Logros, tensiones y paradojas se combinan en estos días en el panorama político israelí cuando sus ciudadanos se encaminan por segunda vez al casino electoral. La tenaz resistencia de Benjamín Netanyahu —líder de este país en los últimos 13 años— a presentarse ante los tribunales por presuntos delitos que en otros países apenas provocarían atención explica este costoso y agitado torneo. Ciertamente, lo que está en juego es mucho más que su futuro personal y político. Washington, Teherán y Jerusalén son hoy teatro de afiebradas tensiones que en cualquier momento pueden superar la hostil retórica y conducir a un abierto conflicto que podría superar el umbral que diplomáticamente se denomina convencional.

Se recordará que los comicios que se celebraron en Israel el pasado abril condujeron a un empate entre el Likud encabezado por Netanyahu, un líder  apoyado desde hace décadas por dos estratos desiguales: de un lado, los descendientes de migrantes de origen oriental que fueron política y económicamente marginados en los primeros años del nacimiento del Estado (1948) y, del otro, sectores de la alta burguesía que se han beneficiado con la dinámica tecnológica y el ágil comercio internacional que este país ha revelado en la última década. En este contexto suficiente anotar su alto ingreso por habitante —más de 40 mil dólares— que lo coloca a la altura de Estados Unidos, Japón y algunos países europeos. 

Ilustración: Víctor Solís

Netanyahu se empeñó en los últimos dos meses en formar un nuevo gobierno con el apoyo de fracciones de la extrema derecha. Aceptando su fracaso movilizó el apoyo de diferentes agrupaciones insatisfechas con el resultado electoral a fin de tornar imparable la realización de un segundo encuentro electoral. Si ninguna circunstancia externa lo obstruye tendrá lugar el próximo 17 de septiembre.  

Opuesto al Likud se levanta Azul y Blanco, novedosa agrupación que en el historial y contexto de otros países se consideraría cuasi-fascista pues presenta como líderes a tres exgenerales. No en el caso de Israel pues aquí  las fuerzas armadas tienen amplio apoyo popular, en particular de la juventud que presta tres años de servicio obligatorio. Este partido representa a un amplio público inquieto por el culto a la personalidad de Netanyahu que le rinden sus partidarios, amén de sus repetidos intentos dirigidos a  soslayar a los tribunales por ofensas que habría cometido. En respuesta Azul y Blanco abandera la celosa división de poderes y el carácter secular de la sociedad israelí. 

Para enhebrar una coalición de por lo menos 61 representantes de los 120 que componen el parlamento, Netanyahu —16 años líder del Likud y 13 como primer ministro— hoy  se inclina a unirse a dos partidos de la extrema derecha. El primero está jefaturado por rabinos fundamentalistas que cuestionan la legitimidad del Estado todo tiempo que auspicia la libertad de credos y conductas. Sin embargo, desde hace una década esta agrupación forma parte de la coalición gubernamental, sus representantes visten atuendos conforme a los hábitos de los judíos que vivieron en la Europa oriental desde el siglo XVI, y repudian el cultivo de las ciencias y de la reflexión filosófica. Su principal aspiración: imponer en nombre de Jehová un régimen teocrático en el país.

El segundo grupo tomó impulso en los últimos años. Se apega a las doctrinas del rabino Kahana que predicó la expulsión masiva, primero, de los tres millones de palestinos que habitan los territorios militarmente administrados por Israel desde 1967, sin excluir más tarde a la minoría árabe que constituye la quinta parte de la población israelí. Dos de sus líderes ocupan hoy puestos ministeriales en el gobierno de Netanyahu: transporte y educación. Han anunciado que si son favorecidos por las próximas elecciones auspiciarán la parálisis del transporte público y privado para asegurar la santidad sabática y la dilatada inserción de temas religiosos en los programas escolares. 

Informales encuestas anticipan que el nuevo gobierno será probablemente encabezado por el Likud si éste acierta a convenir un entendimiento con estos dos grupos y con partido Nueva Derecha liderado por la carismática Ayelet Shaked. Pero en tal caso su capa dirigente deberá superar las objeciones de Sara Netanyahu que no disimula su celo por el atractivo perfil femenino de Ayelet. 

De momento su esposo Benjamín parece rendirse a sus deseos. De mantenerse esta actitud la única y última posibilidad del Likud es articular un entendimiento con el Laborismo, fracción que modeló el país desde su nacimiento y durante tres décadas, pero que hoy encara un franco declive. A la fecha sus líderes se abstienen de cualquier compromiso.  

Cabe anticipar que para dilatar su prestigio personal y político Netanyahu propiciará íntimos encuentros en la Casa Blanca y en el Kremlin. Revelará así que tanto Trump como con Putin se inclinan vivamente en su favor, un hecho que garantiza la estabilidad y avances del país. 

En esta particular constelación, el nuevo partido Azul y Blanco aspira a superar el empate electoral que obtuvo al enfrentar al Likud el pasado abril. Para incrementar sus posibilidades corteja en estos días, con mesurada prudencia, tanto a la derecha rabínica como a la izquierda liberal. Los tres generales que la encabezan suscitan amplia simpatía en los sectores medios y académicos que rechazan los signos de culto a la personalidad a Netanyahu que se revelan no sólo en su partido. También se conocen en amplios círculos de la diáspora norteamericana, especialmente entre aquellos que apoyan la reelección de Trump.

En la izquierda del abanico político se encuentran dos agrupaciones. Una de reciente formación impulsada por Ehud Barak quien en años idos ejerció altos cargos tanto militares como políticos. Convertido hoy en un próspero empresario con amplios enlaces internacionales, Barak no disimula su desprecio personal a Netanyahu. A través de múltiples negociaciones públicas y confidenciales acertó a convencer a la agrupación Meretz a formar un amplio frente; Barak aparece aquí en décimo lugar, sin posibilidad real de llegar al parlamento. Le obsesiona desbancar a Netanyahu, y su ayuda financiera es importante para sostener las campañas de esta agrupación.

Los partidos compuestos por ciudadanos de origen árabe han logrado   superar diferencias ideológicas y personales; se presentan en esta ocasión como un frente unificado. Hoy cuentan con 12 de las 120 bancas en el parlamento, número que podría aumentar considerablemente si sus líderes aciertan a convencer a sus electores —casi la quinta parte de la población— a concurrir a las urnas.

El resultado final de este torneo se sabrá en la segunda mitad de septiembre. Si Azul y Blanco no logra superar el actual empate con el Likud es verosímil que el partido Israel Beiteinu dirigido por Ivette Liberman, que representa a los ciudadanos que nacieron en países de Europa oriental, decidirá al cabo la composición y tendencias de la coalición gubernamental, incluyendo a su líder.

Para realizar tal hazaña Liberman debe obtener por lo menos de ocho a 10 lugares en la Knesset. En tal caso se inclinará a auspiciar una coalición que sumaría al Likud con Azul y Blanco dejando fuera tanto a la derecha rabínica y kahanista como a la fracción árabe.Un escenario que, si cristaliza, hará de Liberman una figura central en el panorama político israelí.

Con ya señalé estas consideraciones suponen que ningún dilatado conflicto militar trastornará sustancialmente el calendario electoral. Premisa tal vez algo ingenua pues las tensiones entre Israel y países vecinos pueden encenderse en cualquier momento.

Primero en Gaza —región que presenta la densidad poblacional más alta del mundo, económicamente apoyada por organismos internacionales y militarmente por Teherán— que podría aumentar considerablemente las ofensivas en la frontera sur y obligar una franca intervención por parte de Israel.  Después se perfila Damasco que hasta el momento ha tolerado las incursiones aéreas del vecino dirigidas a impedir cualquier concentración de fuerzas iraníes cercanas a su frontera. Y, por último, se insinúa una escalada en las actuales tensiones entre Washington y Teherán que involucraría necesariamente a Israel. Obviamente, cualquiera de estos escenarios alterará el equilibrio militar no sólo en el Medio Oriente.  

En suma: los resultados del certamen electoral que se verificará en Israel en septiembre próximo gravitarán sustancialmente en el escenario nacional y regional. Si se imponen las fuerzas hoy en la oposición, o se levanta un gabinete compuesto por el Likud y Azul y Blanco gracias a los buenos oficios de Liberman, el sistema democrático israelí se verá fortalecido. En tal caso Netanyahu deberá presentarse ante los tribunales por delitos que habría cometido al tiempo que se abrirán nuevos cauces para un diálogo de alto nivel en favor de un Estados palestino.

El cuadro será absolutamente diferente si Netanyahu acierta a formar una coalición con las facciones rabínicas, kahanistas y liberales que están a su derecha. Se multiplicarán entonces las orientaciones religiosas en la vida cotidiana del país —incluyendo los contenidos y rumbos de la educación pública—,  la población palestina conocerá superiores restricciones para transitar y trabajar sin molestias en el país, y la política exterior avalará sin reservas la permanencia de Trump en la Casa Blanca. Y así concretará Netanyahu su mayor aspiración: postergar por tiempo indefinido la comparecencia ante los jueces. 

 

Joseph Hodara