Diez años después de que Maquiavelo publicara sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio, el antiguo residente de la Corte de Urbino, Baldessare Castiglione, publicaría en Venecia El libro del cortesano. La diferencia entre las dos obras no podría ser mayor, pero acaso también podría pensarse que un propósito compartido las unió. Si Maquiavelo pretendía edificar el arte de la política a través del servicio a la nación, Castiglione procuraba hacerlo poniendo los talentos al servicio del gobierno.

El libro del cortesano es más que una divagación nostálgica: es el manual de lecciones de quien ha sabido congraciarse con el poder. Discreción, decoro, gracia; saber latín y griego: la virtud política, para el cortesano, no era más que arte de seducción. Si has de pelear bien, decía, procura que te observe el comandante; si has de dar un consejo inteligente, que el príncipe se entere. El reto era, sobre todo, demostrar habilidad ante los ojos del señor.

El libro de Castiglione justamente ofende las sensibilidades democráticas. Y lo hace, además, por partida doble. Primero por la falsedad y la simulación que celebra, y después por la actitud servil que retrata: eternamente atento a los deseos del poder, busca nunca ofender y siempre agradar. En el teatro de buenas costumbres que es la Corte Real, halagar es dialogar. A riesgo de irritar los oídos del señor, los cortesanos enmudecen y pronto olvidan el significado del “no”. Si la existencia de la oposición—el contraargumento, la contradicción, la filosofía opuesta, el disenso—dignifica la política, la Corte Real—y su lealtad acrítica—termina por arruinarla. El triunfo del sistema, observaba el italiano Maurizio Viroli, sucede en el momento en que los subordinados han logrado identificarse plenamente con los deseos del príncipe; cuando el cortesano abandona su alma para reemplazarla con la de su amo. La voluntad del cortesano se convierte en extensión profética de la voluntad de su señor: descubrir y anticipar la voluntad del amo antes de que él mismo la conozca.

Un par de años atrás, Carlos Castillo Peraza registraba el lamento de Felipe Calderón. En una reunión con sus subordinados, confesaba buscar sin éxito a su alter ego. El Presidente buscaba y no encontraba ese “otro yo” que estuviese plenamente identificado con sus ideas, sus ambiciones, sus deseos para México. Desde entonces sus cortesanos se han desvivido por llenar el vacío. Basta asomarse a los debates de los candidatos a la presidencia por el Partido Acción Nacional para constatar el hecho, o quizás hojear las columnas de opinión que los miembros del gabinete han publicado. La semana pasada, por ejemplo, el Secretario del Trabajo apoyaba la candidatura de Ernesto Cordero subrayando su talante cortesano: “Panista de a de veras, en público y en privado, en las buenas y en las malas; defensor siempre del gobierno, equipo, políticas públicas, partido político y de su jefe”. Él debe ser el candidato—faltaba más—porque porta su lealtad en la piel.

Apenas un día después, los periódicos del país daban a conocer una nota que evidenciaba el alcance de la Corte. El secretario de gobierno de Sonora, Roberto Romero López, amenazaba a sus empleados para llevarlos a votar por Ernesto Cordero. Si no están de acuerdo con el candidato oficial, decía, búsquense otro trabajo. Pero a la ruindad política agregaba además claudicación volitiva: “Vengo a pedirles en nombre del proyecto que representa el gobernador del estado, dice el secretario de gobierno “de todo corazón, que nos echen la mano, que nos apoyen para que el gobernador pueda quedar bien con lo que él entiende es el proyecto del Presidente de la República”. Y concluía citando al gobernador: ¿Quién soy yo para contradecir la voluntad del Presidente? La respuesta del cortesano no admite interpretación: soy una simple extensión del deseo de mi señor.

Roberto Gil, antes secretario particular de Felipe Calderón, dejó Los Pinos agradeciendo a Dios por habernos “prestado al mejor presidente que México ha tenido”. Los Discursos de Maquiavelo, en cambio, están dirigidos a sus amigos Zanobi Buondelmonti y Cosimo Rucellai, dos personas que “por sus buenas cualidades”, dice el florentino, merecerían ser príncipes. Maquiavelo piensa que al hacerlo se aparta de esa costumbre vulgar—costumbre en la que él mismo cayó preso cuatro años atrás al dedicarle El príncipe al Magnífico Lorenzo di Piero de Medici—pero que después consideró “motivada por avaricia o ambición”, de dedicarle la obra a tal o cual príncipe, alabándolo en vez de “vituperarlo por sus faltas”. Acaso desde la dedicatoria de los Discursos, su gran obra republicana, Maquiavelo hace patente la diferencia entre gobierno y nación: una cosas es serle fiel a las instituciones representativas de la república, a esa comunidad a la cual ciudadanos, cortesanos y funcionarios pertenecemos, y otra, muy distinta, es serle leal al gobernante en turno.

David Peña Rangel. Maestro en filosofía de la educación por la Universidad de Stanford.