Foto: GDF

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Iba muy bien cuando señalaba que durante los próximos años el énfasis de su administración se pondría en desincentivar el uso del automóvil particular favoreciendo la creación y expansión de redes de transporte público y ciclovías. Iba extraordinariamente bien cuando ufano sostenía que los recursos para financiar los proyectos destinados a la construcción y fortalecimiento de estas redes iban a provenir directamente de los bolsillos de los automovilistas, quienes tendrían que pagar el costo real de circular por las congestionadas calles del DF. Iba demasiado bien hasta que señaló que estos fondos no saldrían del cobro por el uso de vías ya existentes (tal como sucede en ciudades como Londres, Estocolmo o Santiago), sino de… ¡unos flamantes y gigantescos segundos pisos construidos para complementar el ya construido en Periférico! Ni se despeinó para decirlo.

No es culpa suya no ser experto en temas de transporte, pero sí se le puede responsabilizar por no rodearse de ni un miserable asesor que le diga que el camino no va por ahí, que el espacio vial no se puede reproducir hasta el infinito, que los segundos pisos se dejaron de hacer en el mundo desarrollado hace más de treinta años, que las ganancias de velocidad de desplazamiento supuestamente adquiridas con su construcción se pierden en entradas y salidas que no hacen más que multiplicar la congestión existente, que su levantamiento no se ha traducido en una disminución en los tiempos de traslado al interior de la capital, que implícitamente incentivan la circulación de más automóviles, que los expertos en transportes no los recomiendan ni en broma, que en todo el mundo han quedado obsoletos a los pocos años de uso, que constituyen un atentado al paisaje urbano que es muy difícil de remediar, y que finalmente la única sustentabilidad que esas moles de concreto generan está en los bolsillos de quienes las construyen.

Quizás estaba cansado por el largo viaje, por el titánico esfuerzo físico y mental que supuso poner fin a la comedia grotesca de Juanito, o por la gracia de salir a pedalear rodeado de periodistas con dos grados bajo cero en las calles de Copenhague, pero el caso es que, como Hamlet, Marcelo Ebrard anduvo tremendamente perdido en Dinamarca.

Rodrígo Díaz. Maestro en Planeación Urbana por MIT.