A grandes rasgos, el efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo que ocurre cuando una persona supone que su capacidad mental es superior a la que es en realidad, lo cual resulta en una errónea evaluación sobre sus propias habilidades. En pocas palabras, quien lo padece no entiende que no entiende. Después de la segunda ronda de debates demócratas, organizados por CNN, pareciera que partido y televisora sufren de este defecto, sea por las pugnas internas de la primera, o por la obsesión con índices de audiencia de la segunda. Los pasados 30 y 31 de julio, se llevaron a cabo dos debates en los cuales participaron 20 de los 25 aspirantes a la candidatura presidencial demócrata. Por más que pareciera ser reflejo de la pluralidad del partido, en los hechos se traduce en una serie de discusiones banales, fomentadas por el formato instrumentado por CNN.

Ilustración: Oldemar González

La segunda sesión repitió el mayor error de la primera: no permitió contrastar las propuestas entre los aspirantes con mejor posición en las encuestas. Por un lado, Bernie Sanders y Elizabeth Warren participaron la noche del martes y, por el otro, Joe Biden y Kamala Harris se volvieron a enfrentar el miércoles. Esta deficiencia se debe tanto a la cantidad desmedida de candidatos, cuanto a los laxos requisitos para participar en los debates televisivos. En consecuencia, Cory Booker, Pete Buttigieg, Amy Klobuchar y Beto O’Rourke, que mantienen apoyo sólido —si bien menor a 10%— tuvieron que competir con intervenciones de rivales que rondan 1% en las preferencias electorales.

El espectáculo que CNN propició se fue constantemente por las ramas, además del reducido tiempo para cada respuesta. Los candidatos no podían responder de manera detallada, sobre todo porque contrincantes y moderadores interrumpían a cada momento. A esto hay que sumar la obsesión de la cadena por crear un ambiente espectacular entre dos bandos: “moderados vs progresistas”. Un ejemplo claro fue la discusión sobre el sector salud, prioridad de la mayoría de los votantes demócratas. Hay consenso entre todos los participantes sobre la necesidad de expandir cobertura, bajar costos y el riesgo que implica otra administración republicana. Sin embargo, en la primera noche el moderador, Jake Tapper, formuló las preguntas para crear controversia entre Sanders, Warren y los candidatos más moderados. Esto permitió que John Delaney, un oponente con menos de 1% de las preferencias, atrajera  atención desproporcionada.

Otro problema es que, con tantos participantes, hay mucho en común entre opciones, por lo tanto, es difícil diferenciarse, en especial para quienes son poco conocidos y cuentan con apoyo mínimo. Sanders y Warren prácticamente debatieron en equipo contra los moderados, que no son gran amenaza para ellos aunque sean representativos de las preferencias de un gran sector del electorado. Pareciera que ambas críticas son contradictorias: si hay tantos candidatos, sería importante comparar los detalles de sus planes para atender problemas en cuyos diagnósticos coinciden. No obstante, la estrategia de los moderadores buscó crear pequeños intercambios que no permitieron profundizar en las diferencias y sólo alimentaron réplicas mordaces.

Es inevitable evaluar un debate en términos de ganadores y perdedores, sobre todo cuando se diseña para crear enfrentamientos. En dado caso, podría decirse que Warren fue la “ganadora” de la noche del martes, por sus respuestas detalladas y ocurrentes a las críticas. Por su parte, Booker fue quien más se benefició en la segunda noche al aprovechar su tiempo para difundir el mensaje de su campaña y poner en aprietos a Biden, sin verse demasiado antagónico. El caso de Kamala Harris fue decepcionante, debido a las expectativas que creó después del primer debate en el cual pulverizó a Biden al criticar sus antecedentes en temas raciales. En esta ocasión no estuvo preparada para recibir ataques de candidatas como Tulsi Gabbard, quien criticó la hipocresía de su postura punitiva contra la posesión de drogas a pesar de aceptar haberlas consumido. Biden, en cambio, fue menos dócil ante provocaciones y estuvo mejor preparado, pero se mostró desgastado en ocasiones. Incluso parecía aliviado cuando se acababa su tiempo.

Fue una serie de debates sin sorpresas que probablemente afectará a quien gane la nominación. De continuar así, la pugna entre bando moderado y progresista sólo va a mejorar las posibilidades de Trump para reelegirse. El problema es que la ‘izquierda progresista’ dicta los términos de la campaña sin representar a la mayoría de la coalición demócrata. Además, las candidaturas moderadas de Michael Bennet, Steve Bullock, John Hickenlooper, Amy Klobuchar no tienen apoyo suficiente porque Biden monopoliza ese sector del electorado. Es importante notar que quienes ostentan credenciales más progresistas vienen de estados ‘azules’, mientras los más escépticos representan estados ‘morados’, como Colorado y Minnesota, o ‘rojos’ como Montana.

En mayo de este año, el presidente de CNN, Jeff Zucker, admitió que cometieron errores en la cobertura de la campaña presidencial de Trump. Sin embargo, los altos estándares que se exigen a las candidaturas demócratas, así como el formato banal que se usó en estos debates, hace dudar si aprendieron la lección de anteponer audiencia sobre calidad. La segunda noche de debates de esta semana obtuvo la segunda mayor audiencia de debates demócratas en la historia del canal con 10.72 millones, aunque no se acercó al récord de la primera ronda que promedió entre 15 y 18 millones de vistas.

Es indispensable que los medios actúen con más responsabilidad y prioricen  sustancia sobre forma. Hasta ahora, sólo Biden, Booker, Buttigieg, Harris, Sanders, O’Rourke y Warren han calificado para participar en los debates de septiembre. El primer paso es mantener a todos los candidatos en una noche para contrastar las visiones de quienes tienen mejores oportunidades de ganar. El segundo es evitar que el partido republicano marque pauta sobre el estándar con el que se evalúan las propuestas demócratas.

2020 traerá la campaña más desagradable de la historia moderna estadounidense. El presidente se va a aferrar a su púlpito de poder y apostará por dividir al país hasta el punto de quiebre. Los demócratas tienen una oportunidad de evidenciar la pésima administración actual, si logran superar divisiones internas. Por su parte, medios como CNN tienen la responsabilidad de reportar de manera justa a ambos partidos, sin medir con varas distintas ni normalizar el comportamiento del candidato republicano. Esperemos que conforme se acerque noviembre de 2020, CNN y los demócratas entiendan que no han entendido las lecciones de 2016 y que quien gane su candidatura pueda ocupar la Casa Blanca en enero de 2021.

 

Matías Gómez Léautaud
Internacionalista por El Colegio de México.