1. La América inventada

Conquistar implica fundar y permanecer. Hernán Cortés lo entendía como pocos y para lograrlo debía fundar una nueva cultura y la máxima expresión de la cultura era la ciudad. Esto si atendemos la sugerencia del historiador Edmundo O’Gorman de que América no fue descubierta sino inventada y que ello no fue un acto creativo sino una necesidad del renacentista europeo que requería imaginar un nuevo territorio para poder recrearse y con ello ensanchar sus dominios sobre la tierra. Se desea, se inventa, se necesita, se nombra al nuevo mundo para que el Renacimiento tuviera cabida y sería en la naturaleza desproporcionada e inconmensurable de la América infinita el lugar indicado para hacerlo (Carlos Fuentes, 1985).

El nuevo mundo era una utopía sustentada en el territorio, al ser éste el lugar privilegiado de la invención y la necesidad. Esta necesidad encontraría su satisfacción en la América inventada y su posibilidad, en el territorio por conquistar y dominar. Dos conceptos que Cortés entendería al tiempo en que se adentraba y se comprendía en ella.

La idea y la posibilidad de establecer un nuevo orden político y cultural –y no solo conquistar- lo descubriría el conquistador al llegar a Tenochtitlán; sólo entonces asumiría el papel de creador de un nuevo orden mediante la instauración de un modelo de ciudad para un nuevo mundo, modelo que aún perdura y estructura a quienes nacimos en esta América y que, a diferencia de la europea, no termina por ser inventada.

Ilustración: Adriana Quezada

2. Lo buscado y lo encontrado

La ciudad que encontraría Cortés, a diferencia de todas las existentes, no tenía un límite establecido. La red vial de la antigua Tenochtitlán era un tejido ortogonal jerarquizado en vías terrestres y acuáticas cuyos ejes principales eran sus grandes calzadas de acceso, mismas que se prolongaban varios kilómetros fuera del área urbana. El centro ceremonial —punto central de la ciudad y representación del “ombligo del mundo”— era el punto de convergencia de las calzadas, ejes del diseño de sus espacios. Las zonas habitacionales, jerárquicamente hablando, seguían en importancia (Chanfón, C., 1997). Esta estructura, tenia a una relación espacial singular, conllevaba a una vida comunitaria que giraba en torno a un orden político-religioso el cual necesariamente necesitaba de espacios con gran brillo y solemnidad.

La ciudad de Tenochtitlán se concibe como centro de poder donde sólo lo habita lo sagrado y sus representantes; el resto solo se encuentra alrededor de ella. Todo ello y su concierto resultaría contrario a cualquier ciudad europea que pudieran conocer o referenciar los conquistadores y que no dejaría de sorprenderlos. Aquella ciudad era símbolo, origen y destino; la máxima expresión de un imperio que parecía no tener límites y en ello, el conquistador se vio reflejado y sus ideales claramente representados.

Es así que el Cortés comprende que la ciudad no es el resultado de una cultura, sino un instrumento para establecerla: la ciudad, su ciudad, será entonces la herramienta que le permitirá construir su propia utopía, la que no solo habría que imaginar sino necesariamente re imaginar porque Tenochtitlán era ya la utopía construida por los mexicas. Para ello no solo marcaría las diferencias, sino que también tomaría como válidas las coincidencias. Los nuevos templos y plazas serían el hilo conductor de una estructura urbana a partir del cual se estableciera un nuevo sistema de dominación en el que se estructuraría una nueva sociedad y, por tanto, un nuevo mundo en un sentido no solo territorial.

3. ¿Qué hacer con la ciudad conquistada?

Tras culminar la ardua y absolutamente sanguinaria labor de dominar, doblegar, conquistar y desacralizar a la ciudad de Tenochtitlán, comenzaría una labor aún mayor que pareciera seguir vigente. Qué hacer con la ciudad no resultaría un decisión fácil, abandonar la ciudad -lo que fue aconsejado a Cortés por sus compañeros y reconsiderada por el mismo en 1522- implicaría dejar una marca indeleble del poderío mexica; destruirla y borrarla del mapa sería imposible dada su escala y magnitud; la opción fue crear una nueva ciudad sobre aquella que había sido derrotada, lo que no solo tendría un sentido digamos practico, sino particularmente “por el mismo papel que inefablemente le pertenecía como fuente de prestigio y como necesaria afirmación del acto mismo de la conquista” (Tovar de Teresa, G., 1992).

La destrucción y refundación de la ciudad fue ante todo un acto político que implicó un extraordinario esfuerzo humano y material. Pero esta proeza destructiva no sería suficiente, tenía que estar acompañada de un plan que permitiera recrear la condición de ciudad imperial y materializar todo aquello que el nuevo mundo permitía inventar. Cortés encarga a su alarife Alonso García Bravo trazar la nueva ciudad, quien en opinión del arquitecto e investigador Carlos Chanfón, “conservó las calzadas y las acequias, definiendo una plaza mayor que apenas alcanzo la cuarta parte de lo que había sido el centro ceremonial pagano y que este se limitó a hacer un levantamiento de la red vial; definir los límites de lo que sería la ciudad de los españoles; marcar los linderos donde se asentarían los indígenas y hacer la subdivisión en solares (predios dentro de una manzana) para repartir a los españoles por lo que no le es atribuible  la invención de la cuadricula y que por tanto la traza de México es la de Tenochtitlán”. (Chanfón, C. 1997).

En todo caso, esta condición de forma urbana, no resultaría contraria a la capacidad de Cortés de proyectar y concretar una idea de ciudad tomando como base lo existente para con ello desarrollar lo inimaginable. La traza a la que hace referencia Chanfón fungiría como el espacio de experimentación a partir del cual se establecería un nuevo modelo urbano estructurado a base de un sistema de plazas enmarcadas por los principales edificios representantes del poder colonial como el ayuntamiento, la iglesia mayor y los portales de mercaderes. En el resto de las calles que resultarían amplias, rectas, alineadas y soleadas (algo nunca antes visto) se edificaron los conventos, aduanas, cuarteles, garitas, colegios, escuelas, imprentas, hospitales, seminarios, casas virreinales, comercios, talleres, huertos –sí, muchos predios se ocuparon como huertos-, plazas, mercados, fuentes, acueductos, casas para la nueva oligarquía y barrios para los indígenas; formando así una lógica que generaba un modelo urbano que no dejaba prácticamente nada a la improvisación o imposición y que terminaría por ser implementado tantas veces como la inconmensurable extensión del nuevo mundo requiriera.

4. La ciudad del conquistador

Aquel nuevo orden, para ser efectivo, necesariamente tendría que trascender la forma de la ciudad y su arquitectura, es ahí donde reside la condición de planificador urbano de Cortés al crear una institución que en su momento llegaría a tener más poder que la corona española y la propia iglesia. El cabildo sería la institución virreinal que definiría las reglas en las que el nuevo territorio debía y podía ser tanto ocupado como edificado. La forma de la traza urbana sería su base, la idea de ciudad de Cortés sería su fundamento ideológico, su resultado, el espejo de una nueva sociedad diversa y compleja empeñada en inventar y edificar su nuevo mundo.

La primera traza de la ciudad de la Ciudad de México comenzaría tres años después de la caída de Tenochtitlán y duraría al menos 11 años, tiempo en que se definirían tanto forma como orden en el que el cabildo tendría un papel protagónico y fundamental. De aquel proceso da cuenta la historiadora Lucía Mier y Terán Rocha en su libro La primera traza de la Ciudad de México 1524-1535, en el que describe las acciones y trascendencia de un cabildo que regía, normaba y legalizaba prácticamente todo asunto relacionado a la ocupación y construcción de una ciudad con tal orden y concierto que hoy sería difícil de reproducir.

Propiedad, uso, destino, costo, valor, retribución, forma, función y razón eran definidas y determinadas por un Cabildo que más que administrar buscaba construir una ciudad a partir de la cual se ordenaba una sociedad y un imperio. Nada escapaba a su ordenanza ni contradecía su visión, todo nuevo, todo bajo un orden que día a día había que imponer para crear la ciudad inventada por el conquistador.

De aquella ciudad hoy solo resulta observable su traza —la que por su condición perenne y ampliamente repetida deja de ser cuestión de asombro— y de su arquitectura solo pocos vestigios reconocibles. Visualizar aquella ciudad solo es posible mediante un ejercicio de imaginación basado en las actas de Cabildo, la crónica y las pocas representaciones gráficas que existen; lo que no ha sido objeto predilecto de la arqueología ni de la historiografía urbana, de hecho, hoy es mucho más fácil visualizar la ciudad de Tenochtitlán que la ciudad ideada por Cortés.

La creación de aquella ciudad fue ante todo un proceso en el que se mezclaban el pasado inmediato y el futuro imaginado. La nueva capital se fue sobreponiendo poco a poco sobre su antecesora; pero el proceso no sería fácil ni permanente, la arquitectura terminaría por replicar las toscas formas de la alta edad media apenas logrando edificios en forma de fortalezas defensivas en los que “resulta difícil establecer diferencias claras entre la arquitectura religiosa y civil o entre los edificios para habitación y los públicos de Siglo XVI” (Klubert, G. 1948).

La mayoría de estos edificios albergaban distintos usos, funciones y actividades. En ellos se encontraban tanto casas habitación como espacios administrativos, talleres y comercios. Las mismas casas de Cortés integraban usos como las cámaras de audiencia, un arsenal, apartamentos, almacenes y talleres; los edificios de los portales fungían como comercio, taller y vivienda de los artesanos, de esta manera las actividades del comercio estaban relacionadas con el ambiente doméstico y solo las grandes residencias como el Palacio Episcopal no contaban con tiendas en sus plantas bajas (Klubert, G. 1948).

En poco tiempo, aquella estricta normatividad urbana de la época, lograría varios objetivos: poner límites a las irrefrenables ambiciones de los conquistadores, ordenar las construcciones y establecer un conjunto de impuestos para el cabildo; pero, sobre todo, incentivar una propia idea de la ciudad mediante una rápida construcción de edificios duraderos. Un ejemplo de ello lo describe Klubert: “El beneficiario de una concesión estaba obligado a residir en la ciudad o de lo contrario perdida su título de propiedad. Se le prohibía vender o donar su predio al clero o cualquier institución religiosa; además de tapiarlo en seis meses a más tardar y residir en el antes de cumplirse el término de un año a partir de la concesión”.

Pero en aquella ciudad, antes que el edificio, predominaba la plaza, la que sería el escenario de la teatralidad social, el espacio predilecto de las estructuras de poder; el lugar donde se creaba y se recreaba una sociedad pluriétnica, mestizada, cosmopolita, y pluricultural. Para la iglesia, la plaza servía como escenario para las cotidianas procesiones, misas de indios y bautizos masivos; para el gobierno el lugar donde se impartía justicia mediante la horca y la picota así como para las paradas y ejercicios militares; para la nueva sociedad novohispana era el principal espacio de la actividad comercial en todas sus escalas, las festividades, el paseo ciudadano, las corridas de toros y prácticamente cualquier actividad que no tuviera cabida en los edificios o que debiera ser representada y evidenciada de manera pública. La plaza Novo Hispana se caracterizaría por su condición integradora y constituiría el principal símbolo de la nueva urbanización, definiría la imagen de la ciudad y tipificaría la idea de centralizad política, social y económica del Nuevo Mundo.

5. Traza es destino

Los resultados de aquella idea de ciudad serían por demás positivos, no solo para fundar y hacer permanecer a la Ciudad de México como la capital de la Nueva España, fue, sobre todo, un modelo de urbanización y dominación que se repetiría eficazmente en prácticamente toda Hispanoamérica. De aquella idea de ciudad surgirían las famosas Ordenanzas de Felipe II –una suerte de “manual de ocupación territorial”- que terminarían por ser uno de los principales instrumentos de la colonización y dominación territorial del continente, mismo que resultaría tan práctico, eficiente, administrable, adaptable, ordenado y replicable que duraría 350 años y que una vez terminada la colonia, se mantuvo prácticamente intacto por más de 100 años.

La descolonización de América se enfocó en desmantelar el dominio territorial colonial, particularmente el de la iglesia católica y los grandes propietarios, pero no buscó establecer un nuevo modelo de ordenamiento urbano a partir del cual se implementará un nuevo orden y estructura socio territorial. No fue sino hasta las postrimerías del S. XIX que en las principales capitales de México y América Latina se iniciara un proceso de transformación de los edificios coloniales y a expandir la ciudad bajo los modelos de expansión urbana europeos y norteamericanos en nombre de “la modernidad”.

Sería hasta la mitad del siglo XX que se comenzaría a reconocer el valor de aquella ciudad inventada en lo que ahora denominamos como “Centros Históricos”. En ellos, la traza y estructura original tienen tanto o más importancia que las arquitecturas que concentran. En este sentido lo que en el fondo se revaloriza y conserva, es aquella idea de ciudad que Hernán Cortés logró idear y que fuera y sigue siendo objeto de tanta admiración como la que tuvo el conquistador sobre la ciudad de Tenochtitlán que el mismo destruyó y terminaría por volverla a edificar. 

 

Gustavo Gómez Peltier