México es uno de los países con mayor desigualdad económica del mundo; es el país número 20 con más millonarios, en el que hizo su fortuna el séptimo hombre más rico del mundo y, a la vez, uno en el que casi la mitad de la población es pobre. En México, el 1% más rico concentra el 43% de los recursos. Sin embargo, los comentarios y análisis sobre la polarización en el país, así como los llamados a la reconciliación, se centran casi siempre en la brecha entre las opiniones y no entre la riqueza y la pobreza.

Si México es la decimocuarta economía del mundo, pero más de 50 millones de personas viven en pobreza, entonces es claro que no se trata de una falta de recursos, sino de la forma en que se reparten. Se suele hablar de que hay muchos pobres y un puñado de multimillonarios como si estas dos realidades existieran en esferas separadas, y no de que hay muchos pobres porque hay un puñado de multimillonarios (16 para ser exactos), a los que se les ha permitido acumular sin límite y heredar (sin pagar impuestos) esa acumulación, manteniendo la desigualdad por generaciones.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

Seguramente muchos hemos visto gráficas, como la que publicó en Twitter Bill Gates a principios de este año, que refieren una disminución dramática de la pobreza extrema mundial comparando cifras de ingresos de principios del siglo XIX con las de la época actual; es decir, el periodo de expansión del libre mercado y la globalización bajo la batuta del liberalismo económico, convertido en neoliberalismo a lo largo de las últimas décadas.

Sin embargo, la noción de que la gente en todo el mundo vive mejor gracias a esta forma de libre mercado es, por decir lo menos, engañosa, como lo explica a detalle el investigador de la Universidad de Londres Jason Hickel. Cualquier medición de la pobreza previa a 1981, aclara Hickel, es o “insuficiente” o sencillamente “carente de sentido”, además de que la cifra arbitraria elegida para marcar la línea de pobreza extrema (1.9 dólares al día) es absurda e inhumana, pues se necesita alrededor del cuádruple sólo para conseguir la nutrición elemental necesaria para tener una expectativa de vida normal. La realidad, menciona el mismo autor, es que la cantidad de gente viviendo en pobreza sólo ha aumentado desde 1981 y el 60% de la población más pobre sólo recibe el 5% de los ingresos que se generan en un mundo que jamás en la historia había sido tan rico.

La profundización de la desigualdad ya de por sí abismal no es un problema particular de México, sino del mundo entero. Pero incluso en el panorama global, México resalta dentro de los diez países más desiguales. La polarización que distingue a México no se crea con memes, apodos ni ninguna otra cosa cuya principal esfera de acción sea el mundo imaginario de Twitter. Se crea cuando se permite, por ejemplo, que los jefes de empresas ganen 62 veces más (cerca de 1.3 millones de dólares anuales) de lo que ganan sus trabajadores promedio, y aquí hay que enfatizar: promedio. Ya no digamos los que menos ganan, considerando que en este país es legal pagar un salario de 3,080 pesos mensuales (una reciente mejoría frente a los años en los que el salario mínimo estuvo oficialmente por debajo de la línea del bienestar, violando la Constitución) y que aquí sólo el 4% gana más de 13,000 pesos. El término pobreza laboral debería de ser un oxímoron, pero en realidad describe la situación de casi 49 millones de personas en México que, como explicaba el diario El País en 2018, “no pueden satisfacer sus necesidades básicas con los ingresos procedentes del trabajo”.

Cuando se está en el polo favorecido, o al menos lo suficientemente lejos del desfavorecido, es muy fácil no ver la polarización: descubrirla sólo cuando se enuncia y creer que no se está señalando, sino creando retóricamente; que su causa es un discurso político (al que muchos llaman con desdén clasista “resentido”) y no las condiciones materiales de la mayoría. Pero para quienes están en el otro extremo, o lo suficientemente cerca, la polarización se manifiesta en cada aspecto de su vida y no es posible ignorarla.

La serie documental 1994, que se estrenó en mayo en Netflix, retrata claramente la disonancia entre estas dos experiencias mexicanas condensada en un sólo día histórico: el 1 de enero de 1994, cuando entró en vigor el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá con la promesa de modernizar a México y la narrativa superficial de progreso, y, a la vez, estalló el levantamiento del EZLN en Chiapas con una declaración de guerra al Gobierno mexicano y un llamado a la democratización radical.

“El desprecio a la capacidad de los indígenas para hacer lo que hicieron es lo que le permite al EZLN usar la única arma realmente efectiva que tenía en ese entonces, que era la sorpresa”, dice el Subcomandante Galeano (antes Marcos) en una entrevista del documental. La sorpresa que el alzamiento zapatista provocó en las esferas más privilegiadas, principalmente capitalinas e inmersas en el delirio de que la apertura al libre comercio con Estados Unidos llevaría a México al “primer mundo”, demostró la ignorancia que reina entre estos sectores sobre la realidad de las poblaciones indígenas, excluidas por dos siglos del proyecto de nación llamado México (y de sus recursos) y que no tenían motivos para creer que aquella nueva etapa de modernización neoliberal mejoraría su situación. Y, efectivamente, no lo hizo: no sólo la esperada creación de empleos con mejores salarios no llegó, sino que los efectos positivos del TLCAN se concentraron en ciertas industrias, en grandes empresas (mexicanas y extranjeras) y en el norte del país, mientras que los niveles de pobreza se mantuvieron virtualmente idénticos.

Los llamados a sortear las diferencias políticas en nombre de una unidad nacional vacía, al buscar mitigar la polarización política sin atender la polarización material que da pie a agendas radicalmente distintas, eliminan el vocabulario necesario para resolver las brechas económicas. En realidad, no hay discurso más polarizador que el que llama a la unidad al mismo tiempo que minimiza o ignora la desigualdad económica, pues acaba siendo cómplice de la estructura y las prácticas que crean la división material y la fractura social que resulta de ella.

Necesitamos decir claramente que la riqueza y la pobreza están intrínsecamente relacionadas (y con ellas la pertenencia étnica, el sexo y los muchos otros factores de discriminación que se intersecan con lo económico) y que no dependen casi nunca de decisiones personales —si naces rico, te quedas rico; si naces pobre, te quedas pobre, hagas lo que hagas—. Necesitamos recordar también que el crecimiento económico, si no es redistributivo, beneficia únicamente a los que ya lo tienen todo y profundizan la brecha con los que menos tienen (un ejemplo claro de esto es lo que sucede actualmente en Estados Unidos, donde el crecimiento económico que comentaristas y el mismo Donald Trump han comenzado a llamar “milagro” no ha mejorado nada para la mayoría de la gente). Y necesitamos repetirlo varias veces, desde distintas perspectivas y con nuevos datos, hasta que este conocimiento reemplace en el imaginario cultural la noción absurda y mil veces desbancada de la meritocracia.

El disenso, la diversidad de posturas y la coexistencia conflictiva entre ellas es una consecuencia natural de no vivir en un sistema totalitario que iguale artificialmente las opiniones públicas; en cambio, la brecha entre multimillonarios y desposeídos es el resultado de vivir en un orden político y económico que ha desigualado artificialmente las condiciones materiales de la gente y ha hecho pasar esta desigualdad por algo natural.

 

Bárbara Pérez Curiel
Estudió Letras Alemanas en la Universidad Nacional Autónoma de México y en el University College London. Actualmente es editora, traductora y colaboradora en CounterPunch, Mi Valedor y Página Salmón.