En 1949 en el Segundo sexo, Simone de Beauvoir escribió que la historia había sido construida a partir de un androcentrismo: el hombre como la medida de todas cosas. Desde esa perspectiva, si las mujeres pedían ser simplemente humanos se les decía que querían parecerse a los hombres, y ello debido a que el varón había acaparado lo que se entendía como lo genéricamente humano: “él es el Sujeto, es el Absoluto: ella es la Alteridad”. Cuando la filósofa plantea que “no se nace mujer, se llega a serlo” queda claro que  el concepto de “mujer” es una construcción cultural definida  con referencia al hombre: la mujer es esposa, madre o hija.

Ilustración: Jonathan Rosas

Este feminismo de la década de los sesenta se centraba en el opresivo dualismo de género y en la experiencia que tenían las mujeres en  que las cuestiones biológicas limitaban la igualdad de derechos. El dualismo de género se entiende como lo que cada sociedad, con sus variantes culturales, considera como lo “naturalmente femenino” y lo “naturalmente masculino” y la infinidad de estereotipos que se forman respecto a ello. A la mujer, entonces, se le asignaron labores domésticas, de servicio, y tareas de carácter asistencial como cuidar a los hijos, a los ancianos, a los enfermos y, en suma, atender las necesidades de otros,1 una serie de estereotipos fundados en la supuesta sensibilidad intrínseca de la mujer, que conllevaba tareas serviles bajo el pretexto de la concepción.

Si las mujeres no participaban en la esfera pública era porque sólo los hombres  poseían las aptitudes políticas para ello. Así, las relaciones de poder que estructuraban las dimensiones política, social y económica eran determinadas por el género masculino; lo que implicaba que las mujeres no fueran dueñas de su propio destino, sino simples espectadoras. De ahí viene entonces el término patriarcado pues fue el concepto que adoptó el feminismo para señalar el poder y la política masculinas.

Hay que decir que en el feminismo moderno hay un campo de batalla en torno a lo que se entiende por esencialismo. Esto es, que la distinción entre hombre y mujer es algo fijo, biológico y natural. Las feministas esencialistas rechazan la política masculina, abogan por una nueva forma de hacer política separada de la participación del hombre, apelan a una separación donde la mujer pueda desenvolverse y crear su propia forma de organización. Algunas feministas como Gayatri Spivakha argumentan que se necesita contar con un esencialismo operacional, una falsa ontología de las mujeres como categoría universal para avanzar en un programa político feminista:2 una organización propia donde sea posible formular sus problemas, sus demandas y sus alternativas.

El principal aporte de Judith Butler a la teoría feminista ha sido combatir la suposición de que el esencialismo sea necesario para la acción política, lo que ha renovado este debate de décadas.

De acuerdo con la filósofa estadunidense sería erróneo suponer anticipadamente que existe la categoría de “mujeres” pues son los complejos significados institucionales y discursivos mediante los cuales se construye el término los que deben ser cuestionados. Según Butler, el hecho de enunciar la categoría mujer para lograr una “unidad” bajo el impulso democratizador feminista reafirma al mismo tiempo la condición de mujer que pretende emancipar. La  filósofa observa que este feminismo solidario entre mujeres niega la complejidad de lo que es el ser humano y pretende meter en una única categoría a aquello que tiene aparatos reproductivos “femeninos”. Para ella, habría que pasar de una categoría fija y estable a una desnaturalización de conceptos como sexo y género y lograr lo que denomina “identidades nómadas”.3

Butler, como  Simone de Beauvoir, considera que el término mujer es una construcción social, pero le interesa saber cómo y dónde se construye el género mujer. Intenta demostrar cómo se han constituido los conceptos cosificados y naturalizados de sexo y género y, por ende, cómo son entonces susceptibles de ser constituidos de otra manera. La filósofa observa que si el sexo es lo que da paso a la construcción del género, es entonces la noción de que el “sexo es algo natural” lo que dio paso al binarismo hombre-mujer, lo cual es la norma  que sufren los cuerpos en el momento en el que la corroboran.

Si el género se construye, como lo expuso Beauvoir, el género es una situación histórica y es una manera de ir haciendo, dramatizando y reproduciendo esa situación, por lo que Butler sugiere que el cuerpo adquiere su género en una serie de actos que son renovados, revisados y consolidados en el tiempo. Butler establece que hay una sedimentación de las normas de género, es decir, que en algún momento se dijo que —de acuerdo a lo biológico— el sexo era natural, por lo que había tal cosa como una  verdadera mujer, "con el paso del tiempo este discurso ha ido produciendo un conjunto de estilos corporales que, en forma cosificada, aparecen como la configuración natural de los cuerpos en sexos que existen en una relación binaria y mutua".4 De acuerdo con Butler “la acción social requiere una performance repetida. Esta repetición es a la vez reactuación y reexperimentación de un conjunto de significados ya socialmente establecidos; es la forma mundana y ritualizada de su legitimación”.5 El género es entonces para Butler un performativo,6 conforma la identidad que se supone que es:  “nadie es realmente género desde el principio”.

A partir de su lectura de Foucault, Butler sugiere que la idea del sexo natural es una conjunción nada natural de construcciones culturales al servicio de intereses reproductivos. No hay sucesos estáticos unitarios, sino identidades contingentes que están en procedimiento (el cuerpo no es estático, es un devenir). Por tanto, no es necesario buscar un “origen” de la identidad (genealogía)7 pues no hay una identidad de género detrás de las expresiones de género, sino identidades que se construyen performativamente por las mismas expresiones que, al parecer, son resultado de ésta.

Butler también retoma a Lacan para sugerir que si el género está en constante construcción, entonces nunca estará completamente terminado. Si el sujeto es una estructura lingüística en formación, la tarea del feminismo sería estudiar “las prácticas discursivas que legitiman el género que nuestro vocabulario invariablemente disfraza, y llevar esta complejidad a un interjuego cultural dramático sin consecuencias punitivas”.8 Es decir, es posible subvertir: transformar mediante nuevas significaciones a partir de actos cotidianos la heterosexualidad normativa que violenta los cuerpos.

Si para Beauvoir el género se construye, no hay nada que asegure que la persona que se convierte en mujer sea obligatoriamente aquello con características femeninas. No hay razón alguna para fijar un sólo sexo, un  género y por tanto una identidad. Butler dice que “¡La vida no es la identidad! La vida resiste a la idea de la identidad”. Por esta razón, los estudios de Judith Butler son fundadores de la teoría queer, según la cual los géneros y las identidades sexuales no están inscritos en la naturaleza humana.

Con estas propuestas, Judith Butler ha renovado el debate dentro del feminismo e impulsado un feminismo más inclusivo donde no sólo se le dé voz a las mujeres, sino también a aquellas minorías que constantemente han estado excluidas: la comunidad LGBTTTIQA. De esta manera, Butler se aleja de aquel feminismo que rechaza a otras minorías por el simple hecho de no tener órganos sexuales femeninos, por ejemplo, el Feminismo Radical Trans Excluyente (TERF por sus siglas en inglés).

Sin duda la relación de la lucha LGBT+ y el feminismo es larga y compleja,9 el debate está en constante discusión y las ideas que se presentan en este texto no están cerradas herméticamente. Sin embargo, considero que la lucha por la emancipación no puede orientarse sólo al resurgimiento de las mujeres, sin antes atender las relaciones desiguales que surgen a partir de la idea de la existencia intrínseca de dos sexos fijos, biológicos y naturales; debe orientarse a la búsqueda de nuevas significaciones que permitan liberar al cuerpo ligado a ubicaciones desiguales en la sociedad.

 

Dalia Vázquez


1 La perspectiva feminista, Jenny Chapman, en David Marsh y Gerry Stoker (eds.) Teoría y métodos de la Ciencia Política, Alianza Editorial, España, 1997, p. 104-105.

2 Citado en Judith Butler. “Performative Acts and Gender Constitution: An Essay on Phenomenology and Feminist Theory”. Theatre Journal, Vol. 40, No. 4, (diciembre, 1988), The Johns Hopkins University Press. Publicado en español en Debate feminista, 18 (1998), Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista, p. 311.

3 Judith Butler. El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. Paidós Ibérica, Barcelona, 2007. 

4 Judith Butler, Actos performativos…, op. cit., p. 304.

5 Ibid, p. 307.

6 Un performativo de acuerdo a John Langshaw Austin en su texto Cómo hacer cosas con palabras es un acto de habla realizado, por ejemplo, en el momento en el que un sacerdote dice "Yo te bautizo" la misma frase transforma a la persona bautizada en un miembro de la religión. Así, el acto se pone en marcha en el momento en el que se enuncia.

7 En su ensayo Nietzsche, la genealogía, la historia, Foucault señala que la búsqueda de un orígen de las cosas es el intento por recoger la esencia de la cosa, su identidad más pura, ajena a cualquier influencia extraña. Sin embargo, eso es una invención metafísica, por lo que “detrás de las cosas hay otra cosa bien distinta: no su secreto esencial y sin fecha, sino el secreto de que no tienen esencia, o de que su esencia fue construida pieza a pieza a partir de figuras extrañas a ella.” Michel Foucault, Nietzsche, la genealogía, la historia, Pre-textos, España, 1997, p.18.

8 Judith Butler, Actos performativos y constitución del género: un ensayo sobre fenomenología y teoría feminista, Op., cit, p. 313.

9 Ver el texto “Diferendo: por qué los derechos no están a debate”, nexos, 4 de julio de 2019.