Luciano Concheiro, subsecretario de Educación Superior de la SEP, concedió hace unos días una entrevista a La Jornada de Oriente, la cual apareció publicada el 18 de junio. En ella, el subsecretario Concheiro afirmó echar de menos un debate sobre el papel de la educación superior en los cambios que requiere México y en al menos cinco ocasiones a lo largo de la entrevista se preguntó si se quiere tener una discusión de fondo sobre algunos de los temas centrales que están detrás del “intercambio” que se ha dado durante los últimos meses sobre la educación superior en nuestro país. Entrecomillo la palabra “intercambio” porque lo que ha imperado en ambas partes (autoridades gubernamentales y profesores-investigadores) han sido las descalificaciones, los oídos sordos y la falta de claridad en las posturas. Creo que esto se debe en parte al hecho de que el medio empleado con frecuencia han sido las redes sociales. Un medio (pienso básicamente en Twitter) que, como señalé en un texto que escribí en este mismo foro hace un par de semanas sobre el CONACYT y el diálogo que me parece sus autoridades deben establecer con la comunidad académica, es muy útil para descalificar, para dejar las cosas a medias y para crear incertidumbre, pero no para debatir en la manera que planteó de forma explícita el subsecretario Concheiro en la entrevista referida.1

En todo caso, lo que me importa aquí es otra cosa: es tomarle la palabra al subsecretario Concheiro e iniciar el intercambio que echa de menos. Antes de poner sobre la mesa algunos de los temas que surgen directamente de las palabras que expresó a La Jornada de Oriente, conviene advertir que estas líneas conllevan las limitaciones propias de alguien que toda su vida académica se ha desempeñado en una pequeña institución de investigación de la Ciudad de México como es El Colegio de México. El debate que propone el subsecretario Concheiro debe ser polifónico y las voces deben provenir de muchas y muy diversas instituciones. No me cabe duda que la mayoría de esas voces estarán más calificadas que la mía respecto a los múltiples temas que surgieron en la entrevista que nos ocupa. En cualquier caso, me pareció de la mayor importancia iniciar un intercambio sobre algunas de las cuestiones que planteó el subsecretario; eso haré en los párrafos que siguen. Antes, sin embargo, conviene referir que en su introducción a la entrevista, el reportero Aurelio Fernández Fuentes y la reportera Alejandra López, responsables de la misma, se preguntan si en la discusión que está teniendo lugar sobre la educación superior en nuestro país “prevalecerá el diálogo o proseguirá el golpeteo mediático”. Dicho golpeteo es innegable, pero también lo es que una apertura al diálogo como la que propone ahora el subsecretario Concheiro es algo realmente excepcional.

Educación

Ilustración: Adrián Pérez

Empiezo por donde empieza el subsecretario: el desconocimiento de las políticas que lleva a cabo la SEP en el ámbito de la educación superior. Él mismo añade: “quizás no lo estamos comunicando bien”. Efectivamente, entre las declaraciones del titular del ejecutivo, las del subsecretario Concheiro y las de la directora general del CONACYT, desde hace meses se envían mensajes a la comunidad académica que a menudo no son claros ni consistentes. Por eso, entre otras razones, celebro que el subsecretario convoque a un debate serio en la entrevista que motiva estas líneas. Ahora bien, más allá de dicha falta de consistencia, no es cierto que las críticas a los planteamientos de las autoridades estén dominadas “por un pensamiento heredado del neoliberalismo”, como él afirma. Como lo sabe muy bien, la mayoría de las universidades públicas y muchos centros CONACYT están lejos de estar dominados por eso que él denomina un “pensamiento heredado del neoliberalismo”. En aras del tipo de debate que el propio subsecretario está planteando, invito a las partes involucradas a que dejemos de lado los mantras (supuestamente explicativos, como todo mantra) y que nos centremos en los argumentos. De otra manera, estaríamos aniquilando al debate antes de iniciarlo.

El primer tema que pone sobre la mesa el subsecretario Concheiro es el de la gratuidad de la educación superior en nuestro país. Salvo que se añada un detalle que no tiene nada de pequeño, no veo quién en su sano juicio pueda oponerse a dicha gratuidad. Me refiero, por supuesto, a la educación de calidad. La razón es muy simple: una educación que no sea de calidad es un sucedáneo de la educación o, dicho más claramente, no es educación. Esta cuestión, crucial en el tema que nos ocupa, puede ser dejada de lado o al menos puesta entre paréntesis si consideramos que el subsecretario nos dice que la gratuidad de la educación superior “es un primer planteamiento político no solo de AMLO, sino de toda la izquierda”. No es difícil darse cuenta de que hay una tensión evidente entre la gratuidad con calidad y la naturaleza eminentemente política de la propuesta que en este sentido hace el gobierno actual. Que en México debe aumentar el número de estudiantes universitarios de los estratos más desfavorecidos me parece una necesidad incontrovertible. Ahora bien, si nos quedamos con la naturaleza política del planteamiento lo que muy probablemente suceda es que dicho aumento no irá acompañado (no tendría por qué) de “calidad”. La palabra, por cierto, la emplea el propio subsecretario. Y el uso que hace de ella no es tangencial, pues en algún momento afirma lo siguiente: “El crecimiento de la matrícula con equidad y excelencia es lo que da sentido a todo…” (el subrayado es mío). Dicho de otro modo, no solo importa la cantidad, importa también la excelencia (académica). Después de tantos denuestos que han caído sobre dicha palabra, escucharla de labios del subsecretario de educación me parece un signo alentador. Como se desprende de lo dicho por él, no todo es cantidad; en educación la calidad importa, a tal punto que cabe hablar de “excelencia”. No solo no hay que olvidar este aspecto, sino tenerlo muy presente, especialmente ahora que, con la modificación del artículo 3° constitucional la educación superior se ha convertido, en sus palabras, en un “derecho humano”. Sabemos lo que esto puede significar en la arena política en términos discursivos y las elevadas alturas a las que puede llegar en términos retóricos cuando los políticos se refieran así a la educación superior. Por eso, entre otros motivos, me parece importante no olvidar las palabras del subsecretario a este respecto.

En directa relación con el tema anterior está otro mencionado por el subsecretario Concheiro. Me refiero al denominado “Sistema Benito Juárez”, que implica la creación de 100 nuevas unidades universitarias. Conviene reparar en que se trata de “unidades universitarias”, no de “universidades”, pero eso no disminuye lo que puede representar un proyecto de esta magnitud para la calidad académica. El hecho de que el sistema en cuestión haya sido concebido para los más desfavorecidos me parece, una vez más, un principio inatacable. Sin embargo, si de lo que se trata es crear una centena de instituciones académicas de educación superior porque estarán destinadas a los más desfavorecidos, eso significa poner la carreta delante de los bueyes. Me explico en los términos que utilicé más arriba: hacer lo anterior es plantear como educación algo que no es educación, sino un remedo de la misma; un remedo cuyas motivaciones y cuyos fines son eminentemente políticos y que, por tanto, responderán a criterios políticos, con todo lo que eso implica. Que además el subsecretario afirme que el sistema es algo que no debiéramos escamotear “por defender un estatus de privilegio”, me deja perplejo. Las inquietudes que han surgido entre muchos académicos y expertos en educación sobre esas 100 “unidades universitarias” no tienen nada que ver con el privilegio, ni con la supuestamente ubicua dicotomía privilegiados-no privilegiados.2 Tienen que ver con dudas, muy lógicas desde mi punto de vista, respecto al profesorado que requerirá esa centena de nuevos establecimientos académicos. La pregunta obligada: ¿de dónde saldrán los profesores con las capacidades necesarias para que esos establecimientos tengan el mínimo de calidad como para considerarlos “instituciones académicas de educación superior”? Lo que está detrás de la iniciativa es loable, eso nadie lo discute (nadie en sus cabales puede oponerse a que a los jóvenes más desfavorecidos de este país, o de cualquier otro, se les den las herramientas para mejorar su suerte). Ahora bien, ¿la iniciativa en cuestión puede ser puesta en funcionamiento por decreto presidencial? En términos formales, sin duda; en términos reales, como probablemente sepa el subsecretario Concheiro, la respuesta es negativa. Si de veras queremos cambiar la suerte de esos millones de jóvenes desfavorecidos, pongamos a su disposición una educación de calidad; una educación que les permita transformar su futuro y el de sus familias (las actuales y las que formarán más adelante).

Si eso es lo que queremos, hay que preparar primero a los miles de profesores y profesoras que se requerirán para dar los miles de cursos que se impartirán en esas unidades universitarias. Y prepararlos no solo implica hacerlo en lo relativo a los contenidos; implica también prepararlos en los métodos pedagógicos que se necesitan para educar a jóvenes que llegarán a los salones de clase con todas las ganas del mundo, eso no lo dudo, pero también con enormes carencias en su formación. Esta preparación no es algo que se pueda improvisar, no es algo que pueda hacerse en un santiamén. ¿Ya se están ocupando en la SEP de preparar con la seriedad debida (en contenidos y en pedagogía) a esos miles de profesores o se espera hacer una convocatoria abierta y empezar el “Sistema Benito Juárez” con quien se apunte? Por lo demás, ¿tienen que ser 100 las nuevas unidades universitarias o sería más sabio empezar con menos? Olvidemos el atractivo que representa para algunos el “número mágico” (100) y pensemos en una primera etapa con 20 (o poco más), pero bien pertrechadas en todos sentidos (empezando por las instalaciones). Que quede claro: no pretendo retrasar este proyecto del gobierno actual para las calendas griegas, solo pretendo que este proyecto sirva para cambiar verdaderamente la suerte de los jóvenes desfavorecidos que llenarán las aulas del “Sistema Benito Juárez”. Que no se les haga pensar que por el solo hecho de pasar uno, dos o tres años en ellas su futuro va a ser distinto. Eso no es educar, eso es engañar.

El subsecretario Concheiro se refirió también en la entrevista a los estímulos en las instituciones de educación superior. En este campo, es claro que no pocas universidades han aplicado una serie de mañas administrativas que hay que erradicar y que, dicho sea de paso, ninguna institución ha reconocido como lo que son: artilugios administrativos que “juegan” con la investigación y la docencia tramposamente y que, en efecto, perpetúan situaciones anómalas. En este punto en particular es difícil no estar de acuerdo con el subsecretario.3 Ahora bien, cabe detenerse aquí en una oración suya que no es fácil de interpretar: “No hay nada en el horizonte contra el Sistema Nacional de Investigadores y el sistema de estímulos…”. Ojalá el subsecretario Concheiro pudiera aclarar esta afirmación. La primera parte porque (me) parece que sugiere la posibilidad de un enfrentamiento a mediano plazo entre la SEP y el SNI. La segunda, porque si el sistema de estímulos tiene la serie de deficiencias que el subsecretario señala en la entrevista (si el sistema se ha “pervertido” tanto, por usar un tiempo del verbo por él empleado), lo lógico sería hacer los cambios necesarios para terminar con las irregularidades que señala. De hecho, como queda claro en la parte final de la respuesta dedicada a este tema, la SEP ya ha tomado y seguirá tomando medidas en este sentido.

También estoy de acuerdo con el subsecretario cuando afirma que algunas de las políticas de la SEP cuya finalidad es una mayor transparencia en el uso de los recursos son tildadas como atentados contra la autonomía de las universidades. Cómo él afirma, lo que está en juego aquí no es la autonomía, es la necesidad de transparencia. Esto debe aplicar a todos los centros universitarios, desde la universidad pública más pobre hasta la UNAM, le guste a no a sus administradores. La autonomía universitaria es esencial, pero no tiene por qué implicar que la ciudadanía no pueda saber en qué se gasta cada peso del presupuesto en todas y cada una de las universidades públicas del país.

En cuanto al tema de las pensiones, las expresiones del subsecretario Concheiro son rotundas; lo cito: “Hay algunas jubilaciones que son insostenibles…hoy en día son, y lo digo claramente, insostenibles…estamos ante un esquema imposible de mantener”. Un poco más adelante, afirma: “Hay que decirlo, las universidades están en peligro”. Lo dice el subsecretario de Educación Superior de la SEP. Como sabemos y como la entrevista deja claro, la situación de las pensiones rebasa el ámbito educativo y varía mucho entre instituciones. Cabe apuntar que en este tema son los actuarios (un tipo de “expertos”, por cierto) quienes están en posibilidades de hacer las proyecciones que decidan en un sentido o en otro las políticas a seguir. En todo caso, el gobierno actual tendrá que enfrentar este tema si quiere llevar a cabo la transformación radical de las instituciones de educación superior que el subsecretario Concheiro plantea a lo largo de la entrevista.

Concluyo. Si el paquete legislativo conformado por la Ley General de Educación, la Ley General de Educación Superior y la Ley de Ciencia, Tecnología e Innovación refrendarán que “las utopías posibles están de vuelta” (las comillas que aparecen en la entrevista indican que son palabras textuales del subsecretario), espero que dichas utopías estén cargadas del sentido común, del sentido de responsabilidad y del sentido académico que debieran caracterizar cualquier proyecto educativo que pretenda cambiar realmente la situación. Esto significa, entre otras cosas, que la política partidaria y las motivaciones ideológicas sean puestas entre paréntesis (pedir más sería utópico). Solo así, me parece, transformaremos en profundidad la educación superior en nuestro país; es decir, solo así se estarán poniendo bases firmes para un futuro distinto, diferente. Para los más desfavorecidos (un principio sobre el cual, vuelvo a reiterar, no creo que haya mucho que discutir), pero no solo para ellos, pues una transformación con bases firmes los beneficiaría sin duda, pero también beneficiaría al país en su conjunto.

 

Roberto Breña
Profesor-investigador del Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México.


1 Que las autoridades prestan atención a las redes lo prueba el hecho de que en la entrevista el subsecretario se refiere a ellas con la expresión “a pesar de lo que circula en las redes”. Supongo que esto es hasta cierto punto inevitable. Sea como sea, creo que tanto las autoridades como la comunidad académica debieran centrar la atención en canales que permitan y fomenten una mayor reflexión. Me parece inaceptable que en nuestro medio esta reflexión sea sustituida por la soflama.

2 Para cualquier académico de cualquier nivel, el denuesto que han sufrido los “expertos” durante esta administración es un signo preocupante. Ser “experto” en algún tema no es motivo alguno para ser descalificado. Otra cosa es que se pretenda que los “expertos” solamente pueden existir en ciertas capas sociales, lo cual es manifiestamente falso. Otra cosa también son los académicos, intelectuales públicos y “comentólogos” que van de expertos en todo. En cuanto a “los privilegiados” y más allá de todas las lacerantes desigualdades de este país, me temo que a menudo la expresión es empleada como un mantra más. El resultado, como siempre, es que nos quedamos ayunos de argumentos y de explicaciones convincentes.

3 No creo, sin embargo, que esta estructura (a la que, por motivos que no me quedan claros, el subsecretario denomina “aspiracional”) haya “atomiz[ado]” los equipos de investigación. El SNI ha fomentado el trabajo en equipo, por lo menos en varias de las instituciones con las que yo he tenido contacto a lo largo de los últimos lustros. En cuanto a la utilización que hace el subsecretario del término “hiperélites” en esta parte, me parece desafortunada, por reduccionista y simplificadora.