the atlanticLos gringos están entre asombrados y asustados con lo que está pasando en México. No es para menos: apenas cruzan la frontera y se encuentran en Ciudad Juárez, en Chihuahua o en Casas Grandes, paisajes e historias urbanas que nunca imaginaron.

Estaban acostumbrados a la pobreza, a las putas, a las drogas, a la contaminación del aire y a la basura y la pestilencia de las callejuelas. Pero ahora hay un ingrediente nuevo por el que sienten la atracción y repulsa del que se asoma un segundo al abismo: la violencia cruel, la violencia abusiva, la violencia de la ráfaga y el estruendo, la violencia de la banqueta y la pared salpicada, que ha aparecido con la guerra antinarca emprendida hace tres años por el gobierno actual.

Bajo el título de “La caída de México” (“The Fall of Mexico”), Philip Caputo nos presenta este mes en The Atlantic un apunte largo y vehemente sobre esta violencia mexicana y los vistosos atavíos que la adornan: corrupción oficial en esferas altas y bajas, alianzas entre policías y asesinos, desapariciones forzadas y detenciones ilegales, intimidación y agresiones a la prensa y la radio, matanzas colectivas en centros de rehabilitación para adictos sin explicación y sin rastro de culpables, y el gran hueco, el enorme “hoyo negro” que encontramos ahí donde volteamos para buscar autoridad y gobierno. Las historias que relata Caputo, comprimidas y punzantes, son las que los mexicanos ya conocemos de tiempo atrás. Estamos acostumbrados a ellas pero nos duelen tanto como la primera que nos contaron. Hacia el final de su texto Caputo se pregunta si los tumores malignos de México —el crimen organizado y la corrupción social y política— no se han extendido ya a su sistema linfático. Me parece que no. Pero alrededor del quirófano noto nerviosismo: ¿será porque el cirujano acaba de tomar el desarmador en lugar del bisturí?

Eduardo Guerrero Guitérrez. Ha sido profesor e investigador de El Colegio de México y del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Humanidades de la UNAM