El 3 de octubre se cumplió un año del asesinato del periodista saudí y columnista de The Washington Post Jamal Khashoggi, por parte de agentes de Arabia Saudita, en el consulado de ese país en Estambúl, Turquía. Al respecto, en las páginas de La Jornada Veracruz escribí que el cinismo del Estado saudí para asesinar a un periodista incómodo dentro de instalaciones diplomáticas y en un país extranjero representaba “un transgresión importante de la costumbre en el ejercicio de la razón de Estado —aún para los estándares de una dictadura” como la saudí. Entonces concluí que si el gobierno de Arabia Saudita no enfrentaba costos sensibles por haber perpetrado un crimen de esta naturaleza, el caso de Khashoggi sentaría un muy peligroso precedente pues abriría la puerta a que otros Estados que se hubiesen contenido en el uso de la fuerza y la violencia de manera abierta para la consecución de sus intereses nacionales, comenzaran a pensar en esa opción como válida y potencialmente rentable.

Con motivo de la conmemoración, el diario estadounidense donde Khashoggi escribía regularmente publicó un artículo de opinión firmado por el presidente turco Recep Tayyip Erdogan. Los dos primeros enunciados no tienen desperdicio, y vale la pena recuperarlos íntegramente. Dice quien despacha en Ankara:

El asesinato del columnista de The Washington Post Jamal Khashoggi fue posiblemente el acontecimiento más influyente y controvertido del [lo que va] del siglo XXI, con excepción de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Ningún otro evento desde el 11-S ha representado una amenaza tan seria al orden internacional o ha desafiado las convenciones que el mundo ha venido a dar por sentado.

Podría pensarse que Erdogan recurre a la hipérbole al equiparar los dos acontecimientos. Pero no es el caso. Y ha sido el propio presidente turco quien ha demostrado con acciones que, en efecto, el precedente que sentó el asesinato del periodista saudí sí que plantea una seria amenaza al orden internacional.

Ilustración: Patricio Betteo

 

El lunes 7 de octubre se supo que las tropas estadunidenses que permanecían desplegadas en el norte de Siria, en la región fronteriza con Turquía, serían retiradas por orden de Donald Trump, quien con el anuncio pretendía cumplir con su promesa de campaña de terminar con las aventuras militares estadunidenses en ultramar. El anuncio se dio después de que acordara con su contraparte turca, el presidente Erdogan, de que serían las fuerzas armadas turcas las que se encargarían de mantener la supuesta lucha contra los remanentes de la organización terrorista Estado Islámico en esa región de Siria.

Lo que no le dijo Erdogan a Trump es que, más que el Estado Islámico, lo que le interesa a Turquía es el establecimiento de una franja de 30 kilómetros hacia adentro del territorio sirio, en dónde poder reubicar a varios cientos de miles de refugiados asentados en su país, que huyeron precisamente de Siria por la cruenta guerra civil que ha asolado a ese país desde hace ocho años. Más complicado aún, en esa región de Siria los principales aliados de Estados Unidos en la lucha por neutralizar y capturar a cientos de miembros del Estado Islámico fueron las milicias kurdas —armadas y entrenadas por Washington.

Los kurdos son acaso el grupo nacional más numeroso del mundo sin contar con un Estado propio, pues habitan regiones del sureste de Turquía, el norte de Siria e Irak, y el noroeste de Irán. Habiendo sufrido la marginación, cuando no la abierta exclusión y afán exterminador por parte de los gobiernos de esos cuatro Estados, para los kurdos la alianza con Estados Unidos no se trataba tanto de combatir al terrorismo del Estado Islámico, sino de contar con el financiamiento y la protección estadounidense frente al potencial riesgo de un nuevo esfuerzo bélico por parte de Turquía en su contra. En resumen, la guerra civil siria ha significado y significa cosas distintas para cada uno de estos actores. Para Estados Unidos, es un teatro más de su guerra global contra el terrorismo; para los kurdos, un nuevo episodio en su larga guerra por la autodeterminación; y para Turquía, una amenaza para su frontera sureste al tiempo que la oportunidad de aprovechar el caos para lidiar con “la cuestión kurda”, a la que prácticamente desde el establecimiento del Estado turco moderno se considera una amenaza para la seguridad nacional e integridad territorial.

La evacuación de las tropas estadounidenses, entonces, significó dejar a su suerte a los kurdos de esa región —notablemente en desventaja frente al poder de fuego y organización del ejército regular turco. Así, apenas horas después del retiro de Estados Unidos, Turquía lanzó una ofensiva aérea y terrestre sobre el territorio sirio controlado por las milicias kurdas. Oficialmente, el plan de Ankara es el establecimiento de la referida zona de amortiguamiento de 30 kilómetros dentro de Siria a fin de reubicar a los refugiados actualmente establecidos en Turquía; no obstante, es previsible que otro objetivo de esta ofensiva, acaso más importante, sea recrudecer la violencia contra los kurdos. Y así como sufrirán los kurdos del lado sirio de la frontera, también lo harán aquellos del lado turco, considerados por el gobierno de Erdogan como terroristas.

 

La impunidad con la que Arabia Saudita logró sortear un crimen de Estado tan notorio como el de Khashoggi es un símbolo de los tiempos que corren. Las reglas no escritas y los límites “morales” a la asertividad de los Estados en la consecución de sus intereses se están erosionando, sino es que han desaparecido ya. La ofensiva turca en el norte de Siria, y lo que previsiblemente vendrá en cuanto a medidas de represión contra la población kurda en ambos lados de la frontera ha estado en la mente de los nacionalistas turcos por décadas. Las condiciones del escenario internacional actual, por tanto, han abierto la oportunidad para finalmente llevarlo a cabo con la confianza de que nadie actuará para ponerle un alto. Para bien o para mal, Erdogan lo ha visto con meridiana claridad.

 

J. Enrique Sevilla Macip
Internacionalista y politólogo.