Acompañado por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu y con la evidente ausencia de alguna autoridad palestina, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, presentó el 28 de enero su —muy anunciado— plan para alcanzar la paz en el Medio Oriente. El denominado “Acuerdo del siglo” empezó a prepararse en 2017, bajo la dirección de su yerno y asesor, Jared Kushner, y después de haberse dado a conocer, resulta evidente que lejos de presentar una opción viable para solucionar un conflicto de más de 70 años, se trata de un respaldo que otorga el gobierno de Estados Unidos a Israel buscando legitimar la realidad ya existente en el terreno de un solo estado, con un régimen de apartheid.

El acuerdo, que busca solucionar el conflicto entre Israel y Palestina, no contó con la participación de la parte palestina en ninguna etapa del proceso de su preparación, ya que desde 2017 no existe diálogo oficial entre la Autoridad palestina y el gobierno de Estados Unidos, como resultado de la decisión de la administración Trump de mudar su embajada en Israel de Tel Aviv a Jerusalén. Es decir, desde su concepción hasta su presentación, este plan de paz se ha basado en los intereses de únicamente una de las dos partes del conflicto.

El presidente Trump anunció que su propuesta reconoce que tanto los palestinos como los israelíes merecen un futuro de paz y prosperidad, y propone una solución sustentada en la idea de dos estados que respete los criterios de seguridad de Israel y cumpla con las aspiraciones de autodeterminación del pueblo palestino. Sin embargo, el plan apoya la anexión israelí de partes de Cisjordania, incluyendo el Valle del Jordán —zona rica en recursos naturales— y los asentamientos judíos ya existentes dentro de territorio palestino, que son ilegales de acuerdo al derecho internacional, como lo reconoce la resolución 2334 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Ilustración: Jonathan Rosas

Asimismo, el plan establece una "Jerusalén indivisible como capital de Israel” y, al mismo tiempo, señala que la capital de Palestina estará en una parte de la sección Este de Jerusalén. Las contradicciones no terminan ahí. De acuerdo al presidente Trump, Palestina contará con un territorio propio “el doble de grande de lo que tiene actualmente” y, al mismo tiempo, “ningún israelí o palestino será desplazado de su hogar”; lo cual resulta imposible si consideramos que tan sólo en el Valle del Jordán viven alrededor de 65,000 palestinos; sin mencionar los miles que viven en las zonas de Jerusalén Este que no están contempladas como palestinas en el mapa que incluye la propuesta de Trump.

Al observar el mapa propuesto en el plan de Trump resulta evidente que lo que busca este acuerdo es que los palestinos permanezcan relegados en enclaves aislados, fragmentando el espacio palestino en astillas de territorio desconectadas en un mar de control israelí, no muy diferente de los bantustanes del régimen del apartheid de Sudáfrica. Lo que se les ofrece a los palestinos en este momento no son derechos o un estado propio, como anunció Donald Trump, sino un estado permanente del apartheid ya existente, por lo que no resulta sorpresivo que no apoyen la propuesta.

Fuente: La Casa Blanca.

La realidad en el terreno es que ya existe un control total israelí sobre toda el área entre el río Jordán y el mar Mediterráneo, y sobre los 14 millones de personas que viven en ella, cinco millones de los cuales son palestinos. El cambio principal después del anuncio del “Acuerdo del siglo” es que Israel y la administración Trump están dando un paso más para dejar al descubierto su intención de perpetuar esta realidad. Esta claridad reduce significativamente la brecha entre la situación tal como es y los términos eufemísticos utilizados para describirla.

El enfoque de esta propuesta de paz recicla las estrategias fallidas del pasado, al colocar a los palestinos en un período de prueba para demostrar que pueden ser considerados como un Estado, utilizando condiciones maleables, mal definidas, y prácticamente imposibles de lograr; y al buscar inducir la rendición palestina por medio de la generosidad económica, lo cual esencialmente elimina la responsabilidad de cualquier concesión israelí hasta que los palestinos declaren su rendición total.

Trump prometió que, al aceptar el acuerdo, habrá una inversión de 50 mil millones de dólares para desarrollar la economía del Estado palestino y crear un entorno seguro para los inversionistas, reducir las restricciones sobre el crecimiento económico palestino al abrir Cisjordania y Gaza a los mercados regionales y mundiales, construir infraestructura esencial en Palestina, impulsar el turismo, la agricultura y la industria manufacturera, fortalecer el desarrollo y la integración regional, y generar nuevas oportunidades para las empresas palestinas, aumentando así el comercio con los países vecinos.

La Autoridad palestina respondió que Jerusalén y los derechos de los palestinos no están a la venta, denunciando este plan como una táctica para desviar la atención de las crisis internas que enfrentan tanto Netanyahu como Trump, a expensas de los derechos del pueblo palestino y el derecho internacional. Es importante señalar que la presentación del plan coincide con el anuncio del juicio que deberá enfrentar Netanyahu por los cargos de soborno, fraude y abuso de confianza, y las expectativas sobre su posible reelección en las próximas elecciones israelíes en marzo de este año, así como con el proceso de impeachment del presidente Trump y su propia campaña de reelección, en la que se prevé que utilice este acuerdo para ganar simpatizantes entre el electorado judío conservador y cristiano evangélico.

En un discurso frente a medios de comunicación y líderes de las diferentes facciones palestinas momentos después del anuncio de Trump, el presidente palestino, Mahmoud Abbas, rechazó la propuesta de plan de paz presentada por Estados Unidos por considerar que tiene como objetivo liquidar la causa palestina al intentar legitimar los asentamientos israelíes, ilegales de acuerdo al derecho internacional; negar el derecho de retorno de los refugiados palestinos, reconocido por la ONU; e intentar cambiar el estatus de la ciudad de Jerusalén. Abbas hizo un llamado a la comunidad internacional para oponerse a dicha propuesta, contraria al derecho internacional. La misma comunidad internacional que honestamente, fuera del discurso, poco ha hecho por los palestinos.

El primer objetivo de la diplomacia palestina será, sin duda, buscar apoyo en el mundo árabe. Una reacción árabe que no llegue al rechazo absoluto del plan sería vista como una victoria para la administración Trump. Por esta razón el presidente estadounidense enfatizó la presencia de los embajadores de los países árabes Omán, Baréin y los Emiratos Árabes Unidos en la presentación del plan. En respuesta, Palestina solicitó a la Liga Árabe que convoque en los próximos días a una sesión urgente para discutir los medios para enfrentar de manera conjunta el plan promocionado por Estados Unidos. Abbas viajará a El Cairo para participar en esta reunión y buscará afianzar el apoyo de los estados árabes, en particular de Egipto, Jordania y Arabia Saudita.

Palestina buscará aislar la posición estadunidense y frustrar el impulso inmediato del plan, pintándolo como un movimiento bilateral estadounidense-israelí al que se opone la mayor parte de la comunidad internacional. Espera evitar, de este modo, que su contenido se convierta en un nuevo marco de referencia que sobreviva a la presidencia de Trump.

El aspirante presidencial demócrata Bernie Sanders declaró que el acuerdo es "poco realista" y “conduciría a la perpetuación del conflicto". En el mismo sentido, la senadora Elizabeth Warren, también candidata presidencial demócrata, anunció su oposición al plan de Trump, señalando que se trata de un "reconocimiento de anexión que no ofrece ninguna oportunidad para un verdadero estado palestino". Sin embargo, si el plan empieza a implementarse, resultaría muy complicado para un futuro presidente demócrata poder revertir las acciones emprendidas por Israel en el terreno.

Si Israel procede con el plan y hace oficial la anexión de territorio en Cisjordania antes de sus elecciones en marzo próximo, como han presionado para que suceda la coalición de derecha, los colonos israelíes e incluso miembros del gabinete de Netanyahu, el liderazgo palestino podría responder con medidas más drásticas. Lo más significativo sería que la Autoridad palestina detenga la cooperación en materia de seguridad con Israel, que es profundamente impopular con el público palestino, pero que ha servido para mantener la frágil estabilidad en el terreno durante los períodos de alta tensión. Dado el papel crucial que desempeña esta cooperación, su suspensión podría conducir a una situación altamente volátil.

La población palestina ha salido a las calles en las principales ciudades de Cisjordania y la Franja de Gaza, así como en los barrios palestinos de Jerusalén, a manifestarse en contra del plan de paz de Trump, ocasionando diversos enfrentamientos con las fuerzas de seguridad israelíes en puntos críticos como puestos de control y cerca de los asentamientos. Se anticipa que las protestas continuarán y podrían escalar en intensidad si Israel toma pasos concretos para implementar el plan.

Si bien el plan de Trump no traerá paz en la región, al menos ha conseguido que la población palestina se una en respaldo a sus autoridades por haber rechazado contundentemente la propuesta estadunidense. Algo todavía más sorprendente es que el “Acuerdo del siglo” de Trump logró la unión de todas las facciones palestinas en su contra, incluyendo al movimiento islámico Hamas, que gobierna de facto la Franja de Gaza,  y su rival, Fatah, la facción gobernante en Cisjordania. El presidente Abbas anunció que dialogó con el jefe del buró político de Hamas, Ismail Haniyeh, y que visitará Gaza para dar comienzo a una nueva fase de diálogo nacional y acción conjunta, lo que no ocurre desde 2007, cuando Hamas tomó el control absoluto de la Franja. De lograrse la reconciliación nacional palestina, podría abrirse una nueva oportunidad para que los palestinos unificados consigan un mayor apoyo por parte de la comunidad internacional, que eventualmente se traduzca en el reconocimiento de sus derechos.

 

La redacción