El sueño americano siempre ha corrido el riesgo de convertirse en una pesadilla. La entereza de los sobrevivientes del ataque terrorista de El Paso (3.08.2019); sus lágrimas, los cadáveres y la sensación de inseguridad han permeado a las poblaciones mexicana y mexicoestadunidense —aunque también a la población latina, en general—. Así, el miércoles 7 de agosto, en Misisipí, 680 trabajadores (sin papeles) fueron arrestados por las fuerzas ICE (Inmigración y control de aduanas, en español) en una razia que las policías más opresivas del mundo encontrarán inspiradora. En este hecho, la secuela de imágenes es de niños llorando, sin consuelo, el arresto -y hasta deportación- de sus padres. Tanto en el ataque terrorista de El Paso como en la razia de Misisipí, han sido acciones que elocuentemente transmiten un mensaje étnico: “vamos contra ustedes”.

Terror y persecución son mensajes que el supremacismo blanco ha puesto en el centro de la vida pública en los Estados Unidos de América en los últimos días. Sin embargo, la violencia contra los mexicanos y mexicoestadunidenses también es histórica: viene de turbas, de individuos y grupos paramilitares y, desde luego, de las fuerzas policiales como los Rangers de Texas. Hace un siglo, 15 hombres y niños fueron asesinados en la comunidad El Porvenir (a 320 kilómetros de El Paso); fue una masacre extrajudicial perpetrada por los Rangers de Texas (ver Monica Muñoz Martínez, The Injustice Never Leaves You: Anti-Mexican Violence in Texas) que obliga a revisar los memoriales de la violencia que se encuentran en las antiguas provincias que formaron parte del Norte de México hasta 1847. La historia recuerda que entre 1848 y 1928, turbas lincharon a, por lo menos, 597 mexicanos (William Carrigan y Clive Webb. 2003. The Lynching of Persons of Mexican Origin or Descent in the United States, 1848 to 1928).

México, inmerso en una guerra demencial que lleva casi dos décadas, está excedido en sus capacidades. AMLO lidia con la cotidianidad de masacres como la de Uruapan (8-08-2019); su gobierno, sin embargo, da algunas señales esperanzadoras para enfrentar la amenaza del supremacismo angloestadunidense. La reunión (17.08.2019) de su gobierno con embajadores de países de América Latina e Iberia para advertir la necesidad de realizar acciones que brinden protección a las comunidades hispanas en los EE.UU. es alentadora.

Pero en todo esto, los estadunidenses decepcionan poco. Las formas más sutiles o grotescas del supremacismo blanco constituyen zonas de confort cultural. El memorable asalto verbal de Donald Trump, con el que lanzó su campaña presidencial (16.06.2015), fue un ataque a México, los mexicanos y lo mexicano. En El Paso, las palabras de Trump se convirtieron en un ataque terrorista.

Ilustración: Víctor Solís

Es conocido que los supremacistas blancos estadunidenses ven en Trump a uno de los suyos. La diputada federal Ilhan Omar (Minnesota, demócrata) así lo expuso en referencia a los tuits de Trump: “Esta es la agenda de nacionalistas blancos que sucede en chats o en la televisión nacional. Y ahora ha llegado a la Casa Blanca” Trump no niega la conexión; al contrario: la incita. Él estimula la radicalización étnica —como lo sugieren sus tuits sobre Antifa, a propósito de una manifestación de supremacistas en la ciudad de Portland, Oregón (17.08.2019)—.

El sentido común señala que es necesario que la democracia estadunidense sea proactiva para contener y condenar a supremacistas y nacionalistas blancos; la necesidad parece urgente cuando el supremacismo blanco es hiperactivo en plataformas digitales como 4chan y 8chan.

El supremacismo blanco no puede ser entendido como una cuestión de “gringos mamones” o de “güeritos mala onda”. El supremacismo es un movimiento político; su fuerza también es económica y encuentra innumerables formas de reproducción en patrones y estructuras culturales.

Es verdad que hay sectores de los EE.UU. que han reconocido que su país tiene problemas con el terrorismo supremacista, pero también es verdad que hay millones y millones de personas que lo niegan, minimizan, toleran e, incluso, respaldan.  No es claro, por tanto, con qué medidas ese país abordará el problema y si tratará al terrorismo supremacista con la ferocidad con la que ha combatido a su similar islamista. Recuérdese que aquellos musulmanes, alrededor del mundo, que no condenaban clara, fuerte y constantemente al extremismo, eran estigmatizados. Así mismo, los financiadores del terrorismo islamista han sido frecuentemente rastreados y sancionados. Si en los EE.UU. los anunciantes deberían ser estigmatizados como lo fueron los facilitadores del islamismo violento, parece urgente; si debería prohibirse que anunciantes financiaran a medios y programas de televisión que promuevan el racismo, la xenofobia y la violencia, parece razonable. En esa lógica, un político texano, Joaquín Castro, publicó una lista de 44 financiadores del movimiento de Trump en El Paso; lo hizo días después del ataque terrorista. Su denuncia, sin embargo, fue recibida con vehemente virulencia por la prensa radical como la cadena Fox y el sitio breitbart.com.

Es importante tener presente que el supremacismo es un problema internacional. Las víctimas de El Paso fueron mexicanas, pero el ataque fue inspirado en uno similar en Nueva Zelandia. También es transnacional por su ideología: el ataque de El Paso —justificado en un texto de 2,300 palabras y colocado en la plataforma 8Chan— pone al atacante en conexión con el más amplio espectro el Movimiento del Poder Blanco (Kathleen Belew. 2018. Bring the War Home The White Power Movement and Paramilitary America).

Por otra parte, como estrategia de lucha, ataques como el de El Paso no son fines en sí mismos, sino que son llamados a las armas. Hay que considerar, por ejemplo, que una semana antes del ataque, otro joven mató a tres personas e hirió a una docena en un festival en California. Es decir, el objetivo del activismo del Movimiento del Poder Blanco (MPB) no son los tiroteos sino la incitación. Incitar una masacre aún mayor para “despertar" a otra gente a unirse al movimiento. Esta forma de “foquismo supremacista” es parte de su repertorio de acción colectiva. Su objetivo final es la guerra racial: su estrategia es anunciar la existencia de un estado de emergencia, justificar la violencia política y aconsejar objetivos de ataque.

El MPB apela a la solidaridad étnica. La literatura es importante para conectar a los militantes. Libros como The Turner Diaries, Camp of the Saints o la novela Might Is Right cumplen esa función y justifican premisas de superioridad racial. Otra fuente de inspiración supremacista viene de la televisión —de cadenas como Fox— y de opinadores como Tucker Carlson, Ann Coulter y Rush Limbaugh. Las amenazas apocalípticas que ellos enuncian tienen puntos de coincidencia con la ideología del MPB: el reemplazo de la población anglo por inmigrantes (latinoamericanos) —entre otros—. Frases como “reemplazo” son criptogramas que significan “aniquilación racial ya sea por matrimonios interculturales, inmigración o cambio demográfico”.

En todo esto, el liderazgo político de Donald Trump es claro. Un episodio perturbador —que precede al ataque de El Paso— es un mitin en Panama City (Florida), en mayo de este año. El evento se realizó después de que una caravana de inmigrantes centroamericanos intentara llegar a los EEUU. En el mitin, Trump se lamentó y preguntó “¿cómo detener a esa gente?”. Entre la muchedumbre, una voz anónima, lúdica y amenazante, enunció: “¡Dispárales!”. El presidente respondió con una sonrisa y la muchedumbre festejó la sugerencia emotivamente. Semejantes muchedumbres evocan a los monstruos que Elías Canetti diseccionó en su obra Masa y Poder, pero también son la evidencia empírica del choque de civilizaciones que Samuel Huntington —ideólogo del supremacismo estadunidense contemporáneo— describió en sus textos tardíos.

Así, el terrorismo supremacista estadunidense contemporáneo ha reencontrado en los mexicanos y méxico-americanos objetivos de ataque. Texas parece tener, sin embargo, un toque muy especial. Texas ha sido santuario del supremacismo anglo desde su creación como república ficticia, en el siglo XIX. El terror, los linchamientos y las ejecuciones extrajudiciales de los siglos XIX y XX han sido poco a poco documentados y recordados. El ataque terrorista de El Paso tiene que verse en ese contexto de resistencia mexicana, en ambas fronteras, frente al supremacismo anglo. La violencia étnica lleva ya doscientos años y aún no ha sido derrotada. En 2019, por lo menos, podemos empezar por reconocer que la democracia estadunidense ha fallado, espectacularmente, en derrotar a uno de sus monstruos.

 

Héctor Calleros
Doctor en Ciencia Política. Su investigación se centra en temas de conflicto étnico e instituciones políticas. Como periodista, sus artículos se han publicado en algunas revistas y periódicos mexicanos. Actualmente es investigador de la Universidad de Varsovia (Polonia).