Considerando que es un tema sobre el cual se seguirá escribiendo mucho, hemos decidido poco a poco ir agregando referencias a más artículos sobre el tema.


Foto: La Jornada


La reunión llevada a cabo la semana pasada en el Castillo de Chapultepec entre Felipe Calderón y Javier Sicilia, probablemente sea recordada como uno de los eventos más importantes de este sexenio. Lo puede ser, porque para unos la presentación de la posición de víctimas de la guerra contra el narcotráfico frente al Presidente es la evidencia más contundente de que la estrategia del Gobierno Federal no sólo no está logrando sus objetivos, sino por el contrario está causando aún más daño. Al mismo tiempo para otros, esta reunión es la evidencia de que este Presidente por lo menos ha acertado en defender en público la única estrategia de seguridad posible -según el gobierno- considerando las condiciones actuales.

El video del encuentro vale la pena para que cada persona forme su opinión al respecto (a partir del minuto 120 más o menos es cuando el formato de discusión se relaja)

Pero justamente porque fue una discusión larga y pública, las opiniones más variadas se han ido publicando en los periódicos. Entre ellas predomina la idea de que el “diálogo” público en sí mismo es valioso, sobre todo por el comportamiento inesperado del Presidente de la República, pero también las críticas que señalan que el diálogo no es suficiente cuando “el fondo” no cambia.

Aquí algunos párrafos de lo que se ha publicado en los últimos días.

Francisco Valdés Ugalde:

Esta reunión introduce un ingrediente que en mi opinión es completamente nuevo en la política mexicana. Aceptar presentarse a una reunión con un movimiento que critica, reclama y protesta por las situaciones trágicas que han sufrido miles de familias es, por parte del Presidente, un acto valiente. Del lado del movimiento, es acertado plantear el problema de la justicia con el Jefe del Estado, porque si en algo ha fallado el Estado ha sido precisamente en ofrecer justicia constitucional a las personas; al fundamento último y razón de ser del Estado político.No recuerdo una ocasión, al menos durante mi vida, en que un Presidente se haya puesto a dialogar públicamente con adversarios sociales. Menos de que lo haya hecho con sinceridad, expresando sus puntos de vista, discrepantes del otro, compartiendo sus dudas y certezas; aceptando pedir perdón “por no haber protegido…”.

John Ackerman:

Sin embargo, el trago más amargo fue para los ciudadanos, al percatarse de que tres cansados meses de movilizaciones, caravanas, reuniones y denuncias terminaron en un mero espectáculo mediático armado para que Calderón demostrara su supuesta compasión por las víctimas y exigiera a la sociedad que lo deje trabajar en paz. Tal como han señalado algunos analistas, el enorme entusiasmo y satisfacción del presidente con el encuentro no es ni gratuito ni exagerado.

Con esta estrategia, Sicilia ha ido ganando espacios mediáticos, pero perdiendo apoyo popular. Hoy el poeta se arriesga a quedarse solo envuelto en un enjambre de micrófonos y cámaras.

Jesús Silva-Herzog Márquez:

El diálogo reciente en el Castillo de Chapultepec fue un evento insólito. Tras una marcha que fue recogiendo los testimonios más desgarradores del dolor mexicano, el presidente de la república se dispuso a escuchar los reclamos y se empeñó en convencer a sus oyentes. Sabia perfectamente que sus interlocutores no se reunían para elogiarlo. Sabía que los cuestionamientos que escucharía no serían marginales sino que iban al corazón de su gobierno. Sabiendo todo ésto, acudió a la cita. Algo importante ha sucedido en México, cuando vemos al presidente recibir el embate de críticas severas y llamados urgentes a cambiar la estrategia central de su gobierno. El fenómeno se explica, como han resaltado algunos, por el cambio de régimen. Hubo un régimen político que, en su peor momento, respondió con balas al llamado del diálogo. Éste escucha y habla. Pero la ceremonia del jueves no se entiende solamente por la transformación histórica del sistema político. Debe reconocerse el papel del presidente, su experiencia y su talante para apreciar esta oxigenación de la vida pública a través del diálogo. Ni el antecesor de Calderón ni quien estuvo a punto de ocupar su puesto en 2006 hubieran podido encarar la quemante inconformidad, el reclamo rabioso o la exigencia serena y honda de pedir perdón.

Emilio Álvarez Icaza:

A su vez, quedó de manifiesto la responsabilidad estatal en el actual estado de las cosas, pues los criminales no son el interlocutor, son el Estado y sus agentes. Ahora está más claro que antes que nada existe una deuda del Estado mexicano para con las víctimas y la sociedad toda. Hay que subrayar que se inició un proceso de disculpa pública. El presidente Calderón reconoció parte de esa deuda y la necesidad de nombrar a las víctimas. Con lo expuesto, difundido y la atención acordada a esos y otros casos sin lugar a dudas la causa de la justicia para las víctimas tuvo un gran avance el día de ayer.

Ruben Cortés:

Fin de la historia: los “hasta la madre”; “cabrones, den cuentas” y “chinguen a su madre” de Javier Sicilia durante tres meses, se desinflaron ayer cuando vio al Presidente y le pasó la mano por el hombro con profundo amor. Quizá fue la comunión natural entre dos hombres vehementemente católicos, pero a Sicilia le bastó tener enfrente a Felipe Calderón para olvidar su rosario de demandas, que incluían desde eliminar el fuero a legisladores y funcionarios hasta la “democratización” en los medios. Todo quedó en una petición de recursos para construir un monumento con los nombres de todas las víctimas, tanto asesinos como inocentes, registradas en la lucha de Calderón contra el crimen organizado.

Pietro Ameglio:

Sentar a la autoridad frente a millones de mexicanos para escuchar el testimonio directo de las víctimas de esta guerra, confrontar con firmeza a los gobernantes en su complicidad con el crimen organizado, exhibirlos en su incapacidad para aplicar la justicia y la seguridad, cambiarles su agenda electoral por una de la paz, no nos parece algo menor ni fácil de lograr. Pero claro, los medios y el poder hacen su trabajo: colocan la reflexión no en las exigencias de las víctimas y la necesidad de organizarnos para hacerlas efectivas, sino en una imagen: la foto del abrazo de Javier Sicilia con Calderón está en todas las portadas de la prensa, pero Javier tiene una mirada seria y firme, grave; Calderón una sonrisa. Humaniza y dialogar con el adversario es un principio básico de la construcción de la política, la paz y la noviolencia, pero no tiene nada que ver con sumisiones o traiciones, las exigencias fuertes y claras que hicieron las víctimas no dejan lugar para ninguna especulación al respecto.

Denise Maerker:

Que sólo fueron palabras. La palabra nunca ha sido poca cosa porque sirve para construir la visión que tenemos del mundo y, por tanto, determina las acciones que emprendemos. Si cambiamos la definición de un problema cambiamos las acciones que suscita.

Que no se ganó nada. El evento es un triunfo en sí mismo y si logra sacar de la oscuridad a las víctimas e imponer una política de la memoria y la reparación del daño se habríae; dado un paso de gigante.

Gustavo Esteva:

No puede ya pensarse en bendita ignorancia displicente, propia del mal de altura. No es información sesgada o insuficiente. No es ya asunto moral o patológico, como diría John Berger, sino ideológico. Y se trata de una ideología ferozmente autoritaria, en la que ya no importa recuperar la confianza de la gente para poder gobernarla. Eso es ahora lo que necesitamos enfrentar con entereza, más allá de la comisión de seguimiento a acuerdos que resultan insignificantes, fuera de proporción con lo que se discutía, más allá del diálogo.

Mario Luis Fuentes:

Por otra parte, la práctica de civilidad que se dio en el Castillo de Chapultepec, la semana pasada, abre la puerta a reasumir la esperanza de que las cosas sí pueden cambiar; que el futuro no está cancelado y que, con base en el entendimiento y el respeto a la diferencia, puede construirse un nuevo estado de cosas para el país.

Pablo Hiriart:

Para el gobierno el diálogo de ayer fue un triunfo, porque el Presidente no cambió un ápice su percepción del problema y la forma de enfrentarlo. Hace unas semanas el punto crítico del movimiento de Javier Sicilia era que pedía la renuncia del Secretario de Seguridad Pública Federal, el retiro del Ejército de las calles y el cambio en la estrategia anticrimen. Ayer, al terminar la reunión, la discusión era si resultaba conveniente o no grabar los nombres de los 40,000 (?) muertos en la lucha contra el crimen. Ganó el gobierno, es cierto, pero también ganó la sociedad al inaugurarse una forma directa y plural de abordar los problemas.

Ximena Peredo:

Sin embargo, me parecería sumamente inmaduro juzgar el evento de ayer como un fracaso, decir que “no se llegó a nada” es la típica conclusión del mexicano apocalíptico que algo encuentra de gozoso en el caos y la inmovilidad. Opino lo contrario. Aunque no niego que me molestó el tono campechano que sobre todo Sicilia y Calderón intentaron imprimir en ciertos momentos, creo que terminar el encuentro con apretones de mano nos permite confiar en que, efectivamente, algo se está transformando.

Basta analizar los giros discursivos dentro del mismo evento para reconocer las bondades del diálogo. Felipe Calderón, por ejemplo, que se mostró en un primer momento falsamente orgulloso y seguro de las decisiones que ha ido tomando en nombre de todos, terminó aceptando, ante la caída de mandíbulas de muchos, que se lanzó a combatir con lo que tenía a la mano un cáncer que, según su percepción, no aguantaba las demoras propias de las reformas políticas y judiciales urgentes. Si usted puede evitar un crimen y sólo tiene piedras a la mano, las usa, dijo.

Luis Javier Garrido:

El encuentro llevado a cabo ayer 23 de junio en el Castillo de Chapultepec entre el novelista y poeta Javier Sicilia e integrantes del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, por un lado, y Felipe Calderón y algunos de sus colaboradores en el gobierno ilegítimo, por el otro, podría ser visto por algunos dirigentes de dicho movimiento como un pírrico triunfo porque lograron que se pudiera escuchar a través de un canal de la televisión por cable, durante poco más de tres horas, la voz de la inconformidad social o porque exhibieron a Calderón repitiendo hasta la saciedad sus tonterías, pero en realidad constituyó en los hechos un rotundo fracaso para Sicilia y sus compañeros, que aparecieron al terminar el mismo como plenamente subordinados al gobierno criminal que pretendían impugnar, relegados al papel de colaboradores de éste en comisiones de seguimiento de sus demandas en el marco de la lógica militarista a la que decían oponerse, y sobre todo, como incapaces para hacer valer lo mínimo que se habían propuesto, que era exigir con fuerza y dignidad un alto a la guerra.

Leo Zuckermann:

Gracias a Sicilia, estos días hemos escuchado un montón de historias de víctimas de la violencia. Sobre buenos que estaban en el lugar equivocado a la hora equivocada, sobre cómo se hicieron los malos, de policías desaparecidos que ni siquiera sus compañeros policías los buscan o de militares que han sido masacrados. Son 40 mil almas, más o menos porque, bien a bien, la cifra exacta no la conocemos. Javier Sicilia y su movimiento nos han recordado que es necesario ponerle nombre y rostro a cada una de ellas. Que hay que tener una lista. Que hay que recordarlos en placas en los zócalos del país. Para que los mexicanos sepan que en este país la vida vale algo. Por lo menos un nombre y apellido.

Gustavo Gordillo:

Se dialoga no para confirmar perjuicios o ratificar rechazos sino para encontrar terreno en común. No dialogas con tu pasado adversario –o enemigo– porque busques un borrón y nueva cuenta, sino porque intentas exactamente lo contrario: confrontarlo con tus agravios en la esperanza de que terminen siendo reconocidos. En medio de una guerra o al final de ella resulta difícil y a veces casi imposible encontrar el punto de arranque para un intercambio inicial. Se impone el odio y el rencor plenamente justificados si se mira hacia atrás, al recuerdo y a la memoria de los seres queridos que se han perdido. Pero mirando hacia adelante pensando en la reconstrucción de una sociedad, es indispensable entender a los adversarios, a los contrincantes y aún a los más oprobiosos enemigos.

Roberto Zamarripa:

Muchos de los que colocaron diques a este encuentro ahora lo elogian. Sicilia pasó de irresponsable al pedir la renuncia de García Luna a un poeta sensato que hasta crucifijos regala al Presidente. Quienes decían -dicen- que los cuestionamientos a la estrategia gubernamental favorecen al crimen ahora declaran que el diálogo es la divisa y dan bienvenida la crítica. Si por lo menos eso cambió, qué bueno.

Enrique Krauze:

El Presidente hizo lo que debió haber hecho desde hace tiempo: escuchar primero, darse a escuchar después. Creo que por primera vez expuso sus razones con claridad, sin los estorbosos formatos del discurso preparado o la imagen hierática que proyecta en la televisión. Y sin protocolos, dejó que sus sentimientos se expresaran. Si esta experiencia fue, como él mismo escribió, “aleccionadora”, deberá dar pie a otros encuentros. Se instalará una Mesa de Negociación que deberá revisar los seis puntos del Pacto Nacional propuesto por el Movimiento en el Zócalo. Y en tres meses las partes volverán a reunirse.

Miguel Ángel Granados Chapa:

Algo cambió en la relación de gobernantes y gobernados el jueves 23 de junio, en el Castillo de Chapultepec. Por primera vez en la historia estuvieron frente a frente, cara a cara, las víctimas y el poder. Un sistema político entre cuyos rasgos cuenta el desdén del gobierno a los ciudadanos experimentó una mudanza cuyos alcances están todavía por definirse. Porque la reunión en la antigua residencia presidencial fue, al mismo tiempo, culminación y comienzo, logro y expectativa, exposición de agravios y avistamiento de remedios.

Denise Dresser:

Señor Presidente, aplaudo el diálogo que tuvo lugar entre usted, Javier Sicilia  y las víctimas de la violencia que vive el país. Reconozco el valor de sentar en la misma mesa a gobernantes y gobernados, a quienes no tienen poder y a quienes lo ejercen, a ciudadanos y a quienes deberían actuar como sus representantes, pero que con demasiada frecuencia no lo hacen. Celebro un evento reconocido como excepcional a pesar de que no debería serlo y tardó demasiado en ocurrir. Aplaudo que su gobierno demuestre el deseo de escuchar en vez de ignorar, atender en vez de posponer, encarar la magnitud de los agravios en vez de justificarlos. Todo ello es un indicador de avance. Un pequeño paso en la dirección correcta. Una rendija de oportunidad ante lo que ha sido -hasta ahora- una ventana cerrada.

Pero detrás de la forma loable, persiste el fondo cuestionable.

Cecilia Soto:

Pero desde mi punto de vista el Presidente fue más allá que simplemente ratificar en el discurso sus decisiones. Al explicitar su interpretación del salto cualitativo en la explosión de violencia por parte del crimen organizado, como uno que se explica por la transición entre una etapa en la que predomina el narcotráfico a otra en la que el objetivo es sobre todo el narcomenudeo, el Presidente pide implícitamente un análisis crítico de esa interpretación que a mí me parece limitada, aunque con elementos importantes. Al exponer que su estrategia tiene tres componentes: enfrentar y someter a los criminales, reconstruir y fortalecer a las instituciones responsables de hacer cumplir la ley y reconstruir el tejido social, el Ejecutivo permite que cada una de esas prioridades se analice, se pese, se contraste con lo logrado. Sin decirlo dice: es posible que haya cometido errores pero no puedo no actuar.

Actualización

Luis Herńandez Navarro:

Dentro del movimiento hay quienes critican el diálogo argumentando que Felipe Calderón es un mandatario espurio, carente de legitimidad. Planteado así, el asunto se vuelve una cuestión ideológica sin salida. Por supuesto que Calderón carece de legitimidad. Más aún, esa falta de legitimidad es precisamente la que lo ha llevado a encabezar la guerra contra el narcotráfico. Sin embargo, dialogar o no dialogar no es asunto de legitimidad del adversario, sino de fuerza. Los movimientos dialogan con quien tiene la capacidad para resolver sus demandas. Y una convergencia de víctimas que exige justicia tiene necesariamente que emplazar y tratar con el responsable de que se haga justicia y se modifique la política que la propició.

El Movimiento por la Paz logró que el Presidente de la República se reuniera con sus integrantes para sostener un diálogo público. Un grupo de víctimas que cuestiona radicalmente su política dijo al jefe del Ejecutivo lo que quiso delante de los medios masivos de comunicación y Felipe Calderón les respondió. Se trata de un hecho inusitado en el país. Lo es tanto por la tradición autoritaria de los gobernantes como por el clima de confrontación que vivimos.

Ciro Gómez Leyva:

Ninguno quiso invalidar al otro. Pero debatieron como, estoy seguro, millones queremos que se debata en México. Sin falsas suavidades ni ambigüedades. Sin trampas. Sin el objetivo de ganar la discusión por ganar la discusión. Se saludaron con un abrazo de respeto, compartieron un escapulario y se despidieron con un abrazo que pareció afectuoso. El mejor Sicilia, el mejor Calderón. Y todavía hay quienes se preguntan de qué sirvió todo esto. Sirvió para que muchos que no habían querido escuchar la voz del gobierno, la escucharan. Para darle un sentido renovado a palabras como genocidio y perdón.Para que el gobierno se sepa íntimamente observado y sea escrupuloso en su actuación. Sirvió para que soñáramos que hay un país donde los mexicanos de buena fe no pueden estar en guerra con los mexicanos de buena fe.

Armando Salinas Torre:

Alguien podría decir que la realidad no ha cambiado, sin embargo, es innegable que quienes participaron en la experiencia inédita de los diálogos en el Castillo de Chapultepec no pueden ni deben ser los mismos después de aquel día.

Jesús Ortega:

Simplemente, porque en la lógica de la necesidad del Pacto Nacional, Sicilia aceptó dialogar con el gobierno, con el Congreso y con otros actores sociales; simplemente, porque admitió la posibilidad de que, con el diálogo entre los diferentes o incluso con los contrarios, se pudieran lograr acuerdos. Los conservadores de izquierda, en su vulgar utilitarismo, del recelo hacia Sicilia, pasaron a la desconfianza, de la desconfianza a la acusación y de la acusación al estigma. Sicilia no es el único y tampoco será el último de los estigmatizados como traidores por practicar uno de los elementos consustanciales de la política como lo es el diálogo.

Federico Reyes Heróles:

Las palabras de Javier Sicilia fueron elocuentes y cuidadas. La tentación poética no le ganó, sus argumentos fueron puntuales e incisivos. No hubo concesiones frente al Presidente: “Está obligado a reconocer que la estrategia ha sido contraproducente. Miles de muertos, una putrefacción cada vez mayor de las instituciones, el crecimiento de los cárteles”. El poeta, encarnado en voz ciudadana, mantuvo un tono de exigencia pero no cayó en la trampa de violentar el respeto que se debe a quien representa a las instituciones. Esa popular actitud de irreverencia lo que provoca es la cancelación del diálogo. Ninguna autoridad puede ceder en el respeto a sí mismo, pues más allá de la persona está la investidura. Con irreverencias no se llega nunca al fondo. Cuánto han costado al diálogo nacional las afrentas en boca de provocadores. Sicilia lo tiene claro, fue un reclamo suyo durante la marcha. Lo que importa es llegar a los argumentos. El orgullo de lanzar improperios es un acto de vanidad. Todos los representantes del movimiento fueron a los hechos, dejaron fuera calificativos inútiles. En Chapultepec los argumentos iban y venían. Fue un acto civilizatorio que deja en ridículo a muchos congresistas y líderes políticos.