A casi 50 años de que la llamada tercera revolución industrial diera paso a un estallido en el crecimiento del número y frecuencia de las interacciones globales, el escenario de altísima interconectividad que experimentamos hoy en día es algo que para la mayoría de las personas en este planeta (aquellos que estarían conectados) es inherente a la vida misma, difícilmente podríamos concebir la posibilidad de que las cosas sean de otra forma. Se podría decir que la globalización es algo que damos por sentado. Pero a pesar ello, lo normal es que sigamos conduciendo nuestras vidas a partir de viejas categorías que ya no describen la situación actual. Tal parece que el aumento en la complejidad que ha traído consigo la globalización no ha provocado que las sociedades se acerquen aceleradamente a una luhmanniana diferenciación funcional, antes que eso, lo que hay se asemeja más a una especie de psicosis colectiva caracterizada por nuestra incapacidad para percibir las connotaciones globales de lo que consideramos como local, o para percibir el potencial global que tienen nuestras interacciones locales.

Esto ha provocado que en la forma en cómo se experimenta la condición humana global actual puedan ser identificados tres planos existenciales diferenciados entre sí: el de lo global, que sería interpretado como si se tratara del orden natural de las cosas; el de lo local o lo propio, que sería visto como aquellos elementos que estarían dentro de nuestro campo de acción y entendimiento; y finalmente, el mundo de lo ajeno, aquello que como lo contrario al mundo de lo propio estaría constituido por lo desconocido. En este sentido, elementos eminentemente globales de la vida moderna son asumidos casi como si del orden natural de las cosas se tratara, parecen haber estado siempre allí y difícilmente podríamos imaginar la vida sin ellos. Tal es el caso, por ejemplo, de la existencia de internet, de la función que cumple Twitter dentro de la esfera pública, de la aparentemente ineludible utilización de algún servicio ofrecido por Alphabet (Google) o Facebook, o del consumo de productos culturales como The Rolling Stones o Star Wars, etc. Se trata de elementos globales que ya no serían propios de su lugar de origen porque se han universalizado por completo alrededor del mundo, y que tampoco resultan ajenos allí donde han llegado porque ya han sido interiorizados (alguno diría que han sido “apropiados”) por la cultura receptora y no provocan mayores fricciones dentro de esta.

Ilustración: Víctor Solís

Al mismo tiempo, aquellos elementos que forman parte de los planos de lo propio y de lo ajeno parecen ser entendidos como enteramente separados unos de otros. Lo propio somos nosotros mismos, el lugar en el que vivimos, lo que hacemos todos los días, es el aquí y el ahora, lo que nos gusta y lo también lo que no. Lo ajeno, en cambio, es una otredad irreductible. No se trata solo de aquello que no sabemos que existe, podemos suponer que la música tradicional india existe y que se escucha o se escuchaba en la India, pero al mismo tiempo, la condenamos a mantenerse en el hoyo negro de nuestra ignorancia, lo ajeno es pues lo que no conocemos y lo que nos negamos a conocer. Lo ajeno es el Titanic para la Aberdeen de 1912, es el cambio climático para los adeptos a la ideología #MAGA, las vacunas o la redondez del planeta para los postmodernos de hoy, es el velo del no querer saber que comentaba recientemente Sthephan Lessenich en La sociedad de la externalización. Si retomamos lo dicho por el antropólogo Arjun Appadurai, sobre que la formación del nosotros es en gran parte fruto de la negación de los otros, se podría decir que cuando hablamos de lo ajeno estamos hablando de la negación de esa negación.

Sobre estos planos existenciales habla Bruno Latour en su último libro Dónde aterrizar, sólo que para él, más que planos existenciales estos serían polos de atracción, una suerte de posicionamientos políticos que habrían de sustituir al trasnochado eje izquierda-derecha que ya explica muy poco de lo que sucede actualmente. En este libro se proponen dos nuevos ejes que habrían de irse imponiendo como las nuevas formas en que estaría orientándose la política. El primero de estos, y del que hablaré en este texto, correspondería al eje local-global, mismo que estaría reflejando una disputa que si bien pudo haber tenido su punto álgido a principios de los años noventa, ha resurgido de forma trepidante luego de que, en un nuevo contoneo del péndulo, lo local tomara nuevos bríos al volverse refugio de todos aquellos a los que la globalización habría terminado por dejar atrás como consecuencia de las repercusiones económicas y ajustes de austeridad que trajo consigo la Gran Recesión. Estos nuevos simpatizantes de lo local se estarían sumando pues a aquellos habitantes de los países en desarrollo que, por lo general, nunca pudieron terminar de montarse en la ola globalizatoria (no sorprende pues que este polo de atracción de lo local siempre haya gozado de fuerza política de este lado del mundo).

Así pues, el bando de lo local estaría integrado por quienes otorgarían una especial importancia a sus identidades locales, para quienes la familia o la tierra que habitan tienen una connotación fundamental, pero también por quienes representan la versión menos moderada de este polo, aquellos que valoran principalmente cosas como “la homogeneidad étnica, la importancia del patrimonio particular, el historicismo, la nostalgia y la inauténtica autenticidad”. Por otro lado, el bando de lo global estaría integrado por corporaciones transnacionales, inversionistas y neoliberales enemigos de lo público cuyo único lugar donde aterrizar sería aquél que les ofrezca los mejores dividendos por su dinero; pero también estaría integrado por aquellos con un espíritu cosmopolita, por quienes ven en las culturas extranjeras no una amenaza sino una oportunidad por conocer formas distintas de concebir al mundo. Estaría además integrado por millones de jóvenes que, haciendo uso de las tecnologías de la comunicación a su disposición, gustan de establecer fuertes vínculos sociales con personas sin importar la distancia territorial que los separa.

Por otra parte, independientemente de si hablamos de planos existenciales o polos de atracción política, lo cierto es que lo local y lo global no representan alternativas que se encuentren completamente separadas, sino que estarían altamente intercaladas. Se trata en realidad de una dialéctica que pone de relieve el impacto del fenómeno de la globalización y que es particularmente evidente si lo observamos dentro de un contexto en el que la humanidad enfrenta riesgos de carácter existencial como lo es el cambio climático. Y es que, por más global que pueda ser uno, es imposible no encontrarse en todo momento habitando un pedazo de tierra, por lo que, si este y todos los circundantes se vuelven inhóspitos debido a las nuevas circunstancias climáticas, resultará imposible no prestar atención a aquello considerado como local. Latour lo explica de forma maravillosa: “si de pronto alguien jala de la alfombra sobre la que estamos parados, necesariamente tendremos que empezar a preocuparnos por el suelo”. Al mismo tiempo, no importa cuán lejos nos encontremos de las fábricas que emiten gases de efecto invernadero en el ambiente, cuánto desconozcamos sobre la ciencia del cambio climático o qué tanto neguemos su existencia, la realidad es que estos riesgos globales tienen la capacidad de arrasarnos con independencia de que en nuestra localidad hayamos alcanzado una vida cero emisiones o de cuán seguros nos sintamos en ella.

Como para la inmensa mayoría de las personas no hay escapatoria al cambio climático resulta necesaria una gran labor de entendimiento común si es que se quiere aspirar a conseguir que la humanidad pueda salir avante del peligro que la acecha. Es por ello que es fundamental que algo como el cambio climático no le resulte ajeno a nadie, pero también que no nos resulten ajenos quienes son diferentes a nosotros u opinan distinto, no se les puede simplemente negar la mano a los que han terminado refugiándose en aquello que perciben como local, aunque al hacerlo lleguen incluso a rechazar la existencia misma de este problema (aquellos que para Bruno Latour estarían “fuera de este mundo”). No se les puede cerrar la puerta sobre todo cuando esa postura no es más que la reacción más lógica que han podido tener estas personas a la hora de buscar algún tipo de representación para ellos y sus intereses. La mejor manera de evitar que para ellos el mundo exterior siga siendo un lugar ajeno es precisamente dejar de aislarlos, invitarlos a formar parte de una globalización diferente, una que en lugar de olvidarlos, los incluya en la suma.

Como argumenta también el filósofo francés, todo aquél que siga dispuesto a compartir el mundo con otros es un potencial aliado a la hora de garantizar una subsistencia común. Así pues, el camino no implica renunciar a nuestros referentes locales ni perseguir algún sueño cosmopolita en el que todos empecemos de la noche a la mañana a escuchar música india y lleguemos a tener un montón de amigos en Bombay. Basta con asumir que para enfrentar los riesgos existenciales que nos depara el futuro cercano lo primero va a tener que ser un intenso labrado del terreno, hacerlo mucho más común, incluyente y justo; solo entonces podremos empezar hablar, por ejemplo, de medidas efectivas de mitigación y adaptación en términos de cambio climático, tanto a nivel local como global.

Toda vez que es el uso de combustibles fósiles la principal fuente de contaminación del aire, el cambio climático nos obligará a enfrentarnos a nuestros peores demonios. Es casi como si un cáncer se hubiera propagado sobre uno de nuestros órganos vitales y el hecho extirpar el tumor no pueda sino traer asociado consigo importantes costos sobre nuestra calidad de vida. Lamentablemente todo parece indicar que a estas alturas la humanidad ya no cuenta con alternativas más amables, y mientras por lo pronto seguiremos embelesados unos años más con la homeopatía de la economía verde, el futuro nos depara un importante proceso de catarsis en el que será importantísimo que comencemos a observar a la globalización, esto es, a la posibilidad de interactuar con personas y sobre situaciones que se encuentran a miles de kilómetros de distancia, como una herramienta indispensable a la hora de evitar que la catástrofe climática se agudice aún más.

Lo que se requiere es pues de una globalización para sobrevivir al cambio climático, de una nueva voluntad política que recoja el mismo espíritu que exaltaba aquél dibujo atribuido a Benjamin Franklin en el que las colonias de las que habría de surgir Estados Unidos eran representadas como las partes de una serpiente cercenada. Este espíritu que a la postre trajo al mundo la primera constitución se encontraba plasmado en la frase join or die: más vale unidos que muertos.

 

Daniel Flores Gaucin
Estudiante de doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid.