A unos 50 kilómetros de Barcelona, siguiendo la costa del Balear hacia el suroeste, se halla la capital de la comarca catalana de Garraf, Villanueva y Geltrú, una ciudad poblada por menos de cien mil almas. Ahí puedes visitar, a unas calles de la plaza central, la Biblioteca-Museo Víctor Balaguer. Entre más de siete mil objetos, el Balaguer resguarda una cuantiosa colección de arte barroco: obras de El Greco, José de Ribera, Murillo, Anton Van Dyck… Su colección incluye también un óleo en gran formato (220 cm × 300 cm) conocido como Alegoría de la Paz y la felicidad del Estado o La Paz y la Guerra, el cual, durante mucho tiempo, fue atribuido al flamenco Jacob Jordaens (1593 – 1678). Pero la tela ni está firmada ni muestra registro alguno en el bastidor. Considerando además un par de pistas documentales y ciertos detalles del dibujo, cada vez más expertos se fueron inclinado a pensar que en realidad el cuadro fue facturado por Peter Paul Rubens (1577-1640) —conviene apuntar que Jordaens trabajó en Amberes para el taller de Rubens, aunque él mismo tuvo un gran taller, y que ambos colaboraron tanto en Flandes como para la corte de Felipe IV—. Luego de que un grupo de especialistas españoles, belgas, alemanes y hayenses analizara el caso detalladamente, en 2011 se determinó que lo más certero es señalar como autor “Taller de Rubens”. Por ahora, no puede descartarse la posibilidad de que hayan intervenido varios artistas en la hechura del óleo, quizá algunos alumnos de Rubens o, incluso, él mismo y Jordaens —por cierto, el Museo de San Carlos de la Ciudad de México resguarda un cobre llamado también Alegoría de la Paz y la felicidad del Estado, adjudicado inicialmente a Erasmo Quellinus (1607 – 1678) y después, ya con certeza, a Víctor Wolfvoet (1612 – 1652), ambos discípulos de Rubens—.

Ilustración: Daniela Martín del Campo

En Alegoría…, Eirene, la paz y la riqueza, aparece como el personaje central. Ella está flanqueada por sus hermanas: a la izquierda, Eunomia, quien abraza una cornucopia, y a la derecha, Dike, el buen gobierno y la justicia, respectivamente. Atrás de Eirene, tomándole un seno, está la madre de las tres, Temis, el equilibrio universal, el orden divino. Completan la composición cinco querubines —amorcillos o putti—. En un segundo plano, en el extremo izquierdo, se aprecian algunos artilugios de guerra, relegados al desuso por la felicidad bienhechora. Aunque por ahí se observa la boca de un cañón, en general se trata, pues, de objetos y personajes tomados de la mitología griega.

Según Hesíodo (Teogonía, 901-906), Eunomia, Dike e Eirene, las Horas, al igual que las Morias, son hermanas:

… [Zeus] se llevó a la brillante Temis que parió a las Horas, Eunomia, Dike y la floreciente Eirene, las cuales protegen las cosechas de los hombres mortales, y a las Morias, a quienes el prudente Zeus otorgó la mayor distinción, a Cloto, Láquesis y Átropo, que conceden a los mortales el ser felices y desgraciados.

Los antiguos griegos siguen iluminándonos. Eunomia (Εὐνομία, buena ley) simboliza la legalidad y el consecuente buen gobierno —una concatenación que, en sí misma, ya implica ya toda una teoría política—. En su elegía Eunomia (c. 600 a. C.), Solón (c. 638 a. C. – 558 a. C.) loa a la mítica dama —uso la traducción de María Isabel Barranco—:

Eunomia hace ver todo bien ordenado y dispuesto
y con frecuencia a los injustos ciñe con grillos;
pule las cosas desiguales, hace cesar los excesos, borra la hybris,
y marchita los brotes nacientes de la venganza,
y corrige sentencias torcidas y los actos orgullosos
suaviza, y detiene los hechos de discordia,
y el enojo de la terrible ira, y por ella
todos los asuntos son justos y sabios entre los hombres.

Pero más allá de la mitología, ¿dónde hallar un paquete legislativo que finque tamaña bienaventuranza? En su Historia (I; 65-67), Heródoto de Halicarnaso (c. 484 – 435 a. C.) narra que, con “bastante anterioridad” del siglo VI a. C., Esparta lo había encontrado gracias al oráculo de Delfos. La situación previa no era buena: “habían tenido las peores leyes de casi toda Grecia, tanto en sus relaciones internas como en su aislamiento con los extranjeros”. Fue entonces que Licurgo —“un ciudadano reputado entre los espartiatas”— fue a consultar a la pitonisa…

… algunos pretenden que… la Pitia le dictó la constitución…; pero al decir de los propios lacedemonios, Licurgo la trajo de Creta… El caso es que, en cuanto se hizo cargo de la regencia, cambió todas las leyes y tomó sus medidas para no modificarlas… Con estos cambios consiguieron un Estado de derecho…

¿Un “Estado de derecho”? Así traduce eunomia el doctor Carlos Schrader para la edición de Gredos de la Historia de Heródoto, y en nota a pie de página explica con claridad meridiana: “La eumonia es un Estado de orden público basado en una constitución que tiene por objeto la integración de todos los ciudadanos”.

En su narración, Heródoto tampoco olvida la cornucopia:

Por otra parte, como estaban establecidos en un territorio feraz y contaban con un número de población no exiguo, pronto crecieron y prosperaron.

Conforme a la Alegoría de la Paz y la felicidad del Estado o La Paz y la Guerra del Taller de Rubens, Esparta habría pues conseguido al fin, con legalidad, justicia y recursos, la felicidad y la paz… Pero Heródoto no fue mitógrafo sino el primer historiador de Occidente. ¿Qué siguió entonces para los espartiatas?

Y, naturalmente, ya no se limitaron a seguir una política de paz, sino que, convencidos de su superioridad sobre los arcadios, hicieron una consulta en Delfos a propósito de todo el territorio acadio.

… por si quedara duda, a pie de página el doctor Schrader remata: “Para ver si podían conquistarlo”. En efecto, próspero y en paz, el Estado de Esparta se fue a la guerra contra Tegea.

 

Germán Castro