En 1961 se comenzaba a construir un muro que dividiría por un periodo de 28 años a la ciudad de Berlín y aislaría a los habitantes, fraccionaría familias y escenificaría la dinámica de la Guerra Fría. 106 km de concreto gris separaban a Berlín del este de Berlín del oeste. Varios intentos de fuga por parte de los ciudadanos del sector comunista hacia el oeste tenían lugar día a día desde los inicios de su construcción. Durante casi tres décadas, el único modo de pasar de este a oeste era ser capaz de superar una serie de obstáculos que componían la llamada Todesstreifen (“línea de la muerte”): barreras de alambrado de púas, torres de vigilancia y soldados armados eran sólo algunas de las trabas a las que los berlineses del este se enfrentaban. Otra de las opciones era intentar fugarse por medio de túneles subterráneos con el riesgo de ser descubiertos por la Stasi. Cualquiera que osara escapar y fuera sorprendido en el intento, sería fusilado.

El muro representaba la falta de libertades bajo el régimen comunista y la existencia de “dos Alemanias”: en el este, la República Democrática Alemana (RDA) perteneciente al bloque soviético y en el oeste, el estado democrático de la República Federal Alemana (RFA). Marcaba también la división entre el bloque socialista y el bloque capitalista durante la Guerra Fría.

Ilustración: Oldemar González

El año de 1989 marcó el fin de una era y el inicio de un periodo histórico: “el fin” del socialismo y  el desmantelamiento de la Unión Soviética (U.R.S.S.), al igual que el término de la era bipolar caracterizado por la confrontación ideológica, política, científica, tecnológica y militar entre las dos superpotencias (Estados Unidos y la U.R.S.S.). Trajo consigo el advenimiento de “un nuevo orden mundial” basado en el consenso neoliberal, el multilateralismo, la globalización económica, la ampliación de la OTAN y el “Atlantismo”.

1989 significó también la creación de una nueva narrativa de unidad nacional alemana, un proyecto sumamente complejo de definición de lo que sería la “identidad nacional” y la simbiosis entre dos Estados con sistemas totalmente distintos conocida como el proceso de “reunificación” (Deutsche Wiedervereinigung).1 Dentro del discurso y narrativa occidentales, la unificación de la RDA y RFA era necesaria para atender el deseo de libertad y unidad para todo el pueblo. A los alemanes orientales “se les ofreció” la posibilidad de formar parte una Alemania unida dentro de una Europa unida.

Han pasado 10, 957 días desde el 9 de noviembre de 1989. Después de treinta años estos números y esta fecha podrían no tener algún significado relevante o estar ausentes de la memoria colectiva a menos que se precise lo que sucedió en ese momento. A las 23:30 de aquel caótico día fue abierta la barrera ubicada en Bornholmerstrasse que marcaba uno de los confines entre Berlín del este y del oeste. Fue el inicio de la caída del muro.

Es entonces cuando nuestra memoria comienza a ponerse en movimiento. Los recuerdos (o las imágenes, en el caso de las generaciones más jóvenes), empiezan a fluir en la mente de las personas: los primeros abrazos entre familiares y amigos que estuvieron separados por años, los  golpes y martillazos contra el muro, el eco de la palabra Freiheit (libertad) que retumba sobre Berlín, los festejos de la gente en Potsdamer Platz y en la Puerta de Brandemburgo.

Once meses después, el 3 de octubre de 1990, después de una dura y apresurada carrera social y política, Alemania festejaba ante el mundo entero la tan deseada —y agotadora— reunificación. El canciller Helmut Kohl había logrado en un tiempo récord lo que ni en sus sueños más fervientes hubiera imaginado al momento de su tercera victoria electoral en 1987. Sin embargo, tampoco habría sido capaz de percibir o de leer en la mirada de sus compatriotas una pregunta que solo a la distancia de treinta años puede formularse: ¿cuál ha sido el  verdadero precio que Alemania ha tenido que pagar por la reunificación?

Más allá de las opiniones personales, los datos nos muestran una respuesta bastante clara: la reunificación en realidad no ha ocurrido del todo. O peor aún, en cierto sentido ha fracasado. Esta afirmación puede representar un golpe en el estómago si se compara con el valor simbólico que tiene la caída del muro.

Tristemente, las cifras nos revelan una realidad distinta para la exRDA, la cual se ha enfrentado a una tasa altísima de despoblación en las áreas rurales, principalmente a causa de la migración hacia los estados de la antigua RFA;2 una crisis industrial que se viene arrastrando desde la década de los noventa y que ha generado una tasa de desempleo en el este de Alemania significativamente más alta que en el oeste. A esto se suman el retraso en materia de infraestructura y sistema de transportes y las preocupantes estadísticas en materia de salud y educación (i.e. una elevada tasa de abandono de la escuela; baja calidad de la educación en comparación con los estados federales del oeste).3 En este sentido, contrariamente a lo que se pensaba al momento de la reunificación, el este del país no ha llegado a ser tan próspero como el oeste. Pero quizás el aspecto más preocupante y terrible de todos tiene que ver con el gran abismo social que separa a los Länder orientales de los occidentales. De acuerdo un reporte del Institut für Demoskopie Allensbach, más de un tercio de los alemanes del este se describen así mismos como “ciudadanos de segunda clase”. No es sorprendente que actualmente los alemanes del este piensen, sientan y voten de manera diferente a los alemanes del oeste.

En la opinión de muchos ossis (como coloquialmente se les llamaba a los alemanes del este), la tan criticada e insultada RDA no era en realidad tan mala, sobre todo desde el punto de vista del sistema social. Hablando con algunos de ellos, nos da la sensación de que existe un cierto sentimiento nostálgico por la antigua Alemania oriental. Se vivía de forma modesta, “pero se vivía decentemente”.

Probablemente los que piensan así son personas que no tuvieron nada que ver con las garras del aparato estatal o, peor aún, con la Stasi (la organización responsable de la seguridad interna de Alemania oriental). Sin embargo,  sigue siendo una opinión que la actual Alemania debiera tener en consideración. El hecho de sentir nostalgia por un Estado socialista con fronteras cerradas y preferirlo a una de las democracias más avanzadas del continente europeo, no es algo que debe pasarse de largo.

Por otro lado, existen también los alemanes orientales que se sienten traicionados por las promesas que hicieron los políticos al momento de la reunificación y que fueron testigos del desmantelamiento de un país que —para bien o para mal— fue su patria durante cuarenta años.4 Para muchas de estas personas significó sobre todo un proceso de “anexión”, no de reunificación. Para ellos, prácticamente la antigua Alemania Federal impuso sus propias reglas y modelo sobre la RDA, colonizándola para después abandonarla. Así, el proceso de unificación ha traído consigo un enorme sentimiento de rabia y frustración entre la población de la antigua Alemania oriental y que ha podido observarse con claridad en los resultados electorales de los últimos cinco años: los Länder del este son aquellos en los que los movimientos xenófobos y la derecha populista radical han adquirido una presencia importante.

Hoy Alemania observa preocupada y casi impotente, el producto de sus propias carencias.

Sólo han pasado tres décadas desde que la izquierda socialista se ha ido desvaneciendo y la extrema derecha ha ido ganando terreno. Tres décadas que han sido suficientes para que esta última haya cobrado una fuerza significativa de tal manera que ha sido capaz de posicionarse como la tercera fuerza política en el Bundestag en las últimas elecciones generales en 2017.  Asimismo, en las últimas elecciones regionales en los estados de la antigua Alemania oriental celebradas el 1 de septiembre de 2019, la extrema derecha representada por el partido AfD logró el 27. 5%  de los votos en Sajonia y el 23. 5% en Brandemburgo con 23 escaños de un total de 88 en el Landtag (parlamento regional), convirtiéndola en la segunda fuerza política en estos estados.

Como bien sabemos, actualmente en Europa (y en muchas otras partes del mundo), existe una fuerte tendencia por parte del electorado hacia los partidos de derecha populista, que ha sido fortalecida por la situación de crisis migratoria, el rechazo a los refugiados, el miedo, la intolerancia y la desconfianza hacia las instituciones y los partidos tradicionales. Esto podría parecer que la presencia de la extrema derecha en Alemania sea parte de una tendencia generalizada en las democracias occidentales. Sin embargo, a diferencia de otros países europeos, en este país existe una clara ausencia de un sentimiento de pertenencia a un Estado unitario, pues la mayor parte de los ciudadanos de los estados del este se sienten abandonados o, peor, traicionados, por parte del Estado alemán. Las promesas del 1990 fueron en gran medida desatendidas y las palabras sobre una reunificación en términos de igualdad de oportunidades y de desarrollo económico permanecieron solo en un nivel meramente teórico.

Probablemente en un futuro próximo, Alemania será capaz de lograr una auténtica unificación: las nuevas generaciones nacerán con una percepción menos negativa sobre el proceso de reunificación y de las desigualdades sociales y económicas que han acompañado a este país desde la caída del muro. Las diferencias entre los Länder de la vieja RDA y los del oeste se irán reduciendo con el paso de los años. El Estado alemán podrá entonces relajarse, pues eso que buscaba probablemente sucederá. Lo que no puede hacer en este trigésimo aniversario de la caída del muro es celebrar superficialmente la reunificación y aparentar que el objetivo puesto en 1990 ya ha sido logrado. Para entender por qué la reunificación es todavía un fenómeno incompleto, tan solo necesitamos comprender y reflexionar un poco sobre el sentido gramatical de la palabra “unificar”, que tiene que ver con la idea de hacer que varias cosas diferentes o separadas se “unan” o mezclen para formar parte de un todo o “tengan una misma finalidad”.

Actualmente Alemania no es un todo, ni tampoco está lo suficientemente unida en términos socioeconómicos —como le gustaría en realidad. El Estado alemán no tendría que olvidarse de las diferencias que permanecen al interior de su propio territorio, ni ser capaz de reflexionar sobre los errores cometidos en estos 30 años y afrontar sin miedos, las imperfecciones fisiológicas de un proceso tan importante y complejo. Sólo así podrá llegar en algunos años, a festejar plenamente una auténtica y completa reunificación.

 

Francesco Somigli
Escritor y periodista. Autor del libro Convivere con la memetica (en lengua italiana) y articulista en la revista Yanez Magazine con sede en Berlín.

María del Carmen Sandoval Velasco
Doctora en Ciencia Política por la Universidad de Siegen, Alemania.


1 El proceso de reunificación política de Alemania concluyó formalmente el 3 de octubre de 1990.

2 Actualmente, la mayor parte de los estados federales que formaban parte de la antigua RFA son los más industrializados y con una gran solvencia económica (i.e. Baviera, Westfalia del Norte, Baden-Wurtemberg y Hesse).

3 Véase sitio oficial de la Statistische Ämter des Bundes und der Länder (Agencia de estadística alemana).

4 La fundación de la República Democrática Alemana tuvo lugar en el año de 1949.