obama_lecture_02El Presidente Obama dio un discurso bastante bueno cuando aceptó el Premio Nobel de la Paz. Tal vez fue demasiado elocuente. A mi no me gusta mucho la retórica tan elevada; lo sé hay momentos para elevarla, pero Obama lo hace, o trata de hacerlo cada vez. El discurso llano también es útil y en Noruega hubo algo de discurso llano –particularmente  en la reiterada insistencia dirigida, creo, a nuestros amigos europeos, de que a veces hacer la guerra es el único camino a una paz justa. Dijo eso no una sino tres o cuatro veces, “porque en varios países, hoy, hay una profunda ambivalencia sobre la acción militar, sin importar la causa”. Habló también, de los horrores de la guerra y dijo todas las cosas correctas, pero su énfasis fue su necesidad ocasional—y estas ocasiones son probablemente los momentos más críticos que los líderes políticos enfrentan.

Tal vez eso es lo que tenía que decir, justo habiendo decidido expandir la guerra en Afganistán y al mismo tiempo habiendo ido a Noruega a recibir un premio de la paz. Podemos creer que la necesidad de la guerra es su excusa. Pero me parece que su mensaje fue importante, especialmente en Europa, en donde la opinión pública parece haberse volteado en contra del uso de la fuerza, no sólo en Afganistán sino en cualquier lugar, “sin importar la causa”. Pero no hubo ambivalencia en el uso de la fuerza por los militantes del Hutu Power en Ruanda, o por los nacionalistas serbios en Bosnia y Kosovo, o por las milicias indonesias en Timor del Este, o por el gobierno sudanés en Darfur; tampoco hay alguna ambivalencia entre los radicales islámicos en muchas partes del mundo hoy en día. El argumento más fuerte de Obama fue que la ambivalencia en el Oeste no es una respuesta útil a todo esto.

Pero también arguyó de manera muy clara que la fuerza debe ser usada, cuando se usa, con moderación. Este fue el segundo argumento de Obama, y lo hizo invocando la teoría de la guerra justa. Otros presidentes lo han hecho, pero éste pareció tener una mejor comprensión de la teoría que cualquiera de sus predecesores. No puedo juzgar la fuerza de su compromiso, de “adherirnos a ciertas reglas de conducta…no sólo cuando es fácil, sino también cuando es difícil”. Esa última frase puede ser un refrán moralizador, sin mucha sustancia. Pero Obama también reconoció que tenemos “un interés moral y estratégico” en luchar de manera justa—sobre todo, en minimizar los riesgos que imponemos a los civiles. La moralidad por sí misma es, claro, una buena razón para luchar de ciertas maneras y no de otras, pero la estrategia provee un crítico y tal vez necesario refuerzo. Y la verdad es que nunca nos ganaremos los corazones y mentes de los afganos o pakistaníes si estamos a propósito o por descuidados destruyendo sus cuerpos. La moderación es un requisito para el éxito en el tipo de guerras que peleamos hoy en día.

El tercer argumento del presidente lidió con lo que probablemente es lo más difícil y el aspecto más criticado de sus política exterior—su esfuerzo por combinar presiones políticas y económicas a regímenes represivos o peligrosos, como los de Irán o Birmania, con un involucramiento diplomático que tiende la mano. Los críticos han sugerido que su política es demasiado abierta y no es suficientemente ruda en términos políticos; no anima suficiente a los disidentes políticos y los movimientos de oposición alrededor del mundo; renuncia al rol de Estados Unidos como el defensor global de los valores liberales y democráticos. Yo creo que Obama probablemente encontró un mejor balance en Noruega que en otras ocasiones. Insistió que “la sanciones deben de tener un costo real. La intransigencia debe ser enfrentada con mayores presiones…”. Mencionó a los disidentes y opositores que “las personas libres y naciones libres” deben apoyar. Y defendió el involucramiento diplomático, con una maniobra que flanquea a la derecha, invocando ejemplos de Nixon y de Reagan.

Para mí, todo esto tiene sentido, pero la verdad es que “no hay una fórmula sencilla aquí”, y probablemente no ayuda mucho tratar de definir un balance. A veces necesitamos sanciones bien publicitadas y“ruidosas” con una diplomacia silenciosa, a veces cumbres espectaculares y amenazas silenciosas para lograr mejores resultados. Y los disidentes y opositores pueden resultar mejor servidos con apoyo encubierto, que no puede ser discutido en discursos del Nobel. Pero no lo hizo mal, nuestro combatiente presidente, aceptando ese vergonzante honor; debemos atender sus argumentos.

Este texto fue originalmente publicado en la revista Dissent.

Michael Walzer.
Filósofo político y co-editor de Dissent.

El Presidente Obama dio un discurso bastante bueno cuando aceptó el Premio Nobel de la Paz. Tal vez fue demasiado elocuente. A mi no me gusta mucho la retórica tan elevada; lo sé hay momentos para elevarla, pero Obama lo hace, o trata de hacerlo cada vez. El discurso llano también es útil y en Noruega hubo algo de discurso llano –particularmente en la reiterada insistencia dirigida, creo, a nuestros amigos europeos, de que a veces hacer la guerra es el único camino a una paz justa. Dijo eso no una sino tres o cuatro veces, “porque en varios países, hoy, hay una profunda ambivalencia sobre la acción militar, sin importar la causa”. Habló también, de los horrores de la guerra y dijo todas las cosas correctas, pero su énfasis fue su necesidad ocasional—y estas ocasiones son probablemente los momentos más críticos que los líderes políticos enfrentan.

Tal vez eso es lo que tenía que decir, justo habiendo decidido expandir la guerra en Afganistán y al mismo tiempo habiendo ido a Noruega a recibir un premio de la paz. Podemos creer que la necesidad de la guerra es su excusa. Pero me parece que su mensaje fue importante, especialmente en Europa, en donde la opinión pública parece haberse volteado en contra del uso de la fuerza, no sólo en Afganistán sino en cualquier lugar, “sin importar la causa”. Pero no hubo ambivalencia en el uso de la fuerza por los militantes del Hutu Power en Ruanda, o por los nacionalistas serbios en Bosnia y Kosovo, o por las milicias indonesias en Timor del Este, o por el gobierno sudanés en Darfur; tampoco hay alguna ambivalencia entre los radicales islámicos en muchas partes del mundo hoy en día. El argumento más fuerte de Obama fue que la ambivalencia en el Oeste no es una respuesta útil a todo esto.

Pero también arguyó de manera muy clara que la fuerza debe ser usada, cuando se usa, con moderación. Este fue el segundo argumento de Obama, y lo hizo invocando la teoría de la guerra justa. Otros presidentes lo han hecho, pero éste pareció tener una mejor comprensión de la teoría que cualquiera de sus predecesores. No puedo juzgar la fuerza de su compromiso, de “adherirnos a ciertas reglas de conducta…no sólo cuando es fácil, sino también cuando es difícil”. Esa última frase puede ser un refrán moralizador, sin mucha sustancia. Pero Obama también reconoció que tenemos “un interés moral y estratégico” en luchar de manera justa—sobre todo, en minimizar los riesgos que imponemos a los civiles. La moralidad por sí misma es, claro, una buena razón para luchar de ciertas maneras y no de otras, pero la estrategia provee un crítico y tal vez necesario refuerzo. Y la verdad es que nunca nos ganaremos los corazones y mentes de los afganos o pakistaníes si estamos a propósito o por descuidados destruyendo sus cuerpos. La moderación es un requisito para el éxito en el tipo de guerras que peleamos hoy en día.

El tercer argumento del presidente lidió con lo que probablemente es lo más difícil y el aspecto más criticado de sus política exterior—su esfuerzo por combinar presiones políticas y económicas a regímenes represivos o peligrosos, como los de Irán o Burma, con un involucramiento diplomático que tiende la mano. Los críticos han sugerido que su política es demasiado abierta y no es suficientemente ruda en términos políticos; no anima suficiente a los disidentes políticos y los movimientos de oposición alrededor del mundo; renuncia al rol de Estados Unidos como el defensor global de los valores liberales y democráticos. Yo creo que Obama probablemente encontró un mejor balance en Noruega que en otras ocasiones. Insistió que “la sanciones deben de tener un costo real. La intransigencia debe ser enfrentada con mayores presiones…”. Mencionó a los disidentes y opositores que “las personas libres y naciones libres” deben apoyar. Y defendió el involucramiento diplomático, con una maniobra que flanquea a la derecha, invocando ejemplos de Nixon y de Reagan.

Para mí, todo esto tiene sentido, pero la verdad es que “no hay una fórmula sencilla aquí”, y probablemente no ayuda mucho tratar de definir un balance. A veces necesitamos sanciones bien publicitadas y“ruidosas” con una diplomacia silenciosa, a veces cumbres espectaculares y amenazas silenciosas para lograr mejores resultados. Y los disidentes y opositores pueden resultar mejor servidos con apoyo encubierto, que no puede ser discutido en discursos del Nobel. Pero no lo hizo mal, nuestro combatiente presidente, aceptando ese vergonzante honor; debemos atender sus argumentos.