Ed. Seix Barral, México, 1977

Ed. Seix Barral, México, 1977

Esta reseña fue publicada en la revista Nexos, en abril de 1978.

La última novela de Vargas Llosa, nuevamente un texto de fondo autobiográfico, se refiere al nacimiento de su carrera, a través del enfrentamiento entre el trabajo literario propiamente dicho y la parafernalia subliteraria de las series de radioteatros con las que tuvo contacto en su juventud. Junto a un Vargas Llosa de dieciocho años con una incipiente vocación de escritor, aparece un exitoso radioteatrista boliviano, Pedro Camacho, que redacta, dirige y representa las series de su invención y que conmueve al público limeño de los años cincuentas durante unas cinco horas diarias. La situación extrema: frente al joven escritor que vive un auténtico radioteatro -al enamorarse de su tía política, catorce años mayor que él, en un ambiente familiar estricto que obstaculiza a toda costa la relación-, el famoso escribidor pasa los días enteros encerrado en su oficina, sin leer un libro o un periódico, sin asistir a los partidos de fútbol, al cine o a una fiesta, y siempre tiene historias que contar.

Los textos del primero tienen unos cuantos lectores eventuales y, en el mejor de los casos, aspiran a tener unos cuantos más si se publican en el suplemento de un diario; los radioteatros sí poseen un extenso auditorio que supera en pocas semanas todos los ratings de programación, y el trabajo, de acuerdo con el volumen del material escrito (y transmitido), requiere de menos tiempo.

La tía Julia y el escribidor es la historia de unos cuantos meses de la vida de Mario Vargas -sus amores clandestinos con la tía Julia, su vida rutinaria como director de informaciones de Radio Panamericana y sus constantes reflexiones e intentos literarios- que alterna, capítulo a capítulo, con los primeros episodios de distintas series de radioteatros, escritos por Pedro Camacho y transmitidos por la vecina Radio Central. Estos últimos, nueve en total, conservan una aparente autonomía, aunque conforme su redactor empieza a desvariar y a caer en manos de la locura se van vinculando entre sí a través de personajes o situaciones comunes. El último capítulo de la obra, ya relegado Pedro Camacho al manicomio, en vez de presentar un episodio de radioteatro, continúa la historia de la tía Julia a manera de epílogo, ocho años después, cuando Vargas Llosa ha triunfado como escritor y ha roto la relación con su tía.

Dentro de la atmósfera realista que envuelve la novela, la historia del escribidor Pedro Camacho resulta poco menos que increíble. Si bien es totalmente probable que el radioteatrista, ante el trabajo desmesurado de quince o dieciséis horas diarias, confunda personajes, modifique injustificadamente las anécdotas o resucite a personajes muertos en alguna tragedia anterior, los ejemplos que ilustran tal desvarío son sólo chistes premeditada y alevosamente hiperbólicos. Existe una notoria diferencia entre la confusión (desesperación y desesperanza) que provoca la simplona locura de Pedro Camacho en los radioescuchas y la que provoca en los lectores de la novela. No es el radioteatrista quien confunde nombres y situaciones, es Vargas Llosa quien hace que los confunda.

La fluidez de la narración, sin esa prolijidad pomposa de supuestas innovaciones formales, el modesto desarrollo de la anécdota y los contrapuntos humorísticos de los radioteatros, hacen de la novela de Vargas Llosa una obra accesible a un círculo de lectores más amplio. La tía Julia y el escribidor nos revela nuevamente la enorme capacidad narrativa de su autor; sin embargo, el monolitismo de los personajes y la anécdota, la falta de economía, el incipiente realismo autobiográfico, la maniquea concepción del trabajo literario y los desiguales chistes, presentan a un nuevo Vargas Llosa escribidor que corre el peligro de tener tantos lectores, como Pedro Camacho radioescuchas.

Francisco Hinojosa.