
La semana pasada publicamos el texto de Eric Magar en favor de la reelección. Hoy, decidimos compartir algunos argumentos en contra de la reelección publicados recientemente en periódicos nacionales. Esto con el interés de avivar la discusión pública sobre el tema.
Federico Berrueto: La reelección de Calderón (Milenio)
La reelección de legisladores es una mala y contraproducente propuesta; sus virtudes hipotéticas no se sustentan en la realidad; extraña que muchos académicos que la promueven ni siquiera entiendan los problemas que la reelección tipo norteamericano plantea al sistema de representación vigente. Legisladores reelectos no garantizan calidad, sí un freno a la de por sí limitada renovación política.
Hay malos legisladores porque existen niveles altísimos de impunidad en su desempeño. Asumir que el voto es instrumento de sanción o de premio ciudadano es un craso error, como lo constatan las elecciones en Puebla y Oaxaca.
El problema es la ineficacia del voto como recurso de control ciudadano. La reelección profundizaría el problema, ya que uno de sus efectos sería acentuar el tráfico de influencia para satisfacer no a los ciudadanos, sino a los factores que inciden en las campañas y los resultados; en EU, 98% de los diputados que pretenden reelegirse lo logran y no es por virtud, sino porque quienes buscan reelegirse cuentan con un desproporcionado financiamiento respecto a quienes les compiten. Los datos son públicos y verificables. Pensar que el IFE o los partidos lo podrían evitar o contener es broma de mal gusto.
Fernando Escalante: ¡Que rindan cuentas! (La Razón)
El argumento es tramposo, además, porque los diputados hoy rinden cuentas y los electores pasan factura con absoluta claridad: evalúan el desempeño de los partidos, que es mucho más razonable y más sencillo para la inmensa mayoría de la gente. Con la ventaja de que la disciplina partidaria y el interés que tienen los partidos en ganar elecciones en todo el país contribuyen a darle coherencia al comportamiento parlamentario. En otras palabras, no se diga que hace falta que los diputados “rindan cuentas”, dígase que por el motivo que sea se prefiere tratar de quebrar la disciplina partidaria en un sistema que permita “maicear” uno por uno a los diputados.
Ya que estamos en el tema, no está de más recordar que en nuestra vida pública quienes no rinden cuentas son precisamente los “líderes de opinión”; los que nos anunciaron el choque de trenes, los que nos pidieron el “voto útil” para Fox, los que nos dijeron que la mitad del electorado anularía su boleta… Y que ahora exigen la reelección. Habría que hacer una lista y, cuando empecemos a ver los resultados de su modelo, pedirles que rindan cuentas.
Carlos Bravo Regidor: Ironía de la Reelección (La Razón)
La ironía, pues, es que quienes apuestan por la reelección como fórmula para hacer más representativa, para “mejorar la calidad” de nuestra democracia, están promoviendo, al hacerlo, una reforma que no refleja la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, sino la voluntad de la mayoría de esos legisladores que, según la muletilla, no nos representan.
Hace poco más de 4 años la revista Expansión publicó un interesante intercambio entre Fernando Dworak (a favor) y Fernando Escalante (en contra) sobre el tema.
Todo cambio institucional es resultado de un vasto conjunto de factores. Entre ellos, las tensiones y negociaciones de quienes impulsan la reforma y los grupos que tratan de preservar el estatus quo.
Durante esas discusiones se espera que ambos grupos presenten sus posturas con argumentos claros y conocimiento de causa. De lo contrario, es preciso denunciar al bando que argumente con falacias, sofismas, medias verdades, argumentos circulares y exageraciones.
Por desgracia el texto la “Reelección de Calderón”, publicado el 6 de diciembre de 2009 por Federico Berrueto, cae en la segunda categoría.
Berrueto presenta a quienes promovemos la reelección inmediata de legisladores y alcaldes como personas que le atribuimos “bondades desproporcionadas” a esas reformas. En realidad, todos hemos admitido que no serían más que la condición necesaria para que se impulsen cambios en otras áreas, toda vez que modificaría el comportamiento de nuestros representantes. Cierto, no basta la reelección. Pero sin ella seguiremos dando vueltas.
Por ejemplo, afirmamos que tanto los legisladores y alcaldes de las democracias modernas se especializan cuando depende de ello la continuidad de su carrera al competir de manera repetida por el mismo puesto. Por lo tanto, la simple ampliación de los mandatos, como bien señala ocurre en Coahuila, no soluciona el problema de fondo. Todavía más: al ampliarse un año el mandato se multiplica el número de procesos electorales en un sexenio, lo cual beneficia a los partidos que tienen maquinarias políticas fuertes al mantenerlas en constante movimiento. Hablamos aquí del PRI.
Acto seguido recurre a una caricatura cuando habla de una reelección “tipo norteamericano”, apelando con ello a nuestros prejuicios. Me explico: la posibilidad de la reelección inmediata se ejerce con la misma lógica en todo el mundo. Sólo varían sus efectos en la actuación política según las variaciones en los arreglos institucionales entre los diversos países. Por lo tanto, es de entrada una falacia asumir que la reelección en Estados Unidos tendrá exactamente los mismos efectos en México.
Si hubiera un freno a la renovación política como afirma Berrueto, sería un problema mundial. Y la evidencia muestra que los electores en los países donde permiten la reelección consecutiva de sus representantes (esto es, todos menos el nuestro y Costa Rica) no parecen pensar en ese problema.
¿Por qué sucede esto? Porque los legisladores vuelven a sus distritos, especializándose en sus comisiones. O en el caso de los alcaldes, mantienen programas ligados a resultados. Para ellos es irrelevante cuántos años duren, siempre y cuando dan resultados. La política es un oficio, no una tómbola como quienes pretenden resolver los problemas según el argumento de la rotación de cuadros.
Al contrario, siempre me ha llamado la atención que en México existen legisladores que se reciclan constantemente al brincar de cargo público a cargo público, escapando del escrutinio del ciudadano. Y todavía más, son quienes se oponen a la reelección argumentando que ha fomentado “la renovación constante de ideas” y evitado el “anquilosamiento”.
La razón: son esos políticos quienes controlan las candidaturas y por ello serían los primeros en desaparecer en un sistema donde no le deban su puesto las personas que hoy controlan.
Más adelante Berrueto cae en un argumento circular: afirma que en México no funciona la “sanción y el premio ciudadano” cuando aquí no existe el bien dijo. Sin embargo, ignora estratégicamente la experiencia de otros países porque la evidencia muestra que esa sanción se da en las urnas.
En abierto contraste, los políticos mexicanos van y vienen o son asimilados en las estructuras partidistas cuando el desgaste es mayor. Una vez más, la reelección no bastará para que haya rendición de cuentas. Pero también es cierto que el actual sistema es el que más premia la irresponsabilidad gracias a los altos márgenes que brinda la no reelección.
Posteriormente recurre a otra caricatura: asumir que en otros países hay tráfico de influencias. En realidad, las alianzas entre legisladores y los grupos de interés en el resto del mundo son estables y, sobre todo, transparentes. Es más: el problema de regular el cabildeo surge en esos países cuando surge un escándalo, real o no, de corrupción.
En todo caso, si de verdad hubiera tráfico de influencias, ¿significa que aquí estamos libres de semejante pecado? ¿Cuántas acusaciones de “maiceo” a legisladores hemos escuchado, sean reales o no? ¿Qué ha pasado? Nada: todos se van al terminar sus mandatos con los bolsillos forrados. Como dice, ni el IFE ni los partidos la podrán evitar, como en el resto del mundo. Pero la reelección permitiría un mejor castigo cuando salgan a la luz.
Queda poco claro que la reelección cambie el sistema de representación de partidos a candidatos como “el norteamericano”. Tal vez Berrueto quiere decir que los candidatos podrían ser más relevantes que hoy. ¿Eso es malo? Si no ocurriera aquí, los partidos nunca (digamos) pondrían a estrellas de televisión como candidatos. O las listas de partido tendrían mayor relevancia que los candidatos en distritos uninominales al momento de votar.
Con base en lo anterior, cae en un argumento circular: sería mejor cambiar a los partidos antes de pensar en reelección, cuando los partidos hoy controlan las candidaturas y son irresponsables. Es decir, hay que mantener el estatus quo esperando cambios que no tienen por qué darse.
Por último, cae en la trampa más común de quienes se oponen a la reelección: creer que algún día nuestros políticos harán un examen de conciencia y cambiarán las cosas. Esto es, el mito de la “voluntad política”. Resabio del autoritarismo providencialista, este argumento ignora que la política se mueve con premios, castigos, pesos y contrapesos.
La democracia es un proceso interminable de prueba y error. El temor al cambio sólo favorece a quienes se benefician del estatus quo. Bienvenido el debate, pero con conocimiento de causa.