Greta Thunberg, la joven activista ambiental de 16 años que desde agosto del año pasado comenzó una huelga simbólica para protestar en contra de las políticas ecológicas del gobierno sueco y que desde entonces ha ganado reconocimiento mundial, publicó el siguiente mensaje desde su cuenta de Twitter el 4 de mayo: “Es 2019. ¿Podemos dejar de decir ‘cambio climático’ y empezar a llamarlo por lo que es: colapso climático, crisis climática, emergencia climática, colapso ecológico, crisis ecológica y emergencia ecológica?”. Se trata de una perspectiva bastante catastrófica de la situación que, por otra parte, no es de extrañar si se tiene en cuenta lo que la propia Thunberg ha expresado en más de una ocasión, quien debido a padecer del síndrome de Asperger suele ver las cosas en términos diferentes.

Además, en este caso tiene razón a la hora de ver lo relacionado con el cambio climático como un problema funesto pues como ella misma afirma, se trata de si se resuelve el problema o de si no, y hasta ahora no se está resolviendo. Basta dar una ojeada a los últimos reportes de evaluación del organismo especializado de las Naciones Unidas en cuanto a la investigación sobre el cambio climático, el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change), para notar que hay principalmente dos cosas que están bastante claras: primero, que incluso si se alcanzara el día de hoy un cese absoluto de las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero (GEI), el planeta continuaría calentándose como resultado de la gran concentración de partículas contaminantes que ya hay en el ambiente como consecuencia de las emisiones pasadas, por lo que en el futuro a corto y mediano plazo será necesario implementar importantes medidas de adaptación encaminadas a tratar de evitar las repercusiones que acarreará el aumento en la temperatura del planeta. En segundo lugar, estos reportes afirman que, a menos que haya un cese absoluto de las emisiones antropogénicas en una fecha cercana al 2050 no se podrá alcanzar la meta de mantener el calentamiento del planeta por debajo de 1.5°C sobre niveles preindustriales, razón por la cual es necesario, además, implementar urgentemente estrategias efectivas de mitigación.

Ilustración: Patricio Betteo

El problema es que con cada décima de grado centígrado que aumenta la temperatura se van multiplicando las repercusiones ecológicas: fenómenos climatológicos cada vez más intensos, aumento del nivel del mar, acidificación de los océanos, sequías y destrucción de los arrecifes de coral, entre otras. Actualmente el mundo es en promedio 1°C más caliente de lo que era antes de la revolución industrial y ya hemos comenzado a experimentar las consecuencias del cúmulo de partículas contaminantes en el ambiente. Son muchas las voces de expertos que han señalado como bastante probable el hecho de que el calentamiento global haya sido uno de los factores clave a la hora de explicar la intensidad del huracán Katrina; también hay quienes afirman que el cambio climático jugó un papel importante en el surgimiento de la guerra en Siria al ser un factor que estaría detrás de la sequía que ese país experimento durante la primera década del nuevo milenio. Y es que las catástrofes ambientales necesariamente habrán de desatar a su vez importantes catástrofes de carácter social, con cada parte del mundo que se vuelva inhabitable se hace inevitable el surgimiento de guerras y de masivas migraciones forzadas. Consecuentemente, la tarea de los seres humanos ahora no sería la de evitar el advenimiento de la catástrofe ecológica sino de hacer lo posible para que esta no empeore.

Lamentablemente, 30 años para reducir las emisiones de GEI a cero parece una empresa imposible, sobre todo porque implica dejar de quemar combustibles fósiles, por mucho la principal fuente de emisiones de GEI. ¿Cómo vetar aquellos recursos de los que dependemos como civilización? El 65% de la energía que producimos en el mundo proviene de los combustibles fósiles, en este periodo se tendría que encontrar la forma generar toda esa energía utilizado fuentes limpias. Además, alcanzar la meta requiere despojar a las principales potencias económico-militares del mundo de sus recursos más preciados, ¿cómo forzar a Rusia o Irán —consabidos saboteadores del orden mundial— a renunciar a la explotación de aquello que mueve sus economías y que respectivamente representa un 58% y un 75% del total de sus exportaciones? Ni siquiera parece viable contar con que los Estados Unidos se sume a la causa en un futuro cercano, mucho menos mientras continúe vigente el gobierno del empedernido negacionista Donald Trump. Para evitar la catástrofe se tendrá que encontrar la manera de someter a estos poderíos políticos nacionales, pero también a aquellos poderíos económicos privados que en ocasiones llegan a ser más relevantes que los primeros. Tan solo el año pasado la petrolera Saudi Aramco se posicionó como la empresa más redituable del mundo al reportar ganancias de 111 mil millones de dólares, que son mayores a las ganancias reportadas por Apple y Alphabet (Google) juntas. Si bien Aramco es una empresa nacional, rebosa de inversiones provenientes de capital privado extranjero, por lo todo se traduce en que dentro de los próximos 30 años habría que echar abajo un negocio del que dependen tanto Arabia Saudita como una gran cantidad de otras empresas alrededor del mundo. Se tendría que lograr todo esto, por supuesto, sin propiciar con ello una devastadora nueva crisis económica global que ocasione más guerras y migraciones masivas forzadas, se trata de un ingrediente que termina de volver imposible la fórmula de la salvación, sobre todo ahora que el Fondo Monetario Internacional ha anunciado que se viene una desaceleración económica y un escenario de general incertidumbre.

Para colmo, del tiempo en que inicio la lectura de este texto hasta llegar a esta línea, las emisiones de GEI alrededor el mundo han aumentado un poco más. Los seres humanos no han alcanzado nuestro punto álgido en términos de cuán contaminantes pueden llegar a ser, así que mientras no se alcance el ansiado picoen emisiones, cada día se vuelve más difícil llegar a la meta de evitar un aumento en la temperatura promedio de 1.5°C, por eso no es de extrañar que cada vez sean más los que consideran que incluso la meta de los 2°C hace mucho que se volvió inalcanzable. Así pues, evitar que esta catástrofe sea muchísimo peor (con la tendencia actual el aumento en la temperatura podría ser de entre 4.1 y 4.8°C) solo será posible sacrificando mucho en el camino. Eso es algo que Greta Thunberg tiene bien claro. En un discurso que seguramente será cada vez más célebre conforme pasen los años, el que dio frente a los miembros del parlamento del Reino Unido, Thunberg sentenció de manera demoledora: “Ustedes solo están interesados en aquellas soluciones que les permitan mantener las cosas como antes. Como son ahora. Esas respuestas ya no existen, porque ustedes no actuaron a tiempo”.

Vale la pena escuchar y leer todo lo que esta joven activista tenga que decir pues, aunque parezca hoy una heraldo de las malas noticias, la irrupción de esta mensajera no puede sino ser una buena noticia para la humanidad. Cuando comencé a investigar acerca del cambio climático como amenaza existencial, se trataba de un tema reservado a ciertos foros especializados, aunque las alarmas ya habían sido encendidas por parte de la comunidad científica. Uno solo se podía enterar de aquello si leía los reportes especializados del IPCC, el reporte anual de riesgos globales del World Economic Forum o los informes del Doomsday Clock.

Ahora, en gran medida gracias a la convicción irrefrenable de Greta Thunberg, el tema de la emergencia climática se encuentra cada vez más inserto dentro del debate público, al grado de que se encamina a ser uno de los temas centrales de la próxima elección presidencial estadounidense. La hoy nominada al premio Nobel de la paz tiene todo para convertirse en una de las grandes figuras del siglo XXI: es extremadamente joven, es mujer, es independiente, una ciudadana común y corriente que dice las cosas como son y su causa es la más fundamental de todas, tiene que ver con la supervivencia de la civilización humana. En pocas palabras, lo que distingue a esta joven es que es la antítesis de quienes no han podido posicionar esta problemática en el lugar que amerita dentro de los asuntos públicos a nivel global: de los científicos, generalmente hombres de edad avanzada, que parecen incapaces de hablar otro lenguaje ajeno al de la ciencia y los datos; y de los diplomáticos internacionalistas como la mexicana Patricia Espinosa quien, al frente del UNFCCC (el organismo de las Naciones Unidas encargado de coordinar las medidas de adaptación y mitigación frente al cambio climático) ha tenido una labor de pep-talking que citando a la propia Greta, no nos ha llevado a ningún lado en los últimos 30 años.

La esperanza para todos radica en que, de la mano de Greta Thunberg (o de quien sea), podamos concretar aquello que Ulrich Beck, el gran teórico de los riesgos, denominaba como la escenificación del riesgo, se trata de un despertar de consciencias, de que, independiente de nuestras diferencias, los seres humanos nos demos cuenta del tipo de amenaza a la que nos enfrentamos y eso propicie en nosotros un espíritu de solidaridad en clave cosmopolita a partir del cual empezar a implementar las medidas de cooperación global que se requieren, que propicie una metamorfosis en todos nosotros, una que nos permita sobrevivir.

 

Daniel Flores Gaucin
Estudiante de Doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid.