El legítimo reclamo de las mujeres al derecho de moverse libremente por la ciudad, a existir en el espacio público, se hizo escuchar una vez más esta semana tras la desaparición de seis mujeres en la ciudad de México, de las cuales sólo dos han sido halladas con vida. La resiliencia para sobrevivir en un entorno hostil y violento nos ha llevado a desarrollar medidas de autodefensa: grupos de whatsapp donde nos avisamos que ya llegamos, cargar con gas pimienta, ser poseedoras de boxers o tener siempre nuestra ubicación activada. Sin embargo, la discusión sobre el rol y la responsabilidad del Estado en proveer verdaderas soluciones al problema sigue presente. Claramente, existe una cuestión de política pública la cual ha sido “parchada” por medio de la acción colectiva de autogestión y autocuidado de miles de mujeres que a menudo recurren a la tecnología y las redes sociales para protegerse mutuamente.

El caso de Laura Karen, quien desapareció por algunas horas tras presuntamente abordar un taxi en Tlalpan y cuya foto se viralizó en cuestión de horas junto con la consigna #TeBuscamosKaren despertó una discusión en redes sociales sobre el posible rol que pudo haber tenido una nueva herramienta desarrollada por el gobierno de la CDMX, la aplicación MiTaxi, en prevenir incidentes de violencia machista. Este contexto da pie a una discusión más amplia sobre el rol de un gobierno que busca ser vanguardia en tecnología, y sobre cómo esta puede o no, debería o no, resolver la provisión de estos servicios públicos.

Ilustración: Kathia Recio

MiTaxi es un caso interesante para provocar este debate porque es un verdadero caso de innovación pública. Dadas las circunstancias tan particulares de la Ciudad de México, no existe otra plataforma pública similar en el mundo, ni tampoco las aplicaciones comerciales tienen funciones similares. Se trata de una herramienta diseñada para que las usuarias puedan revisar que la unidad y el operador estén registrados en la base de datos de la Secretaría de Movilidad de la CDMX. Adicionalmente tiene 3 funciones de seguridad: compartir el trayecto con una persona de confianza, calificar y levantar reportes sobre el servicio por medio del Sistema Unificado de Atención Ciudadana (SUAC) y un botón de emergencia que se conecta directamente al C5, el centro de emergencias y video-monitoreo de la ciudad.

Desde su lanzamiento en agosto y al 16 de noviembre, el botón de emergencia de MiTaxi se activó en 236 ocasiones. En muchas de ellas no se pudo determinar la naturaleza de la emergencia o si se trataba de una prueba, ya que el usuario se desconectaba. Sin embargo, de acuerdo con Juan Manuel García, al frente del C5, sí se han logrado atender emergencias médicas y robos de vehículo usando la app (Sarabia, 2019). La posibilidad de que esta herramienta tecnológica se vuelva un verdadero recurso para atender la crisis de seguridad que viven las mujeres en el transporte público, concesionado y de aplicación en la Ciudad de México depende de varios factores.

El primer factor es la curva de adopción tecnológica, que es un caso especial de proceso de cambio cultural. La teoría feminista (Wajcman, 2010) extiende el concepto de tecnología más allá de los artefactos y algoritmos para incorporar las prácticas y culturas asociadas a ellos, los usos, procesos e instituciones que moldean nuestras vidas. La adopción de nuevas tecnologías, así como cualquier proceso de cambio cultural, sigue una forma de S (Rogers, 2003): empezando por los innovadores que poco a poco van adoptando la tecnología nadando a contracorriente, hasta que hay un punto de inflexión, a partir del cual las economías de red y de escala inclinan la balanza de forma que los beneficios individuales de pertenecer a la red sobrepasan los costos, y se alcanza la masa crítica de usuarias. El gobierno de la CDMX, quizá por lo incipiente del desarrollo de este tipo de herramientas, no ha sabido cómo acelerar el cambio cultural de forma que las ciudadanas sepan que este mecanismo de auxilio está incorporado en el sistema.

Muchas de estas nuevas herramientas son una caja negra para la ciudadanía, por lo cual es imperativo que se invierta en sistemas de socialización y comunicación radicales focalizados en las mujeres que se ven afectadas por la violencia cotidiana y se verían beneficiadas por el uso de estas plataformas. Un ejemplo de socialización con enfoque radical es el de los 420 mimos (sí, ¡mimos!) que trabajaron para una zona de la ciudad de Bogotá a mediados de los años 90. El entonces alcalde, Antanas Mockus, decidió dar de baja a la corrupta policía de tránsito de ese sector y apostar por una estrategia drástica que implicó la contratación de mimos para concientizar a automovilistas sobre las señales de tránsito y el respeto al peatón (Mockus, 2015). Con perspectiva, se pudo determinar que enfoques como estos durante la gestión de Mockus cambiaron el panorama social de Bogotá (Caballero, 2004; Sanín et.al., 2009). La transformación no se dio inmediatamente. La socialización de nuevas dinámicas lleva tiempo y justamente, en una crisis de violencia en contra de las mujeres, lo que no tenemos es tiempo. En 2019, los mimos podrían parecer vintage, pero precisamente la pregunta es cómo hoy en día podemos utilizar los medios existentes para generar innovaciones como ésta, que aceleran el paulatino proceso de cambio cultural.

Es por eso que el segundo factor es tan importante: se debe poner proporción el rol de herramientas como apps y datos abiertos en resolver la tragedia que viven cotidianamente las mujeres en México, y entender bien sus limitaciones. Medidas como MiTaxi son útiles, sin duda, pero principalmente como un “efecto curita” o un parche temporal: tienen el potencial de hacernos sentir un poco más seguras en el día a día, pero no son más que una pequeña pieza de un rompecabezas que conllevará un esfuerzo titánico de diferentes actores, con nuevas políticas públicas con perspectiva de género que respondan ante las complejidades de una urbe con el tamaño de la Ciudad de México.

Finalmente, hay que pensar en cómo es que diseñamos estas plataformas. La tecnología no es un ente neutro. Los modelos y algoritmos que sostienen el creciente engranaje digital de nuestras instituciones puede exacerbar las desigualdades existentes al estar basados en supuestos y hechos por personas con sesgos de género, raza y clase (O’Neil, 2016). Esto se ha visto flagrantemente en plataformas y herramientas tecnológicas comerciales. En 2016, asistentes tecnológicos —que de facto y en su mayoría están diseñados con voz de mujer por ser “asistentes”— sabían qué recomendar al declararles “tuve un infarto” sin embargo no tenían respuesta alguna al mencionar “fui abusada sexualmente” (Chemaly, 2016). La tecnología desarrollada en el ámbito público no está exentas de estos sesgos, pues la violencia patriarcal está impregnada en todo el sistema: desde cómo se hacen las leyes, hasta quiénes conforman las burocracias.

Los servicios públicos son el punto de contacto entre el gobierno y la ciudadanía, son la parte del monstruo que es visible. Con la modernización y digitalización de estos servicios, es importante tener en mente estas imparcialidades. Esto demanda una transformación al interior del gobierno y más participación ciudadana para evitar estos puntos ciegos y diseñar mejores plataformas, herramientas y servicios públicos que respondan a las necesidades del día a día. No obstante, esto también demanda tiempo.

Ante este panorama, en donde hay un imperativo a actuar con urgencia pero donde el cambio profundo requiere tiempo ¿qué puede hacer el gobierno? Por un lado, incorporar a las mujeres en el diseño de las instituciones físicas y digitales puede contribuir a contrarrestar sesgos y reducir violencias. Otro rol importante es el de dar agencia, establecer mecanismos de diálogo que faciliten que las mujeres puedan hablar por sí mismas de los problemas que las aquejan. De lo contrario, como sucedió la semana pasada, lo que continuará pasando es que grupos políticos oportunistas y ajenos a la lucha, con su megáfono y en plataformas que las mujeres afectadas por la violencia en el día a día no tienen, se apoderen de consignas feministas para atacar al gobierno en turno, aún si el núcleo de su actividad política en la historia reciente se encuentra en contradicción con los derechos de las mujeres a la libertad y la seguridad.

Por el momento lo que tenemos, es la posibilidad de utilizar las herramientas que están a nuestra disposición, no son un fin en sí mismo pero un primer paso para darnos el tiempo para generar los profundos cambios culturales necesarios.

Sandra Aguilar Gómez y Sofía Bosch Gómez

 

Referencias

Caballero, M.C. Academic Turns City into a Social Experiment. Harvard Gazette. Harvard Gazette, January 16, 2019.

Chemaly, S. The problem with a technology revolution designed primarily for men. March 16 2016,

Mockus, A. El arte de cambiar una ciudad. The New York Times. 11 Agosto 2015.

O’neil C. Weapons of math destruction: How big data increases inequality and threatens democracy. Broadway Books; 2016.

Rogers, E.M., Diffusion of Innovations. 5th ed. 2003, New York: Free Press. 512. ISBN 0-7432-2209-1.

Sanín, F.C., M.T. Pinto, J.C. Arenas, & M.T. Gutiérrez. Politics and Security in Three Colombian Cities. March 2009: 29.

Sarabia, Dalila. “Mapean Delitos Con App Mi Taxi.” Reforma. 16 noviembre, 2019.

Wajcman J. Feminist theories of technology. Cambridge journal of economics. January 2010, 1;34(1):143-52.