11m

 

“Antes de votar, queremos la verdad”
Una crónica del 11-M

La tarde del jueves 11 de marzo de 2004, cuando todavía era el “diario independiente de la mañana”, El País distribuyó en los kioscos una edición extraordinaria. En ella, el cartón del humorista Antonio Fraguas mostraba una negra silueta, la de la capital española,  de la que chorreaban grandes gotas de sangre.  En el bajo de la caricatura, un mensaje: “Madrid, te quiero”.

Horas antes, ocultas en mochilas y colocadas en cuatro trenes de la red de Cercanías, diez bombas hicieron explosión, matando a 191 personas e hiriendo a más de mil: los atentados del 11-M. Los hechos ocurrieron poco después de  las 7:30 de la mañana, a la hora de mayor afluencia de pasajeros. Faltaban tres días para unas elecciones generales que pondrían término al segundo periodo como presidente de José María Aznar, del Partido Popular (PP), una legislatura en la que el gobierno se caracterizó “por los modos autoritarios, la falta de atención a la opinión pública y la criminalización y descalificación de sus adversarios”, de acuerdo con la analista política Mabel González.

Aunque la tragedia paralizó la campaña, la discusión en torno a la autoría del atentado así como la gestión de la información realizada por el gobierno se convirtieron en temas definitorios del resultado: un ataque de la banda terrorista ETA —la teoría mantenida por el gobierno hasta el final, acorde con su estrategia de confrontación con los nacionalismos periféricos españoles— reforzaría las posiciones del PP, pero la eventual responsabilidad de Al-Qaeda —finalmente, lo que la investigación policiaca reveló— generaría para los populares un importante descrédito, habida cuenta de su participación en la invasión de Estados Unidos a Irak. Lo que sigue es una crónica de esos días.

El 11-M

No hubo clases aquel jueves en la facultad: había huelga, aunque no logro recordar por qué. Yo cursaba el primer año de ciencia política en la Universidad Complutense y llevaba 5 meses en España. Cuando desperté, las bombas habían estallado ya; sin embargo, la información transmitida por los medios de comunicación era confusa: se hablaba de una sola explosión y no de víctimas mortales.

Mi amigo José A. Molina Gil vivía entonces muy cerca de la estación de trenes de Atocha, la más grande de Madrid y epicentro de la tragedia. Me cuenta que aquella mañana se levantó temprano para repartir propaganda del opositor PSOE (Partido Socialista Obrero Español) en la Ciudad Universitaria. Oyó las explosiones mientras desayunaba, de pie en la sala y a punto de marcharse: “una pequeña onda expansiva, las ventanas…”, relató. Reconoció la sensación pues el verano anterior había vivido de cerca un atentado de ETA en la costa de Valencia. Curiosamente, este hecho le hizo desechar la idea de un nuevo atentado, al considerarlo una coincidencia excesiva. Unos minutos más tarde, ya en la calle, sus vecinos repetían frente a una tienda de chinos  lo que se decía por la radio: bombas, Atocha, no hay víctimas.

José nunca logró repartir la propaganda. Antes de llegar a su destino, al ver que la red de telefonía celular estaba colapsada y que grupos de empleados del Metro hacían corrillos en los pasillos de cada estación, decidió regresar a casa: “Algo raro pasaba, y me resultaba difícil creer que era sólo una bomba sin víctimas”. Sin conocer aún la horrorosa dimensión de lo ocurrido, al llegar a la estación de metro Palos de la Frontera —muy cerca de Atocha— vio en la calle “un Armagedón: helicópteros, gente pasmada y decenas de ambulancias”. No había pasado hora y media de las detonaciones y el recuento de víctimas en la televisión ya crecía por decenas: era de 20, de 30, de 50; luego dio un salto a 90. “En conclusión: que no tenían ni idea, pero aquello era descomunal”.

Alrededor del mediodía de ese jueves se realizaron numerosas sentadas silenciosas, casi espontáneas, en repudio a la violencia. Participé en una de ellas en la Puerta del Sol, la plaza frente a la antigua Casa de Correos que años después se volvería el símbolo del movimiento de los “indignados”. Mi prisa por ir —olvidé el teléfono celular en mi habitación, en un octavo piso—  hizo pasar momentos difíciles a mi familia, que a esa hora despertaba en México con la noticia del mayor ataque terrorista en Europa desde el atentado que derribó a un avión de Pan Am en Escocia, en 1988.

La autoría en el Ahúja

Mi madre había transigido a mi partida a Madrid con la condición de que viviera, al menos durante el primer año, en lo más parecido a una casa de asistencia mexicana. Acabé en un Colegio Mayor, el “Elías Ahúja”, una residencia para hombres dirigida por religiosos de la orden de San Agustín. En aquél sitio vivíamos alrededor de doscientos estudiantes, la mayoría inscritos en la Pontificia Universidad de Comillas, con mocasines, camisetas tipo polo y jersey al hombro —casi todos votantes del PP. Un ejemplo del ambiente político respirable: en la sala de computación, un compañero me muestra orgulloso el fondo de pantalla de su laptop. Es la bandera española utilizada en la dictadura de Franco, ilegal y símbolo de la derecha más retrógrada, con el águila de San Juan junto al yugo y las flechas de la Falange. “Bonita, ¿eh?”, me dice.

Esta digresión tiene un sentido: en ese ambiente, la hipótesis manejada por el gobierno desde el principio, la que señalaba a ETA como responsable de los atentados, era creída a pie juntillas. En 1997 fue secuestrado y asesinado el concejal del PP Miguel Ángel Blanco, cuya muerte a los 29 años marcó el nacimiento de un movimiento —el “Espíritu de Ermua”— y un punto de inflexión en cuanto a la amplitud del rechazo social hacia la banda terrorista.

Por ello, no podía haber más responsable que los violentos agentes del separatismo vasco, y el apetito punitivo no se hizo esperar. En el tablón de anuncios del Colegio Mayor se pegaron todo tipo de mensajes pidiendo el diente por diente, la pena de muerte para los etarras y, ya puestos, para todos los vascos de la izquierda abertzale (nacionalista radical). Yo no sospechaba de la hipótesis de ETA,  pero la respuesta de mis compañeros me pareció aborrecible. Había leído a Camus y sabía que el asesinato no era moralmente admisible bajo ninguna circunstancia, menos incluso cuando se intentaba legitimar volviéndolo un procedimiento administrativo. También sabía que rechazar el Talión no implicaba rendirse ante el terror ni equiparar víctimas a verdugos, pero no había discusión posible: la indignación era mucha y el culpable tenía que ser ETA.

La polémica en torno a la autoría de los atentados permeó completamente esos días y superó por mucho una discusión entre estudiantes: de acuerdo con El País, el sábado 13, en Pamplona, un panadero de 61 años simpatizante de Batasuna (partido político ilegalizado y vinculado a ETA) fue asesinado de cuatro disparos por un policía. Había discutido sobre la autoría del atentado en Madrid con la esposa del agente, tras negarse a dejar pegar en su negocio un cartel que decía “No al terrorismo, ETA no”.

La manifestación oficial

El día siguiente a los atentados, el viernes 12 de marzo, el gobierno convocó una manifestación. Es, a la fecha, la mayor concentración de la historia de España: 11 millones de personas en todo el país, alrededor de 2 millones en Madrid —como referente, la jornada de protesta contra la guerra de Irak más multitudinaria, la del 15 de febrero de 2003, sumó entre 3 y 4 millones de personas en toda España. Su lema fue “Con las víctimas, con la Constitución, por la derrota terrorismo”y ahí empezaban los problemas, pues la carga semántica de ese enunciado resultaba clara: era parte de un acervo, de un código tradicional e identificable con el que se hacía referencia a ETA sin nombrarla.

Ese mismo día, el presidente Aznar aludió al terrorismo vasco en una rueda de prensa, aunque cuidándose de no nombrarlo: “La banda terrorista bien conocida en nuestro país”, dijo. Su ministro de Interior, Ángel Acebes, sí lo hizo, y afirmó que “ETA sigue siendo la principal línea de investigación”, aunque ese mismo día el trabajo de la policía se centraba ya en el terrorismo islámico: se había encontrado una furgoneta robada, presuntamente usada por los terroristas, con una cinta con versículos del Corán y detonadores similares a los de los trenes.

Llovió mucho esa tarde. Recuerdo mi miedo frente a una boca de Metro y mi renuencia a entrar a los vagones: preferí caminar. El ambiente era tenso, irrespirable —parecía que la noche, como dice un poema de Baudelaire, “se espesaba al igual que un tabique”.

A aquella manifestación —la primera a la que asistía— llegué solo, poco antes de la hora de la convocatoria, las 7 p.m. Pronto encontré a algunos conocidos entre el río de gente y paraguas en que se había convertido el Paseo de la Castellana desde la Plaza de Colón. Fue un acto doloroso y digno en el que se evocaba, como señala la antropóloga Carmen Ortiz García, la presencia de un pueblo ausente al grito de “Todos íbamos en ese tren”. La gente sentía el deber de estar allí, pero esa era su única certeza: del shock, de la necesidad de expresar rabia, se pasaba pronto a la duda: ¿Contra quién? ¿A favor de qué? Había pocas pancartas —algunas con mensajes que deploraban a ETA o a Al-Qaeda— pero muchas personas que preguntaban, en silencio o voceando, “¿Quién fue?”

Con el dolor y el miedo convivía la indignación. En su recuento de la marcha, los periodistas Pablo Ordaz, Francisco Perejil y Luis Gómez relatan cómo, al llegar a la manifestación, el presidente del gobierno y sus ministros fueron recibidos con abucheos. Casi al llegar a la plaza de Atocha, y ante la creciente irritación de los asistentes, la cabeza de la marcha, formada por mandatarios europeos y  —algo inédito— por miembros de la Familia Real, se desbandó con prisas, de mala manera. La manta con el lema de la manifestación que sostenían cayó al suelo.

Nuestra prensa

En ese tiempo tenía por costumbre visitar la página del periódico de Ciudad Valles, donde nací. El Mañana es uno de esos diarios de provincia mexicanos en los que no es extraño que un tono amarillista conviva con cierta arrogancia, propia de quien se sabe un poder fáctico, y en los que caben lo mismo reseñas de fiestas infantiles que una sección policiaca con historias de jornaleros suicidas o fotografías de borrachos en los separos.

El sábado o el domingo, no recuerdo ya el día, vi una nota reseñando los sucesos de Madrid, acompañada de una fotografía aérea de la manifestación del viernes. Por un impulso, decidí guardar la imagen; al hacerlo, me di cuenta del nombre que habían puesto al archivo: “notienennadaquehacer”. Me enervó —y me puso triste— esa indolencia de mis paisanos que, con cómoda distancia, consideraban que la gente había salido a la calle aquel día por ociosa.

No he dejado de recordar el incidente siempre que encuentro un tufo parecido en la prensa española al tratar hechos de violencia en México pero, sobre todo, al escuchar opiniones de algunos habitantes de la capital sobre lo que ocurre en Nuevo León, Michoacán o el Estado de México. Me pregunto si el auge de esa indiferencia parroquial  —provincialismo chilango, lo llamó Salvador Camarena— no será la herencia cultural más influyente y detestable del calderonismo.

“Pásalo”

Pese al obstinado discurso del gobierno, que el sábado 13 insistía en que todo apuntaba a ETA, el jardín de dudas que fue la manifestación del viernes comenzó a dar frutos en la jornada de reflexión previa a las elecciones. Surgió por medio de correos electrónicos y, especialmente, de mensajes de texto por teléfono: “A la sede del PP. Pásalo”. Los mensajes se hicieron eco de la prensa internacional —que daba casi como un hecho la autoría de Al-Qaeda—, criticaban el uso interesado de la televisión pública (esa noche, el canal TVE transmitió la película “Asesinato en febrero”, sobre un atentado de ETA) y extendieron una convocatoria silenciosa y apartidista exigiendo al gobierno dejar de mentir. El diplomático Rafael Estrella refirió que el propio Mariano Rajoy, entonces candidato del PP, recibió uno de esos SMS. Su respuesta puede leerse como un presagio de su destino electoral: respondió con una “llamada pérdida”.

La calle de Génova, en Madrid, donde se encuentra la sede del PP, comenzó a llenarse de gente; lo mismo sucedió en otras ciudades. Eran personas convocadas por las nuevas tecnologías de la información y sin consignas partidistas, una “multitud on line”, en palabras del profesor Víctor Sampedro. Y una multitud que no aparecía en los medios: la escritora Coral Herrera narra la sorpresa e indignación de los madrileños al darse cuenta de que en la radio sólo se oía música y el resumen del partido del Real Madrid; incluso la Cadena SER —usualmente crítica con el gobierno— dejó de retransmitir los hechos “para mantener la calma y no calentar los ánimos”.

Ese sábado por la tarde la policía efectúa la primera detención relacionada con los atentados: los sospechosos no eran vascos sino ciudadanos de la India y Marruecos. La tarjeta de teléfono que había sido encontrada en la única mochila-bomba que no explotó en los atentados había guiado a los agentes al locutorio que regentaba uno de los detenidos. Los medios se enteraron pronto de la noticia, pero tampoco la difundieron. No sería hasta las 8 de la noche cuando, ya con varias decenas de miles de ciudadanos manifestándose, el ministro del Interior informara de las detenciones y advirtiera que “no hay que descartar nada”.

A las 9 de la noche, hora en que comienzan los noticiarios, apareció Rajoy en televisión, denunciando las manifestaciones como ilegales e ilegítimas. Incapaz  de entender lo que ocurría y responsabilizando al PSOE, el PP denunció ante la Junta Electoral las concentraciones ante sus sedes. “Nos han convocado los asesinados”, le respondieron desde la calle. Comenzaba una noche larga, en la que pasadas las 12, Acebes comunicó el hallazgo —realizado hacía horas— de un video donde Al-Qaeda reivindicaba los atentados. A las 2 a.m., la Junta Electoral concluyó que las manifestaciones “podrían vulnerar la ley electoral”. A las 6 de la mañana, una multitud sigue pidiendo “la verdad, antes de ir a votar”.

Las elecciones

El domingo, la participación a las elecciones fue masiva, sólo 3 puntos por debajo de los primeros comicios tras la dictadura de Franco, en 1977, en los que votó 79% del padrón. El PP pasó de la mayoría absoluta en el parlamento a perder las elecciones por 5 puntos porcentuales ante un partido, el PSOE, que tenía como promesa de campaña la retirada de las tropas de Irak.

El debate, otrora centrado en preguntarse si el PP mantendría o no la mayoría absoluta pasó a buscar el por qué del vuelco electoral: ¿voto de miedo o de castigo? De acuerdo con una encuesta realizada poco después por el Observatorio Político Autonómico, 64% de los encuestados creía que el PSOE no habría ganado las elecciones si no hubieran tenido lugar los atentados. En el mismo estudio, más del 60% de los encuestados consideraban que el gobierno había ocultado información sobre el atentado con fines electorales y solo 4% seguía considerando a ETA como responsable.

Entre los votantes del ganador había una alegría contenida. Uno de sus representantes electorales me lo contó:

Al final de la jornada, el representante del PP se acercó y me dijo: “Bien se lo podéis agradecer a Bin Laden”. Yo me revolví, pero ahora que ha pasado el tiempo me parece revelador: hasta las bases del PP eran conscientes de lo que estaba pasando.

Epílogo

Casi un mes después de los atentados, la policía siguió el rastro de varios sospechosos hasta Leganés, un municipio de la zona metropolitana de Madrid. La noche del 3 de abril, siete de ellos se atrincheraron en un departamento y se inmolaron tras recibir a la policía con disparos y cánticos a Alá, matando al mismo tiempo a un agente del Grupo Especial de Operaciones que se preparaba para entrar al inmueble. De acuerdo con el sumario del juicio del 11-M, los atentados fueron obra de estos suicidas, que conformaban un comando local de Al Qaeda.

No obstante, en los años del gobierno del PSOE encabezado por José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2012), algunos  medios alimentaron teorías de la conspiración que llegaron al disparate en su intento de vincular a Al-Qaeda con ETA. Una de ellas, especialmente ridícula, surgió en 2006, cuando el diario El Mundo publicó que en la furgoneta que usaron los terroristas había sido hallada una tarjeta de visita de la Corporación Mondragón, un importante grupo de cooperativas y empresas originario del País Vasco. La noticia, que apareció en primera plana, revivió la “trama etarra” para el PP, que exigió al Gobierno “dar la cara”. Poco después, la policía reveló que lo que realmente se había encontrado era una cinta del grupo de rock “Orquesta Mondragón”, que ganó fama en los ochenta con discos como “Muñeca Inflable” o “Bésame, tonta”. La pervivencia de estas teorías conspirativas fue uno de los elementos que llevarían a definir a las dos legislaturas de Zapatero como años de crispación.

Hoy, en medio de una crisis sin precedentes y con el PP de nuevo en el gobierno, en Atocha se mantienen los altares a las víctimas del 11-M. En su décimo aniversario, los medios españoles recordarán la tragedia en medio de notas sobre los ya cotidianos escándalos de corrupción de políticos, empresarios y la propia Familia Real en una tierra que, como decía Unamuno, me duele.

César Morales Oyarvide es politólogo.