
Éstos son momentos fascinantes en la historia de la Gran Bretaña. La debacle político-mediática informalmente conocida como “hackgate” o “hacking scandal” no es nueva, pero las últimas dos semanas han sido la fantasía de cualquier mediólogo. En vivo y a todo color se ha evidenciado la relación amorosa, a todas luces ilícita, entre las cúpulas del gobierno británico (incluida la policía) y (al menos) las altas esferas editoriales y corporativas de News International (perteneciente a News Corp, de Rupert Murdoch). El fenómeno ha revelado la singularidad de nuestros tiempos: es indudable que la ecología mediática define la ecología política, y que todo medio es en realidad un meta-medio: periódicos, televisoras, radio y medios en red tienen un tema favorito, y ése es ellos mismos. Y si es así es porque siempre han sabido que son ellos quienes definen la agenda pública, y por lo tanto cívica y política. El “hackgate” sacudió al Parlamento de tal modo que cualquiera hubiera pensado que Cameron estaba en la cuerda floja, pero una de las lecciones aprendidas es que la transparencia puede ser el recurso retórico salvavidas de la impunidad.
El discurso oficial es que el hackgate estalló por el escándalo moral tras las revelaciones del Guardian. El periódico publicó el 4 de julio de 2011 que un reportero o investigador privado pagado por News International interceptó los mensajes de teléfono celular de Milly Dolwer, una adolescente asesinada, haciendo creer a sus padres y a la policía que seguía con vida. Pero el hackgate es sobre privacidad y ética periodística sólo en un nivel muy superficial. Cualquiera que haya hojeado o visitado las páginas de Internet del News of the World o The Sun sabe desde hace décadas que ética y periodismo son oxímorons. Aunque comentaristas y políticos de la derecha les llamen teorías de la conspiración, es “cegadoramente obvio” (para traducir la frase de Lord Macdonald) que lo que está en juego no es sólo la integridad moral del primer ministro británico, sino también la multimillonaria lucha por el control de las telecomunicaciones en el Reino Unido.
De todo ésto sólo observamos tres consecuencias positivas:
- el placer catártico del ciudadano común al ver al primer ministro, ex-jefes de la policía y triada todopoderosa de News International y News Corp puestos en el banquillo de los acusados en televisión internacional,
- , el retiro de la propuesta de News Corp para lograr el dominio de BSkyB, el principal competidor de la BBC en cuanto a broadcasting, y
- la terapia masiva, pública, en que la cultura británica se ha obligado a mirarse en el espejo y a aceptar el regreso de lo reprimido: que su realidad política y mediática prefiere los grandes intereses económicos y políticos a los derechos humanos; que los editores del NotW y del Sun en la época en que se publicaron las noticias con información obtenida ilegalmente se llevaban de piquete de ombligo con los líderes del gobierno y la policía, y que la democracia británica funciona de manera nepotista y corrupta, pero transparente.
“El poder”, lo que se conoce en inglés como “the powers that be”, es en realidad tanto único como múltiple; la esencia de “the body politic” es la contradicción entre fuerzas, pulsiones contrarias (partisanas, corporativas, ideológicas, psíquicas, sexuales, económicas, geográficas), como una sola cabeza de medusa donde cada serpiente se quisiera comer así misma sin lograrlo totalmente. La democracia británica está representada por un lado por las casas del Parlamento y por otro lado por lo que hasta ahora ha sido una prensa autoregulada donde los tabloides sensacionalistas, de los cuales News of the World, propiedad del imperio de los Murdoch, era el más leído. En la cámara de los comunes, los debates se dan como un partido de tenis entre dos bancadas principales (Tories o Conservadores y Laboristas) donde el juez de línea (o “Speaker”) asume la función de baby-sitter, y es desde hace tiempo una instancia más de la mediósfera que es la vida pública en la isla. El Parlamento se transmite diariamente en vivo a través de su propio canal televisivo, como un literal reality show donde los dimes y diretes del a veces soporífico acontecer parlamentario se exhiben a la nación en toda su obvia vulgaridad. Y ha sido ahí mismo donde el hackgate ha explotado en todo su esplendor para develar la ropa sucia (o diríamos las pijamas sucias) del status quo y la frustrante claridad con que la honestidad (lo que muchos llamaríamos “la verdad”) se sigue oscureciendo. Esta transparencia contrasta con la evidencia que ella misma ha probado irrebatible.
Ernesto Priego. Doctorado en Estudios de la Información por University College London.