La nota roja o página de crímenes o de información policiaca ha sido muchas cosas entre nosotros: la ocasión esplendente del morbo, la “normalidad” reducida en las fotos a poses que le dan la bienvenida al escándalo y la muerte, el morbo que desearía exorcizar a la violencia urbana, la lectura con ánimo retrospectivo que imagina los instantes climáticos -la víspera de los velorios- cuando estallan las pasiones, y la locura, la codicia, la pérdida de los sentidos, los celos, la lujuria, son los incentivos de la voluntad inesperada.

Hasta hace poco, a la nota roja se le encomendaba convertir la tragedia en espectáculo, el espectáculo en admonición moralista, la admonición en relajo, el relajo en cuento de la tribu. Por eso los lectores, los espectadores y los distribuidores del rumor comparaban sus reacciones con las del expediente en turno (¡El crimen de la temporada!), y se regocijaban ante la falta de oportunidades que los eximía de verse arrasados por el sexo, el dinero y la “perversión satánica”. Qué alivio no hallarse tras las fachadas suntuosas, casi como de novela de Agatha Christie o John D. MacDonald, donde el crimen era la continuación de la familia por otros medios. íQué felicidad! A los lectores sinceros la riqueza -suma de ratones ciegos, maldad bajo el sol- les daba la impresión del laberinto donde víctimas y asesinos son ramas contrariadas del mismo árbol genealógico. Y también, por ejemplo, estremecía lo inesperado: el perturbado que se cruza en el camino de alguien-como-nosotros, el hombre y la mujer que un día abren su puerta confiadamente y le dan entrada al mal que los deshará, al crimen que, al exhibir su intimidad, la agigantará pecaminosamente.

Antes y ahora, la violencia le fija periódicamente sus límites a la ciudad resguardada, y le da perfiles de aventura a las precauciones, entre ellas el gusto por la nota roja, material de sobremesa y comprobación gozosa de que el lector o el comentarista siguen vivos, libres y más o menos intactos. Como sea, en la nota roja se escribe, involuntaria y voluntariosamente, una de las grandes novelas mexicanas, de la cual cada quien guarda los recuerdos fragmentarios que esencializan su idea del crimen, la corrupción y la mala suerte.

DE LAS JERARQUÍAS Y LAS JUSTIFICACIONES DEL CRIMEN

En las primeras décadas del siglo, la nota roja tiene muy escasas posibilidades competitivas. Enfrente se halla la Revolución, con su repertorio de batallas, fusilamientos, asonadas, asesinatos a mansalva, celadas, todo lo que entonces cubre el manto prestigioso de la Historia. El episodio policíaco más famoso de la época, las operaciones de la Banda del Automóvil Gris (1915), fascina por sus vínculos con “el Otro Yo de la Revolución Mexicana”, en donde medran los militares que en forma simultánea representan la ley y patrocinan el hampa. Y la seducción que otros sucesos de nota roja provocan (la ex-Miss México que mata a su marido harta de malos tratos, o el asesinato de Chinta Aznar, señora de sociedad), es un paréntesis fortuito en la preocupación por los avatares de las facciones revolucionarias.

Al afianzarse las instituciones, la sociedad (en su versión de estados de ánimo a la disposición del tema de la semana) le dedica cada vez más horas a la nota roja. Ya es justo escenificar de nuevo la sorpresa ante el quebrantamiento del orden (de la moral al uso, de la Decencia, de las relaciones previsibles entre las clases sociales y entre las familias), y debido a eso, al disiparse la amenaza de los ejércitos campesinos, se afianzan el placer por la nota roja, y sus (perversos) cuentos de hadas que hace apenas unos días eran crímenes horrendos. Entre ellos:

Luis Romero Carrasco, que el 17 de abril de 1929 mata a dos tíos, a dos empleadas domésticas (una anciana y una niña) y, literalmente, hasta el perico (ver las crónicas del experto David García Salinas). Los abogados defensores alegan que el asesino, mariguano pertinaz, padecía de manías alucinatorias. Se le condena a muerte y, camino a las Islas Marías, se le aplica la “ley fuga”, tal y como lo narra José Revueltas en Los muros de agua.

Los hermanos Villar Lledías. El 23 de octubre de 1945 un grupo dirigido por Fermín Esquerro Farfán irrumpe en la casa de Ángel, Miguel y María Villar Lledías, asesina a los dos primeros y golpea con saña a doña María, la menor de los hermanos, de 58 años de edad. El caso parece irresoluble, el Procurador del Distrito Federal, Francisco Castellanos, ansioso de un culpable, consigna a la sobreviviente y el juez Eduardo Ferrer MacGregor le decreta a doña María la formal prisión por el delito de robo en agravio de sus hermanos (el juez Ferrer MacGregor inaugura aquí una carrera sólida. A él le tocará sentenciar a Demetrio Vallejo y los otros líderes ferrocarrileros a 30 años de cárcel por “disolución social” y en 1980 él llevará a la cúspide su carrera intentando sobornar en Mazatlán, por cuenta de Durazo Moreno, al juez Darío Maldonado para que libere a un traficante de heroína).

Desde la prisión, la señora Villar Lledías ofrece una recompensa de cincuenta mil pesos a quien dé información sobre los asesinos, y el ofrecimiento despierta la memoria de uno que se negó a ser cómplice. Más que por ningún otro motivo, el caso atrae por ser imagen obsesiva: los avaros malamente protegidos por una fortuna que, entonces, se calcula en 20 millones de pesos. Sin sirvientes, sin radio o teléfono, entregados a disciplinas ascéticas, los Villar Lledías, en su casa de República del Salvador 66, se rodean, como precisa García Salinas, de dinero (escondido en los colchones o bajo el piso de madera), monedas antiguas de oro y plata, collares de perlas, aretes con zafiros, brazaletes, pulseras de platino recubiertas con esmeraldas… La pobreza elegida en medio de la riqueza acumulada es tema apasionante, al que se agregan los comentarios sobre el inevitable saqueo policíaco.

Goyo Cárdenas, el asesino de Mixcoac, el celebérrimo sextrangulador. El 8 de septiembre de 1942 la prensa informa de los crímenes de Gregorio Cárdenas Hernández, de 27 años de edad, estudiante de Ciencias Químicas. Goyo ahorcó a cuatro mujeres, a su novia y a tres prostitutas, y las enterró en el jardincillo de su casa. Stop The Press! La exhumación de los cadáveres se vuelve noticia de primer orden. He aquí al primer serial-killer que mata por el simple placer de matar; he aquí al criminal (de cuya inteligencia nadie duda) enfrentado al rigor de la justicia que encarna el criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón; he aquí la penosa excavación que a una sociedad horrorizada le ofrece cuerpos en descomposición; he aquí el laboratorio del “alquimista” homicida; he aquí su declaración más que psicoanalizable: “Eran mujeres de la calle… les ofrecí dinero. Las llevaba a mi casa, donde me saciaba en ellas. Después de tenerlas no sé qué me daba, lo que sentía; era algo horrible, un odio espantoso hacia esas mujeres, por todas las mujeres, un frenesí inexplicable… El impulso invencible de destruir, de desgarrar, de matar… ¡y las mataba!”
A propósito de Goyo Cárdenas se prodigan en la prensa y en las conversaciones expresiones hasta entonces “esotéricas”: psicopatología, traumas, necrofilia (viola a la novia muerta), misoginia extrema (“¡Odio a todas las mujeres; por una pagarán todas!”), epilepsia crepuscular (término usado por la defensa). Y desde la cárcel, Goyo Cárdenas convoca a la monomanía de multitudes: los periódicos abundan en descripciones “técnicas” de los asesinatos, su locura o su normalidad desatan polémicas inacabables, se divulgan fragmentos de sus Memorias (apuntes marcados por el delirio de grandeza), y él a quien quiere oírlo le refiere sueños, pesadillas y proezas inesperadas. El, por ejemplo, hizo “regresar a la vida” por unos instantes a dos de las víctimas, utilizando la adrenalina que obtuvo de las glándulas suprarrenales de la primera de las estranguladas. Y como hay quien escuche, el relato sigue: a Goyo una víctima que “vuelve” del Más Allá le enseña la lengua larga y amoratada y lo guía hasta el umbral del Averno.

Los psicólogos y los psiquiatras se precipitan al festín interpretativo. Goyo es, muy animosamente, el protagonista que lleva “el inconsciente” al escenario de la nota roja. Y cunde la goyomanía (para usar la expresión que hoy sería suya), que documenta Fabián Ruiz en su investigación Asesinos de mujeres. La casa de los crímenes alcanza el rango de sitio turístico, con puestos de aguas frescas y comida, se componen corridos satíricos, los vecinos (mediante cuota) permiten el acceso a sus azoteas para que desde allí se contemple el inmoladero. Se prodigan los chistes y se venden por miles los cordones “auténticos” que usó Goyo en los asesinatos, y los zapatos, los lentes, las probetas del antihéroe. ¡Un Jack el Destripador, un Landrú-a-la-mexicana! Cada mes o cada semana, en un “reportaje exclusivo”, el preso habla de su arrepentimiento y de sus esfuerzos de rehabilitación, y a las “confesiones desgarradas” las acompaña la moda macabra: el Panzón Soto estrena con gran éxito una revista musical (El estrangulador de Tacuba), se canta con sorna una frase de “La feria de las flores” (“Yo le he de ver transplantada en el huerto de mi casa”), circula en la semiclandestinidad un film pornográfico con las “orgías” de Goyo. En materia de nota roja Goyo Cárdenas es, ya es posible afirmarlo, el caso del siglo.

Higinio Sobera de la Flor, el Pelón Sobera. El 11 de mayo de 1952, un tabasqueño de 25 años de edad asesina a tres personas que no conocía previamente: al capitán Armando Lepe Ruiz por un incidente de tránsito (el capitán le grita “payaso” y “güey” a quien lo matará a balazos instantes después), a la joven Hortensia López, a quien quiere seducir y persigue metiéndose a fuerzas en el taxi donde la mata, y al adolescente Pedro Galván Santoyo, al que balacea sin motivo alguno. A la leyenda instantánea de Sobera de la Flor la solidifica su aspecto que, de acuerdo al juicio popular, es peor incluso que sus crímenes, la cabeza al rape, la cachucha monumental, los rasgos “lombrosianos”, la absoluta carencia de simpatía. Es el monstruo en estado puro.

Mercedes Cassola e Ycilio Massine. En 1959, la catalana Mercedes Cassola, prestamista y jugadora, y su amante, el italiano Ycilio Massine, aventurero que también incursiona en la prostitución masculina, son exterminados con abundancia de puñaladas y detalles grotescos: castración de Massine, inscripciones con sangre en la pared, etcétera. Para oír su testimonio (extorsionándolos de paso) se detiene a numerosos personajes “de sociedad”, entre ellos a homosexuales connotados. Se divulga en círculos periodísticos el nombre del asesino, un antiguo amante de la Cassola, y se rumora que Gente Muy Importante le facilitó la huida del país. Al padre de Mercedes Cassola, que se disponía a declarar, “manos desconocidas” lo empujan en la Alameda, en el momento en que un camión se pone en marcha.

. Los asesinatos de Ramón Gay y Agustín de Anda. El 28 de mayo de 1958, el actor Ramón Gay acompaña a su casa a su compañera de trabajo Evangelina Elizondo. Allí espera el marido de Evangelina, José Luis Paganoni, que, en rapto de celos, insulta a su mujer y trata de golpearla. Gay la defiende, y Paganoni lo asesina de dos balazos. Al día siguiente, en el cabaret La Fuente, el capitán retirado Oscar Lepe mata a tiros al actor de cine Agustín de Anda. Lepe se justifica diciendo que “lavó su honor”, mancillado por De Anda, que se jactaba de inaugurar los favores de su hija Ana Berta, ex-Miss México y actriz de cine. Otras versiones se difunden sobre el motivo del asesinato, menos ligadas con el espíritu de “la hidalguía hispánica”.
Al morbo lo impulsa la relación del crimen y el espectáculo, y lo consolidan las personalidades arrogantes, machistas, intolerantes, de Paganoni y Lepe que se consideran “tratados injustamente”.

El general Humberto Mariles. El 14 de junio de 1964 el general Mariles, ganador en 1948 de la medalla olímpica de oro en salto hípico, al discutir en un incidente de tránsito, mata por la espalda a un albañil desarmado y, contra toda evidencia, alega “legítima defensa”. Al ex-ejemplo de la juventud se le sentencia a 20 años de cárcel que casi de inmediato le son reducidos a ocho, de los cuales le toca cumplir cinco. En 1969 viaja a Europa, como enviado de la Dirección de Turismo, y es detenido en Marsella por tráfico de drogas. Amenaza con revelar los nombres de sus empleadores, y en abril de 1970 fallece en la prisión de La Sureté, sin que nadie admita el dictamen de “muerte por causas naturales”.

LA EDAD DEL CRIMEN ORGANIZADO

El caso Mariles, y el del asesino y narcotraficante David Kaplan, que en 1973, en compañía del venezolano Carlos Contreras Castros huye del penal de Santa Martha Acatitla (“La fuga del siglo”), en un helicóptero con los colores de la policía metropolitana, son ciertamente llamativos, pero ya no disponen del seguimiento apasionado de antes. Y los procesos meramente individuales son vistos con creciente desinterés. De acuerdo al criterio estadístico de la sociedad de masas, no por implícito menos vigente, una o dos víctimas son ninguna, y casi nadie pierde el tiempo enterándose de las pequeñas manías del celoso (entre las que figura el ahorcamiento de la infiel), o del extraño caso del compadre muy macho que mató a su compadre también muy macho porque no cedió con la prontitud debida a sus machísimas intenciones.

En medios comparativamente pequeños, es decir, aún sujetos a las verificaciones totalizadoras del rumor y el chisme, al gusto por la nota roja lo determina la tradición de los relatos abiertos, donde para explicarse el motivo último del crimen ninguna hipótesis es convincente y todas son persuasivas. Pero se reduce el tiempo a la disposición de cada episodio macabro, y el incremento del delito banaliza el sentido de la nota roja, si ya no vinculada con la moral sí todavía con las moralejas. Y la explosión industrial de la nota roja, que encabezan revistas como Alarma y Alerta, profundiza la “secularización” del género. Ahora el eje de la nota roja no será la cárcel de Lecumberri circundada de leyendas (“El crimen no paga”), sino los apólogos del cinismo donde las víctimas resultan los verdaderos culpables, y los criminales son las estrellas del espectáculo de feria. Y de los asesinatos sólo se retienen, cada vez más brumosamente, las anécdotas delirantes: la que mató a su amasio y vendía sus restos en tamales; el jovencito que asfixia a su abuela porque no le patrocina el consumo de droga, etcétera.

Es la hora del cambio, y la nota roja es sucursal evidente de la industria y la política. El narcotráfico se adueña de las primeras planas en el mundo entero, y sus personajes alcanzan la notoriedad antes sólo asignada a políticos, deportistas y estrellas de cine. Luego del remolino de los años sesenta, cuando la droga fue para muchos experiencia mística y comunión literal con el universo, el consumo se masifica, y millones de adictos a la mariguana, la heroína y la cocaína, originan ganancias portentosas y despiertan en los narcos colombianos la suprema jactancia de ofrecerse a pagar la deuda externa de su país. En la década de los ochenta queda al descubierto el vastísimo mercado ilegal que, por ejemplo, hace de Colombia la “Mega-Sicilia”, y del lavado de dinero una fuente importante de diversas economías nacionales. Surge una industria modernísima en sus procedimientos, con recolectores zonales y regionales, centros de procesamiento de clorhidrato de cocaína, laboratorios de cristalización de la cocaína, empresas dedicadas al transporte, multitud de pequeños comerciantes (las “mulas”), distribuidores mayoristas, financieros avezados que elaboran sistemas muy sofisticados de inversiones y transacciones.

A su paso, el narcotráfico genera miles de muertes y de vidas destruidas, y se deja ver en los sistemas de justicia y de seguridad nacional. El rumbo de la nota roja se modifica. Lo noticioso y el detallismo cubicular se desplazan al antiheroísmo de los grandes traficantes, y a sus caudales portentosos. En México, el primer narco famoso -si se exceptúa a la legendaria mariguanera Lola La Chata, tan citada por William Burroughs- es el cubano-norteamericano Alberto Sicilia Falcón, un modelo no tan lejano del personaje de Al Pacino en Scarface de Brian de Palma. Sicilia Falcón es, según testimonios múltiples, inteligente, hábil, y sus dones organizativos le permiten en unos cuantos años el envío a Estados Unidos de cientos de toneladas de mariguana, y el viraje rápido al tráfico de cocaína. En México, Sicilia tiene amistades en diversos gremios, entre ellos el show-business y las distintas policías, y su astucia le hace aprender a fondo las reglas de juego del país, tanto que, en 1975, a unos cuantos meses de su detención en Lecumberri, dirige desde su celda la construcción de un túnel por el que se escapa, sólo para ser recapturado por una debilidad sentimental.

Los máximos jerarcas de la droga son colombianos, y el Cártel de Medellín resulta el enemigo público número uno (no político) del gobierno norteamericano. Las fortunas de los capos, ilimitadas, sirven para sostener a sus pequeños y significativos ejércitos, y Carlos Lehder, Pablo Escobar Gaviria, los hermanos Jorge Luis, Juan David y Fabio Ochoa, los hermanos Gilberto José y Miguel Angel Rodríguez Orejuela y Gonzalo Rodríguez Gacha (que se gana su apodo de El Mexicano por su afición a las canciones rancheras), son personajes que presiden las revelaciones en cadena. Pronto se sabe con detalle: la realidad del narcopoder abarca en toda América Latina a jueces, agentes del ministerio público, periodistas de diversos niveles, elementos de la Mejor Sociedad, jefes y agentes de la policía judicial, militares, pilotos, aduaneros, funcionarios y empresarios de distintas jerarquías. El lavado de dinero apuntala a diversas economías, y el narcopoder difunde un estilo de gasto privado que se vuelve público, el ofensivo y auto-apantallante desfile de residencias, joyas, automóviles inmensos, armas de alto poder, esclavas y relojes de oro, maletas colmadas de dólares, vedettes de “opulencia anatómica”, camionetas último modelo, helicópteros, jets privados, todo lo que sus poseedores jamás hubiesen obtenido con su grado de escolarización y sus relaciones familiares. Dando dando: es más que probable un tiempo acortado de vida o una eternidad en prisión, pero los narcos evaden el destino inexorable de campesinos y empleaditos. Sólo con el crimen evitan la desolación, por así decirlo. Y el crimen, vuelto show, encandila y seduce. Esos son delitos, no las puñaladas a la adúltera.

Gracias al narcotráfico la nota roja se masifica. Dos, tres, cinco cadáveres al día en parajes remotos o abandonados, y en departamentos semivacíos, lujo de violencia, difícil establecer la identidad de los abruptamente fallecidos. En México, un espacio alcanza pronto la dudosa fama: la colonia Tierra Blanca en Culiacán. Entre varios estados se distribuye el reclutamiento inicial: Sinaloa, Jalisco, Guerrero, Baja California, Michoacán. Y en el país abundan los seducidos por el narco, miles de campesinos son detenidos o mueren al lado de los surcos que “besó el Diablo”, los narcos compran hoteles y agencias automotrices, los gerentes de banco de provincia se trepan a la rueda de la fortuna, las mujeres le hacen caso a sus hombres y transportan la droga, muchos empresarios aceptan los beneficios del dinero “que huye del fisco”.

El narcotráfico, como irán admitiendo los gobiernos, corrompe a fondo el aparato de justicia, y acrecienta la lucha de un sector policiaco contra la sociedad. El primer caso notorio: los crímenes del río Tula. La brigada Jaguar de la División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia (DIPD), al mando de Francisco Sahagún Baca, lugarteniente del jefe de la policía metropolitana Arturo Durazo Moreno, tortura y asesina a trece colombianos y al chofer mexicano que los acompañaba. Los colombianos, asaltantes de residencias y violadores, roban un banco, los jaguares se enteran y optan típicamente por la “expropiación”. Según parece, al morir el primero en la tortura, se decide que el resto siga su camino. Los cadáveres, arrojados al drenaje, se asoman destrozados en el río Tula.

El caso conmueve a la opinión pública que relaciona, un tanto inesperadamente, a los crímenes con los derechos humanos. El periodista Manuel Buendía es el primero en denunciar la matanza, y las pruebas se acumulan. Al terminar el sexenio de López Portillo, concluye la impunidad de Durazo, y un libro (un libelo melodramático) impulsa aún más el vuelco de la nota roja. Lo negro del Negro Durazo (Editorial Posada, noviembre de 1983) de José González y González, ex-guardaespaldas de Durazo, es un testimonio cuya credibilidad se intensifica por el cinismo y las bravatas del protagonista y relator: “En mi vida de gatillero profesional, yo, Pepe González y González, autor del presente trabajo, comencé a matar desde los 28 años de edad, y teniendo en mi conciencia una cifra superior a 50 individuos despachados al otro mundo, agradezco la intervención de los funcionarios por cuyas gestiones no me quedaron antecedentes penales. Advierto que maté por órdenes de gente como Gustavo Díaz Ordaz, Alfonso Corona del Rosal y muchos más. Sólo cumplí órdenes”.

El Negro Durazo del libro de González no desentonaría en películas del cine negro o en novelas de Jim Thompson. Hombre sin otro aval que la amistad de infancia con el Presidente López Portillo, Durazo goza haciendo que se admita, por el peso del favor presidencial, su índole calificable en otras épocas de “patibulario”. Todo en su comportamiento es el exceso, y el exceso mayor lo comete quien, conociéndolo, lo designa jefe de la policía de la megalópolis que es el botín por excelencia. González refiere el saqueo de la ciudad, el envilecimiento del cuerpo policíaco, la impunidad que se extiende desoladoramente, las extorsiones, los fraudes, las torturas, las ventas de protección al hampa, el auge del contrabando, el narcotráfico, la red del capitalismo alternativo. No se le contradice ni se le desmiente. Su testimonio, el de un asesino confeso, no tiene valor moral, y mucho de lo que revela ya se sabe. Sí, a la ciudad la ha “protegido” un ser irascible y despiadado, que manda edificar residencias faraónicas en el Ajusco y en Zihuatanejo, que alterna con magistrados de la Suprema Corte de Justicia y con figuras del espectáculo, que representa a escala la jactancia del ordenamiento político y económico que lo hace posible.

La credibilidad de Lo negro del Negro Durazo es función de la experiencia personal del millón de compradores del libro y de los presumibles diez millones de lectores. La nota roja que de allí proviene, por entero distinta a la anterior, se orientará al vislumbramiento esporádico de las conspiraciones del poder paralelo, tan impulsado por los poderes centrales. El espacio predilecto de esta nota roja ya no será el Palacio Negro de Lecumberri (que cierra sus puertas el 26 de agosto de 1976 para reaparecer como Archivo General de la Nación), sino el laberinto de oficinas de lujo, de restaurantes y colonias exclusivas, de juzgados en donde los narcotraficantes obtienen su libertad bajo fianza, de campos de aterrizaje clandestinos, de asesorías especializadas en borrar las huellas del lavado de dinero, de discotecas en donde los vástagos del Establishment se alían con los distribuidores de sensaciones que son adelantados del dinero emergente. Y queda arrinconada la antigua nota roja, al cesar el seguimiento de los casos que sólo dependen -artesanía del mal- de las tan desprotegidas pasiones humanas.

En 1983 Durazo huye de México. La DEA lo descubre en Río de Janeiro y lo sigue hasta San Juan, Puerto Rico, donde se le detiene y se le envía a Los Ángeles. El trámite de extradición es lento, y el proceso penal en México resulta inconvincente, al acusársele a Durazo de delitos menores. En 1984 otro acontecimiento afianza el salto de la nota roja a la primera página de los diarios. El 30 de mayo, al salir de su oficina, el columnista de Excélsior Manuel Buendía es asesinado por la espalda. La foto de portada de Impacto es despiadada: el cadáver de Buendía en la calle, de bruces, cubierto por su gabardina. El crimen, determinante en la historia de la libertad de expresión, da lugar a investigaciones tan costosas como inútiles, y ya en 1989 al hallazgo rápido de los culpables de segundo orden, o por lo menos así lo registra ese coro de voces sin destinatario, la opinión pública.

En el momento de su muerte, Buendía, el periodista más leído del país, investiga entre otros asuntos los crímenes de la ultraderecha de Guadalajara, los negocios del sindicato petrolero, el tráfico clandestino de armas, las “irregularidades” del aparato judicial, las actividades de la CIA en México y, tal vez, el narcotráfico. (De esto no hay constancia en sus artículos, ni en sus archivos, presumiblemente saqueados).

EL ASALTO A LA NOTA ROJA

Si exijo plena justicia para el arte que ejerzo, es por tratarse de algo impersonal, algo que me trasciende. Lo corriente es el crimen; lo raro, la lógica.

Sherlock Holmes a Watson. (Citado por A. Conan Doyle).

El 7 de febrero de 1985, al salir del consulado norteamericano en Guadalajara es secuestrado el agente de la DEA (Drugs Enforcement Agency) Enrique Camarena “Kiki”, y horas antes, también raptan a Alfredo Zavala Avelar, un piloto que la DEA contrataba en misiones especiales. El affaire Camarena, gran casus belli entre los gobiernos de México y Estados Unidos, divulga para empezar los nombres de traficantes cuya fama local se vuelve internacional: el hondureño José Ramón Mata Ballesteros, los mexicanos Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca don Neto, Miguel Ángel Félix Gallardo, Pablo Acosta. De los hechos se desprende otra visión, más terrible y compleja, de los subterráneos de la política y de las consecuencias del narcotráfico en ámbitos ya previamente deformados por la corrupción. Mientras la seguridad pública resulta asunto de tercer orden, narcos y jefes policíacos fraternizan, Muy Altos Funcionarios (nunca identificados, con frecuencia identificables) o son socios o negocian su protección, al hampa también la integran judiciales, y el lavado de dinero es una de las siete tentaciones empresariales. (Escogí el número siete para subrayar la índole cristiana del empresariado).

Meses antes, el 9 de noviembre de 1984, la Policía Judicial Federal y el ejército invaden el rancho El Búfalo -propiedad de Caro Quintero y don Neto, entre otros, en el municipio de Ciudad Jiménez, Chihuahua, incineran cerca de cuatro mil toneladas de mariguana, y detienen a más de dos mil campesinos de Sinaloa, Sonora, Durango, Oaxaca, Michoacán y Guerrero. En El Búfalo llegan a trabajar entre cinco y siete mil personas, bajo un régimen de semi-esclavitud, que lleva a la mayoría a huir del universo concentracionario a escala, internándose en la sierra.

Según algunas versiones, los narcos, airados, ávidos de venganza por la incursión federal en El Búfalo, capturan a Camarena para determinar cuánto más sabe, se encarnizan en la tortura y, en su ebriedad de poder, no perciben la equivocación monstruosa: su compra de impunidad es básicamente local. Según la DEA -tal y como lo exhiben sus dos apologías semioficiales, Desesperados, el reportaje de Elaine Shannon, y Drug Wars, la mini-serie televisiva basada en el libro de Shannon- el secuestro de Camarena es la mayor provocación (el error de cálculo) de una conjura de vastos alcances cuyo centro está casi en todas partes. La DEA y el State Department consideran llegado el momento de arrasar con el narcopoder, contiguo, imponiéndole de paso condiciones onerosas al gobierno mexicano. Para ellos, además de las perennes motivaciones de la geopolítica, están en juego el orgullo de la DEA, la seguridad nacional, la confiabilidad del país vecino.

Es lenta y con frecuencia torpe y desafortunada la respuesta del régimen de Miguel de la Madrid. Al principio desean confinar el caso Camarena a la nota roja tradicional, y la Procuraduría General de la República tiende a disminuir su importancia (política y penal) negando o ignorando muchos de los cargos que contra la morosidad y las complicidades del aparato judicial lanzan la DEA y John Gavin, embajador de Estados Unidos en México. Y es enorme la desventaja de las autoridades nacionales ante la agresivísima campaña de los gobiernos de Ronald Reagan y George Bush. Si el sentido de la ofensiva es mentiroso en lo fundamental (la “preocupación moral”, como se reitera en Panamá, es la nueva estrategia del imperialismo norteamericano), sí se aportan revelaciones y pruebas. Los norteamericanos acuden a todo: filtran informaciones en los medios de comunicación, usan presiones económicas y diplomáticas, señalan en forma directa o indirecta a prominentes funcionarios del sexenio de De la Madrid cercanos al narcotráfico (de jefes judiciales al secretario de la Defensa Juan Arévalo Gardoqui), secuestran mexicanos en México por su presunta intervención en el caso Camarena (René Martín Verdugo y el médico Humberto Alvarez Machain), lanzan calumnias racistas en torno a la “corrupción orgánica” de los mexicanos y no les importa situarse en la ilegalidad. El 15 de junio de 1992 la Suprema Corte de Justicia norteamericana impugna la repatriación de Alvarez Machain y valida el derecho de Estados Unidos a desdeñar leyes y tratados internacionales, y utilizar los métodos que considere pertinentes para “aplicar la ley”.

Al plan de venganza, intimidación y escarmiento dirigido ostensiblemente por al DEA, las autoridades mexicanas oponen timideces, declaraciones enfáticas de muy corto alcance, mentiras flagrantes que al ser rectificadas nunca llevan adjunta la autocrítica, silencios de la complicidad, acciones parciales y tardías, sensaciones de acorralamiento, resignación ante la presencia (anti-constitucional) de la DEA en México. Y las acusaciones reaparecen como escándalos: hay jefes judiciales (muchos) ligados al narco, hay un sistema de impunidad paralelo, hay quien por 60 millones de pesos acepta la fuga de Caro Quintero en el aeropuerto de Guadalajara, hay quienes “siembran” los cadáveres de Camarena y Zavala en las cercanías del rancho El Mareño en Michoacán, luego de que los judiciales asesinan a los dueños, la familia Bravo. Y hay, para “cubrir las apariencias”, aprehensiones, allanamientos de morada, torturas, asesinatos. Son detenidos Caro Quintero y don Neto, son cesados y sujetos a proceso diversos comandantes de la Judicial, son investigados algunos empresarios. El conjunto de acciones “exculpantes” les resulta insuficiente a los norteamericanos y 1985 es el año en que la nota roja se incorpora a la alta política o a la inversa.

SAN NARCOS TIENE LA FAMA

Los campesinos son pura gente noble, como lo soy yo y mis compañeros y el señor Ernesto (Fonseca) y como toda su gente. Somos pura gente que ayudamos a México, o sea que hacemos escuelas, que ponemos clínicas, que metemos luz a los ranchos, agua potable. Lo que no hace el gobierno lo hacemos nosotros. No lo hacemos con ningún fin de obtener algo por eso, ni porque nos tome en cuenta todo el mundo. Nada más porque nos sentimos bien nosotros mismos.
Rafael Caro Quintero, en declaraciones a reporteros.

A la nota roja la arraigan socialmente y le suprimen su sentido último (la transfiguración de la moraleja en leyenda) los “personajes inolvidables” y las anécdotas. En los años recientes, hallo tres personajes a su modo emblemáticos, dos levantados sobre la desmesura (Rafael Caro Quintero y Adolfo de Jesús Constanzo, el “narcosatánico”), otro más bien sintomático (Juan Moro Avila, acusado del asesinato de Manuel Buendía). De entre la variedad de episodios y figuras criminales en México, los tres anteriores son los más favorecidos por la prensa, la industria editorial, la memoria colectiva.

De ellos, Caro Quintero es, sin controversia, el más famoso y, la palabra es inevitable, el paradigmático, el born-loser que a su brutal manera triunfa. Según datos de la Procuraduría General de la República, Caro, sinaloense, abandona la escuela primaria en el segundo año para dedicarse a las tareas agrícolas. A los 18 años, deja La Noria, su pueblo, y en Culiacán maneja un camión que transporta pastura para ganado. Pronto, se ocupa de la siembra de mariguana y vende al menudeo los 200 ó 300 kilos que cosecha. A los 24 años su ascenso parece indetenible, y en Caborca, Sonora, siembra cinco o seis toneladas al año. Sus relaciones se amplían en México y en Estados Unidos, y conoce a dos de los grandes capos (de los visibles): Ernesto Fonseca Carrillo y Juan José Esparragoza, asociándose con ellos en una cosecha importante en La Ciénaga, Sonora. En 1983, Caro destaca lo suficiente como para tratar y sobornar a comandantes de la Policía Judicial Federal, que se comprometen a no destruirle los plantíos, y a no hacer fumigaciones aéreas. En 1984, a través de su hermano José Luis, compra en Chihuahua los ranchos El Búfalo, El Vaquero y Pocitos, y para la siembra contrata a miles de hombres. (Aquí las cifras varían, de 30 mil a diez mil peones mariguaneros).

Caro, figura de la sociedad marginal. El se relaciona con la Buena (Optima) sociedad de Jalisco a través de sus nuevos socios en hotelería y agencias automotrices; él tiene acceso al sancta sanctorum del narcotráfico; a él sus ganancias le permiten gestos amistosos como el mítico obsequio de 300 automóviles Grand Marquís a “clientes y favorecedores” en prensa, la judicatura, la policía. Y él, también, consigue añadirle a la imagen corporativa el toque personal: en una discotheque de Guadalajara conoce a Sara Cosío, sobrina del político Guillermo Cosío Vidaurri, entonces presidente del PRI en el DF. Hasta allí lo comprobable. Lo que sigue es leyenda, la minuciosa combinación de hechos, factoides y meras fantasías. Caro se enamora de Sara, obliga a su novia oficial a quitarse de enmedio, la solicita formalmente en matrimonio, la “rapta” o la rapta en noviembre de 1984 y se la lleva a Sonora, en Navidad la devuelve al hogar, le hace cuantiosos regalos a la familia (la familia asegura que esto es falso) y -aquí para efectos de la nota roja, da igual si se trata de una obra cumbre de la imaginación o de las excentricidades del narcopoder- el 14 de febrero de 1985, una semana después del secuestro de Camarena, manda quemar frente a la casa de los Cosío cinco automóviles Grand Marquís. Si los autos son para él lo más valioso, su llamarada será, extenuando la metáfora, incesante.
Hay correspondencia (verdadera o apócrifa, quién lo sabrá jamás) de Sara a Rafael, que en 1985 se publica con profusión. En una carta autógrafa, Sara se confiesa:

Rafael:

Aunque todo haya sido tan alocadamente, tú te portaste muy bien y la verdad eres bien bueno, nada más que quieres hacerte el malo, pero me trataste con mucho respeto y cariño. Por eso vas a ver que no pienso quedarte mal y quiero que te portes bien y te cuides mucho, eh. De todas maneras gracias y nunca lo vamos a olvidar.
Sara

El romance bilateral o unilateral continúa y, con ansiedad retrospectiva, la nota roja, uno de cuyos rasgos característicos es jamás distinguir entre lo privado y lo público, y que se apodera del asunto cuando éste no admite privacidad alguna, se entusiasma reconstruyendo las escenas. La persecución que el Caso Camarena desata, obliga a Caro a la huida, y a la búsqueda en la huida de la acompañante ideal. Le envía a Sara un recado: “Te vienes conmigo porque así lo quiero”. Y se produce la denuncia del padre de Sara, César Octavio Cosío Vidaurri:

Hoy, en la madrugada del 7 de marzo, a las 3:30 horas fueron raptadas mi hija, Sara Cristina Cosío Martínez, y su amiga Patricia Menier, por pistoleros de Rafael Caro Quintero. El hecho ocurrió cuando mi esposa Cristina, mi hijo César y las víctimas venían de cenar y de bailar en una discoteca. Cuando estaban a punto de llegar a la casa de Patricia, se les cerraron dos carros Grand Marquís, uno gris y otro blanco, y bajaron ocho individuos armados con metralletas R-15 y “cuernos de chivo”. Obligaron a mi hijo a parar el carro y por la fuerza subieron a las jovencitas a sus autos. Horas después, cerca de las cinco de la mañana, Patricia fue dejada en libertad.

Caro y Sara viajan a San José, Costa Rica, en un jet propiedad de los hermanos Cordero Stauffer, de las Mejores Familias de Guadalajara. Allí los espera una casa recién comprada en 800 mil dólares al contado en las afueras de San José, una finca con piscina, jacuzzi, casa de huéspedes, cabañas. Sara Cosío llama desde allí a su casa y se les ubica sin dificultad. El 4 de abril comandos antiterroristas y agentes de la DEA allanan la finca, arrestan a los guardaespaldas y entran a la recámara de Sara y Caro. La escena es memorable. Ella le dice al agente de la DEA: “Estoy secuestrada”. El le pregunta, señalando al detenido: “Quién es, querida?” Ella, con voz débil, responde: “Rafael Caro Quintero”. El aludido reacciona: “Puta”.

No necesita más la nota roja. A Caro y su grupo se les recibe en México como a los seres más peligrosos concebibles, la televisión transmite en la madrugada su llegada a la PGR, en las calles rumbo a las oficinas de la Interpol en la colonia Guerrero, grupos de jóvenes al paso de las patrullas gritan divertidísimos: “íCaro, denuncia a los corruptos!/ íCaro, a desenmascarar!/ íNombres, Caro, nombres!”. Sin que lo sea en absoluto, a Caro se le concede tratamiento de bandido-social, se componen corridos más en su honor que en su desdoro, se divulgan anécdotas de sus tropelías. Luego, su estancia en los reclusorios será igualmente legendaria, la devoción que inspira entre los celadores, las ampliaciones de su celda, las fiestas a la usanza sinaloense, la construcción de un palenque. Caro Quintero permanece en la nota roja como el narcotraficante que a cambio de 22 años de su sentencia penal vive, en un periodo breve las emociones, las sensaciones, los estímulos -de toda índole- de otro modo inaccesibles.

“VOY A DAR UN PORMENOR DE LO QUE NO ME HA PASADO”

Al centrarse la nota roja en las relaciones entre seguridad nacional y delincuencia (entre impunidad y violencia), los lectores ponderan cada vez más a la sociología y los rudimentos de ciencia política por sobre “la magia del crimen”. Esto en los años recientes admite sin embargo excepciones notables; el hombre que secuestró a su familia; el caso de Elvira Luz Cruz, sentenciada por asesinar a sus cuatro hijos; el caso de Gilberto Flores Alavez, encarcelado por matar a sus abuelos paternos.
A principios de los sesentas un capítulo de la nota roja se vuelve, casi por vez primera, el símbolo cuya elocuencia es tal que borra el episodio que le dio origen, y deviene fábula urbana. Un enloquecido, deseando – literalmente- salvar de la realidad a su mujer y tres hijos, los encierra en su casa donde les predica y los castiga. Esto inspira a Los motivos del lobo (1965), la obra teatral de Sergio Magaña, y a El Castillo de la pureza (1972), la película de Arturo Ripstein con guión de José Emilio Pacheco. Aquí la anécdota lo es todo. ¿Se puede ir más lejos en el solipsismo, en la negación del mundo? El padre airado que sólo ve contaminación en el exterior, y odia aquello que desafía su dictadura en el hogar, es la metáfora última, enmarcada por la nota roja, del autoritarismo que sabe lo que le conviene a la gente a su cuidado, y es la representación grotesca de los pánicos del habitante de las grandes ciudades, convencido de la transformación de “el Exterior” en amenaza pura.

Por desesperación, ignorancia y debilidad física y mental producto de la anemia, Elvira Luz Cruz mata a sus cuatro hijos. Surge la pregunta inevitable, que es en rigor el eje del proceso: ¿hasta qué punto es responsable de sus actos una persona abandonada, sin recursos, enloquecida por la imposibilidad de darle de comer a sus hijos? Elvira no es culpable, Elvira no es inocente, y su atroz desamparo interesa a la opinión pública y muy en especial a grupos de feministas. ¿Cómo detener la violencia contra los niños, tan extendida en las clases populares, sin erradicar al mismo tiempo a la miseria extrema y uno de sus resultantes psicológicos, el machismo que se sacia en la atmósfera doméstica? Al padre de los niños no le atañen ni la suerte de sus hijos ni la desesperación de Elvira. Y en 1981, los vecinos de la colonia popular, al hallar en el cuartucho de Elvira a los hijos estrangulados y a ella a punto de morir en un intento de suicidio, la rescatan, la golpean duramente y la entregan a la policía. En la polémica consiguiente participan feministas y tradicionalistas, y del debate resultan Los motivos de Luz de Felipe Cazals, un docudrama, y Elvira Luz Cruz de Dana Rothberg, un documental.

En 1978 son ejecutados a machetazos Gilberto Flores Muñoz, ex-secretario de Agricultura en el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines, y su esposa Asunción Izquierdo (la novelista Ana Mairena). Pronto se localiza al culpable, el nieto Gilberto Flores Alavez, estudiante de los Legionarios de Cristo, joven de 20 años que profesa devociones místicas y a quien lo pierde el testimonio del amigo que lo acompañó a comprar el arma homicida y el frasco de Valium usado para dormir a la pareja. Al caso lo rodea el clima paroxístico propio de los grandes momentos de la nota roja, y los lectores (que, por lo mismo, se consideran necesariamente los expertos) quedan al tanto de las riñas de la familia, de los hábitos y las obsesiones de Gilberto, el Quiles, de los intentos del padre y del defensor del acusado por hallar con rapidez otros “culpables”, de “la ambigüedad que los psicólogos de la Procuraduría del Distrito Federal dictaminan en quien a los 20 años de edad se declara virgen, de la lucha por salvar a Flores Alavez de su propia confesión: “Lo hice motivado por una enfermedad mental”. El caso da origen a tres novelas: Mitad oscura (1982) de Luis Spota, Los cómplices (1983) de Luis Guillermo Piazza, y la extraordinaria reconstrucción documental de Vicente Leñero, Asesinato (1985).

LAS PUERTAS DEL INFIERNO Y LAS CUENTAS DEL BANCO

Pese al ejemplo de Leñero, en México no prospera lo que en Estados Unidos es el exitoso género del True Crime, cuyo auge inicia In Cold Blood de Truman Capote, y confirma The Executioner’s Song de Norman Mailer, y hoy es “legado adjunto” de cada crimen famoso y cada serial-killer, de la tribu de Charles Manson y el Hijo de Sam al caso Von Bülow y la infinita conversión del asesinato de John F. Kennedy en la mayor historia de nota roja de todos los tiempos. Sin ir más lejos, en 1989 “los narcosatánicos” son el tema de cuatro libros norteamericanos: Children of Blood. The Matamoros Cult Killings de Jim Schutze, Across the Border de Gary Provost, Hell Ranch de Clifford Linedecker y Blood Money de Edward Himes. (En México sólo hay un “acuse de recibo”: una película destinada al circuito “sexplotador” de la frontera Norte). Además de la falta de hábitos de lectura, en la inexistencia del género de True Crime cuentan las dificultades para conseguir información confiable, y el auge del thriller, la literatura policiaca por excelencia en países en donde no se cree en los sistemas de justicia, y en donde personajes como Alfredo Ríos Galeana, por comentados que sean, no obtienen la consideración legendaria de los bandidos sociales como Chucho el Roto. (A fin de cuentas, Ríos Galeana es un producto de la policía judicial). Y si hay thrillers, ¿para qué se necesita el género del True Crime?

Un capítulo de Fuera de la ley demuestra y, en parte, niega el nuevo rumbo de la nota roja. Es el caso de los “narcosatánicos”, la tragedia enmarcada por el grand-guignol, que en cierto sentido admite ser visto como un gore film, con su “Freddy Krueger”, un personaje desmesurado y bárbaro, Adolfo de Jesús Constanzo, joven cubano-norteamericano, educado en Miami y Haití por padres santeros del culto del Palo Mayombe. Constanzo llega a México a los 23 años de edad, y desde el principio su atractivo físico y su manejo de las supersticiones propias y ajenas le permiten hacerse de clientela y de fanáticos. El, mesiánico y creyente sincero en las fuerzas demoniacas, jactancioso y despiadado, se va haciendo de un reparto o de un repertorio donde se combinan figuras del espectáculo, narcotraficantes menores y mayores, jefes policiacos que Constanzo inicia (“raya”) en la santería, y diversos personajes (casi estereotipos) del universo marginal.

Constanzo en México es, según los escasos testimonios disponibles, un individuo “carismático”. Sabe gastar, sabe comprometer irremediablemente a sus allegados, sabe prometer, sabe amenazar, sabe adular. A varios comandantes -en ceremonias diseñadas por él- les “concede la Inmunidad”, la protección de las fuerzas del mal a cambio de algunas consideraciones a su persona; a sus clientes del show-business los convence de las ventajas de agradar a los dioses antiguos; al gatillero Alvaro de León Valdés, El Duby, de 22 años, le promete que las balas no lo tocarán; a su “sacerdotisa” Sara Aldrete le facilita las intensidades del dinero y el riesgo; a sus amantes, Omar Orea Ochoa, estudiante de Ciencias Políticas, y Martín Quintana, narcotraficante muy joven, los hace partícipes de su visión del mundo. (Omar, que no interviene en las actividades delictuosas, le es incondicional porque Constanzo le resuelve literalmente la vida).

El grupo entero abraza la santería, en la muy peculiar versión de Constanzo, con la credulidad y la indiferencia de quienes hacen lo que les dicta el Destino, ese seudónimo de las oportunidades a mano. Ellos conocen dos jerarquías: la reverencia ante la autoridad y los alcances del dinero, y la dualidad modela sus vidas. Y lo más alucinante de esta pérdida de voluntad ante el delito es su semejanza con las persuasiones de las sociedades totalitarias. Gente que jamás se propuso matar, lo hace, y con saña, porque ese día allí estaba, en el sitio indicado, al alcance de las órdenes de Constanzo. La oportunidad es el criterio único del mal, y quienes en otras circunstancias podrían ser por entero distintos, alcanzan niveles inusitados de bestialidad porque, de pronto, alguien les concede el dominio sobre otros cuerpos. Y Constanzo, que la perfecciona, no inventa esta psicología criminal, muy actuante en las zonas “perdidas” de ciudades como Matamoros o el DF, y ya determinada por los vacíos existenciales de quienes no tienen o no creen tener opciones, y que matan porque a sus propias vidas no les atribuyen significado alguno. En la formación de estos seres no intervienen criterios valorativos. No conciben el mal o el bien porque lo suyo no es el universo de las alternativas.

En Constanzo no se dan ni pueden darse las reacciones morales. El ama la crueldad y, además, la crueldad le es indispensable para consolidar su tiranía. En Matamoros y en México él asesina y manda asesinar por razones del narcotráfico y de su demencia (no en balde, él y su grupo ven compulsivamente The Believers, la película de John Schlesinger sobre un culto satánico del Palo Mayombe). Y a él lo destruye tensar el arco en demasía. A Constanzo nada le sucede por liquidar, y brutalmente, a travestis, mariguaneros y judiciales, pero a él lo aniquila el secuestro, la tortura y la muerte del estudiante norteamericano Mark Kilroy. Al proceder así, Constanzo ignora lo básico: el poder que tiene, el que sea, es derivado y se le da mientras no cause problemas graves. El gobierno norteamericano apoya las demandas de la familia Kilroy, y la impunidad de Constanzo se extingue.
El genuino gore film: asesinatos con tortura y mutilaciones; ceremonias iniciáticas con, por ejemplo, el jefe de la Interpol en México; cadáveres descuartizados con cuyos huesos se hacen collares que eliminen la mala suerte; viajes y huidas frenéticas, y la alucinante escena final el 6 de mayo de 1989: Constanzo rodeado por la policía en su departamento de la calle Nilo, quema dinero en el departamento, y en español y en ñáñigo o bantú (imposible saberlo), les grita a sus perseguidores en la calle mientras les dispara sin puntería alguna y les arroja billetes de cien dólares: “íTomen, desgraciados! íTomen, muertos de hambre!” (Y policías y curiosos, sin miedo alguno, se lanzan a recoger los dólares).

Constanzo le exige al Duby que los mate a Martín, a Omar y a él. El Duby se niega al principio, Constanzo amenaza: “De no hacerlo, vendré del infierno a castigarte”. El Duby acepta, en el último momento Omar se niega a morir, Constanzo y Martín se meten en el clóset y El Duby los ametralla.

Imposible más elementos de horror genuino. Pero si lo que ocurre desborda cualquier imaginación, a los “narcosatánicos” también los determina otro paisaje mucho más racional: las atmósferas de impunidad del narcotráfico. Allí, Constanzo no es “enviado de las fuerzas del Mal”, sino un gángster menor, cuyos crímenes, por monstruosos que sean, corresponden al esquema general del tráfico, en la semiclandestinidad de la ciudad de México o en las penumbras de Matamoros, en donde Constanzo recluta a su grupo y efectúa sus primeros rituales sangrientos. A la inmensa estupidez del crimen la circunda la zona cuya clave amnésica es la fosa común.