La realidad en México ha devenido poco menos que insostenible: cruel y amarga [prometo no usar más adjetivos en adelante]. Pese a las alarmas de emergencia —o acaso debido a ellas— la reacción del grueso de la clase política mexicana ha sido enfocarse en el poder, unos para defender lo poco que aún les queda y otros para arrebatar lo que aún no tienen, porque aspiran a todo. La disputa es a escobazos y patadas. Se escucha sobre todo ruido. No resulta ajeno leer opiniones en este sentido: los partidarios ideológicos del oficialismo o de la oposición han llevado los debates al extremo, los extremos, denostando todo aquello que parezca moderado, conciliador.

En medio de la crisis, los partidos y facciones, cuando menos los más visibles, han privilegiado la batalla por el poder, postergando la lucha contra la inseguridad, la corrupción, la pobreza y la desigualdad. Quizá por eso vemos desdibujadas a la derecha y a la izquierda, porque han arrumbado en el cajón del escritorio gran parte de su razón programática para abrazar sin cuartel la guerra por las cargos y el presupuesto públicos. Sin embargo, considero que hoy, noviembre de 2019, no existen las condiciones ni la oportunidad (timing) para enfocarse en esta pugna, pues el país requiere una transformación radical porque se encuentra en uno de los momentos más bajos de su historia. Por desgracia, la élite política que ha llegado al poder (o que lo ha recuperado después de 18 —en unos casos— o 34 años —en otros—) se siente amenazada porque las cosas no le han resultado como quisiera, tan amenazada por la crisis que no sabe resolver, que han dejado de lado el gobierno para dedicarse al movimiento. Por desgracia, también, la élite política que perdió gran parte de su poder carece de buena reputación entre los ciudadanos para alzar la voz de manera constructiva. Sólo atina a patalear y no hace contrapeso. Al espacio público lo domina la diatriba y el insulto, no la razón. Cada coyuntura, masacre, escándalo de corrupción, dato de desempeño económico, postura diplomática, pifia legislativa, es tomada como pretexto para insultar como herramienta política de debilitamiento o aniquilación, según sea el tamaño del poder del antagonista.

Ilustración: Patricio Betteo

En épocas de tranquilidad democrática, la competencia encarnizada por el poder resulta incluso atractiva. Dirimir si es mejor una mayoría poderosa o una dispersión del poder es el camino para diseñar los pesos y contrapesos. En tiempos de normalidad democrática, razonar sobre la pertinencia de entidades autónomas es un valor agregado al sistema político en conjunto. En momentos así, la estabilidad proviene de la satisfacción de las políticas públicas de seguridad, anticorrupción, igualdad y desarrollo. En épocas de paz democrática impera la razón sobre la desesperación y el nerviosismo, malas consejeras de cualquier político. México no está en esa posición privilegiada; se encuentra en el lado opuesto, más cerca de la convulsión que del sosiego.

La guerra por el poder ha quedado desnuda. Se le aprecian las entrañas a kilómetros de distancia. Queda ya muy poco de pudor entre los políticos. Se olvidó incluso la defensa de la superioridad moral que hoy es letra muerta, fachada de cristal.

De la mezcla entre emergencia nacional —que subsiste a pesar de los cambios sexenales— y batalla por el poder político, se desprenden consecuencias con efectos indeseables.

Por un lado, la clase política mexicana, de arriba hacia abajo —con pocas excepciones—, del PRI, de MORENA, del PAN, del PVEM, o de cualquier otro grupo perteneciente a ella, ejerce un discurso en apariencia contradictorio, pero que no lo es en el fondo. Porque cuando de por medio se encuentra el poder, lo importante es el poder mismo y cualquier narrativa que legitime su posesión es válida, aunque desmantele las creencias, las posturas, las convicciones. La congruencia en la búsqueda del objetivo es patente. Ayer se denostaba la militarización de la seguridad y hoy se abraza como una nueva estrategia. Hoy se vale cancelar un proyecto de infraestructura porque daña al medio ambiente pero mañana se defenderá otro proyecto igualmente dañino porque el cambio climático no es urgente. Ayer se defendieron los derechos indígenas y hoy se cancela la voz del zapatismo. Hoy se defiende al líder porque dice A y mañana se le defiende porque dice B, aunque sea contrario a A. Hoy se violentan los derechos de los migrantes que buscan asilo en México pero hoy también se defiende a capa y espada a Evo Morales sin matizar un suceso de luces y sombras. Ayer se solazaban en el ejercicio corrupto del poder pero hoy recriminan que los de la mayoría defiendan a Bartlett. Ayer mentían en su 3 de 3 y hoy reclaman que Sánchez Cordero es una tramposa por hacer lo propio. Ayer utilizaban recursos públicos para incidir en el voto y en las elecciones y hoy reclaman que el gobierno adopte la misma estrategia. Como estos ejemplos, hay más de la misma índole que no denotan contradicción. Son una suma de congruencias que sirven para buscar el poder por el poder mismo, sin importar la democracia, el estado de derecho o la defensa de los derechos humanos. Por el otro lado, en momentos de crisis, los políticos tienden a cometer errores y a tomar acciones inmorales y desaseadas: ilegítimas, ilegales y antidemocráticas.

Ambas consecuencias no son triviales porque se incrustan en la médula de las decisiones gubernamentales y en el futuro del régimen. Todo lo anterior se resume en una viñeta que nos demuestra, una vez más, que la tradición de gatopardo de este país es más fuerte que cualquier gana de transformarlo: la designación de Rosario Piedra.  La elección de la presidencia de la Comisión Nacional de Derechos Humanos nos mostró una clase política con ansias descarnadas de poder, sin reparos en justicias ni verdades; nos reveló la inocuidad de sus contradicciones frente a la obligación de rendirle buenas cuentas al líder (al que le deben el poder y al que le deberán su pervivencia en él); y nos mostraron que en momentos de crisis se toman decisiones desaseadas e inmorales que lindan en la ilegalidad y que erosionan las formas democráticas. Ricardo Monreal se despoja de la piel de oveja para mostrar en todo su esplendor la garra priista que siempre ha llevado dentro no sólo él sino gran parte de la nueva élite en el poder.

El futuro puede ser aciago. México no tiene por qué sufrirlo aunque los cínicos sostengan que tenemos el gobierno que nos merecemos.

 

Juan Antonio Cepeda