Treinta años es una cifra peculiar en la historia. La guerra de treinta años (1618-1648) fue decisiva para el orden político de Europa al pasar de un tramado de reinos a uno de estados nacionales. Posteriormente dio materia de reflexión para lo que se consideraría como pensamiento liberal, comenzando por John Locke (1632-1704). Por otra parte, este 9 de noviembre habrán de cumplirse 30 años de la caída del Muro de Berlín en un contexto mundial oscuro y desordenado. Cada vez es más patente que entre 1989 y 2019 queda comprendido un ciclo histórico completo. En un primer plano todo indica que la caída del socialismo terminó teniendo un efecto búmeran en el capitalismo neoliberal. Lo que sea que estemos viendo que se desarrolla en Chile puede, a su vez, ser la contrapartida de lo vivido en su momento en Polonia con Solidaridad. Si bien ninguna de las dos son naciones decisivas en el orbe, lo acontecido en ellas son ejemplos de demandas que escalan y se desbordan con claros efectos anti sistémicos: anticipo de acontecimientos en escalas mayores. El paralelismo es irresistible. Pero más allá de ello las bancarrotas de uno y otro proyecto, se va esbozando una de las crisis más profundas de la modernidad en occidente después de la primera guerra mundial.

En agosto de 1914 la noción de progreso como consecuencia de un entorno cada vez más racional recibió un desmentido dramático. La humanidad, encerrada en la weberiana jaula de hierro, para domesticar sus pulsiones y someterse a las rutinas y exigencias cada vez más demandantes de la vida cotidiana y sus responsabilidades, con todo y su omnipresente cálculo costo-beneficio, encuentra una salida inesperada en una movilización masiva, catártica y loca por toda Europa, envuelta toda en cánticos con rumbo a los campos de batalla que al cabo de un año se convertirían en trincheras de lodo y desolación. Frente a la rutina de la vida diaria, la salida heroica, aunque pasara por la miseria de la vida militar. Es el sino de no pocas fracturas del tiempo histórico el ser tan paradójicas hasta perder todo sentido. Las explicaciones racionales las intentarán después los historiadores académicos, si son lo suficientemente tontos para ello.

Ilustración: Estelí Meza

Pero el apetito por alboradas no se ha apagado. Quizás esa sea hoy por hoy la mayor sorpresa.

Los grandes proyectos de redención económica, llámense socialismo o neoliberalismo terminaron siendo corrosivos del capital social que en el fondo presuponen y del que se nutrieron de manera parasitaria. Un profundo sentido ciudadanía en un caso; una civilización en torno a un ethos del trabajo, la previsión y el ahorro, en el segundo. De hecho el socialismo como proyecto total en Europa del Este, así como en el tercer mundo, demostró su incapacidad para levantar el vuelo —más allá de sus premisas erróneas— por un déficit de ciudadanía en dirigentes y dirigidos, del mismo modo que el capitalismo en América Latina, sin el respaldo de una sólida cultura burguesa arraigada en las prácticas, reflejos y reacciones de los actores económicos, se ha mostrado disfuncional con desempeños de mercado que tienden más a premiar la desigualdad y el rentismo premodernos que la eficiencia. Ambos proyectos, al erosionar vínculos y nexos sociales, terminan produciendo en masa de individuos monádicos o anómicos, es decir, sin lealtades profundas ni sentido de permanencia ni pertenencia, mismos que redescubren, aunque sea de manera efímera, la posibilidad de una vida y palpitación en común en la plaza y en la movilización más allá del administrado estadio deportivo, pintando con colores de guerra las calles y recreando en ellas fuegos primigenios y hogueras tribales. Frente a la denegación del individuo de sus facultades en tanto sujeto capaz de actuar, lo que se obtiene es su afirmación ya sea desbordada como flujo, cauce y masa o, de forma patológica, en la acción criminal: la otra salida.

Esta segunda ola de crisis civilizatoria de la modernidad que se ha venido desplegando ante nuestros ojos en tiempo real también muestra un rasgo compartido de las utopías económicas socialista y neoliberal. La creencia de que individuos y sociedades son moldeables bajo los preceptos de ideaciones sistematizadas en teorías; esa noción de que el material humano es materia prima, en el cual plasmar formas no exploradas o, también, esa visión de maqueta de la realidad social, en donde se pretenden acomodar y desacomodar sus elementos en distintas configuraciones. Lo que en un inicio fue una idea de libertad —tomar el destino en las propias manos— se convierte en un constructivismo social que requiere vanguardias y élites para idearlas y llevarlas al cabo y cuyo costo de equívocos o desatinos se socializa de inmediato. Ambas utopías económicas parten de una antropología equivocada, sea ésta la del homo aequalis o las del homo oeconomicus, que, al no encontrarlos por ningún lado en la realidad, los vuelven planos y proyectos de onerosa e imposible construcción.

Será discutible hasta qué punto Marx merezca ser recordado y maldecido por el socialismo realmente existente como Hayek por el decaído espectáculo neoliberal, pero en descargo del segundo, hay que observar que siempre sostuvo que prácticas e instituciones sociales decisivas, resultado de siglos de interacción, de calibración, de experiencia acumulada, no pueden ser comprendidas a cabalidad desde una perspectiva teórica y mucho menos ser manipuladas sin serias consecuencias como así lo pretendieron los think tanks del neoliberalismo, surgidos del denominado circuito fresh water de las universidades norteamericanas.1 De Marx por su parte, bajo el embrujo hegeliano de captar y descifrar totalidades, no cabe la menor duda que no conocía límite su apetito teorizante sobre cualquier aspecto de la existencia social —claro, con la promesa de transformarla en el mismo paquete. Sus herederos podrán haber renunciado a la narrativa maestra (o meta narrativa) de la marcha de la historia, pero ciertamente no lo han hecho a teorizar, sin restricciones ni inhibiciones, sobre la condición humana.

Y esa teorización que no encontró la misma acogida exitosa en el dominio del pensamiento económico y que ahora se conoce como posmarxismo, encontró cobijo en el medio académico de las humanidades y de las disciplinas sociales, identificando y denunciando toda interacción social concebible como una relación de poder. Es así como se elaboran los códigos del identity politics o radicalización tóxica de vindicaciones legítimas de género y etnia y fraguando las guerras culturales que desbordan los campus universitarios. En nuestras latitudes no se comprende bien que fenómenos como Trump o la cadena Fox en Estados Unidos son, entre otras cosas, parte de la horrible réplica a estas guerras culturales al tiempo que se vuelven la excusa y coartada de quienes las iniciaron, recordando el círculo perverso, autocatalítico, que ocurrió en Europa en los años veinte y treinta del siglo pasado donde los extremos hacían cada vez más difícil la vida en el centro del espectro político.

 Lo que parecería inicialmente en los noventas un desquite de académicos frente a la realidad indiferente a sus talentos, se terminó filtrando, con todo y su criptolenguaje, en la cultura y medios. Heteropatriarcado, interseccionalidad, microagresiones, espacios seguros, son ahora las consignas de lo que en el mundo angloparlante se conoce como Woke Culture y parte del arsenal vitriólico, junto con molotov, del activismo de los encapuchados o Social Justice Warriors (SJW), prototipo que vemos ahora replicado con entusiasmo creciente por avenidas y plazas de occidente. No importa que sean minorías radicales. Una vez que se va asentando en la opinión pública un ánimo rupturista los más ideológicamente comprometidos son quienes establecen el tono de los discursos y las actitudes. Como bien demostraron los bolcheviques en su momento, nunca se necesita ser una mayoría para ello. La influencia inusitada no hubiera podido darse, desde luego, sin ese enorme vacío de una existencia social centrada en el consumo —o en las expectativas de consumo— que a la vez padece los efectos de la precarización del trabajo y las formas de inserción económica que no pasan por los dominios corporativos. Tal es el trasfondo de una exigencia, creciente, incontenible e imposible de satisfacer o compensación moral a falta de la pospuesta promesa económica.

Siempre ha sido una demanda cognitiva mayor no darle, a procesos impersonales, los atributos que sólo tienen sentido en una personalidad. Uno de los éxitos mayores de la crítica cultural del capitalismo es haberle elevado a un estatus metafísico que antes ocupaba la noción del mal. Es toda una regresión cognitiva pero no menos efectiva. Así que el capitalismo es ahora en donde se proyecta todo lo que aborrecemos y tememos. En el imaginario, exponenciado por las redes sociales, el capitalismo es cada vez más un Moloch, un ídolo caprichoso e insaciable. Una deidad sin ética a la que desnudan los reclamos y desafíos prometeicos. En la edad media y aún en el renacimiento toda esfera de acción humana se encontraba en clave religiosa; la modernidad fue emancipando la política, el arte, la economía del código religioso para que cada una desarrollara los suyos propios. Ello incluso permitió el surgimiento de esferas nuevas de acción, como el deporte organizado, el mundo del espectáculo o los voluntariados. Pero ahora estamos ante un reclamo moral absoluto que lo juzga todo y lo exige todo en cualquier ámbito concebible de la interacción humana sabiendo, en el fondo, que lo que obtenga es secundario: es el reclamo, la demanda, la humillación de los privilegiados, reales o imaginarios, lo que cuenta.

Por primera vez lo que inició como un delirio teorético que colonizó las humanidades y las disciplinas sociales en las universidades desemboca en lo que sí se propuso: en una negación total, en un nihilismo que nada perdona ¿para qué tomar el poder? Mejor hacer una pesadilla de quien quiera que lo asuma. A menos, desde luego, que sí se llegara a tomar, quien quita, aunque aquí no para ejercer responsabilidades sino para culminar el proceso que mina toda noción funcional de autoridad, sin importar mucho lo que siga después. Esto es lo nuevo y aquí cualquier analogía con el bolchevismo se quiebra.

Mientras tanto, China, Japón Corea, Malasia, etc. tienen casi intactos los recursos político-culturales para mantener todo aquello a raya. Ejemplos perturbadores de autoritarismos funcionales, pero todo indica que el futuro es suyo mientras occidente, si bien no se arroja como en 1914 de cabeza a una conflagración, sí se entrega cada vez más a tendencias entrópicas y centrífugas. No hay para donde hacerse en un espacio en donde todos son víctimas y todos quieren revancha.

Pero cómo resistirse, cómo no sumarse a este espectáculo de la revuelta contra la metáfora del mal. Vale advertir que vivimos no una ola cuyos participantes realmente creen que puedan construir algo, sino para quienes la autoexpresión es en sí misma el objetivo. Quienes piensen que les darán satisfacción desde la cuidada elaboración de políticas públicas fruto de un diagnóstico para incidir y obtener ciertos resultados societales en realidad poco entienden lo que ven. Estamos ante un nuevo malestar en la cultura, por decirlo freudianamente: un fenómeno parapolítico de colectividades en el fondo profundamente desmoralizadas pero decididas a romper la marcha del tiempo homogéneo e indiferenciado con un carnaval que, al igual que en el Medioevo, se permitía trastocar, aunque sólo por un momento, valores y jerarquías. La diferencia ahora es que estas irrupciones de motines urbanos cada vez más violentos, además de tener un contenido mayor de resentimiento metafísico que lúdico, son una interrupción del tiempo que juega a invocar el fin del mundo para que otros hablen y diserten sin pausa sobre el fin del capitalismo, más que del agotamiento de la capacidad de soñar e inspirar de Occidente.

 

Rodrigo Negrete
Economista, estadístico y ensayista


1 Mismos que acuñaron el denominado “modelo general dinámico-estocástico” o la gran teoría híper matematizada sobre las virtudes del neoliberalismo y de la que Hayek hubiera sido el primero en reírse por intentar un nivel de sofisticación completamente fuera de lugar.