Foto: Thomas Hoepker / Magnum Photos

Nunca he entendido aquel proverbio popular que dice que la venganza es un plato que se sirve frío. Algunos parecen preferirlo caliente. Me gusta más el proverbio chino, atribuido a Confucio: “antes de embarcarte en un viaje de venganza, cava dos tumbas”. La tumba de Osama bin Laden está en el agua, pero la otra todavía está vacía. ¿Está destinada a ser nuestra?

La venganza es el deseo de corresponder a algún mal infligiendo otro daño, muchas veces de manera violenta. Si tú me pegas, te pegaré de vuelta. Aún más: bajo la lógica de la venganza, tengo el derecho de devolverte el golpe. El mal inicial justifica el acto de venganza. Pero, ¿acaso ese mal realmente me da el derecho de devolverte el golpe? Una vez que actuamos conforme a la lógica de la venganza, ¿no nos quedamos atrapados en un ciclo de violencia y contraviolencia sin ningún fin visible? Éste, podría decirse, representa nuestro dilema actual.

Para dar el panorama completo, queda claro que la otra peculiaridad de la venganza es que muchas veces no resulta evidente quién tiró la primera piedra e infligió el primer daño. Si alguien—por ejemplo George W. Bush—asegura que Estados Unidos está justificado al vengarse de Al Qaeda invadiendo Afganistán, después Irak y después el resto de la historia brutal de los últimos diez años, ¿qué habría dicho Bin Laden? Por supuesto, habría asegurado exactamente lo opuesto.

En un video tenebrosamente fascinante de 2004 titulado “Las torres de Líbano”, en el que Bin Laden se adjudicó por primera vez responsabilidad directa del septiembre 11, afirmó que los ataques estaban justificados precisamente como un acto de venganza. Si Estados Unidos viola la seguridad del mundo islámico—especialmente al usar Arabia Saudita, la tierra natal del Islam, como su base durante la primera Guerra del Golfo—entonces Al Qaeda está justificada para violar la seguridad norteamericana. De no haber una violación inicial, no habría necesidad de vengarse. Bin Laden contrasta entonces a Estados Unidos con Suecia: como los suecos nunca han sido agresores en el mundo islámico, no tienen nada que temer de Al Qaeda.

Más adelante, Bin Laden revela el hecho extraordinario de que la idea para los ataques del 11 de septiembre tuvo origen en su memoria visual de los bombardeos que efectuó Israel en 1982 a varias cuadras de altas torres habitacionales en Beirut occidental. Recuerda su intensa reacción. Al ver imágenes de las torres destruidas se formó la siguiente idea: “se me ocurrió castigar al opresor de la misma manera al destruir torres en Estados Unidos de América” (“misiles en torres”, quizás susurró; como sea, la idea permaneció en su mente). Los ataques del 11 de septiembre, que la mayoría de nosotros recordamos como una serie de imágenes visuales, televisadas y publicadas incansablemente, fueron originados desde una serie de imágenes anteriores. Para Bin Laden existía una extraña suerte de justicia visual en septiembre 11: la justicia retributiva de una imagen por una imagen, de un ojo por otro ojo.

Los opuestos se atraen: Al Qaeda justifica la violencia atroz del septiembre 11 como un acto de venganza que, a su vez, justifica la violencia de la venganza de Estados Unidos y de Bush. Mi punto aquí es que la venganza como motivo de acción es inevitablemente destructiva. Cuando actuamos por venganza, lo que recibiremos de vuelta es venganza. La rueda de la violencia y contraviolencia gira sin parar y se dirige inevitablemente hacia la destrucción.

Eso es precisamente lo que Bin Laden quería ocasionar. Admite que Al Qaeda gastó 500 mil dólares en los ataques del 11 de septiembre, mientras que estima que Estados Unidos perdió, en el cálculo más bajo, 500 mil millones de dólares, en el evento y sus secuelas. Bin Laden calcula que “eso hace un millón de dólares por cada dólar de Al Qaeda, por la gracia de Dios Todopoderoso”. Concluye, de manera inquietante, que “esto muestra el éxito de nuestro plan para hacer sangrar a Estados Unidos al punto de la bancarrota, con la voluntad de Dios”.

Nos guste o no (a mí no me gusta en lo absoluto), Bin Laden tenía un punto. Los últimos años de incesante guerra contra el terrorismo nos han llevado, al menos parcialmente, a la absoluta precariedad financiera que vemos en todos los niveles de la vida estadunidense: la federación, los estados, las ciudades y los individuos están rebasados por sus deudas. Estamos en bancarrota.

Pero, ¿por qué otorgar a Bin Laden esta suerte de victoria póstuma y enfermiza? Consideremos un escenario alterno. En un debate del partido republicano en 1999, George W. Bush, entonces candidato, respondió a la pregunta de con qué filósofo político se identificaba más—para el acompañamiento de las carcajadas complacientes de los liberales— “con Cristo, porque me cambió el corazón”. En ese caso, sería justo preguntarnos qué le habría recomendando Jesucristo frente a los ataques del 11 de septiembre. La respuesta, por supuesto, es obvia: pon la otra mejilla.

En el nuevo testamento, Pedro pregunta a Jesús cuál es la cantidad del perdón: ¿cuántas veces debemos perdonar a alguien que ha pecado en su contra? ¿Será que siete veces son suficientes? A esto Jesús responde, desde su estatura infinitamente mesiánica: “No, siete veces no, sino setenta veces siete”, con lo que quería decir que el perdón no tiene cantidad, sino más bien una cualidad infinita.

Permítase pensar, por un momento, diez años atrás. En los días y las semanas que siguieron al septiembre 11, la gente de Nueva York, Washington y todo Estados Unidos recibió una ola inconmensurable de empatía de todas partes del mundo. El efecto inicial de los ataques (yo todavía vivía en Inglaterra en ese entonces) fue la confirmación en la mente de muchos millones de personas de que Nueva York era un lugar extraordinario que, con justa razón, generaba un enorme afecto e incluso amor del resto del mundo.

Pregúntese usted: ¿qué tal si nada hubiera pasado después del septiembre 11? Nada de venganza, ni retribución, ni golpes estratégicos en la frontera entre Afganistán y Pakistán; ningún fiasco mal planeado en Irak, ninguna invasión y ninguna insurgencia contra la cual levantarse: nada.

¿Qué habría pasado si el gobierno hubiera sencillamente decidido poner la otra mejilla y perdonar no siete veces, sino setenta veces siete a quienes buscaban atacarlo? ¿Qué habría pasado si la tristeza y el luto que siguieron a los ataques hubieran sido capaces de fomentar una ética de compasión en vez de la política violenta de venganza y retribución? ¿Y qué si el crimen de los ataques de septiembre 11 hubiera llevado no a una incesante guerra contra el terrorismo, sino al cultivo de una práctica de paz? Una empresa difícil, tensa y comprometida como pocas, pero, ¿quizás habría valido la pena el intento?

Como bien sabemos, esto no sucedió. Todo ese glorioso sentimiento de compañerismo global, en cambio, se desperdició y se disipó en actos de venganza que han llevado a la quiebra a este país, tanto en términos financieros como espirituales.

Quizás la segunda tumba sea la nuestra. La hemos cavados nosotros mismos. La pregunta ahora es: ¿tenemos que tendernos en ella?

Simon Critchley. Profesor de filosofía en la New School for Social Research en Nueva York.


Este texto fue originalmente publicado en inglés, en el blog “The Stone” del New York Times. Traducción de: Sara Hidalgo.