Dedico estas reflexiones a Ana, Beatriz
y Celia González Pérez;
 a Minou Tavárez Mirabal y a
 las mujeres conocidas o anónimas
que sobrevivieron a la violencia;
 o a las que por ella fueron
convertidas en recuerdo.
 

A veces se dice que las heroínas fueron “mujeres adelantadas a su tiempo”. Eso no es un halago, sino una comprobación de la violencia hacia las mujeres. En efecto, no hay mujer “fuera de su tiempo”, sino violencias que determinan cuál es el rol de las mujeres en un tiempo determinado.

Considero que el problema de la violencia en contra de las mujeres y las niñas tiene su raíz en ignorar las violencias sutiles, esas que son casi invisibles. Como esa violencia que define si estamos “adelantadas a nuestro tiempo” o no.

El feminismo, la multiculturalidad y los derechos humanos permiten percibir que en la cotidianidad acontece una paradoja: la violencia es tan violenta que incluso pasa desapercibida. En este sentido, me parece importante hacernos cargo de algo tan imperceptible como contundente: la violencia discursiva.

Por violencia discursiva me refiero a la forma de utilizar el contenido de las narraciones para manipular el comportamiento de alguien. Usar descripciones implícitas o explícitas para predeterminar nuestros juicios sobre lo que alguien hace. Las descripciones parecen tan inofensivas, pero son tan violentas porque definen lo que algo puede ser o no ser, así como lo que conlleva salirse de ese parámetro. Por ejemplo, las descripciones que definen lo que es propio en una época y lo que no.

Jurídicamente las mujeres y los hombres tienen los mismos derechos, en tanto ambos son personas, sin embargo, la violencia discursiva les adscribe informalmente distintos proyectos de vida conforme a las descripciones que les asigna. Por ejemplo, las narrativas del “ser hombre” dictan que ellos deben desenvolverse en el espacio público porque tienen algo que aportar, mientras que las narrativas de “ser mujer” indican que ellas son domésticas, maternales y sexualizadas.

Ilustración: Patricio Betteo

La violencia discursiva opera definiendo silenciosamente lo que las mujeres deben ser, lo que pueden hacer y cómo se les debe tratar. Parece exageración, pero jurídicamente las mujeres son autónomas para decidir sobre ellas mismas y aun así un porcentaje significativo menciona que le pide permiso a su pareja para realizar ciertas actividades.

Lo discursivo permite que se perpetúe el régimen de violencia de género porque consolida y valida las condiciones que lo permiten. Por ello, a las mujeres que van en contra de las tendencias antes mencionadas se les suele señalar como “fuera de su tiempo”.

En realidad, las “mujeres fuera de su tiempo” no son mujeres desfasadas ni adelantadas. Por el contrario, son mujeres que desafían la descripción que les impone un tiempo determinado.

Un ejemplo de desafío al tiempo son las hermanas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal. Tres hermanas dominicanas que vivieron en un régimen dictatorial donde la población entera debía someterse a la voluntad de Rafael Leónidas Trujillo, el dictador que no sólo decidía gubernamentalmente todo, sino también sobre las esposas e hijas de sus colaboradores que le gustaban. Una dictadura político-sexual.

Las Hermanas Mirabal se opusieron al régimen jurídico-político de su país. Las tres tenían una vida paralela en la cual combinaban sus actividades cotidianas de día con la elaboración de explosivos de noche. No fueron las mujeres “de su tiempo”, aquellas descritas para ser madres, esposas e hijas obedientes de la dictadura, sino que fueron mujeres que hicieron subversiones políticas y oposiciones públicas en un contexto donde pocas personas se atrevían.

En las dictaduras acontece un contexto de miedo generalizado. La población suele replegarse ante la violencia desmedida tutelada por el liderazgo del dictador. Sin embargo, esa época no determinó a las Mirabal, sino que ellas determinaron a su época. No vivieron “la vida que les tocó vivir”, sino que moldearon su presente para buscar la vida que ellas querían para sí y para su país. Se salieron de su descripción para crear una nueva.

La historia de las hermanas Mirabal colaboró a enfrentar la violencia discursiva que describe a las mujeres como sumisas e inactivas en la disidencia política. Hoy se conmemora la valentía de las hermanas Mirabal y también se recuerda que este mismo día, pero de 1991, la ONU reconoció a esta fecha como el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

El caso de las hermanas Mirabal inspiró el comienzo de acciones institucionales que, al paso del tiempo, se fueron transformando en acciones a nivel internacional para unificar esfuerzos que promuevan los derechos y el bienestar de las mujeres. Ejemplo de esas acciones (inter)nacionales es el cambio de paradigma en la comprensión de los feminicidios y la perspectiva de género mediante casos como “Campo Algodonero” o la disculpa pública que el Estado mexicano realizó en el Caso de las hermanas González Pérez para reconocer la violencia sexual que grupos militares ejercieron en contra de mujeres indígenas, una acción de violencia que también aconteció en el Caso de Inés Fernández.1

Si bien el caso Mirabal y la época de las dictaduras son pasado, ellas y las mujeres del presente siguen padeciendo el mismo problema social: la violencia desencadenada por no vivir conforme el rol establecido para las mujeres desde la lógica del patriarcado. Por ejemplo, el caso de Rosa Pérez, alcaldesa de Chenalhó, Chiapas en 2016 y el caso de Yolanda Méndez, síndica de San Martín Zacatepec, Oaxaca en 2018. Ambas fueron violentadas porque en sus comunidades aún consideraban que el rol de las mujeres es incompatible con un encargo político-gubernamental. 

La violencia que afecta a las mujeres continúa siendo vigente y además se ha exacerbado en todas las sociedades. Basta con mirar las cifras para conocer que este problema no es sólo “un asunto de mujeres”, sino un problema complejo que involucra a todo ser humano.

Aunque no simpatizo en traducir el dolor a porcentajes, me apoyo de las cifras para evidenciar que, aunque toda persona es susceptible a sufrir violencia, las mujeres son atacadas en mayor medida.

Al menos en México, según el INEGI, el 66.1% de las mujeres en nuestro país han sufrido alguna vez violencia sexual, física, laboral2 o emocional.3 En el mundo, en 2017, de las 87,000 mujeres asesinadas, más de la mitad fue víctima de sus parejas o familiares mientras que en América Latina y el Caribe, durante 2018, aproximadamente nueve mujeres al día fueron asesinadas sólo por ser mujeres.5

A esas violencias también se suman las cifras de mujeres y niñas que han padecido corte genital (200 millones), matrimonio infantil (650 millones), relaciones sexuales forzadas (15 millones).6 Además, la lista de violencias y las cifras de víctimas se elevarían aún más si consideramos también el abuso sexual, el acoso sexual, la tortura sexual, la violencia psicológica, la violencia obstétrica, la violencia estética y la violencia laboral.7

Las mujeres políticas, las indígenas, las mujeres con discapacidad, las transgénero, las mayores, las locales, las extranjeras, las ellas, las que sean, pero ellas. Todas en algún momento de su vida enfrentan violencia de género en sus distintas vertientes ya sea por regímenes de gobierno, por los prejuicios de la época o por la discriminación. Aunque cada grupo de mujeres padece violencias distintas, existe algo común en la forma de combatirlas: desafiar la violencia discursiva que las legitima. Ello se ha logrado al evidenciar la colisión que ocurre cuando lo que son y lo que pueden ser no coincide con lo que se les permite ser.

En el caso de las hermanas Mirabal, la dictadura que confrontaron estaba claramente encabezada por Trujillo. En contraste, para el caso todas las mujeres, en la dictadura del patriarcado no hay un único responsable que pueda identificarse mediante un rostro o un nombre, sino que la violencia está esparcida y es transversal. Va desde las estructuras más evidentes (como los feminicidios o como la falta de paridad) hasta las estructuras más sublimes (como la estética, la cosmética, la literatura y el arte). Una violencia generalizada porque es reproducida por los hombres e incluso, también por las propias mujeres.

La historia de las hermanas Mirabal nos enseña no sólo sobre disidencia política, sino cómo una dictadura puede derrocarse si no se permite que la violencia determine nuestra descripción. Así como las Mirabal cambiaron su descripción, así también su pueblo la cambió. Transitaron de sometidos a emancipados. Es así como lo político nos muestra que no necesitamos descripciones que nos indiquen “cuándo es nuestro tiempo”.

Son muchos los casos de violencia, ya sea de mujeres que individualmente cambiaron el paradigma de su tiempo o que lo hicieron en grupo. Recordemos a las sufragistas, las adelitas, las salonières, las zapatistas, las guerrilla girls y las feministas en sus diversas vertientes. Todas ellas nos enseñan a dejar de ser las mujeres de una época para volvernos las que construyen su propia era.

Aprendamos de las mujeres que desafiaron sus épocas, de las que fueron acusadas por “adelantarse a su tiempo”. Ellas se resistieron a seguir el plan de vida configurado mediante los tiempos del patriarcado. Retomemos su estrategia para reconfigurar los tiempos y así abatir la violencia contra las mujeres.

Por ti, por nosotras y por las que vienen, persistamos hasta que ser mujer ya no sea una condición de riesgo. Seamos disidentes de la dictadura cotidiana de violencias (in)visibles y juntemos nuestras voces, no sólo para ser la voz que recuerda a las víctimas, sino para ser la voz del cambio generacional.

Hagamos que esta época no sea “la que nos tocó vivir”, sino la que queremos vivir. Ya no seamos “mujeres fuera de su tiempo”, sino hagamos de este tiempo, el nuestro.

 

Janine M. Otálora Malassis
Magistrada de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.


1 Véase Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Caso hermanas González Pérez (No. 11.565); Caso González y otras vs. México (“campo algodonero”) y Caso Fernández Ortega y otros vs. México.

2 En promedio nacional, 35.6% de mujeres sólo realizan trabajo no remunerado y 87.7% de las trabajadoras del hogar no tienen prestaciones laborales Véase Principales resultados de la ENADIS-Mujeres “La discriminación contra las mujeres en México, Percepciones y Experiencias” Encuesta Nacional Sobre Discriminación (ENADIS) 2017.

3 Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2016.

4 Hechos y cifras: Acabar con la violencia contra mujeres y niñas, ONU Mujeres, Consultado en Noviembre 2019 y disponible aquí.

5 Conforme a los datos del Observatorio de Igualdad de género, CEPAL, ONU, en 15 países de América Latina y el Caribe ocurrieron al menos 3,527 feminicidios durante 2018. Véase aquí. Consultado en noviembre de 2019.

6 Op. cit. 5.

7 Por ejemplo, en México, 22.5% de las mujeres considera que ellas son las principales responsables de los quehaceres en el hogar, sin embargo, entre las mujeres de 60 años y más, 40.7% lo consideran. Además, en promedio, el 11.7% de las mujeres opina que las mujeres no tienen las mismas capacidades que los hombres para trabajar en cargos directivos. Óp. Cit. 4 A estos datos se suma que el 3% de la población considera que se justifica mucho o algo que un hombre le pegue a una mujer mientras que el 12 % de mujeres y el 18% de hombres consideran que “algunas mujeres son violadas porque provocan a los hombres”. El 23% de hombres y el 21% de mujeres consideran que ellas “deben ayudar en los quehaceres del hogar más que los hombres”. Sin embargo, sólo el 23.9% de las mujeres considera que la violencia hacia ellas es un problema. Véase Encuesta Nacional Sobre Discriminación (ENADIS) 2017. Principales Resultados. Disponible aquí. Consultado en noviembre 2019.