En 1619, un navío negrero holandés recaló en las costas del actual estado de Virginia para desembarcar a una veintena de africanos sustraídos de su continente en contra de su voluntad y llevados, como esclavos, hasta las entonces colonias británicas de la costa este americana. Aquel fue el primer capítulo de una larga, oscura y violenta historia, la de la esclavitud en América del Norte. Una historia que, a la fecha, desafortunadamente, se sigue escribiendo. Hoy, a 400 años de distancia de la llegada de aquellos primeros afroamericanos a lo que hoy son los Estados Unidos, la conmemoración deja poco que celebrar y mucho que pensar. Hoy, aunque de forma distinta, la esclavitud sigue tan presente como en aquel entonces y México, nos guste o no, juega un papel en ello. Las redes de trata de personas y de tráfico humano, tan sanguinarias y crueles como las de los siglos XVII y XVIII, persisten, mientras las sociedades y las clases políticas, más allá de las fronteras nacionales, siguen empeñadas en criminalizar a sus víctimas.

“¡Libérennos, África llora!”, se lee en una manta de algodón blanco que dibuja el contorno del continente negro. Otra media docena de mantas y cartones pintados a mano colorean el centro de Tapachula. Estamos a finales de agosto y el oprobioso calor húmedo de la ciudad chiapaneca no da tregua. Como tampoco la dan los casi siete mil migrantes de origen subsahariano, de acuerdo con estimaciones de la Subsecretaria de Derechos Humanos y Migración federal, que se encuentran varados en el extremo sur de nuestro país, en una especie de limbo, casi tan insufrible como el camino que les ha traído hasta ahí y tan insoportable como las distintas situaciones en sus lugares de origen que en un principio los animaron a buscar un futuro distinto. “Esto no es de Dios” grita con una mezcla de desesperación, angustia y coraje una joven congoleña madre de dos, que se hace llamar Anita.

Ilustración: David Peón

La situación al interior y en derredores de la estación migratoria Siglo XXI de Tapachula llegó en ese clímax veraniego a un punto de quiebre. La muerte en detención de un migrante haitiano al interior de dicha estación y los motines subsiguientes ante la hacinación, falta de condiciones salubres y certidumbre jurídica para los internos, una mayoría importante de origen africano, regalaron al mundo escenas caóticas y deplorables que culminaron con fotografías denigrantes de fuerzas militares mexicanas enfrentando a indefensos migrantes y solicitantes de asilo africanos. La presión en el gobierno federal para hacer frente a demandas insostenibles por parte de la actual administración americana en materia migratoria ha llevado a tomar decisiones que contravienen la tradición mexicana en materia de refugio y migración. Afectando la imagen del país ante los principales órganos internacionales en la materia, incluidos los Altos Comisionados de Naciones Unidas para los Refugiados y para los Derechos Humanos, y condenando injustamente a uno de los grupos migrantes y de refugiados más vulnerables, el de los subsaharianos. 

La ruta migratoria desde el corazón del continente negro hacia el norte del continente americano no es nueva, durante los años de apertura del gobierno progresista de Lula Da Silva en Brasil hacia el África subsahariana, la movilidad entre los países de aquel continente y el gigante suramericano mejoró considerablemente. Muchas nacionalidades africanas se beneficiaron de una política exterior brasileña que flexibilizó sus requisitos migratorios, desapareciendo incluso los visados. Una serie de factores en los años subsiguientes allanaron el camino para la que se convertiría en una ruta migratoria transamazónica y transandina hacia el istmo centroamericano y finalmente México, los ojos puestos siempre en los Estados Unidos. Las turbulencias económicas, políticas y sociales en el Brasil de los últimos años del Partido de los Trabajadores, la creciente inestabilidad en Venezuela, el colapso del régimen libio de Muamar Gadafi y el recrudecimiento de la política europea de asilo asentada en acuerdos con países como Marruecos, Níger y Turquía, dieron sentido y plusvalía a la ruta panamericana no solo para quienes desesperados buscaban escapar de la perenne violencia interétnica y económica en la cuenca del Congo, el delta del Níger, el cuerno de África o la región de los Grandes Lagos, sino para las redes de trata y de tráfico de personas que siempre buscan multiplicar sus réditos. La suerte de angoleños, cameruneses, nigerianos, burkinabés, congoleños, eritreos, mozambiqueños y guineanos estaba echada. La terminó de sellar la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y los acuerdos migratorios de ésta con la administración de la Cuarta Transformación mexicana. Las puertas de América se cerraban para África, pero con los africanos dentro, amontonados y encerrados; encadenados a un futuro incierto, fuera de sus manos y que no les pertenece. Una nueva forma de esclavitud, a cargo de las redes del crimen organizado y de gobiernos que se niegan a reconocer su papel en el libre tránsito, de ideas y de personas, indistintamente de nacionalidades y calidades migratorias.

Uno de los capítulos menos conocidos en la historia de las relaciones entre México y los Estados Unidos, que se encuentra estrechamente relacionado con la historia de la esclavitud y que bien merece la pena rescatar en esta coyuntura, es el periplo del pueblo mascogo. Una comunidad de afrodescendientes asentada en el municipio coahuilense de Múzquiz desde 1852, cuyos representantes hablan no solo español sino también inglés criollo, similar al que se escuchaba en las plantaciones de arroz del sur de Georgia y de las Carolinas en el siglo dieciocho, en donde sus antepasados trabajaron como esclavos y desde donde algunos escaparon, del trabajo forzado y de la esclavitud, para establecerse en la entonces Florida española, donde tales condenas habían sido abolidas.

En la Florida, aquellos cimarrones se aliaron con los pueblos indígenas locales, los seminolas, formando comunidades independientes que desarrollaron un fuerte sentido identitario y que convivían pacíficamente con los colonos españoles. Cuando España vende la Florida a los Estados Unidos, tras la firma del tratado Adams-Onís que entra en vigor en 1821, la situación de los mascogos y seminolas cambia radicalmente. La migración forzada, impulsada desde Washington, hacia territorios al oeste del río Misisipí, implicó el mayor movimiento poblacional de la época, principalmente hacia la actual Oklahoma, y significó, para muchos, la vuelta a la esclavitud y a los trabajos forzados de los cuales en su momento huyeron. Fue así como un grupo de aquellos mascogos buscó pedir refugio en México, concedido por las autoridades federales mexicanas, con libertad, tierras y nacionalidad de por medio, a cambio de que los recién llegados seminolas negros ayudasen a defender la desde ya entonces porosa frontera entre ambos países. Hoy, a 170 años de distancia, los mascogos de Coahuila representan un reducto cultural, testimonio de la diversidad mexicana, y una prueba histórica de que las cosas pueden y deben de ser diferentes cuando se trata de movimientos poblacionales, solicitantes de asilo y refugio.

La abolición de la esclavitud distinguía en esa parte del siglo diecinueve a México de los Estados Unidos, hoy el desprecio por los migrantes y los solicitantes de asilo les iguala. La militarización de las fronteras y la mal entendida tolerancia cero a migrantes, solicitantes de asilo o refugio en tránsito por territorio mexicano, son medidas sin precedentes en un país, como el nuestro, que histórica, social, cultural y políticamente es lugar de acogida para quien migra o busca protección. El encierro, en muchos casos incomunicado y por espacio de meses, de un número considerable de migrantes y solicitantes de asilo de origen africano en Tapachula ha convertido a la estación migratoria Siglo XXI, en el centro de detención migratoria más grande de América Latina. Hoy al africano en México, migrante o no, se le criminaliza y, contrario a su voluntad, se le detiene y de cierta forma se le esclaviza.

 

 

Diego Gómez Pickering
Diplomático, periodista y escritor. Su libro más reciente es Diario de Londres, Taurus, 2019.