Una vez más el proceso electoral federal es terreno fértil para la polémica que involucra no solo a partidos, actores políticos, autoridades electorales y gobiernos, sino también a las casas encuestadoras por nuestra indiscutible responsabilidad en la generación de una opinión pública mejor informada.

Desde la óptica del sentido común, una vez más la historia no deja “bien parada” a buena parte de la industria que, se ve tambaleante cuando se analizan los resultados publicados y se pueden observar diferencias importantes entre estos y las cifras finales del PREP; antes de procesos de impugnación, que es donde se puede comparar la eficiencia de las encuestas si se desea considerarlas método predictivo.

Acertar al ganador no lo es todo; la precisión también cuenta, sobretodo cuando se emiten juicios de valor en relación al papel de los encuestadores en cualquier proceso electoral. “Es la foto del momento” dicen algunos y, aprovechando la analogía, en la reflexión es simple ver que la imagen de un paisaje o de una persona no cambia radicalmente en una semana si no hay, entre una y otra fotografía, un evento significativo que lo provoque.

¿Por qué no habría de ser lo mismo en el escenario electoral? Cuando en ausencia de un evento coyuntural de serio impacto en la opinión del electorado, entre el último levantamiento de información y la jornada electoral (lo más cercano posible), el sentido común dice que los números no deben cambiar significativamente, mantenerse en los márgenes de error asociados al ejercicio.

Explicaciones todas. La más simple, el 95% de confiabilidad, cinco de cada cien veces el resultado puede ser diferente a la realidad. Hay otras que hacen alusión a la ausencia de controles estrictos de levantamiento de campo, a un diseño de muestra deficiente, a un fenómeno social donde los ciudadanos hoy “sobreencuestados” no contestan con la verdad, en fin, un sinnúmero de argumentos que van de lo metodológico a lo irresponsable pasando inevitablemente por la posibilidad de hacer encuestas a modo. Todas las opiniones son válidas en el marco de pluralidad y libertad de expresión que vive nuestro país, pero si definimos equivocación como estimaciones fuera del margen de error, ¿qué pasa cuando no todas las encuestas se equivocan?

Los juicios hoy, parecen centrarse más en el papel que las casas encuestadoras jugamos en el proceso electoral que en los resultados mismos. Desde mi perspectiva, el problema nace cuando el encuestador deja a un lado su papel de investigador social y busca convertirse en analista político, la razón de ser se comienza a diluir en la coyuntura donde la necesidad de sustentar el análisis político con resultados no solo acertados sino precisos, dota de vulnerabilidad al personaje, al ejercicio demoscópico y a la industria misma.

En medio de la polémica aparece en el escenario la petición manifiesta de que todas las encuestas electorales sean públicas. Entendible en términos de apelar a la transparencia cuando casi todos los elementos inherentes a los procesos electorales han sido paulatinamente incorporados a normatividad que opere como garante de limpieza para generar confianza ciudadana, el fair play de la contienda.

Sin embargo, si bien es cierto que las encuestas operan en el terreno de la información y en alguna medida influyen en la población (aspecto por cierto no cuantificado aún), también lo hacen en el de la estrategia; y es ahí donde se tiene que apelar a la transparencia, entendida como la necesidad imperante de informar con responsabilidad social, de alejarse del protagonismo mediático y regresar a los orígenes, a medir el pulso de la opinión, a conocer el clima político electoral que prevalece en el momento en que se colecta información. Que las encuestas sean sólo encuestas.

Por otra parte, los requisitos, restricciones, sanciones y reglamentaciones en general, ya existen, la autoridad electoral poco a poco ha sido dotada de la fuerza necesaria para regular la realización y difusión de encuestas. Las casas encuestadoras, por nuestra parte, tenemos criterios metodológicos que en general son estadísticamente válidos, algunos más o menos criticables que otros pero que al final, por su impacto manifiesto en los terrenos informativos y estratégicos, tienen el objetivo común de hacer un pronóstico del resultado, por más que se trate de decir lo contrario. El cliente siempre busca precisión.

No obstante, el diseño de la investigación, el sustento metodológico y la reglamentación, son elementos que, por su naturaleza pueden operar en el campo de lo relativo. En términos de eficiencia muy probablemente el problema se puede acotar a la necesidad de tener un mecanismo de evaluación. Primer paso para hacer un juicio sobre resultados; más que sobre el papel que jugamos los encuestadores en un proceso electoral, haciendo posible tener una mirada histórica que permita a la opinión pública confiar o no en quienes hemos mostrado con resultados que operamos con calidad y compromiso social.

Ahora bien, vale la pena reflexionar también sobre la postura de los encuestadores con fallas evidentes en los procesos electorales, entendidas éstas como estimaciones considerablemente fuera del margen de error. Cuando el encuestador confía en la validez de sus cifras y finalmente difieren de los resultados oficiales, nuevamente el sentido común dice que se necesita simplemente decir “me equivoqué”, sin los paliativos de la foto del momento, las complicaciones del campo o la asignación de culpa a los encuestados porque mienten sobre su preferencia electoral; reconociendo la imperiosa y patente necesidad de mirar el error, aprender de él y darnos cuenta que vale la pena invertir tiempo y recursos en “hacer investigación para tener mejor investigación”, COMPRENDER AL ELECTORADO y desde ese lugar, analizar y hacer estimaciones. Pero esto pasará cuando el negocio de las casas encuestadoras se vea amenazado seriamente por sus propias falencias, cuando la ciudadanía de a cada encuesta el peso real que adquiere con el marco de referencia que se construye a partir de la historia del autor.

Aquí presento el histórico de las encuestas nacionales realizadas por Votia, publicadas en el periódico Más por Más de diciembre de 2011 a junio de 2012:

Y la variable que definimos como cambio-continuidad, misma que da una idea del movimiento de la decisión ciudadana respecto al PAN como partido en el gobierno y el resto de partidos que representaban un cambio:

Por lo pronto vale la pena mirar más allá de las cifras asociadas a porcentajes de votación, considerar variables dignas de ser analizadas para validar la congruencia de los resultados, virar la crítica hacia elementos intrínsecos del instrumento y la técnica de investigación para analizar seriamente, pensando que una encuesta siempre es como un buen libro: nada más hay que saberla leer.

Felipe Quintos. Socio Director, Votia.