Cuando a la distancia se miran las acciones y políticas en Medio Oriente, se entiende que los eventos no siempre resulten claros, coherentes con una línea predefinida o una serie de preocupaciones consabidas: enemistades, competencias, intereses. Así aparecen, por ejemplo, los liderazgos en Irán y Estados Unidos, con paradojas en el marco de la reciente crisis. Conviene, más allá de titulares sobre líderes narcisistas o amenazas contundentes, observar la racionalidad detrás de los actos, atendiendo a la lógica y consistencia con metas planteadas por ambas naciones.

La información disponible apunta a que el régimen en Teherán ha actuado con moderación en respuesta al asesinato del general Soleimani el 3 de enero: advirtió a Irak sobre el inminente ataque con misiles contra bases estadounidenses, lo cual hace pensar que el Pentágono pudo haber recibido una alerta previa; la Guardia Revolucionaria apuntó a fallar, pues ningún estadounidense murió. Con su reacción, además, Teherán exhibió sus capacidades a los aliados de Washington en el Golfo que se empeñan desde hace varios años en acorralarlo. Se puede estar en desacuerdo con la política de Irán, pero es innegable que el liderazgo con Hassan Rohani actúa conforme a un objetivo claro y de larga data: ser integrado al diálogo regional que considere las preocupaciones de seguridad de Irán. Con eso en mente, recurre a los mismos instrumentos: guerra asimétrica y diplomacia. 

Ilustración: Víctor Solís

Estados Unidos con el gobierno de Donald Trump se ocupa de golpear la estrategia regional de Irán, saliendo unilateralmente del acuerdo nuclear, endureciendo las sanciones y neutralizando a Soleimani. El objetivo inmediato pareció ser restablecer el equilibrio de disuasión, tras varios meses de titubeo durante los cuales ocurrieron ataques en instalaciones petroleras del Golfo atribuidos a Irán. A ello se agrega, de parte del presidente, una personalidad impulsiva, comunicación volátil y estilo autoritario.

Mientras que los dos países mantenían líneas previsibles, aunque tensas, de ambos liderazgos se percibió lo que el economista y sociólogo Herbert Simon llama “racionalidad limitada”, la cual se debe a restricciones como la falta de información o los sesgos cognitivos, que alteran la capacidad de decisión de un individuo. Además, en política exterior difícilmente hay una secuencia ordenada entre las fases de decisión y de implementación, pues intervienen factores como la inercia burocrática, problemas de comunicación entre distintos órganos de gobierno, rivalidades dentro de la élite política o presiones de grupos de interés (en Washington, Mike Pompeo o y varios congresistas están bajo la presión del movimiento pro-israelí y evangélico para irse con todo contra la República Islámica; en Irán, el ala dura pide más venganza). Se acercaron al precipicio de la guerra abierta, pero no cayeron en él. La paradoja es que, en el proceso, ambos agravaron los niveles de inseguridad de sus propias sociedades, con costos económicos y humanos. Cabe preguntarse ahora, sobre la ansiedad individual de los gobernantes, para la que no parece haber diván, y el agobio colectivo de quienes temen y padecen las consecuencias. Si por una parte el arrebato parece inevitable en el ser humano, la construcción y supervisión de una diplomacia coherente sigue siendo la red de seguridad para todos.

 

Marta Tawil