¡Bienvenidas y bienvenidos al antropoceno! El 9 de mayo de 2013, la estación Mauna Loa en Hawaii, observó por primera vez la concertación de 400 partes por millón (ppm) de partículas de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera. De acuerdo con los registros geológicos, la última vez que la tierra alcanzó una concentración de 400 ppm fue hace aproximadamente 2.5 millones de años, en lo que se conoce como el periodo del Plistoceno. Durante el Holoceno —la era que ha estado marcada por el advenimiento de la humanidad— la concentración de ppm había oscilado entre 260 y 285. Estas concentraciones habían mantenido un clima relativamente estable en la biosfera.

La concentración de ppm de CO2 en la atmósfera actúa como un termostato, y dado que la temperatura establece las condiciones climáticas del planeta, el incremento en apenas un siglo de 285 a 400 ppm convierte al ser humano en un ‘agente geológico’. Estas características han llevado a algunos científicos, historiadores y geólogos a presentar un argumento en el cual se establece que, por primera vez, el tiempo geológico (el cual se mide en eones y eras) y el tiempo histórico se han enredado. Esto ha sentado las bases de una nueva era: el Antropoceno. El término antropoceno fue acuñado por primera vez a comienzos del siglo XX, sin embargo, se popularizó cuando el científico Paul Crutzen lo utilizó como un concepto para explicar cómo, en apenas algunas generaciones la humanidad ha, a través de la quema y rápido agotamiento de combustibles fósiles, transformado y alterado los sistemas planetarios.

Violencia climática

Ilustración: Izak Peón

A pesar de que las consecuencias del Antropoceno son cada vez más perceptibles, el concepto no está ausente de debate. Existen tres grandes controversias en torno a su uso las cuales se describirán a lo largo de este texto. La primera se refiere al momento preciso en el que podemos catalogar el inicio de esta nueva era y el corto tiempo que ha tomado la transformación de la vida en el planeta. Para muchos promotores del término, éste surge en 1789 cuando James Watt revolucionó el modelo anticuado de la máquina de vapor. Las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que provinieron de estas máquinas, marcaron por primera vez la capacidad del ser humano de trascender el poder del trabajo manual, por uno mecánico, proceso que no se ha detenido desde entonces.

Este proceso ha estado marcado por dos tendencias: una en constante crecimiento, que se refiere a la población humana y sus actividades, y otra en decrecimiento para todo lo demás. Durante la “gran aceleración”, periodo que comienza después de la segunda guerra mundial, se incrementó aceleradamente la población, el consumo y el desarrollo tecnológico. Tan sólo en los últimos 50 años, la población del planeta se duplicó, en ese mismo periodo, el tamaño de la economía global se cuadriplicó, mientras que el comercio internacional se multiplicó por diez. Para los sistemas planetarios, la tendencia es inversamente proporcional a la anterior: En 2015, científicos del Instituto de Resiliencia en la Universidad de Estocolmo (SRI) presentaron una actualización del modelo de los límites planetarios, en el cual se identifican nueve sistemas de la tierra, de los cuales cuatro han superado los limites. Actualmente dos de estos sistemas se encuentran en zonas de alto riesgo (la integridad de la biosfera o la pérdida de la biodiversidad y las interacciones de los flujos de nitrógeno y fósforo), mientras que otros dos se encuentran en zonas de riesgo (cambio climático y cambios en el uso de suelo). Los otros conco sistemas han presentado impactos significativos durante las últimas décadas.

El 6 de mayo de 2019, la Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES, siglas en inglés) presentó el reporte más integral hasta el momento sobre el estado de la biodiversidad en el planeta. El reporte fue elaborado con una participación de más de 300 expertas y expertos en todo el mundo y financiado por 132 Estados (incluyendo a México) y demuestra cómo desde 1950, 75% de superficie terrestre y 66% de áreas del océano ha sido alterada significativamente y 85% de los manglares se han perdido. Actualmente, la mitad da la cobertura de coral ha desaparecido y se espera una reducción de hasta el 99% de los arrecifes en un escenario en el que el incremento de la temperatura alcance los 2°C a finales del presente siglo (la tendencia actual apunta a un incremento de entre 3 y 4°C).

Este reporte, que en conjunto con el Reporte Especial de 1.5°C (SR1.5) publicado por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) el 6 de octubre de 2018, conforman una visión bastante funesta del futuro, en donde las consecuencias del cambio climático no sólo tendrán un efecto más grave para aquellos quienes no son responsables de producir este fenómeno, (lo que incluye poblaciones humanas y no humanas) sino que el propio cambio climático se está convirtiendo en una de las fuentes que están exacerbando la pérdida de biodiversidad. Hoy la pérdida de ecosistemas por monocultivos y la sobre-pesca son algunas de las más grandes causas, pero el cambio climático esta exacerbando los impactos de estos y otros factores. El IPBES señala que aproximadamente el 25% de las especies conocidas se encuentran seriamente amenazadas, lo que es equivalente a casi un millón de especies en peligro de extinción. Tan sólo en los últimos 10 años 75 millones de hectáreas de bosques han sido destruidas. Irónicamente, todo esto ha sucedido mientas la mayoría de los países se han comprometido a reducir emisiones y a adaptarse al cambio climático.

El segundo debate en torno al Antropoceno es probablemente el más crítico. La controversia se centra en la aparente homogeneidad con la que se clasifica al ser humano como un ‘agente geológico’. En otras palabras, la crítica al concepto es que pone a todas y todos los seres humanos como responsables de la crisis ambiental, cuando ésta está inmersa en una profunda desigualdad histórica. Al día de hoy, el 7% de la población es responsable de aproximadamente la mitad de las emisiones a nivel global, mientas que la mitad de la población más pobre no es responsable ni siquiera del 7% de las emisiones que hoy se manifiestan como el cambio climático. En este mismo tenor, el 1% de la población concentra la misma cantidad de riqueza que el 50% más pobre. En estas condiciones, el debate del Antropoceno cobra una nuevo significado, en donde las desiguales sociales y ambientales están estrechamente ligadas en una misma crisis.

Establecer a toda la especie como responsable del cambio climático produce una visón anti-histórica y anti-política del Antropoceno: Presentar la crisis ambiental, social y climática como el producto o el resultado de “la humanidad” esconde las realidades políticas detrás de estas crisis, es decir, no deja ver quiénes se han beneficiado y quiénes han sufrido las consecuencias del crecimiento económico, de la quema de combustibles fósiles y de la globalización económica. Está claro que los países desarrollados y las poblaciones más ricas de los países en vías de desarrollo se han beneficiado desproporcionadamente de la quema de combustibles fósiles, mientras que la mitad de la población más pobre del planeta apenas emite un pequeño porcentaje de las emisiones de carbono. Esta completa falta de visión política en torno al término del Antropoceno, es un eco de que las acciones, políticas, acuerdos e instrumentos que hemos propuesto hasta el momento para atender el cambio climático no han sido suficientes, adecuadas y peor aún, han sido profundamente anti-políticas y anti-democráticas.

Algunas de estas acciones, como el establecer un precio al carbono, o un sistema de comercio de emisiones, son sólo dos de los ejemplos más claros. El establecer un precio al carbono, en donde se reconozcan los costos sociales y ambientales de las emisiones debería tener ascender a un promedio de $417 dólares por tonelada de CO2, de acuerdo con un estudio publicado en la revista Nature en 2018. Actualmente, la propuesta más aceptada —de $40 dólares la tonelada— algo que ha sido propuesto por economistas como el premio Nobel de economía William Nordhaus, así como por compañías como Exxon Mobile, es algo tanto inviable como insuficiente. Un impuesto de $40 USD no sería suficiente para reducir y compensar el daño generado por estas emisiones, mientras que políticamente el panorama parece cada vez más inviable. En México el impuesto al carbono es de apenas $70 pesos ($3.5 USD) por tonelada, mientras que, en Estados Unidos, uno de los países con más responsabilidad histórica del cambio climático, no hay un plan viable —actualmente— para establecer un impuesto al carbono.

La alternativa es la de establecer un límite de las emisiones mientras que las compañías y empresas pueden intercambiar certificados de emisiones a través de un mercado. El Banco Mundial publica anualmente un reporte sobre el estado y las tendencias actuales para establecer un precio al carbono, este documento que celebra que hasta el 2018 existen 51 iniciativas a nivel mundial, de las cuales 25 consisten en sistemas de intercambio de emisiones, mientras que 26 representan iniciativas de impuestos directos al carbono. De acuerdo con el reporte, estas emisiones representan aproximadamente el 20% de las emisiones globales y representarían un valor de hasta 82 mil millones de dólares. Sin embargo, mientas el número de países que adoptan este tipo de iniciativas continúan creciendo, también lo hacen las emisiones. Tan sólo en 2018 las emisiones del sector energético alcanzaron un record histórico de 33.1 mil millones de toneladas de CO2, es decir un crecimiento de casi 2% anual.

El establecer instrumentos y discursos que buscan solucionar el problema a través de acciones tecnocráticas como ésta, hacen muy fácil para los políticos y negocios el evitar reducir tajantemente las emisiones de GEI, ya que existen soluciones ‘rápidas’ disponibles que hacen innecesario el tomar acciones para proteger los bosques, limitar el consumo de ciertos alimentos, de la energía producida con combustibles fósiles o de acciones que colectivamente dañan al planeta. Estos son los mismos argumentos detrás del uso de la energía nuclear o de la geoingeniería, en donde las causas del problema (el exceso de consumo de productos y servicios, el crecimiento económico y la mercantilización de la naturaleza) pueden continuar, siempre y cuando se proponga una solución técnica para ‘limpiar’ la energía (a pesar de la incertidumbre en cuanto a los altos costos sociales y ambientales que estas pueden llegar a tener). Estas soluciones parecen estar completamente removidas del mundo en el que operan: uno en donde la crisis social y ambiental son inseparables del modelo económico. La gran ironía es que estas ‘soluciones’ servirían para incrementar y legitimar la degradación de los ecosistemas, permitiendo que los problemas socio-ambientales continúen incrementándose. Esta narrativa no solamente encubre y falsamente ‘purifica’ los problemas con sus soluciones técnicas, sino que establece esas soluciones técnicas como una estrategia política.

Finalmente, el tercer debate en torno al Antropoceno tiene que ver con su propio nombre. Si el establecer  la responsabilidad del origen del Antropoceno es problemático por responsabilizar a la especie entera, entonces también lo es el continuar utilizando este concepto como denominación de la nueva era. Por ejemplo, el geógrafo Eric Swyngedouw lo clasifica como otro nombre para insistir en la muerte de la naturaleza, mientras que otras autoras como la socióloga Eileen Crist critican el concepto al utilizarlo como una continua justificación del dominio, explotación y destrucción de la naturaleza, en dónde la única salida debe ser una mayor gestión, control y manejo del sistema planetario (por ejemplo a través de la geoingeniería).

Entonces ¿qué (o quién) es responsable de las desigualdades y la transformación de los ecosistemas que hoy prevalecen? De acuerdo con el geógrafo Jason Moore, el capitalismo y no la revolución industrial, causó la transformación del sistema planetario al producir desigualdades sociales abismales en el nombre de la  acumulación de valor y riqueza por medio de la colonización y la incesante comodificación de la naturaleza. Moore, junto con algunos otros científicos sociales recomiendan entonces denominar a la presente época como el Capital-oceno. El capitaloceno establece una dialéctica con la naturaleza en donde todo problema de carácter ambiental, hoy en día y sin excepción, tiene que ver con el capitalismo y las políticas que de este derivan. El perpetuar el modelo económico actual e incluso el procurar su ‘enverdecimiento’ no sólo suponen una falsa solución al problema, sino que sientan las bases de un modelo que promueve la violencia y la degradación social y ambiental.

El Antropoceno o Capitaloceno  se caracteriza por la expansión de un sistema de violencia que se percibe de manera distinta. Rob Nixon utiliza el concepto de ‘violencia lenta’ para describir esta alteración. La violencia, que habitualmente se concibe como un evento o acción inmediata en el tiempo, explosivo y espectacular en el espacio, puede ser visto y percibido inmediatamente. Pero existe otro tipo de violencia, una que sucede en cámara lenta, con consecuencias incrementarles y no instantáneas, y con afectaciones colectivas a gran escala. La violencia lenta se manifiesta de forma diferenciada en el espacio y tiempo, lo cual la hace sumamente difícil de percibir. Esta violencia está inscrita en las políticas del Capitaloceno: Las acciones que tomamos en el pasado y las que tomamos ahora afectarán a seres vivos a miles de kilómetros de distancia y aquellas siguientes generaciones de personas y especies que habiten en el futuro. Esta aparente desconexión de las acciones en tiempo y espacio, son la base de la violencia en el Antropoceno.

Sin importar la palabra o el término que utilicemos para catalogar la crisis actual, podemos asegurar que el Antropoceno/Capitaloceno transmite una sensación universal de crisis. Como lo establece el geógrafo Erle C. Ellis, el Antropoceno es una crisis de la naturaleza, de la humanidad, de significado, de conocimiento, de acción —y probablemente la más importante— de la imaginación. Habitar en el Antropoceno demanda acciones que vayan más allá del status quo: en el Antropoceno, el status quo implica una forma de violencia. Acciones como las que han promovido movimientos sociales alrededor del mundo en busca de limitar la expansión de proyectos extractivos, la manifestación de estudiantes alrededor del planeta o la declaración de una ‘emergencia climática’ en el Reino Unido a raíz del movimiento de desobediencia civil auspiciado por Extinction Rebellion, son sólo algunas de las acciones que hoy ofrecen alternativas —muy necesarias— para atender la crisis.

Mientras que las advertencias y la evidencia del Antropoceno continúan apilandose, las acciones y compromisos de los Estados continúan siendo insuficientes. En mayo de este año, la estación Mauna Loa en Hawaii, reportó una medición de 415 ppm. Todo indica que antes de terminar la siguiente década estaremos superando la 440 ppm, lo que implicaría un incremento de la temperatura superior a 1.5°C antes del 2040. Si continuamos permitiendo la violencia lenta del Antropoceno/Capitaloceno, podemos esperar que las consecuencias sean cada vez más graves.

 

Carlos Tornel
Profesor Asociado al departamento de Estudios de Sustentabilidad de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México.