Durante las últimas semanas, las noticias sobre el cambio climático han inundado la atención pública a nivel internacional. El viaje de la activista sueca Greta Thunberg en velero por el Atlántico a Nueva York para asistir al Foro Internacional de las Naciones Unidas para el Cambio Climático ha sido uno de los sucesos más comentados. Sin embargo, el mensaje de la activista sueca a la asamblea inaugural parece haber caído en oídos sordos. “El problema” dice, “es el crecimiento económico y las soluciones que ustedes (políticas y políticos) proponen, las cuales no buscan o no se atreven a cuestionar este paradigma”.

En un momento en el que el tiempo de actuar para reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) —el IPCC habla de 10 años—, las y los economistas, políticos e incluso científicos a nivel internacional aún promueven el crecimiento como algo deseable y como un fin incuestionable. Incluso en México el bajo crecimiento económico se ha identificado como uno de los grandes problemas a atender de la administración en turno, sin embargo, el propósito de este artículo es cuestionar qué tan efectivo es, en términos ambientales y sociales mantener el crecimiento económico. El crecimiento económico y el modelo que lo sustenta —el capitalismo— no sólo deben ser considerados como un problema socio-ambiental, sino que deben posicionarse en el centro de la crisis climática a nivel global.

Ilustración: Ricardo Figueroa

En 1971 el bioeconomista Nicholas Georgescu-Roegen (G-R) propuso una de las críticas más importantes al crecimiento económico: nada en el universo crece indefinidamente, sin embargo un modelo económico que requiere de la producción de cada vez más plusvalía requiere a su vez el crecer indefinidamente. La idea de G-R y posteriormente de otros economistas ecológicos, era explicar cómo en un sistema cerrado como es la tierra —en donde se inserta luz solar, la cual toma tiempo o espacio para aprovecharse, por ejemplo en forma de petróleo o a través de paneles solares, respectivamente— es imposible pensar en mantener un crecimiento económico ad infínitum, o en otras palabras, el crecimiento económico tiene límites entrópicos. La crítica de G-R era que el modelo económico bajo el capitalismo (y en ese momento en el socialismo de estado soviético), que persigue el crecimiento económico, va en contra de las leyes de la física y la naturaleza.

La propuesta de G-R pasó relativamente inadvertida, sin embargo un año más tarde la publicación de Los límites del crecimiento, por el Club de Roma estableció que efectivamente existen límites en la posibilidad de seguir creciendo. El Informe sirvió para demostrar que, la forma en la que hemos conducido el modelo económico actual supone que las demandas y necesidades sociales son infinitas, mientas que los recursos y la capacidad de la tierra de absorber nuestros desechos es limitada. La propuesta de los límites pronto pasó a ser rápidamente cuestionada por economistas, bajo el argumento de que la tecnología —por ejemplo el ser más eficientes con el uso de los recursos— nos permitiría superar esa escasez y mantener el crecimiento económico. A casi 50 años del informe del Club de Roma la discusión de los límites no parece haberse desvanecido, al contrario los límites son más reales que nunca. La diferencia es que hoy hablamos de límites planetarios y no de límites del crecimiento o de la población.

Por un lado, en un mundo en donde la proporción de los materiales que se insertan en la economía, el 44% de aún son combustibles fósiles y en donde el 79.7% de toda la energía primaria aún depende de los combustibles fósiles, las leyes de la física indican que mantener el crecimiento económico de manera perpetua puede ser catastrófico para la vida en la tierra. Debido a que el modelo económico degrada reservas de alto contenido energético (y baja entropía) como los combustibles fósiles para producir emisiones y calor (de alta entropía), las cuales no se pueden aprovechar, el metabolismo de las sociedades modernas, es decir la forma de consumir a través de cadenas de valor globalizadas y la percepción de que es posible satisfacer todas nuestras demandas sin reconocer límites, está propiciando un rápido y acelerado calentamiento del planeta.

Por el otro lado, ese mismo cuestionamiento sobre los límites también llevó a otros ambientalistas a realizar aseveraciones escandalosas en torno a la cantidad de personas en el planeta y a reducir el problema a patrones de consumo individuales. Esta historia tanto del movimiento ambiental como del sistema económico hoy son parte del gran problema al que nos enfrentamos. El apuntar a la población como un problema ambiental supone ignorar la ecología y la forma en la que el capitalismo produce relaciones sociales. Esto es importante si consideremos que el gran crecimiento poblacional en el futuro será en países del continente africano, por lo que la desaceleración de la población global implicaría limitar el crecimiento poblacional en estos países. Asimismo, este argumento deja de lado la gran desigualdad implícita en el consumo de recursos a nivel global: Tan sólo 100 empresas son responsables del 52% de las emisiones globales mientras que el 7% de la población es responsable de más de 50% de las emisiones de GEI, mientras que el 50% de la población no contribuye ni con el 7% de las emisiones.

El avance de la tecnología ha permitido a un reducido número de personas el acumular una impresionante cantidad de recursos y riqueza. Esto ha sido posible al hacer más eficiente el desarrollo de actividades energéticamente intensivas, el mantener niveles de extracción de recursos sin ningún precedente histórico y el progresivamente incrementar los niveles de consumo de esta élite alrededor del planeta. Sin embargo y aunque aún abunden los recursos en el planeta, la extracción de estos se ha expandido a tal grado que el costo social y ambiental de hacerlo es cada vez más alto.

Esta es una de las características que normalmente no se reconoce del modelo económico actual y por la cual es imposible hablar de una economía verde, circular, sustentable, etc. El capitalismo funciona a través de la extracción y acumulación de plusvalía. Cuando algo deja de producir suficiente plusvalía, el modelo económico encuentra la forma de empujar una mercantilización de  otro sector, para lo cual utiliza  una serie de estrategias a su disposición como la financialización (es decir la libertad de movilizar grades cantidades de capital), la subjetivización de personas históricamente desrepresentadas como los extractos más pobres de la población, las mujeres o las comunidades indígenas; la apropiación de la naturaleza y la extracción de minerales, agua y comida animal y vegetal. El apropiarse de la plusvalía que se produce de estas personas, materiales y “servicios” ha hecho que el crecimiento parezca una condición natural para algunos pocos, mientras que significa más violencia para muchas personas, especies y ecosistemas.

En este sentido, el mantener el crecimiento económico, particularmente a través de un sistema capitalista, tiene consecuencias negativas sumamente significativas, las cuales en el largo plazo pueden ser catastróficas. Siguiendo a las y los economistas ecológicos se presentan cuatro características fundamentales: la primera, que el crecimiento económico no es algo natural ni algo socialmente deseable; La segunda, que el crecimiento es socialmente injusto; La tercera, que el crecimiento económico es ambientalmente insostenible, produciendo un impacto cada vez más acelerado para los ecosistemas y la vida en el planeta, e incluso anti-económico y la cuarta, que México debería considerar seriamente el instituir otras formas de medir el bienestar.

En primera instancia, la idea de que el crecimiento económico es algo deseable, algo natural o algo necesario para asegurar el bienestar es falsa. El crecimiento económico no es ni natural ni inevitable. Como todo sistema económico, el crecimiento es una construcción social que depende de decisiones políticas. Para muchos economistas el crecimiento no es otra cosa que el reflejo de una economía saludable: una regida por el libre mercado, en el que la “naturaleza humana” continuará expandiéndose debido a nuestra capacidad e inteligencia para hacerlo. Sin embargo, nada en el sistema natural crece indefinidamente y ninguna especie crece al infinito. Al mismo tiempo, este paradigma emergió hace apenas dos siglos y tan sólo en algunos lugares del planeta.

Por otro lado, el crecimiento económico tampoco es algo socialmente deseable. Desde los indicadores que utilizamos hasta la forma en la que el sistema económico concentra la plusvalía, es decir, la riqueza producida se ha concentrado y acumulado por un reducido número de personas. Los economistas han hecho muy explícito el hecho de que el Producto Interno Bruto (PIB), la principal forma de medir la producción de un país, no es un indicador diseñado para medir el bienestar. La idea detrás de que el crecimiento económico puede contribuir al bienestar no está ligada directamente con la idea de lleva a una vida más plena y feliz: Aunque es cierto que mantener ciertos niveles de crecimiento puede ser importante para que personas puedan obtener bienes materiales y ciertos servicios necesarios (como un sistema nacional de salud, infraestructura pública, educación, una pensión, etc.) que son factores importantes para mantener una seguridad laboral y familiar, después de cierto punto, la acumulación de la riqueza no lleva a un mayor grado de felicidad. En otras palabras, un mayor ingreso per capita puede significar un incremento en el estilo material de vida, pero no en el estado emocional o la felicidad de las personas.

Lo mismo puede decirse para los índices de esperanza de vida y bienestar. Países desarrollados tienen una esperanza de vida muy alta, pero otros países con una menor ingreso per capita han alcanzado los mismos niveles de esperanza de vida, por ejemplo Costa Rica o Cuba tienen la misma esperanza de vida que alguien viviendo en España y más que algunas personas viviendo en los Estados Unidos, esto a pesar de que su ingreso puede llegar a ser hasta cinco o hasta  10 veces menor que en el de otros países. En otras palabras, el estado de bienestar emocional, la esperanza de vida y la felicidad después de cierto punto, no están ligadas a un mayor crecimiento económico. Lo anterior implica que efectivamente cada país debe alcanzar un cierto grado de crecimiento, pero perpetuarlo a la infinidad no tiene ninguna justificación social.

En términos ambientales, el crecimiento también es problemático. Como ya se estableció el crecimiento se preocupa por la producción por lo que los costos ambientales que esta producción impliquen pueden ser negativos para el ambiente. Por ejemplo, si llegase a haber un derrame por la producción petrolera, la cual se mide en el PIB, el limpiar el desastre también implicaría un aumento en el PIB. En términos generales, el modelo económico depende de la extracción de materiales y su transformación para producir una plusvalía. Sin embargo, si el PIB a nivel global continúa creciendo, la demanda de materiales se incrementaría y en términos reales, implicaría una extracción cada vez mayor de materiales y la producción de cada vez más emisiones. Esto normalmente se trivializa al hablar de la eficiencia energética o la substitución de fuentes de energía, en donde el ser más eficientes nos permite hacer más con menos o simplemente substituir una forma de producción contaminante por otro más limpia.

Sin embargo, mientras la demanda a nivel global no desista, aunque tengamos algunas ganancias al ser más eficientes y utilizar menos recursos, la extracción de materiales continuará. Además de que los índices de eficiencia necesarios para desacoplar el crecimiento económico de la extracción material o de la reducción de emisiones están muy lejos de los necesarios para realmente enverdecer la economía. El ejemplo más claro es el de las emisiones de la aviación a nivel global, aunque se invierta constantemente en equipos más eficientes y la distancia recorrida por litro de combustible sea mayor, mientras la demanda no se reduzca el impacto ambiental y social seguirá creciendo. Lo mismo puede decirse de la substitución de tecnología. El avance de las fronteras de extracción a través del desarrollo tecnológico y la creación de nuevos mercados implica un proceso sumamente violento y que implica una acumulación del espacio. Por ejemplo, la energía renovable está cubriendo apenas una pequeña parte de la demanda global de energía (apenas el 20.3%), sin embargo no está substituyendo la demanda global de fósiles en el tiempo y la forma (social y ambientalmente justa) necesaria para hablar de un límite global de temperatura en 1.5°C para finales del presente siglo.

Finalmente, es importante establecer que el continuar midiendo el PIB no sólo es problemático sino que apunta a continuar midiendo estas características de la degradación ambiental. De acuerdo con el INEGI, en México el costo asociado a la degradación y el agotamiento de las reservas ambientales es de cerca del 4.7% del PIB. Este impacto se ha acumulado con una taza de promedio anual de alrededor del 6% anual desde 2003, esto quiere decir que en el largo plazo la degradación de los recursos y la capacidad de la naturaleza de absorber los impactos alcanzará un límite. En este mismo sentido, los costos asociados con la salud, la pérdida de biodiversidad y del patrimonio biocultural y la explotación del trabajo doméstico y la contaminación y su ‘limpieza’ entre otras, puede hacer que el PIB se incremente a pesar de significar un costo asociado en recuperación cada vez más alto.

Aunque ninguno de los indicadores alternativos al PIB disponibles es “perfecto” algunos que miden la huella ecológica por consumo individual, la desigualdad, la estabilidad familiar, degradación de los ecosistemas, el costo asociado a las guerras y la felicidad entre otros indicadores demuestran que incluso países desarrollados en el Norte Global han continuado su acumulación de riqueza material pero sin cambios substanciales en su bienestar.

En este sentido, nos encontramos en un momento crítico en las discusiones internacionales de cambio climático. Podemos seguir pretendiendo, como muchos ambientalistas o economistas, que el crecimiento es algo ambiental, social y económicamente deseable y que, a través de la tecnología y el poner un precio a las externalidades ambientales de la producción (como el CO2) será suficiente para atender el problema; o podemos reconocer de una vez por todas que el de tratar de enverdecer un modelo que inherentemente depende de la degradación y de la explotación no es posible.

En este sentido, es muy poco probable que se obtenga una solución efectiva, real o viable  de la cumbre de Naciones Unidas. Las soluciones a un problema no pueden emanar de propuestas que no cuestionen el papel del crecimiento económico y las relaciones sociales y de poder producidas por el capitalismo. Por lo tanto, la solución al problema por definición, no puede ser el profundizar y acelerar el crecimiento económico. Así, soluciones como la energía nuclear o la geoingeniería que no solamente tendrán nuevos impactos sociales y ambientales sino que servirán para obscurecer el verdadero problema de la naturaleza expansionista del modelo capitalista.

Lo que necesitamos es imaginar algo distinto, algo que cuestione, resista y proponga nuevas formas de actuar, medir y vivir. Es momento de escuchar el llamado de todas las y los jóvenes que estuvieron protestando durante las últimas semanas alrededor del mundo. Al terminar su discurso, ya entre lágrimas, Greta Thunberg hacia una fuerte declaración al respecto: “¡Cómo se atreven a seguir hablando de crecimiento económico!”. Es momento de actuar y esto implica comenzar a cuestionar la necesidad de seguir creciendo.

 

Carlos Tornel
Estudiante de Doctorado en Geografía Humana en la Universidad de Durham, Inglaterra.