sweHace unos días en las elecciones parlamentarias suecas, la coalición conservadora mantuvo una mayoría relativa, pero no logró la mayoría simple que le permitiría fácilmente formar un gobierno. En parte esto se debió al crecimiento electoral de la ultra derecha sueca, con una agenda xenófoba y a la caída histórica del famoso partido socialdemócrata sueco. El partido de ultra-derecha, los Demócratas Suecos, pretendieron transmitir en televisión abierta un spot en el que plantea al electorado una disyuntiva entre el presupuesto de las pensiones de los adultos mayores y el “presupuesto para la inmigración”, pero el canal al que lo ofrecieron decidió no transmitirlo. En el anuncio (el video de aquí abajo), por un lado salen personas en andadera tratando de defender sus pensiones, y por el otro mujeres con burkas musulmanas y carreólas corriendo por el presupuesto.

En el blog de la revista Dissent, Yascha Mounk, plantea una interesante discusión sobre el tema. Por un lado, advierte a los lectores que la Suecia de nuestros sueños (“Suecialandia”), aquella con un Estado de Bienestar efectivo y una sociedad tolerante, en parte es una fantasía. Por el otro plantea algunos de los dilemas y expectativas  que hay en las democracias liberales con respecto a las posiciones extremistas. Hay quienes creen que al permitir que las posiciones extremas participen en el sistema electoral, por definición tendrán que moderar sus posiciones para poder tener posiciones de poder y llegar a un electorado cada vez más amplio. Otros creen que a los partidos extremistas hay que tratarlos con desprecio y ostracismo para no permitir que se “legitimen” como fuerzas democráticas. El crecimiento de la derecha extremista en Europa en años recientes pude darnos lecciones sobre ambas estrategias.

Un ejemplo de la estrategia del ostracismo es Francia, en las elecciones del 2002, a la segunda vuelta electoral sólo pasaron candidatos presidenciales de derecha. Jacques Chirac de la derecha tradicional, y Jean-Marie Le Pen de la derecha extrema.  La reacción en contra de la ultra-derecha fue tal que conservadores y socialistas votaron por Chirac, dándole más de 80% de los votos contra 17% de Le Pen.

Un ejemplo de la estrategia de la incorporación (y legitimación) es la de el partido austriaco de la libertad (FPÖ) encabezado por el xenófobo y antisemita Jörg Haider, cuyo partido llegó a su máximo de votación histórica en el año 2000 y participó en la formación de la coalición de gobierno. Desde entonces, el FPÖ sufrió una caída importante en sus votaciones y una división entre la vertiente más nacionalista y la populista. Al ser parte del gobierno el FPÖ ya no pudo sostener las posiciones más extremas de Haider, y este renunció al partido y formó un nuevo partido extremista que básicamente ha desaparecido del escenario electoral austriaco. (Tal vez hay una lección similar en la serie de televisión de ciencia ficción “Battlestar Galáctica” en la que se le permite participar electoralmente a un terrorista de izquierdas)

Mounk concluye su texto, después de especular que los Demócratas Suecos no serán parte de la coalición de gobierno, manteniendo sus dudas:

En Suecialandia, la necesidad de gobernar con extremistas nunca se presentaría. En Suecia y otros países Europeos experimentado con un ataque de los populistas de la extrema derecha, no estoy tan seguro.