencia política a nivel electoral.1 A medida que una democracia avanza, la combinación de todos estos factores produce una mayor fragmentación del sistema político, lo cual sucedió en México. Esta tendencia se aprecia claramente en la Gráfica 1, que muestra el nivel de fragmentación en la Cámara de Diputados Federal y el número de Diputados con los que el PRI ha contado en cada legislatura desde 1988. Como puede observarse, el nivel de fragmentación en la Cámara baja ha ido paulatina y constantemente en aumento, en particular desde 1997. Esta tendencia es importante ya que ejemplifica no solo la pluralidad política sino el nivel de competencia presente en las elecciones legislativas. En general, un índice de fragmentación alto se puede interpretar como una disminución de las posibilidades de que un solo partido domine el Congreso.2

Fuente: Elaboración del autor con datos del Sistema de Información Legislativa de la Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión.

Desde 1988, el PRI ha visto perder su hegemonía y control político a nivel federal, local y en los poderes ejecutivo y legislativo. Tras la competida elección de 1988, el PRI mantuvo su mayoría absoluta en el Congreso, la cual pudo conservar hasta 1997. Tras la derrota en las elecciones federales del año 2000, la fracción parlamentara del PRI representaba menos del 45%, engrosando sus filas en las elecciones intermedias de 2003 aunque solo brevemente tras sufrir una derrota importante obteniendo poco más de 100 diputados federales en 2006.

Si bien el 2018 no es la primera derrota significativa, tras las pérdidas de 2006 y en particular del 2000, el fracaso actual tiene grandes diferencias tanto en contexto como en resultados con las anteriores. La perdida del año 2000 representó la búsqueda de una nueva identidad para el PRI, de reorganizarse y aprender a ser un partido fuera del poder sin la guía de la figura presidencial y el control de la administración pública federal. La salida de Los Pinos no significó su irrelevancia por que el PRI seguía siendo el partido más organizado e institucionalizado del sistema político mexicano, con representación en todos los distritos electorales del país, en la totalidad de sus municipios y con vínculos directos a organizaciones gremiales, populares, sindicales, obreras y campesinas. Aún derrotado, la votación del PRI era importante; Francisco Labastida, el candidato derrotado terminaría en segundo lugar con más de 15 millones de votos equivalentes a 36% de la votación. Así mismo, el PRI seguía siendo un jugador político clave. Al comienzo del gobierno de Vicente Fox, 19 de los 31 gobernadores pertenecían a las filas del PRI y aunque ya no controlaba ninguna de las Cámaras, sus fracciones parlamentarias no eran marginales sino necesarias en el accionar legislativo. Aunque disminuida, en el 2000 la fracción parlamentaria del PRI contaba con 209 diputados y con 59 senadores, necesarios para la aprobación del Presupuesto de Egresos, la Ley de Ingresos y cualquier reforma constitucional.3

En contraparte, el fin del sexenio de Peña Nieto y el lejano tercer lugar obtenido en los comicios de 2018 presentan un escenario radicalmente diferente, con un PRI desdibujado, debilitado y con la posibilidad tangible de estar al borde del colapso. El colapso de un partido dominante se define como una derrota masiva a nivel electoral en la cual el partido deja de ser un actor competitivo a nivel nacional. Aunque reciente, la derrota puede significar el inicio de este proceso y el principio de la irrelevancia política del otrora gran partido mexicano. Aun siendo el partido gobernante y con el respaldo del gobierno federal, el candidato de la coalición PRI-Partido Verde-Nueva Alianza, José Antonio Meade terminó en un lejano tercer lugar con poco más de 16% de la votación. El tamaño de la derrota, visto en perspectiva, es aun mayor para el PRI ya que obtuvo sólo 6 millones de sufragios.4 Así mismo, de contar con 202 diputados en 2015, la fracción parlamentaria del PRI al inicio de la actual legislatura es de 47 diputados y 15 senadores, representado el 9% y 11% de cada Cámara respectivamente. Considerando el tamaño de sus fracciones, combinado con las mayorías de Morena, los Diputados y Senadores del PRI son prácticamente irrelevantes para la aprobación y modificación de leyes y presupuestos.

¿Cuáles son los retos, perspectivas y posibles consecuencias que enfrenta un partido debilitado? En primer lugar, el PRI enfrenta un futuro difícil y sombrío. A nivel mundial, en particular en América Latina, raramente un partido dominante que enfrenta una severa crisis es capaz de revivir y regresar a sus glorias pasadas. Desde la tercera ola de democratización en América Latina, solamente un partido lo ha logrado, todos los demás eventualmente desapareciendo o cayendo en la irrelevancia política volviéndose partidos marginales, menores o acompañantes.5

Aunque el resurgimiento de un partido es raro, es posible. Pero requiere de una serie de elementos no triviales y difíciles de lograr en momentos de crisis y cambio político. Estos elementos involucran la democratización de sus élites, una reinvención de su estrategia electoral, y el manejo efectivo de sus recursos monetarios, materiales e institucionales.6

Las élites que gobiernan al PRI serán las principales responsables de que el partido reviva o caiga en la irrelevancia. Actualmente, tras el gobierno de Enrique Peña Nieto, el PRI es un partido desprestigiado y con una marca tóxica, al cual los votantes rechazan y ven con recelo. De igual manera, su base electoral se ha visto disminuida como se demostró en las pasadas elecciones. Heredero de la revolución y autor del desarrollo estabilizador, con la llegada del Consenso de Washington y el neoliberalismo económico el PRI se volvió un partido ideológicamente acomodadizo, sin una estructura programática clara y diferenciada para ofrecer a los votantes. El partido apoyaba por igual la privatización de empresas nacionales, rescates bancarios y la disminución del salario mínimo, que la creación de programas sociales, aumento de transferencias y la protección del sector energético. Paulatinamente, sin una estrategia programática e ideológica clara el partido se fue desdibujando y volviéndose no diferenciable respecto a sus rivales políticos, en particular con el Partido Acción Nacional, disminuyendo su arraigo e identificación con el electorado.

En paralelo, los liderazgos y dirigencias del PRI se volvieron más cerrados y la toma de decisiones más verticales. Cuando el partido ejercía el poder a nivel federal, en su mayoría los puestos de la administración pública eran asignados a personas con un perfil muy claro. Tecnócratas egresados de universidades privadas, con estudios de postgrado en universidades extranjeras y con poca o nula trayectoria dentro del partido. El hartazgo de la militancia llegó a tal punto que en el Gobierno de Ernesto Zedillo la Asamblea Nacional estableció como requisito que el candidato presidencial tenía que haber tenido un puesto de elección popular previo. Similarmente, las candidaturas y liderazgos políticos, tanto en el partido como en las legislaturas giraban alrededor de cúpulas, en donde el principal mérito era el amiguismo más que el trabajo y arraigo partidista. Las listas plurinominales eran y son asignadas en reuniones cerradas, donde perdura el compadrazgo y el nepotismo. Las designaciones de candidaturas para gobiernos estatales frecuentemente terminaban en cismas, con el aspirante defenestrado renunciando al PRI y aceptando la candidatura por partidos opositores, derrotando a su viejo partido en no pocas ocasiones. Tampoco era raro ver a los Senadores pasar a ser Diputados y a gobernadores anteriores pasar a ser legisladores, cerrando las posibilidades de desarrollar una carrera política a sus afiliados.

Lo anterior erosionó la relación entre el PRI, su militancia y los votantes. Todo partido para ser exitoso necesita de formar una gran coalición de votantes, fortalecida por una base de militantes a los cuales atraer con base a un proyecto. Para formar una militancia robusta un partido político requiere que las élites que gobiernan el partido incurran en ciertos costos, dejando a un lado sus ambiciones personales por el bien común de la organización. Este equilibrio, difícil de lograr, involucra proveer de opciones de carrera a los cuadros y posibilidades futuras reales de obtener candidaturas. Si la militancia y los votantes perciben que las opciones de carrera en un partido pertenecen a una camarilla, lo abandonarán buscando otras opciones políticas.7

El liderazgo de un partido también es importante por que define las reglas y estructura organizacional que lo rigen. Decreta leyes, procedimientos y da sentido de unidad a la militancia, en particular en momentos de crisis. Pero la vida interna del partido, en particular en momentos de crisis debe de involucrar a su militancia y las decisiones deben de ser tomadas de forma horizontal, consensuada, dando voz a las diferentes facciones y no de forma vertical, en procesos cerrados, poco transparentes y ausentes de debates. Lo anterior ha sido evidente en la vida organizacional del PRI en los últimos años, como se vio reflejado en el cambio de estatutos para aprobar la reforma energética del 2013 o en la última asamblea nacional del PRI en donde se modificaron estatutos básicos del partido como permitir la postulación de un candidato no afiliado al partido o avalar que el presidente del partido fuera nominado al terminar o estar dentro de su periodo a una candidatura plurinominal. Dichas modificaciones se hicieron sin tomar en cuenta voces disconformes de sectores importantes del PRI y limitando el acceso de consejeros nacionales opositores a dichas medidas, dando como resultado el enojo y decepción de la militancia.

Tras la derrota del año 2000 el PRI se reorganizó en torno a sus liderazgos locales y federales, particularmente sus líderes en el congreso y sus gobernadores, parcialmente dando voz a diferentes grupos, permitiendo debates y opiniones. El PRI se abrió a su militancia, organizando foros, permitiendo que emergieran debates y opiniones sobre la dirección del partido, robusteciéndose y democratizándose internamente dando como resultado grupos como el TUCOM. Sin embargo, los vaivenes autoritarios como la nominación presidencial de Roberto Madrazo en 2006 lo sumieron en una nueva derrota electoral y   crisis política. De nueva cuenta, el PRI busco reformularse fomentando la aparición de nuevos liderazgos y cuadros jóvenes en puestos de elección popular. Esta estrategia resultó sumamente exitosa permitiendo al PRI obtener victorias estatales en todo el país, culminando en el regreso a la presidencia en 2012. Lamentablemente, estos nuevos liderazgos liderados por Enrique Peña Nieto, Javier Duarte y Roberto Borge resultaron contraproducentes al ser estos gobiernos acusados de corrupción, nepotismo y defraudación al erario público.

La actual dirigencia enfrenta un reto no menor. La actual líder nacional, Claudia Ruiz Massieu, pertenece a dicha élite política desacreditada y asociada a una marca tóxica. Es sobrina del expresidente Carlos Salinas, quien a pesar de gozar de respeto en el PRI no lo tiene ante el electorado. De igual manera fue funcionaria en el sexenio de Peña Nieto, el presidente más desacreditado e impopular en la historia de México y responsable principal de la debacle electoral del PRI. En adición, los puestos de mayor importancia en el Congreso y en el liderazgo interno del partido son ocupados por miembros cercanos a dicha cúpula o por hijos de antiguos líderes del partido:  Osorio Chong, Enrique Ochoa, Sylvana Beltrones y Beatriz Paredes son todos legisladores plurinominales.

Fuera de la dirigencia, el ex gobernador de Oaxaca Ulises Ruiz organiza una cruzada para tratar de refundar al PRI. Ruiz, es una de las únicas voces críticas a las decisiones políticas de Peña Nieto, advirtiendo de las graves consecuencias que traerían las decisiones tomadas en los últimos años, busca involucrar a la militancia para volver competitivo al PRI ante el surgimiento de Morena. Sin embargo, enfrenta un terreno hostil y de reticencia de las élites que han controlado al partido los últimos 25 años.

Mas allá de los retos internos del partido, ¿cuáles son las opciones políticas que tiene el PRI para recuperar relevancia electoral? Comparativamente, los partidos que han enfrentado crisis serias han usado un mecanismo para volver a ser competitivos: las alianzas políticas.8 Desafortunadamente para el PRI, es improbable que este mecanismo les sea de utilidad. Inicialmente, las coaliciones multipartidistas surgieron para derrotar al PRI en las elecciones, pero fueron eventualmente acogidas y usadas por este para mantenerse en el poder y derrotar a sus adversarios. El problema radica en que las coaliciones son un mecanismo ya existente, en el que PRI ha sido siempre el partido líder de las coaliciones de las que ha formado parte y que en el escenario político actual no le ofrece muchas opciones de aliados. El PRI jamás ha establecido alianzas con el PAN y el PRD, sus rivales directos desde 1988, criticando fuertemente las “uniones espurias” entre ellos. ¿Con quien se va a aliar ahora? El Partido Nueva Alianza ha perdido el registro, al igual que el Partido del Trabajo. Una alianza con Movimiento Ciudadano no le serviría de nada y una eventual alianza con Morena sería una claudicación y suicidio político. Su gran aliado, el Partido Verde le demostró que ningún amor es para siempre, que los matrimonios de conveniencia no tienen esperanzas en el largo plazo y ya lo ha abandonado uniéndose a Morena. Sus 15 años de relación e historia se esfumaron, revelando que nunca fue más que un matrimonio con fecha de caducidad en donde el PRI fue el que salió peor parado. Sólo y alborotado, fue el amante que dio todo el amor y todo el dinero para ser abandonado tras la primera crisis en cuanto un modelo muy similar pero más joven apareció.

La alternativa es más clásica, pero ardua. Volverse competitivo de abajo para arriba, a nivel local para aspirar a ser competitivo en unos años a nivel federal. El PRI necesita reconquistar a la clase media y a las zonas urbanas, áreas en donde es poco competitivo y en donde ha sufrido sus peores derrotas. Sin embargo, si aspira a volver al poder no lo podrá hacer sin el apoyo de estos estratos. Ser competitivo involucra atraer nuevo talento y generar nuevos cuadros, ofreciéndoles oportunidades reales de una carrera política en base a la capacidad y no al compadrazgo. El segundo paso está en reconquistar al electorado, lo cual solo logrará dando resultados ejemplares en la administración pública de los municipios y estados que gobierne, con transparencia, rendición de cuentas, dando soluciones a los problemas que azotan a las poblaciones como el desempleo, contaminación, inseguridad, tráfico o vivienda. Lamentablemente ninguna de estas características ha distinguido a los gobiernos del PRI en los últimos años, ni a ningún partido político en particular. Para desgracia del PRI el escenario es poco menos que adverso con una feroz competencia electoral en todos los frentes, con varios retadores y un partido emergente, Morena, que busca afianzarse y amasar tanto poder como pueda.

Parte de la reorganización que el PRI haga y la estrategia electoral que siga dependerá en gran medida del uso estratégico que haga de los recursos con los que cuenta, en particular de su presupuesto y su fuerte presencia territorial en todos los municipios del país. El financiamiento público disminuirá dado el poco porcentaje de votos que obtuvo, sin embargo el PRI aun gobierna más municipios que ningún otro partido y cuenta con 12 gubernaturas. El uso estratégico de estos recursos podría marcar su destino. Aunque los recursos serán los más bajos en su historia, el PRI no debe de olvidar que Morena logró la presidencia sin ningún gobierno estatal y con un puñado de municipios y legisladores. Tras la derrota deberá de tener la humildad de aprender de las virtudes del rival.

Perspectivas y retos

A pesar de sus defectos, el colapso del PRI no es deseable. A nivel mundial el colapso de partidos hegemónicos ha significado el debilitamiento del sistema político en diferentes países, y en el caso más extremo ha marcado el inicio del derrumbamiento de una democracia. El ejemplo arquetípico está en Venezuela en donde el derrumbamiento de los dos partidos históricos, Acción Democrática y COPEI permitió el establecimiento de un régimen autoritario. Aun sin ir al límite, en América Latina el colapso de partidos institucionalizados en Perú, Bolivia y Argentina ha tenido efectos negativos disminuyendo la calidad democrática, las opciones de representación de los ciudadanos, la rendición de cuentas y la calidad de sus gobiernos.

Aun con todos sus matices, no hay ningún partido más institucionalizado, organizado y arraigado que el PRI en México. Solamente el PAN está cerca, el PRD lleva años en decadencia y en luchas intestinas, y Morena es un partido de reciente formación. La desaparición del PRI dejaría un vacío político difícil de llenar. En un país donde la aceptación de la democracia ha ido disminuyendo y menos del 20% de la población está satisfecha con sus resultados, dejar a millones de militantes en el abandono político, sin representación, posiblemente resentidos y desilusionados con la democracia sería riesgoso.9 Así mismo y a pesar del éxito de Morena, el actual marco legal dificulta la creación de partidos políticos y sería iluso asumir que los militantes del PRI se mudarían eventualmente a otro partido.

La labor que el PRI tiene ante sí requerirá de innovación y de implementar acciones a las cuales está poco acostumbrado; Inclusión, apertura, innovación y democracia. Desarrollar una estrategia coordinada, homogénea y disciplinada de líderes y recursos. Lamentablemente, desde Julio de 2018 sus élites han dado pocas muestras de esperanzas. Los gobernadores se han mostrado dóciles ante el discurso de López Obrador, como demostró la pasividad con que recibieron a los superdelegados federales. En el Congreso de la Unión, fuera de los exabruptos, gritos y sombrerazos comunes, sus legisladores no han demostrado un discurso alternativo opositor claro ni atractivo. Por ejemplo, han cooperado con la aprobación de la licencia, debatible y dudosa, al exgobernador de Chiapas y ahora senador Manuel Velasco Coello quien los traicionó, con la aprobación de la guardia nacional y su voz tampoco se ha escuchado ante la injerencia del gobierno federal al Poder Judicial.

Una eventual desaparición del PRI debilitaría al sistema de partidos mexicano, volviéndolo más fluido, sujeto aún más a políticos oportunistas, populistas y sin experiencia, aumentando la probabilidad de que un régimen autoritario emerja.  No debemos olvidar que los regímenes autoritarios están vinculados a un aumento en la violación a los derechos humanos, corrupción, persecuciones políticas e inseguridad, así como disminuir la rendición de cuentas y la diversidad política.10 Finalmente, la responsabilidad de evitar que un colapso del partido suceda recaerá única y exclusivamente en el PRI.

 

J. Alejandro Espinosa Herrera
Economista político, candidato a Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Oxford.

Referencias

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1 Cheibub, Przeworsky y Saiegh (2004).

2 El índice de fragmentación es construido en base a Rae (1967), el cual estima la probabilidad de que dos miembros del congreso seleccionados de forma aleatoria pertenezcan a partidos diferentes. El índice toma valores de 0 a 1, en donde uno indica que cada legislador seleccionado aleatoriamente pertenece a un partido diferente.

3 Instituto Nacional Electoral (2018).

4 Instituto Nacional Electoral (2018).

5 El caso de éxito es la Alianza Popular Revolucionaria Americana en Perú. Cyr (2017) y Lupu (2016) y estudian los casos de caída y colapso de partidos en América Latina.

6 Ver Cyr (2017), Mainwaring y Scully (1995), Mainwaring (2018) y Lupu (2016).

7 Ver Katz (1990), Bartolini (1983), Muller and Strom (1999) y Tavits (2009).

8 Laver y Schoefield (1998),

9 Latinobarometro (2017).

10 La literatura es amplia, algunos ejemplos recientes incluyen a Morgan (2018), Levitsky y Way (2010), Gonzalez Ocantos (2015), McMillan y Zoido (2004) y Levitsky y Loxton (2013).