Alcibíades, Cleón y Clodio no son figuras históricas de envergadura. Pero Pericles y Julio César sí que lo son. Aunque todos ellos fueron populistas de diversa magnitud, todos contribuyeron de una manera u otra al ocaso de sus respectivas eras. El populismo no es un fenómeno nuevo. Por el contrario, este ha surgido en diferentes lugares y períodos a lo largo de la historia, incluyendo el mundo antiguo, y específicamente en Grecia y en Roma.

Desde una perspectiva populista, hay dos particularidades que sobresalen de la idealizada visión de la antigua Grecia como cuna de la democracia. Una es que el experimento político fue más bien delimitado. En efecto, sólo una minoría de la diversidad de comunidades políticas griegas practicó alguna vez una variante de demokratia —la mayoría, más bien, fueron oligarquías de diversa potestad. La otra es que, si bien los demócratas griegos fueron apasionados igualitarios, la interpretación de quienes calificaban era discriminatoria: solo hombres libres podían ser ciudadanos de las póleis (ciudades-estado) con derechos políticos ya que las mujeres, los forasteros y esclavos eran excluidos.

Ilustración: Adrián Pérez

Si el concepto de ciudadanía era limitado, el de igualdad resultó controvertido. La exaltación de la igualdad fue más bien objeto de una lucha de poder, con posturas contrarias sobre quiénes eran aptos para ejercer el poder político. En esencia, la disputa enfrentaba a los partidarios de la oligarquía en contra de los demócratas. De haber seguido su evolución natural el arquetipo de igualdad, el poder político habría emanado de las masas mayoritarias, que para la época solían ser pobres y sin educación. Sin embargo, tal eventualidad era percibida con recelo y resistencia por aquellos que se oponían a la democracia, incluyendo la mayoría de las elites. Pero con el tiempo, el poderío numérico de las masas —el hecho de que estas constituyeran el espinazo laboral de la ciudad-estado como marinos y soldados, comerciantes y agricultores— se volvía formidable. Las vicisitudes de la demokratia obligaban a incorporarlos como semejantes, o a aplacarlos con demagogia.

La etimología de la palabra demokratia es fuente de intrincadas interpretaciones. Mientras kratos puede significar poder, fuerza, demos tiene un sentido ambivalente, ya que puede denotar tanto el Pueblo (en un contexto amplio e incluyente), como a las masas empobrecidas, es decir la mayoría del Pueblo. La desconfianza en la capacidad de una muchedumbre desentendida para tomar decisiones idóneas en beneficio del bien común —y en particular su vulnerabilidad a ser manipulada por la oratoria demagógica— suscitó tempranos recelos hacia la demokratia. En ese sentido, la corriente política tradicional, elitista, estipulaba que la gobernanza era más bien un arte sublime que requería destreza, conocimiento y buen juicio, y por lo tanto solo debía ser encomendada a personas calificadas, es decir, a una minoría pudiente.

Pero sería injusto evaluar la altivez de las elites griegas desde una óptica contemporánea, puesto que, en el contexto de la época, solo la clase privilegiada disponía del tiempo y los medios para instruirse, y dedicarse al quehacer político. De hecho, la mayoría de los grandes filósofos, historiadores y dramaturgos griegos de la Antigüedad, entre estos Sócrates, Platón y Aristóteles, no eran partidarios de la demokratia. Platón, en particular, fue un implacable crítico al haber observado de primera mano las veleidades de las masas en torno a la condena a muerte de su maestro Sócrates.

La idealizada demokratia griega, pues, no estaba exenta de contradicciones. El más excelso ejemplo de demokratia en la antigua Grecia, Atenas, se convirtió con el tiempo en una codiciosa potencia imperial que subyugaba a sus “aliados” de la Liga de Delos, imponiéndoles onerosos tributos, recurriendo a la fuerza y la coerción, y en caso de guerra, incluso, a masacres de poblaciones insurrectas. Además, los demócratas atenienses rehusaron otorgar las mismas libertades a los estados vasallos de que gozaba la polis. De esta forma, las discriminatorias políticas imperiales fueron sembrando malestar en sus dominios. Fue en Atenas donde surgieron, sino los primeros demagogos de la historia, al menos los primeros de los cuales queda registro histórico. Las políticas implementadas por ellos contribuyeron al ocaso de la Edad de Oro de Atenas, y a su derrota en la Guerra del Peloponeso.

Demokratia y demagogos

La antigua democracia griega estuvo casi desde sus orígenes imbuida por la demagogia. Los antiguos demagogos griegos pronto adquirieron la reputación de ser hábiles agitadores políticos que usaban su carisma y dotes oratorias para viciar la opinión pública. Las crónicas atenienses, en particular, hacían referencia a una nueva clase de políticos advenedizos tales como Cleón, Alcibíades, Cleofonte e Hipérbolo, que lograron subvertir el orden político establecido. Así pues, los demagogos de la época son descritos generalmente como figuras políticas de grandiosas ambiciones y escasa moral. Cleón, el primero de ellos —áspero, eficaz orador, ambicioso e inescrupuloso— surge como figura emblemática.

Si se puede creer a los cronistas de la época —en particular al historiador Tucídides y el dramaturgo Aristófanes— los demagogos atenienses de línea dura fueron responsables de despiadadas y calamitosas estrategias que contribuyeron a la derrota de Atenas en la Guerra del Peloponeso. En todo caso, la demagogia en la antigua Atenas surge en medio de una coyuntura histórica turbulenta. En las últimas décadas del siglo V a. C. se acentuaron los conflictos políticos y sociales. Las asambleas de ciudadanos se hicieron más bulliciosas y caóticas. Por otro lado, las latentes tensiones entre la clase aristocrática y el Pueblo; entre dinero viejo y nuevos ricos; entre oligarcas y demócratas; entre políticos tradicionales y demagogos iconoclastas, se exacerbaron con los vaivenes de la larga Guerra del Peloponeso. Los primeros demagogos explotaron hábilmente las pasiones patrioteras y las ambiciones hegemónicas de los atenienses, a la vez que también contribuyeron con la polarización de la sociedad.

En síntesis, Atenas nunca recuperó su antiguo esplendor. Diversas causas como crisis económicas, guerras impopulares, gobernantes demagogos y abruptos cambios en el liderazgo político desencadenados por la volubilidad de las masas, fueron debilitando el pionero modelo político. Hacia 300 a. C., la demokratia en el antiguo mundo griego había prácticamente desaparecido; duró unos dos siglos. Pero la resaca que dejó se prolongó por mucho más. La antigua aprensión de que la democracia degeneraba en un imperio de las masas, así como el temor a su desestabilización interna provocada por demagogos oportunistas, solo se intensificó con el tiempo. Tal fue el desprestigio del revolucionario experimento político que fue desestimado como inviable durante milenio y medio.

La caída de la República romana

La República romana tardía es conocida sobre todo por los dos Triunviratos que desencadenaron tanto en pugnas personales por la supremacía política como en sangrientas guerras civiles. Rebasa la mítica figura de Julio César y su fatídica proclamación como dictador de por vida. Si embargo, fue durante el turbulento siglo precedente cuando se sembraron las condiciones políticas, económicas y sociales que propiciaron el ocaso de la república y el advenimiento del imperio. Tal como sucedió en Atenas, las precarias circunstancias produjeron su propia bandada de ambiciosos líderes populistas. Si bien la palabra demagogo proviene del griego antiguo, populista desciende del latín, populares, que significa los que favorecen el pueblo.

Hacia mediados del siglo II a. C., Roma se convirtió en la potencia indiscutida del Mediterráneo. Las conquistas de Cartago, Grecia y España extendieron las fronteras y enriquecieron la república. El expolio de los ricos dominios derrotados y la imposición de tributos produjeron una opulencia sin precedentes para Roma. A pesar de eso, la inicua acumulación de riqueza se concentró en manos de unas elites senatoriales renuentes a compartirla, lo cual aumentó sobremanera la desigualdad económica. Así pues, surgió una nueva y formidable masa de desposeídos. El consiguiente descontento popular fue creando una explosiva coyuntura: una plebe resentida y susceptible enfrentada a una elite insensible a sus demandas y dispuesta a mantener sus privilegios. Desde entonces, el resultado de tan nociva combinación ha sido el caldo de cultivo para todo ambicioso político populista.

La dinámica política tradicional fue incapaz de concertar las reformas necesarias. La relativa seguridad de sus fronteras y el enorme poder económico de los patricios atenuaron la necesidad de buscar consensos políticos. Arraigados códigos de conducta —conocidos como mos maiorum— que regían la sociedad romana se fueron corroyendo. Entretanto, la república se volcó hacia adentro. Las pugnas políticas por animosidades personales y las guerras civiles contribuyeron a la descomposición del orden político. El imaginario colectivo republicano quedó supeditado a lealtades personales hacia generales y políticos capaces de repartir botines y favores. Roma perdió su compás moral.

Y la llegada de los populares

Fue un clima propicio para la irrupción de una nueva clase política que, a la vez, se benefició y contribuyó a la algarabía reinante. Los populares asumieron la causa de la plebe romana, en contraposición a los optimates (los mejores, los nobles) quienes promovían los intereses mayoritarios de la clase patricia en el Senado. Al unir esfuerzos con instituciones plebeyas que, teóricamente, servían de contrapeso a la oligarquía conservadora —los populares promovieron reformas que incluyeron la controvertida repartición de vastos latifundios patricios entre los pobres, la distribución de granos y la ampliación de la ciudadanía romana a los aliados itálicos.

Muchos importantes personajes de la era, militares y políticos, fueron populistas. Entre ellos destacan los dos hermanos Graco, tribunos del pueblo bajo cuyos mandatos los populares asomaron como fuerza política contestataria. Aunque estos fueron figuras ambiciosas y polémicas que desafiaron la supremacía del Senado, sus acciones también apuntaban al genuino deseo de rectificar las crecientes y debilitantes iniquidades de la sociedad romana. Sin embargo, las reformas progresistas que promovieron los Graco fueron socavadas por múltiples intereses, tanto oligárquicos como plebeyos. Aun así, sirvieron de fundamento para muchas de las reformas emprendidas posteriormente. Algunos historiadores consideran que la muerte violenta de los Graco marca el principio del declive de la República romana. A partir de entonces se propaga la violencia como instrumento político.

Los Graco fueron más bien coherentes; las movedizas alianzas y lealtades de otros populares reflejan intereses ambiguos. Aunque no fue el más notorio, Publio Clodio Pulcro simboliza el deterioro moral del período. Clodio utilizó la intimidación y la violencia para consumar sus ambiciones políticas. Para ello, se sirvió de pandillas armadas que aterrorizaron a Roma y sus elites. Aun así, la distribución gratuita de granos le generó un enorme apoyo entre la gente común, canalizándolo para beneficio propio. Con un estilo pendenciero que recuerda a Cleón, Clodio desató las pasiones populistas que fueron encauzadas con mayor destreza por Julio César.

El populismo en el mundo grecorromano no estuvo exento de contradicciones. Los más ilustres estadistas de sus respectivas eras también sucumbieron al encanto de las masas. Tan ilustre demócrata como Pericles, que presidió sobre la Edad de Oro de Atenas y que tanto contribuyó a su esplendor, instituyó políticas populistas que debilitaron el poderío de la polis. Asimismo, los historiadores aun intentan reconciliar las ambiciones políticas de Julio César y su filiación con los populares. Lo cierto es que, bajo sus mandatos como cónsul y luego dictador, este sentó las bases para importantes reformas que, en el ámbito popular, incluyeron la distribución de tierras a pobres y veteranos de guerra y la condonación de deudas. El poder político de Julio César provenía de las masas. Luego de su asesinato, la causa de los populares perdió fuerza y la republica transitó vacilante hacia la era imperial. Aun así, el populismo no desapareció con el fin de la república. La expresión panem et circenses, después de todo, surgió durante el imperio. La práctica se institucionalizó como instrumento político imperial para apaciguar las masas.

Hay interesantes similitudes entre los demagogos atenienses y los populares romanos. Ambos grupos prosperaron en períodos históricos de profundos cambios políticos, económicos y sociales que subvirtieron el orden establecido. Bien sea por la naturaleza bélica de la era o lo riesgoso del quehacer populista, casi todos los populistas de la Antigüedad sufrieron muertes violentas, bien sea por asesinato o en guerras y riñas callejeras. Y a pesar de su jerga populista y exhortación a las masas, la mayoría eran hombres de alta cuna. Alcibíades y Clodio eran acaudalados aristócratas; Julio César pertenecía a una de las más nobles y primigenias familias romanas; los hermanos Graco provenían de la rama plebeya de una ilustre familia patricia que recibieron una educación elitista. Y aunque no era de origen noble, Cleón heredó una enorme fortuna que le otorgó influencia política.

El populismo en la era antigua, por lo tanto, no surgió desde abajo, es decir como movimientos premeditados de las clases desfavorecidas en busca de la reivindicación de sus derechos. Por el contrario, el descontento popular fue canalizado por miembros de las elites imperantes que, la gran mayoría de las veces, respondían tanto o más a calculadas ambiciones políticas que a un genuino deseo por mejorar la suerte de los necesitados. Hubo muchos factores que contribuyeron al ocaso de la democracia ateniense y de la república romana. Por ello, sería injusto, e históricamente incorrecto, imputarlo al populismo. No obstante, sí contribuyó. Salvando las evidentes distancias históricas y contextuales, la experiencia antigua no deja de resonar en los tiempos actuales.

 

José Clavijo