Alguien me contó una historia. Una dependencia del gobierno mexicano (creo que Coplamar), allá por los años malditos que es de buen gusto detestar, hacía un experimento: desarmaba un tractor agrícola de una marca conocida (Ford, John Deer, no sé) y analizaba sus piezas y sistemas con algunas preguntas en mente. La más importante, imagino, era en qué medida podríamos contar con ese tractor en caso de una perturbación grave de cualquier tipo (de mercado, bélica, financiera). Dados su componentes y sistemas: ¿se podría fabricar un equivalente en México?; ¿existen otros proveedores en el mercado internacional y a qué costo? Alguno diría que la reconversión industrial que trajo aparejada la integración comercial con Estados Unidos hace inútil la pregunta; quien quita y ese tractor se ensambla en México y se exporta; y si no, lo compras donde sea más barato. Tengo para mí que desde el punto de la seguridad nacional el ejercicio sigue siendo imprescindible, aunque la pregunta cambie: ¿qué pasaría si Estados Unidos ya no quiere importar tractores mexicanos —o les impone un arancel?    

La idea de que las relaciones bilaterales y los tratados comerciales son sucedáneos de una política de seguridad nacional está mostrando, de manera dramática, sus límites. Toca a los historiadores y estudiosos de las relaciones internacionales mostrar si la integración económica de México y Estados Unidos en las últimas décadas ha sido entendida por las élites como lo que obviamente también es: un escenario de riesgo. Esta mirada no implica un juicio negativo sobre la integración con el vecino del norte sino un ejercicio sobre los alcances de Estado mexicano: ¿ha sido capaz de identificar los precariedades de la situación geopolítica y de la vocación económica de la nación? Toda fortaleza está asociada a una debilidad, diría Perogrullo.

Ilustración: David Peón

Uno de los pecados mayores del celo neoliberal —asfixiante y estéril intelectualmente en el último cuarto de siglo— es haber desaparecido la noción de seguridad nacional y el análisis estratégico de las relaciones internacionales, sin ofrecer absolutamente nada a cambio. Los economistas de las ventajas comparativas se desayunaron a los estrategas y a los diplomáticos de raza. Con la idea de que existe un sistema que proveerá o recibirá, sin interrupciones, los insumos, mercancías y recursos financieros indispensables, cristalizó la imaginería de que existen mercados estables, intocados por ninguna perturbación política, que así como el éter anterior a la física moderna o los buenos amigos nunca cambian. Se trata de una petición de principio, al margen de todo, en especial de la historia. Luego del colapso soviético y de Europa del este, pero sobre de todo de la gran recesión de 2008, el mundo es cada vez más un juego de sillas donde un jugador se quedará sin lugar. Los hombres cambian, los sistemas políticos cambian, las prioridades económicas se trastocan, los aranceles suben y bajan, los mercados se mueven y se reinventan, las guerras y los conflictos geopolíticos irrumpen y consumen lentamente los muebles de la casa y a veces a sus habitantes. La seguridad de la nación no es reductible a los saldos de la balanza comercial; la seguridad de la nación procede de otra forma, quizá como Gramsci recomendaba militar a los comunistas: con el pesimismo de la razón, con el optimismo de la voluntad. 

En las relaciones internacionales no hay almuerzo gratis. Tampoco es verdad que las relaciones económicas y políticas con el mundo sumen cero. El asunto es otro, esto es, cómo readecuar las funciones del Estado para vincularse al mundo con los instrumentos indispensable que identifiquen y disminuyan, hasta donde es posible, los riesgos de tamaña y necesaria aventura. Los locales estamos en el mundo, sí, con poquísimos instrumentos e indicadores: tipo de cambio, volumen y valor de las exportaciones, notas de las calificadoras, y no mucho más. Y un día descubrimos que esos instrumentos no dependen de nosotros, no enteramente, no siempre.

La absoluta preeminencia del combate al crimen organizado en las políticas públicas nos ha aislado del mundo. Esta dinámica se suma a todo un complejo político intelectual que se expresa en una minusvalía institucional frente a lo global; cada día es más obvio que estamos aislados. Es notable la baja calidad de las páginas internacionales de los periódicos y de las coberturas de la radio y la televisión en aquello que no es la nota local; un tuit que no hable de nosotros puede es una piedra lanzada en el lago inmenso. Si uno quiere saber del Brexit o de las alternativas para formar gobierno en España hay que recurrir a un medio no mexicano. Con las excepciones valiosas, notables y heroicas de unos pocos columnistas, el mundo no nos es explicado, ni siquiera presentado; el devenir del universo es un eco lejano que no tiene traducción a los dialectos locales. 

Pero si así está eso que se llama esfera pública, el Estado mexicano está manco y tuerto. No tiene organismos ni instrumentos de inteligencia para hablarnos del mundo y de sus peligros. Es como si nada nos acechara, como si los pasos fronterizos y los puertos agotaran aquello que nos interesa. Con unos cuantos casos podríamos ilustrar la lista de nuestros intereses en juego, aunque no agotaríamos la temática. La pugna sorda (hasta ahora), de una intensidad quizá civilizatoria, epocal, entre China y Estados Unidos, algo debe significar para nosotros; no es sólo una guerra de patentes, sino que subyace la disputa por la hegemonía de la cuenca del Pacífico y de lugares de apalancamiento para que una u otra economía penetre o permanezca en áreas enteras. China puja por lo que su modernización salvaje le ha negado hasta ahora: el control oceánico. De otra parte, está la siempre pospuesta transición cubana, que luego de la extinción de sus dinosaurios presumiblemente cambiará el rostro del horizonte caribeño y hemisférico, aunque no sabemos con qué consecuencias para México. En fin, hay una tendencia a mirar Europa como un asunto resuelto; en cambio es claro que las pulsiones nacionalistas y los temores generalizados frente a las migraciones africanas y de medio oriente está corriendo el programa de la socialdemocracia hacia el centro y hacia la derecha. Quizá después de Ángela Merkel no habrá ni adalides ni santuarios para el refugio. ¿Y qué decir de Estados Unidos? La pesadilla se ha cumplido: una alianza de nacionalistas económicos con cristianos tiene a Trump en el poder, un escenario que era nuestra obligación anticipar. No lo hicimos.

¿Quién y dónde se están procesando los escenarios de riesgo inmediatos y mediatos para el  uso del Estado mexicano? Mi punto es que la seguridad nacional en México debe reinventarse. Secciones del Estado mexicano deben modificarse en cuanto a su vocación y sus provisiones humanas, técnicas y financieras. Requerimos de una institución que observe el mundo, construida sobre los círculos concéntricos de lo público, lo reservado y lo secreto; una que organice el conocimiento global de lo que nos importa y en determinado momento nos amenaza. El Estado es muchas cosas, pero sobre todo un invento humano destinado a conocer y decidir; es un ente estratégico. Como nos han enseñado estos días aciagos, no hay austeridad que valga en aras de fijar las seguridades de la República. Desarmemos otra vez el tractor; es buena idea.

 

Ariel Rodríguez Kuri