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Migrar ha sido duro pero no imposible para los mexicanos y centroamericanos que han decidido cruzar la frontera norte. Sin embargo, nunca ha sido tan duro como ahora. En los picos históricos de la migración indocumentada, el migrante ha sido un agente independiente y libre, un aventurero que emprende el viaje no sólo por reacción a su necesidad económica, sino también como un ejercicio de vitalidad y de futuro. Quizá también sea por eso que los migrantes mexicanos han ido mejorando su situación económica y social a un ritmo sorprendentemente veloz (a pesar del bajo nivel educativo con que llegan a sus nuevas comunidades). Hoy las cosas parecen estar cambiando. No sólo la migración se ha alentado debido a la “bunkerización” de la frontera y a las iniciativas discriminadoras estadounidenses como la Ley Arizona, también ha ido perdiendo – y quizá esto sea lo más grave –su componente esperanzador. Lo que antes se veía como una aventura luminosa – tampoco exenta de sus bajas ocasionales-, ahora se ha vuelto un tránsito macabro. Un viaje que, como dirían los guatemaltecos que viajaban con los 72 migrantes masacrados en Tamaulipas hace apenas unos días, sugiere que el tránsito por México es, de hecho, Guatepeor.

La creciente desesperanza del tránsito transfronterizo comenzó hace tiempo. Entre 1940 y 1960 hubo una gran ola de emigración fomentada por esquemas temporales de reclutamiento de personal mexicano. La tendencia a emigrar siguió creciendo y, a finales de los años setenta, la frontera se cruzaba sin documentos con gran facilidad. Los esquemas migratorios más estrictos que se implementaron en los años ochenta y, sobre todo, en los noventa tuvieron consecuencias no deseadas. Por un lado, decreció el número de trabajadores indocumentados que regresaba a su lugar de origen; promovieron el establecimiento permanente de los trabajadores y sus familias. Por otro lado, los nuevos controles migratorios (y la ausencia de policías profesionales en México) también abrieron una ventana de oportunidad para que los emprendedores del crimen ofrecieran sus servicios y su expertise en el cruce ilegal de la frontera. De esta manera, los traficantes de personas fueron construyendo un control aún más férreo del reclutamiento y la transportación de trabajadores a suelo estadounidense. Ahora es más caro y más difícil cruzar, también hay más armas, más dinero gastado en corrupción y los propios migrantes tienen menos control sobre los riesgos personales y financieros de irse a Estados Unidos. Por lo tanto, no sorprende que las mismas redes criminales transporten cada vez más niños y mujeres esclavizadas. Trabajadores secuestrados que habrán de realizar las tareas que ahora sí nadie quiere hacer (ni ellas mismas).

Dado que los trabajadores migrantes aún se necesitan en EUA, el resultado de políticas migratorias más duras fue una cepa más abusiva de tráfico humano. Lo que solía ser un viaje retador hoy es tentar al destino. Trágicamente la necesidad de migrar no ha disminuido. Ya no sólo se trata de abandonar el terruño por pobreza sino también por el miedo a la violencia que va dominando el ánimo de los mexicanos. Pero lo peor de todo es que las ganas por irse no van acompañadas de un porvenir deseable. Los que todavía se animan huyen de la tristeza y se dirigen –en el mejor de los casos- a la incertidumbre, pero probablemente al abuso, la discriminación y la violencia. Uno migra para abrir el futuro, no para cerrarlo. Por eso se enriquecen las naciones que reciben poblaciones extranjeras motivadas, solidarias y trabajadoras. A los mexicanos se les va apagando esa luz que significaba impulsar un flujo de personas más civilizado, más redituable para ambas partes, más respetuoso, más lleno de esperanza. Pero esta vez la raíz de la desesperanza no viene del otro lado del Río Bravo, sino de los sucesivos gobiernos mexicanos que no han sabido o no han podido negociar un acuerdo migratorio con Estados Unidos, y que han defendido los derechos humanos de sus ciudadanos en el extranjero con la misma intensidad con la que ignoran esa misma defensa en su propia tierra: defensa de los ciudadanos contra los traficantes que ya no sólo extorsionan sino que esclavizan y matan. Si da miedo quedarse, ahora da pavor la idea de irse. El miedo paraliza y el aislamiento entorpece. Ésta es una más de las consecuencias de un Estado que prefirió mantener una falsa estabilidad; que se dedicó a taparle el ojo al macho otorgando dádivas y privilegios a unos cuantos “guardianes del orden”; gobiernos que se negaron a cumplir con una de las tareas más cruciales de un Estado: gobernar para todos, empezando por los más desprotegidos.

Mario Arriagada Quadriello. Politólogo.