Feminist
En las últimas semanas, algunos medios electrónicos han gastado una porción de sus energías en un debate que, para muchos, no es ninguna novedad: la dispareja proporción entre la presencia de escritores frente a la de escritoras en algunas revistas político-literarias de nuestro país. Fernando Escalante, de La Razón, fue el que primero lanzó la pelota con Extraños números. Continuó Héctor Aguilar Camín con ¿Revistas misóginas?, añadiendo las cifras de publicaciones como el New Yorker; le siguió Luis González de Alba, retrocediendo unos cien años la discusión que pusieron en marcha sus colegas con la siguiente idea: “Los hombres que sobresalen en ballet clásico, los que hacen arreglos florales para fiestas y los diseñadores de modas tienen fama de ser homosexuales. Y casi siempre lo son. Mujeres en levantamiento de pesas son lesbianas. (…) Es que, sencillamente, hay actividades que no atraen a heterosexuales, hombres o mujeres. Y no es aprendizaje. Sin importar régimen ni sistema social, los estadios de futbol están llenos de hombres, como las arenas de box y lucha. O las publicaciones.” La opinión de Luis González de Alba lleva por título ¿Cuotas por género?. Pero ¿es que alguien, en verdad, está pidiendo cuotas por género en las revistas literarias? Lo que el debate pide a gritos es perspectiva social e histórica. Y sí, perspectiva de género.

En México, ser feminista es casi tan grave como ser terrorista. Por ende, todo debate que se reconozca dentro de esta línea es, de entrada, rechazado por una buena parte de los medios, de la ciudadanía, de los escritores e, incluso, de ciertas escritoras. La representación femenina dentro de las revistas literarias ha sido una discusión equivalente al pan de cada día en espacios preocupados por entender los mecanismos de participación de las mujeres en todas las esferas de la vida social desde hace mucho tiempo. Sus protagonistas han sido, en su mayoría, escritoras que defienden la visión femenina del mundo como una perspectiva más que ofrecer a la experiencia de los lectores. Hoy, tres opiniones circulan en la red, tres opiniones esgrimidas por hombres, por escritores. [Nota del editor: este texto fue originalmente escrito antes de la publicación en el Blog de la Redacción de Nexos de los posts de Juelene Iriarte y Laura García Coudurier] Resulta descorazonador que un tema cuya importancia se reconoce desde largo tiempo ha, cobre escandalosa relevancia mediática hasta que es abordado por los representantes masculinos de las publicaciones canónicas de la literatura mexicana. Un rasgo más que deberían tomar en cuenta quienes duden de que la supremacía masculina aún dicte la norma en la vida cultural, social y política de este país, o de los que colocan sus artículos de opinión entre signos de interrogación, como Aguilar Camín y González de Alba.

Para entender por qué las mujeres publican menos que los hombres hay que ejercer un poco de empatía histórica y desglosar las causas desde mucho más atrás de los movimientos feministas consumados en la segunda mitad del siglo XX. La desventaja con que juegan las escritoras no es mágica, ni misteriosa, ni producto de la lotería genética: hay circunstancias socioculturales muy claras que han marcado la suerte de su oficio. Pareciera ocioso enumerarlas, pero ante las interrogantes planteadas recientemente, se evidencia una supina ignorancia al respecto; así que quizá no lo sea:

  1. La prohibición explícita que sociedades, gobiernos y religiones impusieron a las mujeres como participantes de la vida pública;
  2. La especialización del trabajo femenino (todo aquello que tenga que ver con el cuidado de los otros: la casa, los hijos, las costuras, la cocina, la enfermería, el jardín de niños), aunada a su poca o nula retribución; pues son actividades que su misma naturaleza (ay, esa señora autoritaria) les dicta.
  3. La necesidad de insertarse en la institución del matrimonio y el papel de madre como garantía de sustento vital dentro de sociedades que no permitían a las mujeres el aprendizaje ni el ejercicio de ningún trabajo fuera de casa, ni que fuesen propietarias de ningún bien material.
  4. El fomento de las cualidades femeninas más valoradas (la buena apariencia física, la docilidad, la maternidad, el punch sexual, la juventud) por parte de aquellos mismos que exigen inteligencia, profesionalismo y raciocinio para que ellas destaquen: los medios de comunicación, entre los que se encuentran las mentadas revistas (de toda clase).
  5. La permanencia de un sistema cultural para el que lo femenino no forma parte de la experiencia universal (aunque lo masculino, a pesar de su insalvable parcialidad, sí lo es), que sigue estableciendo mercados editoriales diferenciados, esperando que las mujeres privilegien la vida de esposo, padres, e hijos por encima de la propia (“es una santa esa mujer”) y recreando la estructura de forma que así permanezca.

Todo esto produjo un rezago considerable –y continúa– en la formación de las escritoras, que apenas pudieron abrirse paso, en nuestro país, con la Generación de Medio Siglo (Sor Juana se cuece aparte). No me refiero de ninguna manera a que ese retraso produzca escritoras de mala calidad y por eso no se les publique, nada más lejos de lo que quiero decir: la formación de una escritora no sólo depende de su talento, preparación y buena ejecución; sino de la percepción que ellas mismas tengan hacia su propio trabajo y sus propias habilidades; y esto es una tarea titánica dentro de las sociedades patriarcales, donde, como en todos los grupos humanos, la identidad se construye a partir de lo que los otros dicen que somos, y a las mujeres se nos ha enseñado a ser, ante todo, humildes, dóciles, complacientes. A ser siempre en función de los demás. Quienes pese a todo lograron salvar estos obstáculos fueron estigmatizadas por una u otra razón, siempre habrá una etiqueta que se ajuste a la escritora: Loca (Elena Garro), Puta (Pita Amor), Mojigata (Guadalupe Dueñas), Mártir (Rosario Castellanos), Perezosa (Amparo Dávila). Y cuando no les queda alguna, cuando el trabajo o la vida literaria de alguna mujer es simplemente irreprochable, siempre tendrán aquella que no viene al caso, pero que al parecer para las mentes simples es un insulto terrible: Lesbiana (Virginia Woolf).

Y en este momento no faltará el que proteste sacando el argumento favorito y diga “¿De qué se quejan, si ahora la situación es muy diferente?”. De entrada, es una perorata cínica e insensible cuando las condiciones de las mujeres (no las de la clase media, no las de las ciudades, no las que tienen acceso a la educación) son tan lamentables en México. Pese a que ya existen las leyes que garantizan la igualdad de los derechos entre sexos, en la vida cotidiana nos encontramos con ejemplos claros de que esa aún no es la realidad palpable en las calles, ni en las escuelas, ni en las revistas literarias: maestras que dividen al salón en rosa y azul, mujeres que confunden la liberación femenina con el derecho a ser tratadas como unas princesas, hombres que siguen considerando que una mujer debe darse a respetar (y no por la sencilla razón de que sólo por ser una persona merece respeto), acosadores sexuales en la calle que tachan de frígidas a las mujeres que los interpelan, amigas que se regodean entre sí por no ser enojonas ni “radicales” como esas feministas. Ciudadanos indiferentes ante los feminicidios en Ciudad Juárez. Ciudadanas indiferentes ante los feminicidios en el Estado de México. Escritores que siguen poniendo la foto de una tía buena a manera de ilustración en sus columnas para alegrar la vista del lector. Escritoras que consideran halago esa crítica que alaba su texto porque no se nota que lo escribió una mujer, pues según este sistema ha alcanzado la verdadera universalidad, como los escritores De Verdad.

Al surgir este debate se ha evidenciado la profunda ignorancia que existe respecto a la posición de las mujeres no sólo en el ámbito literario de nuestro país, sino de la ciudadana de a pie. No es costumbre todavía que una mujer comparta los espacios que antes eran del privilegio masculino, no se nos ve desde la misma posición. Somos constantemente interrumpidas en las mesas de debate, desacreditadas o minimizadas, con cariño (seguramente como las princesas que merecemos ser): No, mi reina. Hay escritoras que afirman, como dice la primera línea de la opinión de González de Alba, que nunca se las ha rechazado en el medio literario sólo por ser mujeres. Es posible que los esfuerzos de nuestras predecesoras hayan abierto el camino de tal forma que ya haya espacios donde esto suceda. Sí, es posible: yo misma he compartido esos espacios varias veces con colegas brillantes y generosos. Ojalá fuera el caso. Sin embargo, hay muchas que tenemos que lidiar día a día con el mansplaining, el desdén y la palmadita condescendiente en la cabeza, muchas las que sabemos que no se nos rechaza por ser mujeres, sino por ser femeninas, o feministas, o agresivas o sórdidas sin ser cachondas o sexosas (me imagino que para los que así piensan, es entonces “agresividad a lo pendejo”). De narrar aquello que, como la Selección femenina de futbol que menciona Luis González de Alba, “a la enorme mayoría de los hombres no le interesa”.

Algunos sentimos un retortijón en la panza cuando escuchamos a nuestras colegas presumir de cómo el feminismo no le hace falta a este país porque no las discriminan a ellas. No es un retortijón de enojo, ni de envidia: es de pena ajena. Porque lo más probable es que ni siquiera se den cuenta de que los halagos a su “neutralidad objetiva”, su “ausencia de construcciones líricas” o de protagonistas femeninas en la historia son la aniquilación paulatina de la pluralidad de voces, de su estar en el mundo, de su experiencia de vida. Como si no nos hiciera falta una heroína distinta a Madame Bovary, Lolita o Anna Karenina, personajes como la Marcela de, ay, el Quijote de Cervantes, una de la que pudiésemos admirar otras virtudes después de, como diría Heriberto Yépez, más de cien años de machismo mágico.

Gabriela Damián. Escritora.

Te recomendamos: