En septiembre de 2013 el presidente de la República Popular China, Xi Jinping, sugirió en una visita a Kazajistán que China y Asia Central deberían cooperar para establecer una zona económica, la “Ruta de la seda”. Seis años después, la iniciativa de “la franja y la ruta” —como se le conoce actualmente—1 se ha convertido en una ambiciosa propuesta de cooperación en infraestructura, comercio e inversiones que abarca un 60% de la población mundial y un 30% del producto nacional bruto global.

La idea que sirvió de inspiración para esta gran iniciativa es la renombrada e histórica Ruta de la Seda, con sus evocaciones románticas de caravanas recorriendo los caminos entre China y Europa. Y, en efecto, en su sentido más elemental, podríamos decir que eso era la Ruta de la seda. Pero la realidad es un tapiz de historias e intercambios mucho más rico y fascinante.

Ilustración: Ros

Intercambios de objetos e ideas

El nombre de “la ruta de la seda”, en singular, es engañoso, ya que no existió una única ruta. De hecho, el término “ruta de la seda” surgió apenas en 1877 cuando el viajero y científico alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen publicó su obra China. Ergebnisse eigener Reisen und darauf gegründeter Studien (“China: los resultados de mis viajes y estudios basados en ellos”). Ahí aparece por primera vez aparece el término Seidenstraße (“ruta de la seda”), con el que denominó la compleja y antigua red comercial que unía el este de Asia con Europa, desde Japón y Corea hasta la península italiana e incluso Escandinavia.

Esta red abarcó tal vastedad de épocas, reinos y personajes que es imposible un recuento detallado que no sature la comprensión. No solamente hubo intercambio de productos, sino de ideas, de creencias, y de personas. He aquí un muy superficial listado cronológico de ejemplos que muestran la riqueza y complejidad de la ruta de la seda: El imperio de Alejandro Magno en el siglo IV antes de nuestra era generó una influencia griega que dio origen a las primeras representaciones antropomórficas de Buda en el subcontinente indio. En el siglo I antes de nuestra era China compraba caballos del Valle de Fergana (hoy Tayikistán y Afganistán) a cambio de seda, la cual usaban las tribus nómadas como símbolo de estatus y de fácil transporte. En ese mismo siglo, Roma importaba pimienta de la India y, a través de esta, también importaba seda china.

A partir del siglo I de nuestra era el budismo se expandió a través de las rutas comerciales desde Asia Central a lo que ahora es Afganistán y China. El cristianismo viajó también, creando centros importantes en Samarcanda y Bujará (hoy Uzbekistán) entre los siglos VII y VIII, y Kashgar (en el noroeste de China) tuvo un arzobispo por la misma época.2 El islam llegó al sur de China hacia el s. VII, mientras que el judaísmo llegó al centro de China, a la ciudad que hoy se llama Kaifeng, entre los siglos VII y IX. Las conquistas islámicas a partir del s. VII llevaron a una demanda de artículos de lujo que a su vez provocó una explosión de literatura de “reseñas” sobre los productos de distintas ciudades, alabando la seda china de tal ciudad, o la música de tal otra en la India, o los frutos de tal otra en Siria. En paralelo a esa frivolidad, la riqueza del mundo islámico dio paso a la traducción al árabe de textos sánscritos, griegos y persas sobre filosofía, matemáticas, geografía. En el siglo IX Irak trataba de imitar la porcelana china que le llegaba y, en ese proceso, inventó la porcelana azul y blanca. Posteriormente, esa porcelana terminó importada a China, donde se perfeccionó con la dinastía Yuan (una dinastía de origen mongol) en el siglo XIII, para terminar regresando una vez más al mundo árabe y de ahí a Europa (y, finalmente, hasta América, con su propio perfeccionamiento en la talavera de Puebla). Esa era la riqueza de la ruta de la seda.

De este a oeste, por numerosas rutas, a través de varios siglos, seres humanos pertenecientes a las más diversas culturas llevaron especias, arte, cosmovisiones. Desde Escandinavia hasta Japón, desde las estepas rusas al Golfo Pérsico. Pero todo llega a su fin, y el colapso del imperio mongol a finales del siglo XIII, la peste bubónica que entró a Europa desde Asia en el siglo XIV, y el aislamiento de China en el s. XV, entre otros, llevaron a la pérdida de relevancia de la Ruta de la Seda, hasta quedar reducida al concepto romántico que reingresó a nuestra conciencia histórica a partir de 1877.

Y en toda esa gran magnífica historia, a pesar del gran papel que jugó, podemos decir que el rol de China fue, en su mayor parte, pasivo. Mantenía un control extraordinario de sus fronteras, registrando obsesivamente qué entraba, con quién entraba, a dónde iba. Y aunque había productos del exterior que le interesaban, como caballos de Asia Central o gemas de medio oriente, en realidad su sofisticación le permitía ser exportadora de artículos de gran refinamiento y demanda —como seda y porcelana— a cambio de enormes cantidades de oro y plata, sin necesidad de realizar mayor esfuerzo para comerciar ella misma más allá de sus fronteras.

La China del siglo XXI

Es precisamente eso lo que hace particularmente notable la propuesta China de este siglo, cuando Xi Jinping hace su histórica mención de la Ruta de la Seda en su discurso en la Universidad Nazarbayev, en la capital de Kazajastán (entonces llamada Astaná y recientemente rebautizada como Nursultán). La Ruta de la Seda había dejado de existir como realidad hace siglos, y ahora reaparecía como inspiración. China tomó un concepto imbuido de elementos culturales compartidos a lo largo de siglos de comercio y relaciones, un concepto de gran significado para las culturas de Asia y Europa, un concepto que invita a una reflexión más profunda sobre los mundos que yacen en la parte asiática del planeta, un concepto que nos recuerda que en varios momentos de la historia las ciudades ricas, las élites cosmopolitas, los centros de educación, estaban sobre rutas asiáticas. China tomó toda esa historia, todo ese bagaje, y lo presentó al mundo como una iniciativa que inspira a retomar un momento histórico de cooperación y armonía —un pasado (romántico, simplificado, y que obvia los momentos turbios, como todos los pasados que sirven de inspiración) que justifica el futuro propuesto no como un nuevo orden, sino como el retorno a un orden que ya había sido durante mucho tiempo. Con la diferencia de que, a diferencia de la China del pasado, la China del siglo XXI planteó con su discurso tomar un rol claramente activo en la construcción de esta nueva realidad.

Hoy, la iniciativa de la ruta de la seda liga a China con Asia Central, con el sureste de Asia, y Europa —la llamada franja económica de la ruta de la seda. Vía marítima la une con el sureste de Asia, con los países del Golfo Pérsico, y el norte de África— la llamada ruta marítima de la ruta de la seda. Conforme evoluciona la iniciativa, se ha empezado a interpretar de forma más incluyente, abierta a todos los países y regiones.  A la fecha, hay acuerdos firmados con 123 países y con 29 organizaciones internacionales. Este marzo Italia firmó un total de 29 acuerdos, por un valor de 2,800 millones de dólares, convirtiéndose en el primer país del G7 en ingresar a la ruta de la seda. Sin embargo, como cualquier persona que trabaje en cooperación internacional para el desarrollo puede confirmar, una cosa es la visión, y otra cosa es la implementación.

Iniciativa de infraestructura regional o trampa de endeudamiento

En diciembre de 2015 Sri Lanka dio en concesión a China por 99 años el puerto de Hambantota y un área de 60 kilómetros cuadrados a su alrededor, a fin de pagar sus deudas al gobierno chino por la construcción de ese puerto, mismo que resultó un rotundo fracaso. La prensa internacional calificó el incidente como una manipulación china para hacerse de un puerto en una zona geopolíticamente importante por su cercanía a India. En 2018 se inauguró la línea ferroviaria Addis Ababa-Djibouti, uniendo a Etiopía con el Golfo de Adén a través de un tren eléctrico —también de inversión china— cuya subutilización ha traído también problemas de insolvencia y endeudamiento. En 2018, Malasia decidió cancelar dos proyectos chinos dentro del marco de la Ruta de la Seda, aludiendo a altos costos e incapacidad financiera. Por otro lado, el ingreso de Italia a la iniciativa en marzo provocó advertencias por parte de Estados Unidos sobre la necesidad de tener cuidado con las inversiones chinas y sobre el riesgo de permitir inversiones chinas en sectores estratégicos como puertos, energía y tecnología. En general, hay suficiente suspicacia sobre China y la iniciativa que el vocero de la Asamblea Popular Nacional de China, Zhang Yesui, tuvo que mencionar explícitamente este marzo que la iniciativa no era una manera de crear trampas de endeudamiento para sus participantes.3

¿Hay motivos para preocuparnos? O, mejor planteado, ¿son correctos nuestros motivos de preocupación? Pensemos por un momento en las características de la inversión de China. En general, esta se distingue por tener un fuerte enfoque en infraestructura —puertos, vías férreas, edificios públicos— y en la construcción veloz de la misma. Cuando China anuncia que construirá algún proyecto, en general se puede contar con que efectivamente será construido. Por otro lado, la política china mantiene como principio no imponer condiciones políticas y no interferir en asuntos internos, privilegiando más bien un enfoque pragmático y de apoyo para que los países receptores construyan su propio desarrollo. En esencia, China liga su cooperación a la demanda de estados en desarrollo, concentrándose más en temas concretos que en marcos teóricos.

Ese pragmatismo y voluntad de iniciar sin mayor demora proyectos de gran envergadura se refleja en un sinnúmero de ejemplos, como la construcción del puerto de Bagamoyo, en Tanzania. Una vez concluido, esta coinversión de China, Omán y Tanzania será el puerto más importante de África oriental y contará con una zona de desarrollo especial —una especie de Shenzhen africano, por compararlo con otro proyecto que transformó una población costera en una de las ciudades más ricas y desarrolladas de China en un lapso de 40 años. África, dentro de su visión de desarrollo a 2063, contempla una red panafricana de trenes de alta velocidad, y China se perfila claramente como el socio líder del continente en cuestión ferroviaria, teniendo como ejemplo exitoso la línea Nairobi-Mombasa, inaugurada en 2017.

Por otro lado, no podemos olvidar que la Agencia de Cooperación Internacional China para el Desarrollo fue creada apenas en marzo de 2018. Esta agencia consolida responsabilidades que antes correspondían al Ministerio de Relaciones Exteriores y al Ministerio de Economía. Hasta la creación de la Agencia de Cooperación, la cooperación de China enfrentaba problemas de fragmentación, de falta de planeación estratégica, de coordinación ineficaz, y de carencia de personal especializado. Este tipo de situación fue la que contribuyó, por ejemplo, a fracasos como el puerto de Hambantota. Con la creación de su nueva agencia de cooperación, hay un reconocimiento de la problemática previa y de la necesidad de contar con una planeación estratégica. Incluso podríamos aventurar que uno de los motores de esta renovación de la cooperación china es el deseo de una implementación exitosa de la ruta de la seda, con una consideración más clara de las necesidades de los países que se beneficien de la cooperación china.4, 5 Poniendo en perspectiva la inexistencia de una agencia de cooperación hasta hace apenas un año, la breve historia de China como un país oferente de cooperación, y su relativa falta de experiencia en comparación con oferentes tradicionales como los Estados Unidos, Dinamarca o el Banco Mundial, podemos plantear que casos como el del puerto de Hambantota son simples errores de planeación o de supervisión, en vez de consecuencia de supuestas políticas dirigidas a endeudar países para manipularlos.

¿La ruta mexicana de la seda?

Ahora bien, hemos estado hablando de Asia, Europa, África, ¿dónde entra México? En mayo 2017 el presidente Xi Jinping mencionó, en su visita a Argentina, que América Latina y el Caribe eran la extensión natural de la ruta marítima de la seda. En el Segundo foro ministerial China-Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) celebrado en Santiago de Chile en enero de 2018, se firmó una Declaración especial sobre la franja y la ruta (otro nombre para la ruta de la seda), donde China invitó a los países de la región a sumarse a la iniciativa. Históricamente, el vínculo entre México y China se evidencia con los galeones que entre los siglos XVI y XIX traían al continente americano té, seda, especias y porcelana china, y que regresaban cargados de monedas de plata de tal calidad que se convirtieron en moneda de facto en Asia.6 Hoy, en el siglo XXI, entre las prioridades de México en política exterior se encuentra diversificar estratégicamente sus relaciones con los países y foros de Asia, ampliando así sus relaciones comerciales, la cooperación y las fuentes de inversión. ¿Podría ser, acaso, China nuestro socio natural en este contexto?

Pensemos, por ejemplo, en el Proyecto Mesoamérica, la iniciativa de cooperación más ambiciosa de México en Centroamérica, lanzada en 2008 como sucesora del Plan Puebla-Panamá. Este proyecto, de forma similar a la ruta de la seda, tiene una visión regional, con la implementación de nueve líneas de acción, cuatro de las cuales (transporte, energía, facilitación comercial y telecomunicaciones) tienen claro eco con la ruta de la seda. El Fideicomiso fondo de infraestructura para países de Mesoamérica y el Caribe (también conocido como Fondo de Yucatán) es otro instrumento de cooperación mexicana, con una clara vocación en infraestructura —como puentes y carreteras— que también es compatible con la visión de la ruta de la seda.

En el aspecto institucional, la Agencia mexicana de cooperación para el desarrollo, creada en septiembre de 2011, tiene experiencia como cooperante no solo en el continente americano, sino en Asia y África, tanto de forma bilateral como en asociaciones estratégicas con terceros países. Adicionalmente, de 2015 a 2017 México presidió, junto con Países Bajos y Malawi, la Alianza global para la cooperación eficaz para el desarrollo, un foro con participación de cooperantes tradicionales y no tradicionales, así como de la sociedad civil y el sector privado, cuya meta es promover la aplicación de diversos principios para impulsar una cooperación más eficaz, con resultados sostenibles a largo plazo, que respondan a las necesidades de los países, y con una rendición de cuentas que permita alcanzar resultados concretos. A la fecha, China ha optado por abstenerse de formar parte de dicha alianza. Sin embargo, sus metas de cooperación actuales empatan, en mayor o menor medida, con los llamados “principios de la eficacia” de la alianza. México no solo cuenta con una experiencia profunda en el tema de la cooperación eficaz, sino que además es un cooperante similar a China —un país en desarrollo con vocación regional e internacional, un país del sur participando en la construcción de un mejor sur global. ¿Tendremos más similitudes profundas con Chinas de lo que las disimilitudes superficiales nos dejan ver?

El centro de gravedad económico del mundo gira cada vez más cerca de China. Siendo honestos, esto marca más un retorno a una normalidad previa que una aventura a una normalidad completamente nueva. Grandes ideas y proyectos están naciendo ahí, a la vez que desde Europa y Norteamérica nos llegan voces de desconfianza. Ciertamente, la Ruta de la seda del pasado transformó al mundo, pero a la vez que movió riquezas, conocimiento, refinamiento e ideas, también transportó esclavitud, enfermedad y dominación. En este siglo XXI, necesitamos respondernos si no habremos aprendido ya lo suficiente de nuestra historia como para apoyar a encauzar la iniciativa de China para mejorar el mundo. Y más específicamente, pensar qué papel queremos jugar en este nuevo mundo a 454 años de que saliera el primer galeón de Manila.

 

Tadeo Berjón Molinares


1 El nombre completo en chino es 丝绸之路经济带和21世纪海上丝绸之路 (literalmente, “la Franja Económica de la Ruta de la Seda y la Ruta Marítima de la Seda del Siglo XXI), abreviado usualmente como 一带一路 (literalmente, “una franja, una ruta”).

2 Nestorian Christianity in Central Asia, Mark Dickens, 2001.

3 “China defends belt and road strategy against debt trap claims,” South China Morning Post, 05/03/2019.

4 “China launches mega aid agency in big shift from recipient to donor,” South China Morning Post, 13/03/2018.

5 “CIDCA issues Measures for the Administration of Foreign Aid draft,” China Aid Blog, Marina Rudyak, 20/11/2018 .

6 “How China and Hong Kong’s currencies were shaped by Spanish, Mexican silver dollars,” South China Morning Post, 07/02/2018.