Si usted hace uso de las redes sociales sabrá que el domingo 31 de agosto hubo una filtración de fotos privadas bastante grande. Las fotos en cuestión, centenares, provenían de la nube de varias actrices y celebridades en Estados Unidos.
(La nube: ese espacio en línea donde uno puede guardar información, una especie de disco duro virtual.)
Fotos personales, muchas –muchas– con poca o nada de ropa. El alimento perfecto para los tabloides y los cientos de sitios cuya principal fuente de tráfico es el contenido viral. También la fuente de ingreso: más clicks, más dinero. Más pagan los anunciantes mientras más gente visite el sitio. La dictadura del click, como se le conoce.
Nadie sabía de dónde venían las fotos –tal vez de 4chan o de reddit, espacios de discusión e intercambio donde muchas veces pulula lo más oscuro del internet–. Pero eso, para muchos, era lo de menos. Ahí estaban. En todos los portales. También en los mexicanos. (De una vuelta por “lo más leído” en los medios nacionales. Con gran probabilidad, en cualquier día de la semana, una nota del Top 5 involucrará el desnudo de una mujer.)
Pero hubo algo curioso. Mientras el internet funcionaba como siempre –alguien subía las fotos, el sitio las bajaba, las volvían a subir, las bajaban y así ad nauseam–, por primera vez hubo un eco un poco más grande sobre el significado de las fotos: objetos privados obtenidos sin el consentimiento –robados– de la propietaria. De hecho, la última vez que algo así sucedió, la persona que obtuvo las fotografías –de Scarlett Johansson– fue sentenciada a 10 años de cárcel.
Pero no nos detengamos en las ramificaciones legales del asunto: para eso está nuestro espacio hermano, El Juego de la Suprema Corte.
Aquí es interesante lo siguiente, la discusión pública que se suscitó. Dentro de la cultura del click a cualquier costo, ha habido algo nuevo: un debate sobre la ética de filtrar este tipo de fotos. ¿Tiene algún valor periodístico? ¿Cuenta una historia? ¿Se puede comparar con otro tipo de filtraciones?
Incluso sitios como Perez Hilton –uno de los chismosos profesionales con más tráfico en línea– recularon después de haber subido las fotos. Hilton se disculpó. La oleada de mensajes en contra de subir las fotos –de compartirlas, de mirarlas– parecería haber tomado fuerza por primera vez.
¿Cuál fue el origen de esta fuerza? Una teoría es la actitud de Jennifer Lawrence, la principal afectada por las filtraciones. El ensayo que postula la teoría la compara con Marilyn Monroe. Alguien que sabe tomar control de la situación, de cómo se le ve profesionalmente.
Otra es la magnitud de las filtraciones. Más de 100 imágenes al día de hoy –y la amenaza en varios foros de que muchas más subirían en los próximos días–. Una filtración tan grande de información tan privada, tan personal, debe obligarnos a ver las cosas de otra forma.
Y una tercera, como dice Estefanía Vela, es que parece haber mayor influencia –positiva– del feminismo en los medios. Lena Dunham, una escritora/directora/actriz, entre muchas otras, comentó lo siguiente:
The way in which you share your body must be a CHOICE. Support these women and do not look at these pictures.
— Lena Dunham (@lenadunham) September 1, 2014
Aunque claro, como siempre, hubo gente que lo llevó al extremo. Según esta nota, varios usuarios de foros decidieron que un hombre llamado Bryan Hamade era el responsable de la filtración. Hamade ha tenido que desaparecer del mundo online tras una serie de amenazas.
Quedémonos con esto: parece que hay una discusión, o al menos un cúmulo de voces, que comienza a combatir esta dictadura del click. A muchos podrá sonar inconsecuente que haya una conversación sobre la intimidad de las celebridades–no falta el que diga “se lo buscaron al tomarse la foto”–. No pienso que sea el caso. Al contrario, me parece una buena puerta de entrada para una discusión que los medios debemos retomar: qué papel juega la ética en nuestro trabajo.
Esteban Illades es editor de Nexos en línea.
