El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se instrumentó como un espacio de poder, donde cinco grandes potencias, junto con la representación modesta del resto de la comunidad de Estados independientes, equilibran sus intereses y motivaciones en favor de su propia posición en el sistema internacional. La consecuencia de tales equilibrios puede ser tanto la paz y la seguridad relativas cuanto el impasse diplomático que ha abierto la puerta a espantosas atrocidades, como atestiguan las ruinas de Siria o los suelos ensangrentados de Ruanda.

Ciertamente, no hablamos de un espacio pensado desde la moralidad o la inclusión, tampoco desde el paradigma de la seguridad colectiva,1 como demuestra el tan cuestionado derecho de veto que poseen los cinco miembros permanentes, pero tampoco es impermeable a estas ideas: el Consejo es una institución que conjuga la aspiración de un orden internacional basado en normas y principios con la necesidad de que las potencias internacionales se acomoden en él.

Así, un escaño no permanente en el Consejo de Seguridad implica sentarse en la mesa de los grandes y participar en sus dinámicas de poder, lo que puede significar una oportunidad para engrandecerse o un derrotero de tensiones.

Ilustración: Pablo García

Recientemente,2 el presidente López Obrador y el embajador ante Naciones Unidas, Juan Ramón de la Fuente, anunciaron el respaldo unánime del Grupo de Latinoamérica y del Caribe (GRULAC) a la candidatura de México al Consejo de Seguridad para el bienio 2020-2021. Un anuncio interesante, pues con frecuencia se replica la idea de que este gobierno no está interesado en sus relaciones internacionales. ¿Qué implicaría entonces, para la llamada 4T, ocupar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad?

El Consejo se compone de quince miembros, cinco de ellos permanentes y diez elegidos por dos tercios de la Asamblea General para un periodo de dos años. Este comité está facultado para atraer cuestiones que puedan ser una amenaza para la paz y seguridad internacionales y sus decisiones requieren de al menos nueve votos (si algún miembro permanente vota en contra, la resolución o decisión se desecha: el llamado “veto”).

Se trata de la institución multilateral más poderosa del mundo: facultada para sancionar económicamente o hacer uso legítimo de la fuerza contra un Estado soberano, para autorizar misiones de paz, emitir directrices obligatorias para todos los miembros de la organización, admitir nuevos miembros o incluso modificar la Carta de las Naciones Unidas.

Si bien el derecho de veto y la membresía permanente otorgan gran parte del poder a China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia, los párrafos anteriores son útiles para atisbar los alcances y límites de la probable participación de México en este órgano de Naciones Unidas.

La primera consideración es que un escaño en el Consejo de Seguridad es una posición sumamente comprometedora. Los miembros no permanentes deben estar dispuestos a involucrarse en una gran cantidad de temas y, sobre todo, con una gran cantidad de países.3 Ciertamente, México no es primerizo en las dinámicas del Consejo y no sería la primera vez que siente el peso de tal compromiso, como se comprobó en el año 2003 cuando México tuvo que asumir una postura frente al asunto de Irak.

El concepto de “responsabilidad global”, del sexenio anterior, buscaba precisamente incrementar la actividad de México en el sistema internacional, lo que de hecho significó participar en las Operaciones de Mantenimiento de la Paz e involucrarse activamente en las instituciones multilaterales y en los conflictos regionales.4 Sn embargo, la “responsabilidad global” chocaría con la política exterior “clásica” de la 4T, más fundamentada en discursos tradicionales de no intervención y en una autopercepción de no tener la credibilidad necesaria, por causa del régimen anterior, de participar activamente en la política internacional.

La 4T tendrá aquí su primer punto de tensión: tomar parte en la decisión de si una situación en el exterior, aunque sea de carácter doméstico, constituye o no una amenaza para la paz y la seguridad internacionales.

Aquí no sólo entra la tensión con los principios, sino con los intereses, pues la postura de México en determinados temas importantes para Estados Unidos en el Consejo puede afectar directamente la relación bilateral en otros ámbitos fuera de la seguridad global. Si a eso sumamos el estilo negociador de Donald Trump, en una posible reelección para la presidencia, México se expone a una situación vulnerable.

Sacha Llorenti, representante de Bolivia ante el Consejo entre 2017 y 2018, declaró de manera contundente sobre este punto: “he visto muchos colegas que votan en el Consejo en contra de sus principios nacionales a cambio de defender sus intereses o incluso los intereses de otros Estados”.5

La 4T corre el riesgo de que sus principios, aparentemente tan arraigados en el discurso nacionalista de López Obrador, no coincidan con sus intereses y de que su participación en el Consejo comprometa o contamine otros temas vitales. Por ejemplo, imaginemos que el Presidente Joe Biden, tras haber derrotado a Trump, decide presionar a México con la aprobación del T-MEC debido a su posición frente a la crisis venezolana.

La membresía del Consejo nos pone en una situación comprometedora con demócratas y republicanos por igual, con la Unión Europea, con China y Rusia, con el GRULAC, literalmente con medio mundo, y hay que tomarlo muy en cuenta.

Esto nos lleva a una segunda consideración, que es el tipo de narrativa y aliados que la 4T pretende ganar en el Consejo. Este órgano puede admitir que se honren los principios de no intervención, de autodeterminación de los pueblos o de la solución pacífica de las controversias, finalmente están plasmados en el texto fundacional de la ONU, pero puede demandar al mismo tiempo un compromiso real con la protección internacional de los derechos humanos y con la responsabilidad de proteger: también a eso se va al Consejo.

Países como Japón y Alemania lo han asimilado y han hecho de su participación casi una especialidad de su diplomacia multilateral, al grado de incluso reclamar un asiento permanente. Esto explicaría por qué estos países cuentan con una experiencia acumulada de veinte y diez años respectivamente en el Consejo, frente a países que llevan hasta 63 años sin participar, como Irán, o que no han participado nunca, como Corea del Norte.

Si el multilateralismo es una yuxtaposición de narrativas políticas, la 4T tendrá que decidir cuál se ajusta mejor a los intereses históricos del Estado mexicano, la soberanía y el desarrollo, y cuál impulsará en el Consejo de Seguridad: si la narrativa del multilateralismo como un medio ordenado para avanzar la democracia y los derechos humanos (incluyendo los derechos sociales) o como un medio defensivo para proteger la soberanía nacional de las potencias extranjeras y sus instrumentos hegemónicos.6 Una y otra tendrán consecuencias diferentes y atraerán a aliados diferentes.7

Tercera consideración: llegar con una posición fuerte. Participar en un órgano de poder como el Consejo requiere sentarse en él con la mejor situación nacional posible, a fin de resistir las dinámicas y presiones sobre los miembros que se viven ahí.8

El episodio de los aranceles y el acuerdo migratorio reveló un debilitamiento de la posición mexicana en el sistema internacional, producto del estancamiento de una economía que apenas crece, que goza de menor confianza y que es muy sensible a los mercados internacionales. Si el gobierno mexicano quiere que su participación en el Consejo sea una fuente de oportunidades, y no de nuevos problemas, debe fortalecer la posición internacional del país incrementando la confianza en su gestión.

La fuerza de una potencia media como México frente a los grandes poderes también se sustenta en las organizaciones civiles internacionales, que ocupan un espacio cada vez mayor en los foros multilaterales. Si la 4T no es capaz de tejer alianzas con estas organizaciones al interior y al exterior, perderá un sostén importante de su participación.

Finalmente, se debe considerar que, así como es una posición comprometedora, un asiento no permanente en el Consejo de Seguridad también puede ser una posición estratégica y provechosa. Es claro que ésta es la apuesta del gobierno y vale la pena indagar en algunas razones.

Los votos de los miembros permanentes son importantes y tienen incluso un valor, por muy débiles que sean sus titulares. Ilyana Kuziemko y Eric Werker, por ejemplo, mostraron que los miembros no permanentes pueden recibir hasta 59% más ayuda (militar y económica) por parte de Estados Unidos y 8% más por parte de Naciones Unidas, especialmente cuando la Organización enfrenta momentos de alta tensión.9

Esto último es de considerarse, pues están en puerta les tensiones con Irán en el estrecho de Ormuz, los conflictos comerciales entre China y Estados Unidos, la situación en Venezuela, la situación en Gaza tras las elecciones israelíes de este año, protestas en Rusia y Hong Kong, entre otras.

Esto no quiere decir que la 4T utilice su posición en el Consejo para obtener sobornos de alto nivel, sino que dicha posición significa la oportunidad de obtener ganancias políticas. Las potencias internacionales también están dispuestas a cooperar con sus aliados menores para construir redes de apoyo político internacional basadas en objetivos comunes.

Así, la 4T tendría en el Consejo un lugar para abrir canales inmejorables de comunicación con los interlocutores10 que pueden impulsar las ideas de, por ejemplo, cooperación internacional para el desarrollo en Centroamérica. Dicho sea de paso: será necesario dar al Consejo su justo valor y no despreciarlo, como se hizo con el G20.

Asimismo, el Consejo de Seguridad es un instrumento muy poderoso para los objetivos de política exterior de sus miembros, por ejemplo: India y Pakistán acumulan 14 años de participación respectivamente, porque el Consejo es el foro por excelencia para tratar el tema de la seguridad y la proliferación nucleares, así como la cuestión de Cachemira.

La facultad de inscribir temas de discusión en la agenda del Consejo y la presidencia mensualmente rotativa, que permite darle forma, conformarían los grandes instrumentos de la 4T para avanzar sus prioridades. Ya hablamos de cooperación para el desarrollo, pero también el combate a la corrupción, energía, migración o el tradicional tráfico y comercio de armas son temas que el gobierno mexicano puede impulsar dentro del Consejo como posibles amenazas para la paz y seguridad internacionales, pues la participación de los miembros electos del Consejo se caracteriza también por representar los intereses y problemas regionales que necesitan la atención de la comunidad internacional.

El Estado mexicano parece dispuesto a superar definitivamente el aislacionismo característico del siglo XX en el Consejo de Seguridad, pues ésta sería la tercera participación de México en menos de veinte años y la quinta en su historia. Esto podría abrir paso a una era de involucramiento permanente en los temas más sensibles de la comunidad internacional, a fin de hacer aportaciones que proyecten el prestigio de México y de aprender de vuelta las mejores prácticas internacionales; esto siempre y cuando se tome al Consejo como una verdadera herramienta de política y no como un símbolo discursivo o peor: una nota al pie del sexenio lopezobradorista.

 

Mauricio Rodríguez Lara
Licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México.


1 Cf. Hans Morgenthau, Política entre las naciones. La lucha por el poder y la paz, trad. Heber Olivera, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 6ª edición,p. 499.

2 “México, candidato al Consejo de Seguridad de la ONU”, Excélsior, Nacional, 23 de julio de 2019.

3 Vid Olga Pellicer, “México como potencia media en la política multilateral”, Foro Internacional, vol. 53. no.3-4 (julio-diciembre de 2013), p. 884.

4 Por ejemplo, en la situación venezolana y la de Nicaragua, posición que el gobierno de AMLO rechaza. 

5 Citado en: Maurizio Guerrero, “Escenarios complicados cuando México entre al Consejo de Seguridad”, Proceso, 25 de julio de 2019, consultado el 31 de julio de 2019.

6 Cf. José Antonio Sanahuja, “Narrativas del multilateralismo, «efecto Rashomon» y cambio de poder”, Revista CIDOB d’Afers Internacionals, no.101 (abril de 2013), pp.27-54.

7 Esto en consideración de uno de los argumentos de la 4T en favor de participar en el Consejo es la búsqueda de nuevos aliados. Vid Maurizio Guerrero, art. cit.

8 Baso esta afirmación en el celebérrimo Diálogo de Melos, donde se afirma que: “los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan”. Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, tr. Juan José Torres Esbarranch, Madrid, Gredos, V 89.    

9 “How Much Is a Seat on the Security Council Worth? Foreign Aid and Bribery at the United Nations”, Journal of Political Economy, vol. 114, no. 5 (octubre de 2006), pp. 907 y 917.

10 En 2020, México compartiría un asiento con los cinco permanentes, más Alemania, Bélgica, Indonesia (miembro de MIKTA junto con México) y Sudáfrica, polo de poder regional en África.