El 27 de septiembre del 2016, el mundo estaba expectante con la mirada puesta en América Latina. En Cartagena se respiraba un aire diferente, la firma del acuerdo final de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) llenó de esperanza a todo un pueblo y a una región que enfrentó durante más de 50 años las consecuencias de esta lucha armada. “Hoy, al firmar el acuerdo de terminación del conflicto con las FARC, decimos esperanzados que ha sido un surco de dolores, de víctimas y muertes, pero hemos podido levantarnos sobre él para decir que el bien germina ya, la paz germina ya.” Estas fueron las palabras del ex presidente Juan Manuel Santos en el acto, destacando que “la paz de Colombia es la paz de la región y de todo el continente”.

El pacto alcanzado en 2016, el cual se podría catalogar como uno de los procesos de paz más importantes de la historia reciente de Colombia y de Latinoamérica, se enfrenta a un nuevo reto. El pasado 29 de agosto, despertamos con la noticia de que una fracción de las FARC retomará las armas. En un video de 32 minutos realizado por Iván Márquez, segundo comandante de las ex fuerzas armadas, anunció  la "continuación de la lucha guerrillera en respuesta a la traición del Estado a los acuerdos de paz de La Habana”. Esta declaración ha causado diversas reacciones, pero sobre todo la incertidumbre de qué pasará ahora, considerando que el conflicto saldó más de 200,000 muertes y al menos seis millones de personas fueron desplazadas.

En el video, el exlíder guerrillero está rodeado por otros personajes destacables del movimiento, como Hernán Darío Velasquéz, alias “El Paisa”, y Seuxis Paucias, mejor conocido como “Jesús Santrich”, los cuales también han criticado la ejecución de los compromisos estipulados. Márquez declaró que el Estado “no ha cumplido ni con la más importante de sus obligaciones que es garantizar la vida de sus ciudadanos, y particularmente evitar asesinatos por razones políticas”. Igualmente, lo calificó como un “desarme ingenuo de la guerrilla a cambio de nada” ya que “no cesa la matazón”.

Ilustración: Patricio Betteo

¿Regresaremos a la guerra?

El proceso de paz colombiano siempre estuvo rodeado de “ruido” y polémica frente a la población y líderes guerrilleros, razón por la cual el anuncio de que una facción regrese a la lucha armada era previsible. Márquez fue un personaje cercano a las pláticas encaminadas a la reconciliación con el gobierno, pero se alejó de la escena después de la renegociación que se llevó a cabo cuando los colombianos rechazaron la primera versión del documento en un referéndum.

El regreso de este grupo es un golpe importante al esfuerzo de reconciliación que merma la estabilidad, seguridad y desarrollo a nivel nacional y regional. Sin embargo, esto no significa que los compromisos de paz alcanzados sean un fracaso. Como parte del tratado, las FARC se convirtió en un partido político que actualmente cuenta con representación en el Congreso y su líder, Rodrigo Londoño, calificó el regreso de la lucha armada como una “equivocación delirante”, y señaló que no comparte ninguno de los términos dichos por Márquez. El deslindamiento por parte del partido es un alivio y un sostén sólido para que el gobierno siga implementando las medidas acordadas.

La falta de apoyo de las FARC en el Congreso convierte a Márquez y a sus seguidores en un grupo disidente, pero el cual no debe subestimarse. Esta guerrilla menor puede llegar a perjudicar la frágil estabilidad de Colombia, posicionándose como un riesgo latente por tratarse de un grupo con formación militar con el potencial de dominar ciertos territorios por medio del control ilegal de recursos mineros y tráfico de drogas, bienes que utilizaría para financiar sus acciones.

Alianzas estratégicas y el factor Venezuela

El presidente colombiano, Iván Duque declaró que el país está frente a “las amenazas criminales de una banda de narcoterroristas que cuenta con el albergue y el apoyo de la dictadura de Nicolás Maduro”. Este señalamiento no es de extrañarse, ya que el pasado 29 de julio, el presidente de venezolano dijo que tanto Iván Márquez y Jesús Santrich son “bienvenidos a Venezuela cuando quieran venir ”. Situación que frente a los ojos del mandatario colombiano muestra que el país vecino “ha albergado terroristas colombianos desde hace muchos años, y ratifica que es un santuario para terroristas y para narcotraficantes”. De igual manera, Márquez anunció que buscará alianzas con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), organización guerrillera insurgente de extrema izquierda que ha sido señalada de gozar con la protección del régimen venezolano.

Si las sospechas son ciertas, el conflicto supone un reto para la región, en donde un gobierno extranjero estaría apoyando a un grupo disidente para propagar el caos y entorpecer el proceso de reconstrucción estatal y social en Colombia. Lo cual suma una ficha más al tablero de una América Latina inestable en temas de seguridad, democracia y desarrollo, que se agrava con la actual crisis que atraviesa Venezuela.

¿Qué queda por hacer?

En todo proceso de paz siempre se encontrarán enemigos y disidentes. Cada país que transita de un conflicto armado interno a una fase de reconstrucción debe superar aversiones, ya que ninguno erradica a la brevedad los lastres de violencia, ni alcanza un rápido crecimiento, aunado a un progreso político, económico y social.

Sin embargo, para evitar que esta facción de las FARC tome mayor fuerza y legitimidad, es importante que el gobierno colombiano continúe con la implementación de los compromisos, eclipsando así el apoyo que podrían generar Márquez y sus seguidores, al menos al interior de Colombia. De igual manera, sería recomendable evitar a toda costa una confrontación directa, ya que causaría una escalada del conflicto a nivel regional.

Conclusiones

La formación de este grupo disidente es uno de los retos más importantes para el gobierno de Iván Duque, en donde no sólo debe enfrentar una situación que afecta asuntos internos, sino que también pone en jaque la delicada estabilidad latinoamericana en el caso de que se agudizara la tensión. Además, Duque tendrá mucha presión por parte de los críticos más feroces de la paz concertada, sobre todo en los temas de seguridad, justicia y rápida implementación del acuerdo.

El mundo tendrá los ojos puestos en Colombia con la esperanza de que uno de los procesos de pacificación más importantes del siglo XXI sea llevado a cabo de la mejor manera a pesar del regreso a las armas de los exguerrilleros. Ya que, de no ser así, la región se vería seriamente afectada, lo cual podría resultar en una oleada de migrantes, sumando una nueva crisis humanitaria a la zona.

 

Luz Paola García Godínez
Internacionalista por el Tec de Monterrey